jueves, 2 de enero de 2020

QUÉ ESPERAR PARA EL 2020, EL AÑO DE LA IRA: ANÁLISIS


El año que pasó estuvo marcado por una crisis global: De la política, del clima, grandes masas de emigrantes, quienes, por física hambre deciden emprender el viaje a la muerte, rechazadas sin ninguna consideración por los países del primer mundo, no hay un ápice de solidaridad; en una actitud xenófoba incompresible; crisis del modelo neoliberal, de las democracias en todo el mundo, han caído en  populismos peligrosos.
La juventud está pasando el cobro de cuentas por tanta irresponsabilidad acumulada. No está dispuesta a ser un espectador más. En todo el mundo las protestas son el pan de cada día. El clima y el calentamiento global, está dentro de las prioridades de estos jóvenes. Por lo tanto, la defensa del Amazonas, la primera reserva de bosques del mundo, el pulmón del planeta, constituye una prioridad, es una responsabilidad inaplazable.
La tecnología está en su mejor momento y son tantos los avances, con efectos prácticos en la vida, revolucionarios, que ha generado una nueva sociedad y un nuevo individuo; realmente hemos cambiado la manera de relacionarnos, de pensar, de proceder, de valorar el tiempo. Es un hecho, estamos viviendo un verdadero cambio, en  todo sentido, nunca nos preparamos para los mismos.
La literatura expresa estas crisis. Hay una literatura de jóvenes y escritores en formación que apuntan a un universo narrativo totalmente diferente al nuestro. No dependen solamente del lenguaje escrito y no se eximen de las nuevas tecnologías para entregarnos una nueva forma de novelar, de crear poéticas desconocidas para nosotros.
Este año, mis responsabilidades con nuestros escasos lectores, siguen siendo las mismas. A continuación, publico un ensayo publicado por el periódico “El tiempo” de Colombia, escrito por Gabriel Silva Lujan, nos ayuda a entender todo lo que nos está pasando. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE HUERTAS

 
GABRIEL SILVA LUJÁN

Indignación, protestas y soluciones a corto plazo. Estas, algunas proyecciones de lo que puede pasar.
Por: Gabriel Silva Luján 28 de diciembre 2019, 08:27 p.m.
La humanidad desde sus albores se ha obsesionado con predecir el futuro, con poder anticipar las amenazas y conocer de antemano las oportunidades. No son pocas las novelas y las películas que reflejan ese anhelo: alguien se encuentra el diario del día siguiente o por algún azar logra viajar al futuro. Saber qué va a pasar, o creer que se sabe, le da certidumbre a la acción y claridad a las decisiones.
Las protestas y las marchas son esencialmente de dos tipos. Aquellas que surgen de una explosión de ira detonada por uno o varios hechos que activan, coyunturalmente, en la población un profundo sentimiento contra la injusticia; y las otras que corresponden a las asociadas con un hastío sistémico, es decir con la acumulación progresiva de la convicción de que la sociedad es estructuralmente injusta, corrupta, represiva y ambientalmente inviable.

En esta versión se llega a la certidumbre de que las instituciones y los políticos son incapaces de generar soluciones que den respuestas reales a las angustias cotidianas de los ciudadanos. Generalmente lo que ocurre es que se inician con la primera modalidad y, posteriormente, si el clima es correcto como ocurre en la actual coyuntura, se convierten en una indignación no contra una situación específica sino contra el orden establecido.

Pañitos de agua tibia
Para entender hacia dónde evolucionará la situación en Colombia, vale la pena contrastarla con Chile y Hong-Kong. En estos dos últimos casos, los gobiernos intentaron desactivar la protesta social pensando que el tiempo y las concesiones a los reclamos puntuales serían suficientes. Eso no fue así. Ni echar para atrás el incremento en el costo del transporte público en Santiago o remover la ley de extradición de los hongkoneses produjo el tan anhelado apaciguamiento.

En Chile solo se empieza a desactivar en algo la insurrección cuando el presidente Piñera abre la puerta a una reconstrucción institucional poniendo en marcha un proceso constituyente. En la antigua colonia británica pasa algo similar: se han escalado las reclamaciones hasta convertirse en una lucha popular prolongada por una democracia liberal independiente de Beijín.

El gobierno Duque está recorriendo ese camino. El incremento desproporcionado del salario mínimo y las gabelas populistas incluidas en la reforma tributaria son una respuesta ad hoc que intenta desactivar la protesta social mediante pañitos de agua tibia. La pregunta es si en el caso particular de Colombia eso será suficiente. No parecería. Esas soluciones no van al meollo del asunto.

La ira de la juventud porque que no ven futuro o sentido a la vida; la insatisfacción contra la burocracia, el Estado y la corrupción que se esconde detrás de los cacerolazos de la clase media; la convicción de que el Gobierno no solo es incapaz sino también estructuralmente indolente; la sensación de un sistema indiferente, bloqueado y elitista, no desaparecerán con un salario mínimo de un millón de pesos.
De allí que las marchas en Colombia evolucionarán, no cederán.

Y recorrerán un camino no muy distinto al de otros países. La pregunta es si la iniciativa política de un cambio estructural en el sistema, una transformación del paradigma, la asumirán las fuerzas políticas reformistas y de centroizquierda, o el establecimiento le entregará –por intransigencia– esa bandera a quienes desean no una transformación sino, más bien, una revolución.

Queda la esperanza de que haya aún la suficiente habilidad en la política colombiana para hacer ajustes sistémicos que no sacrifiquen lo esencial de los principios democráticos y de la libertad económica, impidiendo así el ascenso de las propuestas que promueven una ruptura telúrica.

La desigualdad, el tema
Las encuestas indican que el sentimiento mayoritario es crecientemente adverso a la globalización, a la libre empresa, a la propiedad privada y al minimalismo estatal. La tendencia en la opinión es hacia favorecer un mayor proteccionismo comercial, a más intervención estatal, y mayores incrementos en los impuestos a la riqueza y a las empresas. Ineludiblemente, la lucha contra la desigualdad va a ser el tema central de la discusión global y de la política doméstica el año entrante.

En ese contexto, es previsible una progresiva suplantación de la agenda del liberalismo económico, y un ascenso de los planteamientos económicos dirigistas y con un énfasis en la redistribución del ingreso. El papel del Estado se incrementará en la toma de decisiones económicas, subordinando a las fuerzas del mercado a una visión del desarrollo más ideológica y más centrada en la protección del empleo y el desarrollo autónomo.

La cuestión sobre el desenlace final de ese proceso, es decir qué tanto daño o bien le harán esas tendencias al crecimiento económico y a la estabilidad macroeconómica de largo plazo, dependerá del balance entre el populismo y la sensatez. Por lo que se ve en Argentina, en Brasil, en México y ahora en Colombia, la partida la va ganando el populismo.

Pausa en la pugna global
Para terminar, no se puede obviar el contexto geopolítico. Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, la política internacional global cambió radicalmente. El Gobierno estadounidense modificó sus prioridades estratégicas y sus métodos de acción. Para resumir, se puede decir que el mundo pasó de la competencia entre los bloques y las potencias a la confrontación abierta.

Eso, consecuencia de la diplomacia agresiva de Trump, elevó el nivel de beligerancia mucho más allá del que se había observado en la década anterior. Ese factor alimentó la incertidumbre en todos los órdenes de las relaciones internacionales.

En el 2020 se sentirá un mejoramiento de la situación con una disminución de las tensiones internacionales. Esa sensación, desafortunadamente, será escasamente una pausa generada por la campaña presidencial en los Estados Unidos.

Teniendo en cuenta que uno de los flancos más vulnerables del presidente Trump es su manejo combativo y pugnaz de las relaciones internacionales, el mandatario, en busca de su reelección, intentará suavizar esa percepción y demostrar que eso era simplemente una táctica coyuntural que favoreció a los Estados Unidos.

Una vez lograda la reelección, si esta ocurre, que hoy es el escenario más probable a pesar del juicio político a Trump, volveremos probablemente a niveles similares o superiores de confrontación estratégica por parte de todos los actores internacionales, creándose un clima de aun mayor incertidumbre a partir del final del próximo año. Todo indicaría, entonces, que el próximo año será el de la ira.

GABRIEL SILVA LUJÁN
Especial para EL TIEMPO


No hay comentarios:

Publicar un comentario