domingo, 5 de agosto de 2018

FRANZEN, ¿EL GRAN NOVELISTA AMERICANO?


Es un escritor estadounidense, que saltó a la fama en 2001 con su novela Las correcciones, ganadora del National Book Award y que ha vendido 2,8 millones de ejemplares en el mundo (datos de 2010). Contrario a la tradición impuesta por el mercado americano, no ha permitido que sus obras se lleven al cine. Franzen, aunque nacido en Chicago, Illinois, creció en Webster Groves, un barrio San Luis, Misuri. Estudió en Swarthmore College, famosa institución educativa fundada en 1864 por los cuáqueros que queda unos 18 kilómetros al suroeste de Filadelfia, y también en Alemania gracias a una beca Fulbright. Actualmente vive en el Upper East Side de Manhattan, Nueva York y escribe para la revista The New Yorker. Habla con fluidez alemán. Traigo este artículo de Babelia del periodico “El país” de España y otro de más actualidad publicado en periodico "El tiempo" de Colombia, por la importancia que tiene para la literatura americana este autor y por ende para las letras del mundo, porque sus novelas, son eso, novelas, no se sale de la estructura literaria que implica el género, una trasposición de la realidad desde la ficción, para entender la intrincada naturaleza humana. No más. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE
 EDUARDO LAGO
13 OCT 2015 - 12:05     COT
Coronado por la crítica y el público, el escritor, compañero de generación de Foster Wallace, aboga por la recuperación del esquema clásico de la novela.
En sus dos primeras novelas, The Twenty-Seventh City (1988) y Strong Motion (1992), Franzen retrata los enclaves urbanos de San Luis y Boston contra un entramado de conspiraciones de signo insondable. Caracterizadas por su autor como “técnicamente antiautobiográficas”, ambas narraciones se desenvuelven en la estela posmoderna de las “grandes novelas de sistemas”, al modo de las obras de Pynchon o DeLillo. Con premisas similares, en 1987 David Foster Wallace, publicaba La escoba del sistema. El objetivo era dar con el lenguaje novelístico del tercer milenio. En 1996 Foster Wallace despedía el siglo XX con una obra de las propuestas más radicales de las últimas décadas: La broma infinita. Con algún ribete estrambótico (Franzen llegó a preguntarse si el suicidio de Wallace tenía como fin asegurarse un lugar en la posteridad), la amistad entre los dos escritores (incuestionablemente auténtica por ambas partes), constituye uno de los capítulos más fascinantes de la reciente historia literaria de su país, comparabale a las que mantuvieron en su día Fitzgerald y Hemingway, una mezcla inextricable de admiración, pasión y rivalidad. En tanto que Wallace nunca cuestionó su poética, Franzen sintió muy pronto que algo fallaba en su planteamiento. Quería vender más, y sospechaba que el problema estribaba en que de la novela se había alejado demasiado de las preocupaciones de la gente. En un ensayo titulado Tal vez soñar (1996), Franzen subraya la irrelevancia de la novela en el contexto de la cultura actual. En la era del entretenimiento, sometida al imperio de la imagen, los novelistas llevan todas las de perder. Buscando la manera de dar vuelta a la situación, dio con una fórmula paradójica: “La única manera de avanzar es retroceder”, concluyó. La solución de los males de la novela contemporánea está en volver a los modelos insuperables de Tolstoy o Dickens.
El resultado práctico de este planteamiento fue Las correcciones, narración que da cuenta de las peripecias de dos generaciones de una familia desestructurada, los Lambert. Las ventas superaron los tres millones de ejemplares, lo cual hizo decir a un crítico inglés que más que una novela, Las correcciones era un ejemplo de lo que debe ser un estudio de mercado. El autor contestó puntualizando que “el lector es un amigo, no un adversario ni un espectador”. Galardonada con el Premio Nacional del Libro en 2001, Las correcciones fue el fenómeno literario de la década en Estados Unidos. La contradicción inherente a un hecho así es mayúscula: La primera novela norteamericana de relieve del tercer milenio se regía conforme a una poética de la narración que tenía casi dos siglos de antigüedad. Aún así, funcionó.

Franzen afianzó su postura en Mr. Difficult (2002), ensayo en el que reniega de William Gaddis, autor de Los reconocimientos, a quien Franzen había considerado uno de sus maestros. Gaddis es un autor difícil, proclamó Franzen, y si la novela quiere sobrevivir ha de ser necesariamente “conservadora y convencional”. Tras Las correcciones, siguió un silencio de casi diez años, durante los cuales Franzen buscó escribir una novela que reflejara la compleja realidad de la sociedad norteamericana de nuestro tiempo. Cuando Libertad vio la luz en 2010, la revista Time confirió a Franzen el título de Gran Novelista Americano, reproduciendo una foto del autor en la portada. Tan sólo cinco novelistas “literarios” habían logrado aparecer en la portada de la influyente publicación antes que Franzen: James Joyce, Vladímir Nabokov, J. D. Salinger, John Updike y Toni Morrison, (Joyce y Updike en dos ocasiones). De manera más general, la crítica caracterizó a Libertad como “la gran novela americana de la era Obama”.
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Cuando Libertad vio la luz en 2010, la revista Time confirió a Franzen el título de Gran Novelista Americano, reproduciendo una foto del autor en la portada

Libertad es un canto a la estética del realismo, y sin embargo, la sombra que se cernió sobre su gestación, fue la de su amigo David Foster Wallace. Hace tan sólo unos días, el pasado 2 de octubre, en pleno lanzamiento de su novela más reciente, Pureza, Franzen evocaba la misteriosa irrupción de la figura de Wallace cuando, tras años de esfuerzos infructuosos, de manera repentina, una mañana, en la Academia Americana de Berlín, donde llevaba meses atrincherado, encontró el tono y rompió a escribir gozosa e ininterrumpidamente. De pronto, sin venir a cuento, recordó que Wallace no había contestado a un importante email. Alarmado, efectuó una llamada telefónica. Su mujer le explicó que de manera milagrosa, había sobrevivido a un intento de suicido, del que se estaba recuperando. Franzen acudió inmediatamente a su lado. “Que el momento en que yo despegaba artísticamente coincidiera con su hundimiento psicológico es algo muy extraño, que hasta hoy sigo sin entender. David y yo habíamos estado muy unidos durante muchos años y a veces pienso que éramos una sola entidad que se desgajó en 2008”, dice Franzen, aludiendo al momento en que, tres meses después, Wallace se quitó por fin la vida. Tras acudir a un servicio fúnebre celebrado en Manhattan, Franzen escribe: “Al día siguiente me sumergí a fondo en Libertad. Un año después había terminado”.

Con Libertad Franzen logró más ventas y más lectores aún que con Las correcciones, afianzando su reputación como uno de los escritores más influyentes de nuestro tiempo. La crítica, no obstante, se mostró algo más tibia. Para muchos, el libro supuso un retroceso. En Más afuera (2012), Franzen cuenta que tras la publicación de Libertad, viajó a la isla de Robinson Crusoe (donde pasó cuatro años el personaje en que se basó Daniel DeFoe para escribir la primera novela de la lengua inglesa), llevando consigo un ejemplar del libro y una caja de cerillas que contenía una pequeña fracción de las cenizas de David Foster Wallace.

La formidable operación internacional de márketing orquestada en torno al lanzamiento de Purity impide ver las cosas con suficiente claridad. Como figura pública, Franzen despierta admiración o antipatía a partes iguales. Para unos se trata del escritor norteamericano vivo más importante, para otros de un dinosaurio de la literatura. Sus experimentos con fórmulas caducas despiertan recelo entre muchos de sus colegas de oficio. La crítica se ha mostrado dividida. Muchos se rinden ante sus innegables poderes narrativos, aunque el consenso es que estamos ante su novela más endeble. A modo de síntoma, ahora que el Man Booker acepta títulos norteamericanos, el libro ni siquiera ha logrado pasar el primer filtro. ¿En qué consiste el fallo, si lo hay? La respuesta, quizá, haya que buscarla en la sombra que Foster Wallace proyectará siempre sobre él, una sombra que parece decir que quien apuesta por el pasado se entierra en el presente.



JONATHAN FRANZEN, LA GRAN ‘RARA AVIS’ EN LA LITERATURA ESTADOUNIDENSE
El autor de ‘Las correcciones’ se erige como sucesor al trono de la narrativa en ese país.
Por: María José Caro y Gabriel Messeth  04 de agosto 2018 , 09:48 p.m.
No es la primera expedición a Perú en la que se embarca Jonathan Franzen. Lo hizo cuando escribía una crónica sobre el secuestro de carbono para The New Yorker. Entonces descubrió su lugar preferido para observar aves. “Vi más especies en esa visita que en cualquier otro viaje”, recuerda antes de volver como estrella de la Feria Internacional del Libro de Lima.

Franzen aparece vía Skype desde Santa Cruz (EE. UU.), pequeña ciudad en el extremo norte de la bahía de Monterrey que luce como la California de los 70, con uno de los parques de atracciones más antiguos del país, que se oxida frente al mar.

“Hace más de 20 años conocí a mi compañera, la escritora Kathryn Chetkovich”, explica sobre la adopción de un hogar tan lejano a la meca editorial y donde juega tenis, toca guitarra y, sobre todo, observa aves. “Empecé a pasar largas temporadas aquí, y cuando le pregunté a Kathryn si viviría en Nueva York, dijo que no. Mudarme aquí fue una decisión gradual”, añade.

Pero su aislamiento no es total. Recientemente colaboró con el director Todd Field y el actor Daniel Craig, unidos en la empresa de adaptar Pureza (2015) para la cadena de televisión Showtime. Es la segunda vez que se empecina en llevar uno de sus libros a la pantalla chica, luego de que la miniserie de HBO basada en Las correcciones nunca vio la luz.

Hay algo quijotesco en el intento de filmar la compleja obra de Franzen. “Tengo una cierta satisfacción porque mis libros no sean filmados”, se consuela. “Tengo la esperanza de que nunca lleguen a una pantalla, para que así se mantengan como novelas: no todo tiene que ser dominado por la televisión”, dice quien se asume fanático de Breaking Bad y Better Call Saul.

Cómo estar solo
“Me siento una persona con suerte –afirma Franzen–. Descubrí desde chico para qué servía. Tengo este prejuicio de que para ser escritor debes ser muy bueno con las palabras, ser capaz de oírlas, saber cómo suenan. Se parece a la música. Por eso no toco la guitarra profesionalmente: no soy muy bueno. Pero cuando tenía 14 años sabía que era especialmente bueno escribiendo, mi maestro me lo dijo. Lo que era difícil para otros no lo era para mí”.

Fue así como este hijo de Western Springs, Illinois, descendiente de escandinavos, trazó objetivos para vivir de sus fabulaciones. “Lamentablemente, recuerdo la primera historia que escribí. Me inspiré en las canciones de Grateful Dead, que hablan sobre el Viejo Oeste. Al escucharlas, pensaba que conocía ese mundo. Así que escribí un cuento acerca de una partida de póquer, llena de alcohol, cerca de la frontera con México. Aunque tenía 17 años, sabía que no era un buen cuento, así que lo puse en un cajón”, relata.

Se estrellaría con los sinsabores de la vocación mientras escribía su ópera prima, Ciudad 27 (1988). Hoy, cuando esta sátira con ecos de thriller celebra su trigésimo aniversario, su acercamiento a la intriga política, la migración y el terrorismo, adquiere un aura premonitoria. Pero entonces fue recibida con tibieza. Reacción similar a la provocada por Movimiento fuerte (1992), libro arriesgado en el que ciencia y religión antagonizan con violencia. Franzen mezcla el conservadurismo provida con desastres telúricos, asunto del cual aprendió en sus años como asistente de investigación en el Departamento de Ciencias Terrestres y Planetarias de Harvard. El lanzamiento no produjo réplicas, aunque Stephen King se rindió ante su autor. “Hay algo que tiendo a olvidar –comenta sobre sus inicios–: era un hombre soltero muy pero muy pobre. Mi declaración de impuestos no arrojaba más de 6.000 dólares. Y odiaba a los ricos: era un joven furioso”.
Kathryn Chetkovich retrata el punto de inflexión en Envy, brillante ensayo en el que explora qué se siente ser mujer, narradora y novia de un autor sobre el cual empiezan a llover las “comparaciones con escritores muertos y con escritores vivos cuyas reputaciones están tan establecidas que bien podrían estar muertos”. ¿Cuál es su versión sobre aquel momento cuando “encontró su llave”, esa transición de ser un escritor en apuros al artífice de la primera obra maestra del nuevo milenio? “La versión corta es que lo disfruté y me relajé por primera vez en mi vida adulta”. Así resume el advenimiento de Las correcciones (2001). “Lo cierto es que engordé por todas las cenas a las que me invitaban cuando estaba promocionando el libro, y tardé como 15 años en perder todo ese peso. Pero también significó que podía tomarme hasta un año para hacer otras cosas, como dedicarme a la no ficción. Sentí que me habían dado lo que deseaba”, agrega.

El retrato tragicómico de los Lambert, familia disfuncional en crisis por la enfermedad del patriarca y los fracasos de cada hijo, reunida para celebrar una última cena de Navidad que se dirige hacia la catástrofe con la determinación de un kamikaze, llegó a librerías la semana previa a los atentados del 11-S. Se vio en Las correcciones un anticipo del nuevo modo de vida estadounidense, de los miedos y valores que iban a regir en un tiempo desconocido. Jonathan Franzen se convirtió en leyenda: el National Book Award, entrevistas en Charlie Rose y la famosa invitación al Oprah’s Book Club que devino en contienda mediática tras la negativa de Franzen para incluir el logo del talk show en la portada. Incluso prestó su voz a un episodio de Los Simpson en el que se va a los puños con su colega Michael Chabon.

Franzen atribuye a la experiencia su paso del thriller posmoderno al drama familiar, género que lo consagró tras la publicación de Libertad (2010). “Estoy seguro de que la edad tiene que ver con los temas que uno explora –sostiene–. Ahora disfruto más creando personajes y explorando la psicología”.

La saga de los Berglund a lo largo de varias décadas –con la guerra de Irak, el gobierno Obama y otros hitos como telón de fondo– confirmó la escala del proyecto de Jonathan Franzen, de mirada tan íntima como épica. La revista Time lo retrató en su portada con el rótulo de ‘gran novelista americano’. “Me alegró que fuera yo y no otro –acepta con sencillez–. No soy muy partidario de esa idea de la gran novela americana. Fue un poco vergonzoso, pero ¿a quién no le gusta ver su foto en una revista importante?”.

Advierte que su rutina ha variado. “Creo que poco a poco voy mejorando en esto de escribir novelas, aunque siento que me estoy quedando sin tiempo: ya tengo casi 60 –dice–. Trabajo los siete días de la semana y está todo siempre ahí, dando vueltas en la cabeza mientras me ducho o cuando me despierto a mitad de la noche. Lo repaso una y otra vez, tratando de afinarlo. Creo que sé lo que va a ocurrir, pero no sé cómo. La escritura es ir descubriendo cómo los personajes se pueden encontrar ante situaciones extremas. Son cosas con las que me obsesiono por años antes de sentarme a escribir”. También revela una receta creativa: “Empiezo por el título, para ver hacia dónde trabajo. Es como si compusiera sinfonías y sintiera que es hora de componer algo en re menor; el título es como una escala musical que le da al libro un tono”.

Cree que Pureza (2015) es la novela más parecida al libro que había imaginado.
“Cambiaron cosas, pero el planteamiento básico está ahí”, cuenta sobre esta epopeya que atraviesa desde los tiempos de la Alemania Oriental hasta Wikileaks. Franzen está de acuerdo con la noción de que cada novela suya encierra varios libros: “Cuando escribía Las correcciones, la imaginaba como cinco novelas cortas. Cada historia funcionaba como un libro independiente, con su propio arco dramático. Básicamente escribo novelas cortas dentro de un gran libro. Me dicen que estoy loco: Las correcciones pagaría cinco veces más si la partiera. Pero me gusta el libro grande”.
Más afuera
¿Existe la jubilación para un escritor? “Claro: Philip Roth lo hizo –responde–. Yo no quiero hacerlo. No quiero pasar un día sin escribir, pero una novela consume mucha energía. Pensaba que Pureza iba a ser la última. Y ahora, con este nuevo libro, me digo: ‘OK, esta vez sí puede ser’ ”. Tras las muertes de Tom Wolfe y Roth —una acaecida días después de la otra—, Franzen fue visto como el sucesor al trono de la narrativa estadounidense. “Wolfe y Roth tuvieron la fortuna de vivir lo suficiente para tener carreras completas, y sin tener que preocuparse de que la gente dejaría de leer por estar pegados a sus teléfonos. Me da un poco de envidia, y me parece triste”, lamenta.

Su siguiente novela retratará el presente. “No estoy muy interesado en la política porque creo que es simplista, pero me interesan el fenómeno Trump, la división actual y lo que la tecnología le está haciendo a este país. Todo eso estará ahí. Luego seguiré haciendo periodismo y, quién sabe, podría escribir más guiones”, adelanta.

Asomarse fuera del terreno de la novela es una de sus grandes fortalezas. A través del ensayo ha rumiado el dolor propio y defendido sus ideas. A través de la no ficción ha removido los recuerdos del alzhéimer de su padre y ha vuelto a su relación con David Foster Wallace, sobre cuyo suicidio escribió: “Cuando su esperanza en la ficción murió, tras años de lucha con una nueva novela (El rey pálido), no hubo otro camino más que la muerte”. Se trató de una gran amistad literaria, signada por “comparaciones, contrastes y fraternal competencia”. Sobre ella escribió una de sus crónicas más celebradas, Más afuera, que detalla su agenda secreta durante una visita al archipiélago Juan Fernández, frente a la costa chilena.

En su búsqueda del rayadito (Aphrastura masafuerae), ave de la isla Alejandro Selkirk, y mientras releía Robinson Crusoe, Franzen buscó el lugar idóneo para echar las cenizas de Wallace, confiadas por su viuda. “Me di cuenta de que estaba en el lugar más dramáticamente bello que había visto jamás... El viento tomó el polvo y se desvaneció en la bóveda azul del cielo, soplando por el océano”, recuerda en el artículo.

En su próximo libro de ensayos, The End of the End of the Earth, Franzen se centra en el cambio climático y las redes sociales. Pareciera un libro para la administración Trump, aunque el escritor cree que ningún libro lo sea. “No son famosos por leer –remata con sorna–. No me gustaba George W. Bush, pero cuando miro atrás parece el paraíso”. Frente a ello, el avistamiento de aves es más que un paliativo para él, que ha comparado sus recompensas con el sexo. “Hay un factor sorpresa: no sabes cómo será tu día. Si vas a la Galería Uffizi, sabes a qué cuadros atenerte; pero si vas al (parque del) Manu, no tienes idea de lo que encontrarás. Es una aventura”, compara.

Mientras investigaba sobre la reinita cerúlea, que aparece en Libertad, su amor por las aves creció en proporción a su inquietud por ellas. De hecho, se convirtió en un feroz detractor de la caza de pájaros cantores. “Jamás, ni remotamente, me había visto tan comprometido con una causa –confiesa–. Mi esfuerzo por defender las aves tuvo que ver con la fama. Si hubiera sido un activista en 1990, a nadie le habría importado. De pronto la gente empezó a escuchar lo que tenía que decir”.

MARÍA JOSÉ CARO Y GABRIEL MESETH
EL COMERCIO (PERÚ)
Twitter: @ElDominicalEC




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