martes, 25 de agosto de 2020

LATINOAMERICANISMO PARA EL SIGLO XXI

 

Si el latino americanismo recupera las lógicas de la diversidad ideológica y, se abre a la discusión de los problemas del siglo XXI, puede convertirse en una verdadera tribuna de deliberación democrática.

           

Gisela Kozak Rovero

Es escritora. Por veinticinco años fue profesora de la Universidad Central de Venezuela. Su libro más reciente como autora, editora y compiladora (junto con Armando Chaguaceda) es La izquierda como autoritarismo en el siglo XXI (Buenos Aires: CADAL, Universidad de Guanajuato, Universidad Central de Venezuela, 2019). Reside en Ciudad de México.

En los primeros años de este siglo, Jorge Volpi lanzó una idea provocadora, sobre todo para el latino americanismo académico cuyo centro neurálgico reside en Estados Unidos: “La literatura latinoamericana ya no existe”

 

1.-  Volpi se refería a que una vez superada la etapa del boom como gran literatura emergente en los años sesenta, las condiciones de creación, producción editorial y recepción de la literatura de cada nación del continente han dificultado el conocimiento y el impacto de los escritores que no pasen por la alcabala de la edición española. De hecho, y en esto no se equivocó, las influencias y proyectos estéticos de escritores y escritoras trascienden y desbordan el marco de las literaturas nacionales o de la literatura en términos regionales. Así, Volpi tomaba distancia del modelo de los grandes del boom, quienes construían sus figuras autorales desde su condición de latinoamericanos y le otorgaban a la narrativa el rol de expresar una visión continental. Después de ellos, tal cosa dejó de ocurrir, por lo menos con el éxito de Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar o García Márquez, convertidos velozmente en canon.

En 2013 asistí al congreso de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA) en Washington, una reunión multitudinaria de latinoamericanistas de diversas disciplinas entre quienes estaba la prestigiosa crítica Jean Franco. Al final de un panel en el que participó, Franco manifestó su desacuerdo con Volpi. ¿Acaso se podía inferir de las afirmaciones de este escritor que América Latina no es más que un conjunto de naciones con dinámicas diferentes? ¿Cuál es entonces el sentido del latinoamericanismo? ¿Se puede sostener como área de estudios? ¿O se trata solo de un proyecto político, social y cultural de izquierda decolonial, postmarxista y postmoderna, asunto al que me referí en un artículo anterior?

 

Por supuesto que no. Si el latinoamericanismo recupera lógicas que le abrieron paso en el pasado, como la diversidad ideológica, y se abre al siglo XXI, puede convertirse en una verdadera tribuna de deliberación democrática. Ya no se trata tanto de partir de ideales del pasado expresados por políticos, militares e intelectuales del siglo XIX y XX, como de sopesar opciones de trabajo conjunto ante el futuro. Los problemas ambientales no pueden resolverse sin grandes acuerdos internacionales, los cuales implican la ciencia y la tecnología en lugar de la idealización de un pasado ancestral no europeo irrecuperable. Igualmente estamos enfrentando la cuarta revolución orientada por la inteligencia artificial, el internet de las cosas, la explosión y recombinación de géneros artísticos y la biotecnología. Nos amenazan los populismos de izquierda y derecha, regresivos y autoritarios, que responden al agotamiento de la democracia liberal en cuanto narrativa movilizadora. Los éxitos de esta en salud, educación, equidad de género e inclusión de la población LGBTIQ pueden comprobarse y compararse con los de los países autoritarios, pero es débil frente a los desafíos que enfrenta. Ahora bien, no pareciera sensato pensar que la política identitaria, una revolución socialista o la simple restauración del Estado de bienestar, construido a la medida de la segunda revolución industrial entre el siglo XIX y XX, resolverán la falta de empleo, la precariedad, la pobreza estructural y la exclusión de cualquier naturaleza. Los debates de las llamadas convencionalmente ciencias sociales y humanidades deben mirar con ojo realista y no militante problemas tan acuciantes en un marco regional.

 

Ciertamente hay que revisar nuestros cánones, lecturas y presupuestos; es innegable, por ejemplo, que lo que hemos llamado desde hace siglos “humanismo” está bajo interrogación y asedio, pero dejarlo a un lado no es suficiente para que emerja lo nuevo.

 

En el caso de los temas que conozco, como la literatura, la crítica y las políticas culturales –además del feminismo y de los estudios sobre lesbianismo y representación–, se enfrentan asuntos urgentes. El primero se relaciona con dar entrada a visiones de todos los sectores políticos dispuestos a debatir desde el conocimiento y no desde la pura implicación ideológica. Hablar, por ejemplo, de “globalización neoliberal” no pasa de una generalización que no responde a la variedad de la región. No es cierto que la globalización actúa en todos los países de la misma manera; por ejemplo, Venezuela vive una situación muy diferente a Uruguay, México o Costa Rica.

 

Otro tema clave es qué significa en el siglo XXI la libertad de expresión, creación y pensamiento; la apertura a registros culturales tan diversos que incluyen desde performances hasta artes plásticas, pasando por la música, los audiovisuales y por las literaturas emergentes y periféricas, amplía nuestras opciones. No obstante, tal riqueza requiere de abordajes críticos que trascienden la definición ideológica y abre espacio a pensar en los límites de la apropiación cultural en una época de sensibilidades muy despiertas respecto al tema de la representación. Me parece fascinante, por ejemplo, cómo las representaciones de las relaciones sexoafectivas entre mujeres se han multiplicado, pero medirlas solamente con el rasero de la corrección política olvida el funcionamiento de la cultura en tanto complejidad irreductible a la pura dominación patriarcal y heteronormativa.

 

Asimismo, la lectura del pasado en términos exclusivos de una acumulación de pecados políticos es anacrónica y antihistórica. Sin ese pasado no existirían las llamadas ciencias sociales y humanidades, por no hablar de la literatura y el arte. Otro punto nodal es el de la existencia de las redes sociales, que propician nuevas formas de recepción y vinculación cultural, por no hablar de las plataformas de contenido, la digitalización en masa de las más diversas manifestaciones simbólicas y, desde luego, la piratería, todo lo cual ha abierto lugares a lenguajes estéticos híbridos y a canales distintos de circulación. En el caso concreto del mundo de la escritura literaria, el profesorado, la crítica y el público lector disponen del libro impreso y digital en librerías, plataformas de venta por internet y plataformas de lectura que funcionan como inmensas bibliotecas digitales. La maravillosa presencia de mujeres narradoras hispanoamericanas –que se reconocen entre sí, por cierto–se relaciona con que la tecnología permite superar barreras editoriales como las que señaló, con justicia, Jorge Volpi.

 

Tanta variedad requiere ojo y curaduría, como se llama hoy escoger entre el mar de materiales disponibles en el mundo digital y el mundo físico; es decir, requiere de crítica y de una mirada múltiple y abarcante. Temas como la raza, el género, la orientación sexual y la clase forman ciertamente parte del amplio abanico de la vida política, social y cultural actual, pero el análisis de su entramado con las prácticas simbólicas no se resuelve con la alabanza, la denuncia o la abierta censura. El marco regional del latinoamericanismo posibilita la polifonía crítica necesaria para el mundo que vivimos, siempre y cuando la ceguera ideológica y la pobreza metodológica no se impongan como el catecismo de un culto compartido en tantas facultades de ciencias sociales y humanidades del hemisferio.

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