domingo, 1 de octubre de 2017

DE LA SEDUCCIÓN A LA IMPIEDAD Y LA ESTAFA


Además de ser un excelente escritor, Truman Capote fue un excéntrico personaje, más una ficción que otra cosa, se movió como pez entre el agua en la sociedad elitista americana, no sólo falseándola, sino haciendo que estuviera a sus pies a como diera lugar, ideó todo tipo de situaciones y mentiras para mantenerse vigente, creando en la mayoría de veces mitos, obteniendo siempre que las miradas no le abandonaran, su lengua mordaz e inteligente sirvió a este propósito y de hecho una prosa exquisita y renovada que llegó al clímax con “A sangre fría”, una novela perfecta y un icono en la aplicación de las técnicas del periodismo a la literatura. Esta reseña de Rodolfo Biscia de una nueva biografía aparecida en “La revista Ñ” de Clarin, deja ver las claves de un personaje que siempre cautiva.






Rodolfo Biscia

Una nueva biografía del célebre autor de A sangre fría, por Liliane Kerjan, renueva el interés por una obra y una vida irrepetibles. 
Todo biógrafo de Truman Capote corre con ventaja, ya que cuenta con el atractivo de un personaje magnético y ese sinfín de peripecias amenas que tuvo la suerte, cuando no la desgracia, de vivir a lo largo de cinco décadas. Al momento de narrar otra vez una historia conocida, Liliane Kerjan se limita a mediar entre estos sucesos, un tesoro de textos muy célebres y el poco exigente lector de hoy en día. El resultado es uno de esos libros algo superfluos que nunca están de más en nuestra biblioteca.
Kerjan repasa la vida del escritor desde su infancia sureña hasta su madurez neoyorquina y la decadencia final, incluido su colapso en Los Angeles, en 1984. De manera intermitente, esta doctora en letras que estudió el teatro de Edward Albee y Arthur Miller logra encontrar una buena cadencia para retratar al héroe de su relato. Valga este ejemplo: “Capote tuvo como forma de vida el torbellino, el pavoneo y el encadenamiento precipitado de los hechos; como horizonte, la falta de duración; como modelos, la seducción y la estafa”.
El verdadero rival de Kerjan no hay que buscarlo entre los otros biógrafos, sino en la obra del propio biografiado. Porque además de retratar con prosa acerada a sus amistades famosas, Capote multiplicó imágenes de sí mismo en casi cada recodo de su producción. En 1986 se publicó de manera póstuma su relato autobiográfico, muy temprano, “Recuerdo a mi abuelo”.En Otras voces, otros ámbitos, había transfigurado los paisajes de su infancia en la ciudad imaginaria de Noon City, una tendencia que prolongó en su siguiente novela, El arpa de hierba.
Dejó al menos dos semblanzas insuperables de su Nueva Orleáns natal: un artículo de 1946 y “Jardines ocultos”, en Música para camaleones. De su encuentro con la escritora Colette, nos queda el relato “La Rosa Blanca”. De sus muchos viajes, contamos con las crónicas memorables de Color local (1950). Conocemos el hogar que logró construirse en Brooklyn a mediados de los 50 a través de “Una casa en las alturas” y escuchamos cómo el escritor se autoentrevista antes de dormirse en “Vueltas nocturnas”.
Se añaden, además, el prefacio fulgurante de Música para camaleones y el autorretrato que epiloga Los perros ladran (1973), compilación considerada por él mismo como un mapa en prosa y una geografía en palabras de sus últimos treinta años. Tenemos, finalmente, a P. B. Jones, narrador de Plegarias atendidas y tardío alter ego, el más descarnadamente fiel que segregó el escritor.
Kerjan destaca bien la parábola que, en la obra de Capote, va desde la crónica periodística hasta la novela testimonial. Arranca con el relato de un viaje a Haití en 1948, comisionado por Harper´s Bazaar, y sigue con el diario de su gira soviética, en compañía de los cantantes negros que interpretarían la ópera Porgy and Bess en Leningrado. Se oyen las musas (1956), en efecto, conjuga la crónica de viaje, una radiografía política de la Guerra Fría y la reflexión sobre la distancia entre lo vivido y la escritura, todo irrigado por la pluma de un observador avispado y malicioso. De la célebre entrevista a Marlon Brando en Kioto, al año siguiente, la autora sostiene con razón que el episodio prefiguró las revelaciones escabrosas de su última novela, Plegarias atendidas.
La tendencia llegó a su clímax con A sangre fría (1966), donde Capote abordó el crimen cuádruple de la familia Clutter, en Garden City, Kansas. Kerjan tal vez se equivoque al declarar que Desayuno en Tiffany´s no envejeció, pero es perspicaz para apreciar la novedad formal de A sangre fría, cuya escritura demandó “un ojo selectivo irreprochable para los detalles visuales y, sobre todo, una empatía con personas situadas fuera del abanico de la propia imaginación”. Hace falta, además, recordar otros ecos. Uno de los proyectos alternativos propuestos por The New Yorker, al momento de la cobertura del crimen, se concretó más tarde en el cuento “Un día de trabajo”: es el diálogo con una mucama en que se divisa el retrato oblicuo de sus veinticuatro empleadores. Y A sangre fría conoció una resonancia miniaturizada, diez años más tarde, en el relato verídico “Féretros tallados a mano”. Lejos de señalar una ruptura, el proyecto de Plegarias atendidas marcaría la culminación de esta tendencia: una novela mundana basada en el conocimiento íntimo de la alta burguesía y en las confidencias recibidas, a la vez fresco proustiano, crónica contemporánea y roman à clef.
Polígrafo e histrión, Capote inventó una moral de la escritura –rara mezcla de inquina y de compasión– que muy pronto se ocupó de transgredir. En su cuento “El invitado del Día de Acción de Gracias”, reformuló la réplica que Blanche DuBois desliza en una escena crucial de Un tranvía llamado deseo: “Existe un solo pecado imperdonable: la crueldad deliberada. Todo lo demás puede perdonarse. Eso, jamás”.
Hay, sin embargo, mucha crueldad intencional en Plegarias atendidas, algo que tal vez explique parte del fracaso del autor al intentar convertir la Café Society neoyorquina en un nuevo mundo de Guermantes. Pocos llegaron a cultivar un estilo tan entrañablemente malévolo o una ética tan aviesa, a la medida de una obra en perpetua metamorfosis. Pero al margen de la variedad de sus temas y los contornos difusos de su imaginación moral, recordaríamos menos a Truman Capote si no hubiera sido, sobre todas las cosas, un abnegado estilista. Además de la diferencia entre escribir bien y mal, conocía esa otra diferencia impiadosa que existe entre escribir muy bien y el verdadero arte.
Sin duda encontró una forma del goce en su tortuosa destreza para construir mundos con palabras. Y si bien sufrió con los escollos de la puntuación y “las complejidades diabólicas de separar los párrafos”, reconforta descubrir que cada tanto experimentaba un momentáneo sosiego: en una entrevista, celebró la aparición de esas frases que, sin que sepamos bien de dónde vienen, irrumpen en el momento preciso y son el dividendo inesperado, el empujoncito jubiloso que mantiene con vida al escritor.

Truman Capote, Liliane Kerjan. Trad. Silvia Kot Editorial El Ateneo, 256 págs.






 https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/seduccion-impiedad-estafa_0_HyhR3KFiW.html

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