viernes, 17 de mayo de 2019

RAÚL GÓMEZ JATTIN PESADO, AGRESIVO, IMPRUDENTE: LOCO



Hay poetas y poemas que se le meten a uno en el alma, difícilmente podemos prescindir de ellos en la atribulada vida que nos corresponde. En el cielo profundo de mis masturbaciones/ocupas ese ámbito de deseo irrefrenable y voraz/Inagotable y tierno que te devora el sexo/aunque tú no lo sepas Tu cuerpo habita el mío/, Jatin es uno de ellos. Este artículo, tan bien hilvanado, publicado por el periódico “El espectador” de Colombia, me ha vuelto a recordar la vida de un hombre poco común, con un talento extraordinario y quien este país no supo comprender, menos querer. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE

Laura Camila Arévalo Domínguez - Twitter: @lauracamilaad

Jattin, en una de las crisis mentales que padeció durante su vida, fue internado en un psiquiátrico en Bogotá. Cuando fue dado de alta se hospedó en el Grand Hotel, en el que escribió una serie de poemas que le sumaron más versos a su obra, concentrada en la muerte, la soledad, la ausencia de límites y la obsesión por la poesía.
¿Y qué es estar loco? Si todo el mundo se cree cuerdo. Todos quieren pertenecer al grupo de los que tienen el control de sí mismos y prefieren que se les reconozca como prudentes, sensatos u oportunos. ¿Cómo se vive desde la locura? ¿Qué colores se verán a través de los lentes de la psicosis? ¿Serán otros? Raúl Gómez Jattin sí sabía, o eso dijeron todos los que lo rodearon o lo abandonaron: pesado, agresivo, imprudente: loco.

“Acerca de Cedipus” es una antología de poemas inéditos que Gómez Jattin dejó abandonados en 1988 en la habitación del Grand Hotel, un lugar que quedaba en frente del Museo del Oro en Bogotá y que ya fue demolido. Eso textos, algunos escritos a mano y otros a máquina, fueron recuperados por Joaquín Mattos Omar, escritor y periodista, que decidió guardarle las cosas a Jattin, quien para esos días era humo que aparecía y desaparecía dependiendo de que tan cuerdo o que tan loco lo encontraba el mundo para tolerarlo.
Gómez Jattin vivía en Cereté, Córdoba, un pueblo cerca de Cartagena. Allí nació y vivió la mayor parte de su vida. De allí se fue para corresponderle a la idea del éxito que tanto promovía su padre y que se acercaba mucho a esas leyes tan parecidas a los muros y a esas normas tan similares a los límites. Allá volvió después de estrellarse con el derecho y concluir que no había nacido para nada que tuviera que ver con ser correcto. Jattin se decidió por el arte, la única vía con la que podía producir de la mano de su locura, que se desató mientras buscaba la cordura. Mientras Jattin escalaba hacía los picos del éxito, se le caían de los bolsillos los tornillos para ajustarse a lo diáfano, lo claro, lo brillante, lo aceptado.
Una crisis mental fue la causa para que Mattos se encontrara con Jattin aquel marzo de 1988, ya que el hermano del poeta decidió internarlo en un psiquiátrico de la capital y por los días en los que se toparon, Jattin tenía un permiso especial para pasear por las calles de La Candelaria acompañado de una enfermera. Fue la misma época en la que se publicó su “Tríptico cereteano” y se quedó durante aproximadamente ocho meses en Bogotá. Este tiempo culminó cuando de nuevo la esquizofrenia se le atravesó y abandonó el hotel.

Durante los días en el Grand Hotel, según Mattos, Jattin escribió una serie de 31 poemas que tomaron a los personajes del “célebre mito griego del rey Tebas que mató a su propio padre y luego se casó son su propia madre”, y los hizo suyos. El protagonista, Œdipus, fue el encargado de ser el portavoz de sus pensamientos, sus odios y sus amores. A Yocasta la amó tanto como a su madre, tanto que lo llevó a culparse por aquel amor desbordado que no podía contener, como nada de lo que le brotó de su centro. A Layo, el padre, lo amó para después odiarlo, querer matarlo y entender que para enterrarlo tenía que vivir distinto, tenía que abrazar el arte y sepultarlo a él en sus días como poeta. A su padre lo mató el día en el que decidió escribir versos para comer, o para intentar comer, comprar droga, sobre todo yerba, y entregarse al placer de ignorar los mandatos de la biblia, la aparente pulcritud de la moral y las absurdas conveniencias de la heterosexualidad.

Después de que esos textos quedaron abandonados en ese hotel barato, quedarían muchos otros tirados en cada uno de los lugares en los que Jattin quiso poner en palabras lo que pensaba de la muerte. Cuando quiso, con su prosa sencilla, corta, sucia, atrevida y lejana a lo que los intelectuales consideraban poético, hablar sobre lo mucho que anhelaba encontrarse con Borges o Pessoa, para abandonar este mundo en el que los demás lo despreciaban por su evidente “carencia de sensibilidad” ya que solamente lo buscaban para “comprar un rato / de su rara hermosura”, pero, finalmente, demostrarle lo mucho que los incomodaba. Jattin era incómodo, olía mal, se veía sucio y se la pasaba discutiendo con árboles a los que les rebatía sus argumentos sobre este mundo que prometía vida y que, para él, que quería la muerte, “no quedaba nada apacible para ver y amar”.




“ME ACERCO A MI FIN

Veo mi ceguera acecharme
No quiero ver lo que me rodea
Todo me parece horrible e inacabado
Tengo ganas de arrancarme los ojos”.

Jattin, que adoraba a Jaime Jaramillo Escobar, Álvaro Mutis, Octavio Paz y Fernando Pessoa, miraba embelesado las montañas y el mar. Jattin, que entonaba como suyas las letras cantadas por Diomedez Díaz “Ese que escribe versos, repletos de verano, estando en primavera, ese soy yo”, tenía conversaciones fluidas y agradables con otros escritores que lo admiraron y lo siguieron por su amplia cultura. Jattin, que decidió relegar su intelectualidad para producir textos vulgares que mostraran la oscuridad que él percibía del mundo, bromeaba como un niño. Jattin, que se entregaba entregaba plácido a las canciones de Joan Manuel Serrat, se intoxicaba sin compasión con la cocaína que metía por su nariz con ayuda de un cuchillo de cocina.
Los poemas que encontró Mattos estaban escritos en un recetario llamado LEPONEX, en donde seguramente algún médico le ordenaría la medicación para el control de su esquizofrenia. Esos poemas hablaron de la crudeza con la que Jattin llevó su cordura, la grandeza con la que recibió su locura y la nobleza con la que se le lanzó a la muerte.

Estos dos poemas lo he agregado, como una impostura necesaria.


EL DISPARO FINAL EN LA VÍA LÁCTEA


En el cielo profundo de mis masturbaciones
ocupas ese ámbito de deseo irrefrenable y voraz
Inagotable y tierno que te devora el sexo
aunque tú no lo sepas Tu cuerpo habita el mío

Y es tan mío como no pudo serlo allá
en la realidad Es mío cuando yo te deseo
De esa misma manera impalpable y eterna
como este libro es tuyo Como yo soy de ti

Habitamos el ocho Doble infinito
de los dos universos El 8 de los círculos
El que parece dos astros hermanos y gemelos
El que parece dos ojos Dos culos cercanos
El que parece dos testículos besándose

Cuando llegas a mi cielo estoy desnudo
y te gustan las columnas de mis piernas
para reposar en ellas Y te asombra
mi centro con su ímpetu y su flor erecta
y mi caverna de Platón carnal y gnóstica
por donde te escapas hacia la otra vida

Y en ese cielo te entregas a ser lo que verdaderamente
eres Agresión de besos Colisión de espadas
Jadeo que se estrella como un mar contra mi pecho
Locura de tus ojos orientales alumbrando
la aurora del orgasmo mientras tus manos
se aferran a mi cuerpo Y me dices
lo que yo quiero y respiras tan hondo
como si estuvieras naciendo o muriendo
Mientras nuestros ríos de semen crecen
y nuestra carne tiembla y engatilla su placer
hacia el disparo final en la Vía Láctea

En las sábanas de nuestro cielo hay nubes
perfumadas de axilas y delicados residuos
el amor En la almohada el hueco
que tu cabeza ha dejado oloroso a jazmines
Y en mi alma y mi cuerpo el inmenso dolor
de saber que desprecias mi amor

Oh tú por quien mi vida renació
dentro la lumbre de la muerte 





UN PROBABLE CONSTANTINO CAVAFIS A LOS 19

Esta noche asistirá a tres ceremonias peligrosas
El amor entre hombres
Fumar marihuana
Y escribir poemas

Mañana se levantará pasado el mediodía
Tendrá rotos los labios
Rojos los ojos
Y otro papel enemigo

Le dolerán los labios
Y le arderán los ojos como colillas encendidas
Y ese poema tampoco expresará su llanto






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