domingo, 20 de enero de 2019

EDUARDO CAMACHO GUIZADO LOS ESCRITORES LE RINDEN TRIBUTO


La academia, los filólogos, los críticos, sus alumnos y por supuesto, sus lectores que son muchos,  lamentamos profundamente la muerte de este gran escritor e investigador colombiano, quien deja una vasta obra que difícilmente puede obviarse por lo importante e imprescindible para el conocimiento de la lengua y el intrincado mundo de la  creación poética y la narrativa. El periódico “El espectador”, le brindó este justo homenaje que no dudamos en reproducir por lo lúcido y puntual.  CESAR HERNANDO BUSTAMANTE HUERTAS.

Cultura

19 Ene 2019 - 9:00 PM
Nelson Fredy Padilla / npadilla@elespectador.com
FUE MAESTRO UNIVERSITARIO, NOVELISTA, ENSAYISTA Y POETA

Falleció en España a los 81 años de edad. Su hermano, director del Teatro Libre de Bogotá, y escritoras como Laura Restrepo, Piedad Bonnett y Patricia Lara explican cuál fue su aporte a la cultura colombiana.

El 2 de enero pasado murió en España Eduardo Camacho Guizado, profesor y autor colombiano que formó a muchos escritores nacionales en los años 60 y 70 y, durante dos décadas más, a narradores latinoamericanos, estadounidenses y españoles. Vivía en la ciudad de Córdoba desde hace un año y medio con su esposa, la traductora y también maestra de hispanismo Kim Griffin McNeil, actual directora residente del Programa Estadounidense de Estudios Hispánicos (Preshco).

La escritora Patricia Lara, una de sus alumnas, me dio la noticia y resumió la dimensión del gran profesor de los graduados de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de los Andes: “Era la época dorada en la que su decano era el gran filósofo colombiano Danilo Cruz Vélez. Entonces, Camacho Guizado era el hombre de las letras y, con su cátedra rigurosa, brillante, audaz y llena de pasión por la novela y la poesía, nos hizo enamorarnos de la literatura”.

Por su aula pasaron otras escritoras como Laura Restrepo, las poetas María Mercedes Carranza y Piedad Bonnett, los periodistas Enrique Santos Calderón y María Elvira Samper, los directores de teatro Ricardo Camacho y Jorge Plata; intelectuales y profesores como Amalia Iriarte, Conrado Zuluaga, Jorge Restrepo y Clemencia Forero. También Patricia Dávila, Teresa Morales, María Victoria de Angulo y muchos más. Patricia Lara resume: “Tantos hombres y mujeres que han influido en el mundo intelectual de Colombia y que no tenemos palabras suficientes para decirle a Eduardo gracias por haber despertado en nosotros una razón para vivir: la de la pasión por las letras”.

María Elvira Samper utiliza las palabras “inspiración y rigor” para describir al maestro que la guió por clásicos de la literatura universal hasta la poesía japonesa, que lo llevó a publicar sus Textos mínimos, 54 poemas breves sobre el lenguaje, la madurez y la inminencia de la muerte, sus “falsos haikus” dedicados a su hermano Álvaro, prolífico investigador social y columnista de El Espectador fallecido en 2011. En la Biblioteca Ramón de Zubiría, de la Universidad de los Andes, hay un único y muy consultado ejemplar de su Elegía funeral en la poesía española, publicado en Madrid en 1969, una lección de cómo aprovechar sus autores preferidos y también de crítica literaria. María Elvira dice que también le enseñó a valorar las letras nacionales. Otro de sus libros de referencia eran los Estudios sobre literatura colombiana: siglos XVI y XVII (1967) y la monografía sobre el más importante poeta del modernismo colombiano: La poesía de José Asunción Silva (1968), autor del que publicó en Caracas (1977) la Obra completa, bajo el sello de la Biblioteca Ayacucho.

Los alumnos consultados no olvidan su curso sobre la obra de Neruda, que intensificó a raíz del Premio Nobel de Literatura concedido al chileno en 1971 y que es la base de Neruda: Naturaleza, historia y poética (Madrid, 1973), libro-ensayo que la Universidad de los Andes reeditó en 2010. Evidencia su espíritu pedagógico, su capacidad analítica de lector y profesor, su mirada al humanismo desde la literatura, el enfrentamiento de naturaleza e historia, de subjetividad y objetividad; la relación entre realidad e irrealidad, entre poeta y mundo, porque la esencia de su vida fue “la inevitable poesía” y la investigación poética de lo personal. Le gustaba repetir de memoria estos versos del “Hombre invisible”: “Dadme todas las alegrías / Yo tengo que contarlas, / dadme / las luchas / de cada día / porque ellas son mi canto…”.

Sus libros son su vigente propuesta de diálogo, su “maquinita del porqué”, sobre lo “indefinido que el poeta no puede nombrar sino señalar”, sobre, como escribió Neruda, “aquello todo tan rápido, tan viviente” y a la vez, como lo estudió desde la estética y el aura soñadora de José Asunción Silva, tan cercano a “la presencia devastadora de la muerte”.

Camacho, nacido en Tunja en 1937, era egresado de la misma Facultad de Filosofía y Letras de los Andes y su mejor amigo español, el profesor de literatura Joaquín Roses Lozano, contó en el Diario de Córdoba que “Eduardo, muy joven, se trasladó a Madrid, donde fue uno de los doctorandos de Dámaso Alonso en la Universidad Complutense”.

Destacó que “su actividad docente fue dilatada y apasionante: enseñó literatura y lingüística durante diez años en Colombia, tanto en la Universidad de los Andes como en el prestigioso Instituto Caro y Cuervo. Sus estancias profesionales en Estados Unidos se desarrollaron en la Spanish Summer School de Middlebury College y en la State University of New York (Albany). A mediados de los años 70 volvió a Madrid como profesor y luego director del Programa de Middlebury College, el más antiguo de los programas educativos de intercambio con Estados Unidos en España”.

Lo definió así: “Atento a todos los intereses intelectuales y comprometido con la sociedad de su tiempo, Camacho Guizado se atrevió a encarar a uno de los autores más prolíficos y versátiles de la literatura hispanoamericana (Neruda)”. También pidió no olvidar sus tres novelas: Sobre la raya (1985), Aquellos rojos años (1990) y Los cuadernos de Souto (1996). Roses anotó: “Todos sus amigos de Córdoba, quienes pudimos disfrutar de su inteligente conversación durante los últimos meses, sabemos cómo amaba esta ciudad y lo recordaremos siempre”.

Quien mejor lo conoció y recuerda su influencia desde la adolescencia es Ricardo Camacho Guizado, director del Teatro Libre: “Mi hermano Eduardo fue el principal aliento que tuve cuando empecé a interesarme por el teatro, desde que estaba en bachillerato. A pesar de que su campo específico era la literatura —principalmente española e hispanoamericana—, tenía un panorama muy claro del teatro clásico y contemporáneo europeo y norteamericano, y me orientaba en mis lecturas, y en las referencias del poco teatro que se hacía en Bogotá en la década del 60. Era especialmente entusiasta de los espectáculos que dirigía Santiago García en la vieja Casa de la Cultura de la carrera 13 con calle 20, donde se presentaban obras de la vanguardia internacional por primera vez en este país”.

“Cuando entré a estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes, en la que él era el principal profesor de Literatura, organicé el grupo teatral de la Universidad, que él con el pintor Juan Antonio Roda —su más íntimo amigo— ayudaban a orientar y promover con su criterio y buen gusto. Y Eduardo escribió para el grupo su primera obra teatral La tienda (publicada en separata de Razón y Fábula, revista de la Universidad de los Andes), que montamos, y con la que participamos en el Festival Nacional de Teatro Universitario, obteniendo el Primer Premio, en 1968”.

“Una vez fundamos el Teatro Libre (1973), Eduardo ya se había ido del país contratado por la Universidad de Nueva York en Albany, y solo regresaba al país para dictar cursos ocasionales en los Andes. Y en 1986 escribió Sobre las arenas tristes, que pusimos en escena. Siempre seguimos en contacto personal y epistolar desde cuando se estableció en España hasta su muerte. A pesar de su modestia proverbial, era un crítico implacable de los espectáculos que yo dirigía, sin un ápice de condescendencia ni paternalismo”.

La novelista Laura Restrepo lo recuerda con “admiración enorme”: “Allá por los 60, a partir de mis quince años, fui alumna de Camacho (así le decíamos: Camacho) en la Universidad de los Andes, y una cosa puedo decir de entrada: si hoy me dedico al oficio de la escritura, en buena medida se lo debo a él, el mejor profesor que he tenido. Asistir a sus clases era para mí un embeleso y también una exigencia: no quería perderme ni una sola de sus palabras, tal vez por intuir que nos estaba dando claves y revelando secretos que serían el abracadabra hacia las profundidades de la literatura”.

¿Cómo era una clase de Camacho? “Nos preparábamos durante toda la semana y el trabajo de fin de curso que exigía significaba para nosotros un auténtico quemadón de pestañas: mis primeros pasos en el ensayo literario fueron intentos de entregarle a él algo que no le disgustara del todo”. Era estricto: “No era condescendiente con sus alumnos. Yo diría que ni siquiera amable, o al menos no conmigo. Sus críticas eran irónicas e implacables, y yo le trabajaba con temor reverencial. Es posible que mi timidez de ese entonces haya tenido la culpa de la distancia infranqueable entre maestro y alumna, quien sabe, o tal vez sería un cierto desdén que él, como buen marxista de hueso colorado, quizá sintiera frente a la burguesita, estudiante de universidad privada, que probablemente veía en mí. Lo cierto es que nunca en cinco años, pero cuando digo nunca quiero decir ni una sola vez, me atreví a alzar la mano en clase, aunque me bulleran por dentro las preguntas que me urgía hacerle”.

¿Cómo los inspiraba? “Bastaba con que Camacho hablara con entusiasmo de un novelista, un poeta o un crítico para que bajáramos a la biblioteca a buscarlo y lo devoráramos. Aparte de los autores propios de los cursos, recuerdo, por ejemplo, haberlo escuchado decir de El Gatopardo, de Lampedusa, que no solo era una novela extraordinaria sino también amable, en el sentido de que era imposible no amarla. Yo, que no conocía esa obra, la leí enseguida y en efecto la adoré, y aún hoy día, si alguien me preguntara qué novela de otro autor me hubiera gustado escribir, probablemente diría que esa”.

¿Cuál era su metodología? “Camacho desmenuzaba cada obra a partir de un sobrevuelo crítico del momento cultural e histórico en que fue producida, y luego, al penetrar en el texto propiamente dicho, elaboraba una aguda disección de la estructura, el punto de vista, el tono, la voz, la temporalidad, buscando al mismo tiempo ángulos más enrarecidos, como el estado de ánimo que tal obra suscitaba, los vínculos inusitados con obras de otros géneros y tiempos, el sentido del humor del autor o su melancolía, su pasión por la vida o su vocación de muerte. Y así. Con esto quiero decir que en sus clases de literatura Camacho no solo enseñaba a leer; también enseñaba a escribir”.

La dramaturga Patricia Jaramillo dice: “Su orientación fue muy importante para los que tuvimos el privilegio de asistir a sus clases que eran espacios de formación –no meramente académica-, sino y sobre todo, vital. Eduardo nos enseñó a leer, vale decir, a descubrir la experiencia sobre el mundo que se expresa y también se oculta en las obras literarias. La lucidez de sus análisis lograba desentrañar los múltiples sentidos de un verso, de una palabra, de una novela y, con ello, despertaba en nosotros la sensibilidad y la comprensión crítica, para no mencionar el buen sentido del humor –ácido- que permeaba el salón de clase”.

La escritora Piedad Bonnett ratifica: “Eduardo fue un maestro en el sentido total de la palabra. Nada paternalista. Sí muy exigente. Un gran lector, culto, erudito y, como todos los Camacho, un hombre apasionado y de una pieza: nada de medias tintas. Fue muy buen ensayista y también novelista, pero en este territorio no corrió con mucha suerte. Se fue de Colombia siendo todavía muy joven. Era un hedonista, un amante del vino y la buena comida. Con mucho sentido del humor, irónico como Ricardo, lapidario”.

Sí. Los hermanos Camacho Guizado dejan huella, incluido Álvaro Camacho Guizado (1939-2011), reconocido investigador social y columnista de El Espectador. Ricardo, el director de teatro, evoca a sus hermanos fallecidos, personajes que lo alientan en las jornadas de tablas: “La relación con mi hermano Álvaro, desaparecido en 2011, fue un poco diferente puesto que él era sociólogo, y su interés principal eran las ciencias sociales, pero también era un gran lector de literatura y, aunque siempre me apoyó, nunca, como el mayor, dejó de ser crítico con mi trabajo. Nuestra relación, incluyendo a mi hermana Gloria, fallecida en julio del año pasado, y quien vivió desde muy joven fuera del país, fue de total unidad y afecto matizada por el muy perverso sentido del humor y ánimo iconoclasta y burletero de los tres mayores, y todos simpatizantes de la izquierda”.
En memoria de Eduardo, familiares, amigos y discípulos le publicarán un libro inédito de poemas. Son sesenta páginas escritas “a los tantos años de esta edad”, merodeando los “territorios de la muerte”. Escruta el paso del tiempo, ese “enemigo implacable” y “terco”. Tituló su última obra Perder el tiempo, porque, al final, todo resulta vano y lo sintetiza en un verso sin comas: “En dolor en olvido en sombra en polvo en nada”.



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