domingo, 10 de junio de 2018

SAMUEL JARAMILLO GONZÁLEZ, UN POETA DIVERSO Y DIFERENTE



Hay personajes muy importantes para la literatura y el pensamiento, cumplen una labor que siempre suma, pedagógica en primera instancia, en esencia son creadores puros, como en este caso, un poeta consumado, con una vida diferente, en plena búsqueda de significados. Samuel es todo un personaje, su obra cada vez cobra más importancia. Traer este artículo publicado en el periódico “El tiempo” de Colombia es apenas un justo homenaje y una contribución para que mis lectores le sigan. CESAR H BUSTAMANTE HUERTAS
Por: Myriam Bautista G. 
01 de junio 2018 , 07:21 p.m.
Además es economista, especializado en urbanismo, marxista, novelista y profesor.
Su infancia en la selva chocoana, su adolescencia en la zona cafetera, su juventud en la sabana de Bogotá y algunos años en ciudades de Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Argentina le han dado mucha tela de donde cortar para coser una poesía en la que transmite, con lenguaje original, sus vivencias intensas por esos espacios geográficos tan distantes y disímiles. Han sido siete libros que no han dejado indiferentes a sus lectores ni a los entendidos. Y en narrativa: una biografía y una novela, escritas con la destreza del experto y la belleza del poeta, se han vendido muy bien, a pesar de no contar con publicidad distinta a la del boca a boca.
No levanta la voz ni es ostentoso en sus argumentos, pero sus verdades no admiten discusión. Tal vez por esto, desde los catorce años en que comenzó a escribir poesía, publicada en los magazines literarios de la prensa nacional, tuvo la certeza que sería poeta. Certeza que refuerza con la premisa de que la poesía es una profesión precoz. Si no fuera así, ¿cómo explicar que Baudelaire no escribió una letra más después de los 19 años?

También, desde su adolescencia tomó la decisión de combinar el verso con una profesión que le permitiera vivir bien, sin tener que escribir por encargo o traducir tratados médicos. Trae a colación al escritor Ezra Pound, que fue cajero de banco por quince años y con ese sueldo solventó su existencia a la vez que logró consolidar esa obra poética modernista de relevancia.

“El poeta no tiene que responder a ese estereotipo que lo pone como vago, el que rompe copas en las fiestas o el que más alcohol bebe. Ser una persona productiva, buen profesional, no le quita méritos ni le disminuye creatividad”, asevera, siempre sonriente.
PADRINOS Y MILITANCIA
Comenzó estudiando arquitectura, pero le pareció que esa no era la mejor época para desarrollar los proyectos urbanísticos que concebía y se cambió a un programa doble: Economía y Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes. Encontró en esas dos facultades, sobre todo en la de Letras, un fervor izquierdista, como nunca más se volvió a vivir, y además tuvo la fortuna de hallar respaldos para la escritura de su poesía. Su profesor Eduardo Camacho Guizado, por citar tan solo un nombre, no solo lo alentó, sino que se convirtió en su auspiciador.

Por el lado de la militancia política había partidos para todos los gustos. Samuel Jaramillo recuerda divertido el primer grupo en el que militó. “Era maoísta, en años lejanos en los que ni se había fundado el Moir; respondía al nombre de Sol Rojo y Fusil”.

Esa extraña mezcla de poética prochina con insurgencia doméstica no lo convenció. Así que se fue a donde los socialistas, con los troskistas más específicamente, que le parecieron sofisticados: se sentía más seguro siguiendo los planteamientos de Trotski, quien suscribió manifiestos con los surrealistas y fue amigo de André Breton, que con los compañeros que ansiaban repetir la Gran Marcha por esta tierra y a quienes no les gustaba su poesía. “La encontraban derrotista y muy sofisticada para sus bases”, expresa.

Samuel Jaramillo, como tantos otros jóvenes de esos años, se hizo socialista de tiempo completo. “Me eché sobre los hombros la responsabilidad de cambiar este país a punta de discursos, de vender prensa obrera escrita por intelectuales y de unirnos a cuanta lucha obrera y popular tenía ocurrencia. Vivíamos los días, con sus noches, angustiados porque los resultados eran exiguos a pesar de todo lo que trabajábamos”. Ayudó a los vecinos de los barrios de la Perseverancia y alrededores en su lucha contra la construcción de la avenida de los cerros; escribió en el periódico de su partido sesudos análisis marxistas, fue solidario con los pliegos de peticiones de los bancarios, de los maestros, de los obreros de Vanitex y un largo etcétera, en una época de paros y protestas. Pasaba horas en esos grupos de estudio, en los que la revolución permanente era la razón de su existencia.

Contra cualquier pronóstico se graduó de economista y de filósofo. Justo en ese tiempo comenzaron las divisiones de su partido y decidió viajar al exterior a doctorarse en dos cuestiones: una muy concreta, aspectos urbanos y regionales de la vivienda y la propiedad del suelo, y, otra más abstracta, teoría económica marxista. En Francia fue alumno preferido del sociólogo y urbanista Manuel Castells.
Me eché sobre los hombros la responsabilidad de cambiar este país a punta de discursos, de vender prensa obrera escrita por intelectuales.
 Ya doctorado, se vinculó al Cede y a dictar clase en los Andes, lo que ha hecho en estos últimos cuarenta años, con breves interrupciones. Ha sido también asesor en algunos ministerios y profesor invitado en universidades de Nueva York y Buenos Aires.

De manera simultánea siguió escribiendo poesía con buena estrella. Ganó el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, una beca de Colcultura en Poesía y en el 2014 se le tributó homenaje, en la edición veinte y dos, del Festival de Poesía de Bogotá.

En la pasada feria del libro, la colección Zenócrate, de Los Andes, dirigida por el reconocido y lúcido poeta Fernando Denis y la Casa de Poesía Silva, lanzó el libro que recoge toda su obra poética (1973-2014), siete libros muy diferentes que corresponden a esos estadios particulares de su existencia, bajo el enorme título de ‘Altavoz Rescatado del Titanic’.

En el prólogo, Denis no ahorra halagos hacia la poesía de Samuel Jaramillo y advierte que “De este libro mágico asombra su pavorosa belleza”.

AFORTUNADAS SEÑALES

Llegar a donde ha llegado Samuel Jaramillo como poeta no solo ha sido producto de su esfuerzo y de su trabajo sino, como él mismo admite, de ventajas comparativas como haber contado con el respaldo de intelectuales como Andrés Holguín, que le publicó varios poemas en su revista y de los que escribió varias veces admirado. “En su labor poética hay un cuidadoso trabajo con el lenguaje, con la expresión, con los símbolos”, afirmó Holguín. Ayudó, y mucho, también, haber ganado concursos universitarios, que le publicaran algunos de los poemas que mandaba a los medios y que sus libros hubieran encontrado editores y lectores.

A medida que se va madurando, la narrativa ocupa un estrato en la imaginación que no digo que sea mejor o peor, pero que es distinto. Ese es un tránsito peligroso porque no a todos los poetas les va bien. Hay poetas muy buenos que se lanzan a escribir novelas, y el resultado es lamentable”, reflexiona en voz alta Samuel Jaramillo.

“Mi primer libro de poesía, en 1973, Ásperos Golpes, me dio mucha seguridad; me sentí cómodo y recibí buenos comentarios”.

Sin embargo, esa ha sido su publicación menos exitosa, se vendió poco. Tanto que Samuel pasó años buscando a un comprador de una librería de donde solo se vendieron dos ejemplares: el que él compró y otro más. Con el correr de los años encontró a esa anónima mecenas: su actual compañera, la socióloga Elena Useche. Las casualidades del destino. De cada uno de los otros seis libros relata los secretos que les dieron vida y, por su puesto, han hecho que crezca su audiencia.
En su labor poética hay un cuidadoso trabajo con el lenguaje, con la expresión, con los símbolos Más que sabio.
 En esa búsqueda constante en que viven escritores, como él, con tanto por decir, se encontró Samuel Jaramillo con un personaje que lo cautivó y sobre el que escribió con gran placer porque considera que, con su trabajo, reivindicó al científico y al patriota excelso.

Durante siete años, Samuel Jaramillo investigó, leyó y construyó un relato novelado sobre Francisco José de Caldas.

“Tenía una idea de cartón estereotipada sobre Caldas. La historia que le enseñan a uno en la primaria. Desde que inicié la investigación tuve una identificación generacional con esos próceres que lucharon por la Independencia con enorme generosidad y grandes limitaciones, y que hasta entregaron su vida por la causa.

Caldas se me presentó como un reto. Tuvo una enorme vocación científica y desarrolló una estrategia para, en medio de las carencias, llevar a cabo su cometido, pero la guerra lo sacó de esa empresa de investigación. A partir de su correspondencia, unas trescientas cartas, pude reconstruir su diario. La mitad de las frases de mi libro: Diario de la luz y las tinieblas, son de la autoría de Caldas, de su propia mano”.

Ese Diario… primero lo publicó la Editorial Norma. Esa edición se agotó a los tres meses y luego, por razones que el autor desconoce, no se reeditó, aunque a las librerías que llegaba le decían que enviara más ejemplares porque la gente lo pedía, pero no fue posible y hasta les hicieron una solicitud de trescientos libros para acompañar una exposición sobre el sabio, que no fue atendida por la editorial. Hasta que el Fondo Editorial de los Andes hizo una nueva edición que ha tenido muy buena acogida y fue comprado por el Estado para ponerlo en todas las bibliotecas del país.

Con esos antecedentes, entonces, Samuel Jaramillo procedió a desempolvar una historia, en buena parte narrada por su madre, pero que une retazos de su historia personal con la de su compañera en la crónica roja de una ciudad de tierra caliente y con relatos que tenía archivados. Como corresponde a su linaje, la bautizó de manera poética: Dime si en la cordillera sopla el viento, editada por Alfaguara, que ha tenido eco en el reducido mundo de la crítica literaria nacional.

A partir de una fotografía de tres muchachas, Samuel Jaramillo construye un relato interesante e interesado. No solo quiere mostrar la valentía de un puñado de hombres y mujeres que colonizan una tierra agreste, sino que de paso hace ajustes de cuentas con esas élites de ciudades intermedias que suelen ser más crueles y excluyentes que las familias más burguesas de la capital, y de paso entrelaza relatos domésticos, familiares, con sucesos nacionales.

Me interesaba, además, explorar ese juicio que repite que nosotros, los colombianos, hemos sido una sociedad violenta desde la conquista hasta hoy. Considero que eso no solo es falso sino muy inmovilizador. Hemos tenido etapas pacíficas de las que no se habla. Quise explorar también sobre cómo se recoge la memoria colectiva”.

CIENCIA FICCIÓN


Y como quien no quiere la cosa, nos cuenta que anda dándole los últimos toques a una serie de cuentos de ciencia ficción, porque algún día encontró que la literatura latinoamericana, no solo la colombiana, carecía de estos. “Grandes escritores han explorado esta temática. Es un género que habla del presente, del problema de la tecnología. Uno de esos cuentos tiene ocurrencia en mi calle, en La Raqueta, en el tradicional barrio del Bosque Izquierdo, en el centro de Bogotá.

Samuel Jaramillo escribe un relato multidisciplinario con un lenguaje preciso, refinado y convincente que da gusto leer y recomendar. 






miércoles, 30 de mayo de 2018

ROTH Y EL SILENCIO QUE NOS EMBEBERÁ



La muerte de este gran escritor americano, el último de aquellos  grandes novelistas  judíos, representa para la literatura universal una lamentable noticia. Son muchos los artículos sobre su vida y su obra, publicaremos dos como un justo homenaje para quien nos brindó tantos ratos de lectura y alegría, no importa que al final, su mensaje, lleno de desesperanza, por la magia de la buena literatura, nos deje un sabor agrio. El primero lo publicó letras libres y el segundo publicado por el periódico “El país” de España. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE

Luis Muñoz Oliveira
En la obra de Roth se hallaban la ironía, la prosa siempre aguda, el dominio absoluto de la narración, el manejo de sus ritmos y sus tiempos. Y ante todo, una cierta disposición sombría y burlona ante la escritura y la vida.

29 mayo 2018
En uno de esos horribles viajes trasatlánticos que duran horas y en los que normalmente se padecen la incomodidad del cuerpo y la desesperación del alma, tuve la fortuna de leer por primera vez a Philip Roth. Cuando abrí el libraco de casi 600 páginas y comencé con la historia de “El sueco”, quedé absolutamente atrapado. El vuelo de Barcelona a Buenos Aires se me hizo corto. Recuerdo bien la narración de Pastoral americana en voz de Nathan Zuckerman, personaje del que no tenía noticia. 
Fue en Buenos Aires que un amigo, al verme leer a Roth, me informó de que había toda una saga en voz de Zuckerman, que comenzaba en la juventud del escritor. 
—Este es el primero que leo —dije. 
—No sabes qué envidia me da que te queden tantos libros por leer— contestó. 
Hoy entiendo por qué me dijo aquello, aunque no veo por qué no podemos volver con admiración a leer su obra: conocerla no empobrece su relectura. 
Roth tiene la maestría de hablar de la desgracia humana con un humor magnífico. Ahora que escribo esto voy a aquel ejemplar que voló conmigo de un lado al otro del Atlantico y me encuentro subrayados de esa primera lectura: “Había aprendido la peor de las lecciones que puede dar la vida: la de que carece de sentido. Y cuando sucede tal cosa, la felicidad nunca vuelve a ser espontánea”. Hojas más adelante me encuentro otro subrayado, siempre me maravilla: “La tragedia del hombre que no está hecho para la tragedia… esa es la tragedia de cada hombre”. 
Cuando terminé Pastoral americana y volví a Barcelona, comencé a leer con avidez todas las novelas de Zuckerman. Ahora sí en orden: La visita al maestroZuckerman desencadenadoLa lección de anatomíaLa orgía de PragaLa contravidaPastoral Americana (otra vez); Me casé con un comunista; hasta que llegué a la última que se había publicado entonces: La mancha humana. Recuerdo el desasosiego y la melancolía que sentí cuando me quedé sin más Zuckerman. Afortunadamente en 2008 apareció Sale el espectro, la última novela de la saga. Sin embargo, cuando la abrí y comencé a leerla, sentí un nudo en la garganta y no pude sino hacerla a un lado. Decidí que no quería terminar con Zuckerman, no mientras Roth siguiera vivo. Mi estúpido homenaje a su muerte sería leer la salida del espectro. Hoy, apenas envíe estas palabras, me sentaré a terminar lo que empecé hace diez años. 
Al dar por terminada mi lectura de Zuckerman, tuve oportunidad de descubrir por segunda vez a Roth: recuerdo con especial admiración El teatro de SabbathEl lamento de PortnoyEl animal moribundo y Elegía. Las últimas dos son un terrible retrato del final de la vida. En Elegía dice Roth en voz de su personaje: “la vejez no es una batalla, es una masacre”. 
Roth llenaba de ironía y de erotismo la vida de sus personajes: recuerdo a Zuckerman con una torticolis tremenda justo cuando se había ligado a una chica guapísima, lo que obviamente lo incapacitaba para el sexo. O mucho más terrible aún: a Sabbath, un titiritero que padece artritis en las manos. Y claro, al seductor y deseoso David Kepesh que termina convertido en un gran pecho. Imagínense a Casablanca vuelto teta. 
Como escritor en ciernes encontré en Roth la ironía, la prosa siempre aguda, el dominio absoluto de la narración, el manejo de sus ritmos y sus tiempos. Pero de un escritor no se aprende como de un maestro de álgebra. Lo que me dejó Roth en el espíritu es una cierta disposición sombría y burlona ante la escritura y la vida. A Roth lo llevo en la sombra. Además, también me enseñó el silencio: en 2012 anunció que dejaba de escribir. Dijo que ya no tenía ni la enjundia mental ni la física para enfrentarse al complejo artefacto que es una novela. Roth aceptó que ya había escrito sus mejores libros y decidió callar: ¿para qué escribir si no buscas la mejor obra que puedan dar tu cabeza y tus manos? A veces es necesario callar. 
El sábado pasado, antes de la final de la Champions League, no lo invento, brindamos por Roth. Todos los ahí presentes somos sus asiduos lectores. Roth nos ha dado horas y horas de charla, así que un brindis no estaba de más. Y medio tiempo más tarde, Roth se hizo presente en los errores del pobre Karius, portero del Liverpool. Ese es el tipo de cosas que Roth le hubiera hecho a un personaje: 
—Cae —me lo imagino diciendo— para que veamos si te levantas. Y en el camino, intenta sobrevivir a las estupideces a las que te orilla tu apetito sexual.
“Sigue siendo cierto que de lo que se trata en la vida no es de entender bien al prójimo. Vivir consiste en malentenderlo, malentenderlo una vez y otra y muchas más, y entonces, tras una cuidadosa reflexión, malentenderlo de nuevo. Así sabemos que estamos vivos, porque nos equivocamos”, escribió en Pastoral americana.
Y, finalmente, termino citándolo en su lengua, para que brille su pulcritud, su acidez y su fuerza: “Think of old age this way: it’s just an everyday fact that one’s life is at stake. One cannot evade knowing what shortly awaits one. The silence that will surround one forever. Otherwise it’s all the same. Otherwise one is immortal for as long as one lives”. Esto es de The dying animal. 
Me retiro a leer Sale el espectro. Cerraré ese círculo que dejé abierto por diez años. Después guardaré silencio y trataré de no sentirme inmortal, que el tiempo se nos escapa como avión trasatlántico. 
MUERE EL ESCRITOR PHILIP ROTH A LOS 85 AÑOS
Novelista, ensayista, autor de colecciones de cuentos, Roth fue uno de los grandes narradores americanos del siglo XX

PABLO DE LLANO
 23 MAY 2018 - 10:00 COT
Philip Roth, uno de los autores más importantes de la literatura estadounidense de la segunda mitad del siglo XX, ha fallecido este martes por la noche en Manhattan a los 85 años según ha confirmado su agente, Andrew Wylie. La causa ha sido una insuficiencia cardiaca.
 Nacido el 19 de marzo de 1933 Newark (Nueva Jersey), hijo de un matrimonio de descendientes de emigrantes judíos de Europa del Este y criado en el barrio de clase media de Weequahic, Philip Milton Roth, eterno candidato al premio Nobel, que nunca llegó a conquistar, recibió otros de los premios más señalados como dos National Book Awards, dos National Book Critics, tres PEN/Faulkner Awards, un Pulitzer y un Man Booker International.
Tras publicar 31 obras a lo largo de su carrera, el autor de El lamento de Portnoy (1969), que lo catapultó al éxito con la tormentosa relación con el sexo del personaje Alexander Portnoy, y de la ya legendaria Trilogía americana, que le abrió definitivamente las puertas del Olimpo literario –Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista(1998) y La mancha humana (2000)–, tomó la decisión de dejar la escritura en 2012, año en que fue galardonado con el Príncipe de Asturias de las Letras, cerrando una trayectoria magistral que arrancó con la publicación en 1959, cuando tenía 26 años, de Goodbye Columbus, un conjunto de cinco relatos y una novela de amor que le valió uno de los premios más prestigiosos de Estados Unidos, el National Book Award.
Con Roth desaparece el último de los gigantes de las letras americanas del siglo pasado, junto con Saul Below (1915-2005) y John Updike (1932-2009), y una figura central de la fecunda narrativa judía estadounidense al lado del propio Bellow, Bernard Malamud (1914-1986) y Norman Mailer (1923-2007), brillando por su capacidad para profundizar en las obsesiones de la cultura de su propia comunidad.
Roth, sin embargo, no se sentía cómodo con su reiterada categorización como escritor judío-americano. "Ese epíteto no tiene sentido para mí", dijo. "Si no soy un americano, no soy nada", o, como resumió en otra ocasión rechazando la acotación comunitaria y resaltando su propósito de universalidad: "Yo no escribo judío, escribo estadounidense". En su autobiografía Los hechos (2008), decía con humor a propósito de su padre: "Su repertorio nunca ha sido enorme: familia, familia, familia, Newark, Newark, Newark, judío, judío, judío. Más o menos como el mío".




La introspección psicológica –recurriendo al uso del alter ego; como el novelista Nathan Zuckerman, voz de nueve de sus novelas– fue permanente campo de batalla del prolífico Roth, con obras memorables como Patrimonio (1991), en la que el protagonista examina su compleja relación con su padre y se sitúa ante la dificultad de ser testigo de su agonía hasta su muerte. En su obituario, The New Yorker ha recordado los temas preferidos de Roth: “La familia judía, el sexo, los ideales americanos, la traición de los ideales americanos, el fanatismo político y la identidad personal”. 
En una entrevista en 1985, Roth definía así la cuestión esencial sobre la que rotaba como su literatura: "Es la tensión entre el hambre de libertad personal y las fuerzas de la inhibición", decía aludiendo a la lucha del individuo contemporáneo con los corsés tradicionales y personales.


En enero, después de años alejado de los medios, el autor de La visita al maestro(1979) concedió una entrevista a The New York Times en la que afirmaba que la lectura –sobre todo obras de Historia– había reemplazado su pasión por la escritura y explicaba que había dado por finalizada su carrera al tomar conciencia de que había dado de sí todo lo que llevaba dentro: “Había sacado lo mejor de mi trabajo, y lo siguiente sería inferior”. “Ya no poseía la vitalidad mental, ni la energía verbal o la forma física necesarias para construir y mantener un largo ataque creativo de cualquier duración sobre una estructura tan compleja y exigente como una novela”. Cuando optó por dejar el oficio, Philip Roth pegó un post-it en su ordenador que leía: "La lucha con la escritura ha terminado". Para evaluar su obra, citaba esta frase que dijo hacia el final de su vida el boxeador Joe Louis: "Lo hice lo mejor que pude con lo que tenía".





martes, 15 de mayo de 2018

“NO HE VISTO NUNCA UN FANÁTICO CON SENTIDO DEL HUMOR” AMOS OZ



Con todo lo sucedido en Israel a propósito del traslado de la embajada de los Estados Unidos, esta entrevista, publicada en la revista “Babelia” del periódico “El país” de España resulta ser una visión muy diferente de la posición radical de Israel frente al conflicto con el pueblo Palestino. Cae como anillo al dedo, más viniendo de quien viene. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE
JUAN CARLOS SANZ
11 MAY 2018 - 04:33 COT
El escritor más reconocido en lengua hebrea publica 'Queridos fanáticos', un libro en el que condensa en forma de cuento lo que ha aprendido sobre la vida.
Parece el mismo de hace tres años, pero su voz se pierde a menudo en la grabadora entre el ronroneo de su gato ­Freddie. “Mi salud ya solo me permite viajar con la imaginación”, se excusa el escritor más reconocido en lengua hebrea. Amos Oz (Jerusalén, 1939) comienza una conversación con Babelia en su casa de Tel Aviv sobre los zelotes, extremistas y sectarios que prefieren observar un mundo complejo de la forma más simple, aunque termina reconociendo que su último libro, Queridos fanáticos, es en realidad un legado: “Se lo he dedicado a mis nietos. He concentrado lo que he aprendido en la vida, pero no de una manera abstracta, sino como un cuento”.
PREGUNTA. ¿Por qué ha recuperado discursos de hace tres lustros?
RESPUESTA. Es una revisión de mis conferencias de 2002 en Alemania. Hay una nueva aproximación. Lo más peligroso del siglo XXI es el fanatismo. En todas sus formas: religioso, ideológico, económico…, incluso feminista. Es importante entender por qué regresa ahora. En el islam, en ciertas formas del cristianismo, en el judaísmo…
P. Escribe sobre su tierra. ¿Oriente Próximo es la cuna del fanatismo?
R. Es una idea común, pero no creo que sea verdad. El auge del fanatismo y el racismo en Estados Unidos es mucho más peligroso. Existe fundamentalismo en Rusia y en el este de Europa. También es peligroso el fanatismo nacionalista en Europa Occidental.
P. ¿Compartimos ese pecado original?
R. Creo que hay un gen fanático en casi todos nosotros. Es la tendencia del ser humano de intentar cambiar a los demás. Les decimos a los niños: “Tienes que ser como yo”. Eso es muy común.
P. Usted razona sobre un fanatismo universal.
R. Cuanto más complejos se van haciendo los problemas, más y más gente está hambrienta de respuestas muy simples. Una fórmula que lo cubra todo. Pero muy a menudo se trata de mensajes fanáticos. Por ejemplo: “Todos nuestros problemas se deben a la civilización occidental”, o “nuestros problemas se deben al fundamentalismo islámico”, o “tienen su origen en la globalización” o “en el sionismo”…
P. Usted fue un muchacho fanático.
R. Un pequeño extremista, educado en una convención de nacionalismo y sionismo. “Los judíos tienen razón, nuestros enemigos están equivocados. Somos los buenos de la película y los otros son los malos”. Así de simple.
P. ¿Cómo se cura el fanatismo?
R. Hay que tener curiosidad. Ponerse en la piel del otro. Aunque sea un enemigo. La receta es imaginación, sentido del humor, empatía. Pero no para contentar al otro. No soy como Jesucristo y no pido poner la otra mejilla. Lo mío es intentar imaginar qué hace al otro actuar de determinada forma.
P. Usted escapó de la atmósfera de su Jerusalén natal. ¿Es difícil no acabar siendo un fanático en esa ciudad?
R. Amo Jerusalén. Pero necesito mantener una cierta distancia. Es demasiado conservadora, en términos de ideología o religión. En Jerusalén casi todo el mundo tiene una fórmula personal para la salvación o la redención. Cristianos, musulmanes, judíos, pacifistas, ateos, racistas, todo el mundo.
P. Nació en un barrio que hoy es ultraortodoxo.
R. Entonces era de clase media baja. Había religiosos, pero también comunistas y algún anarquista. Y nacionalistas. Era un barrio interesante porque la gente discutía a todas horas.
P. ¿Una característica más bien jerosolimitana?
R. Es israelí, en general, aunque resulta más evidente en Jerusalén. Cualquier parada de autobús puede convertirse en un seminario académico. Completos desconocidos discuten de política, moralidad, religión, historia o sobre cuáles son las verdaderas intenciones de Dios. Pero nadie quiere escuchar al otro, todos creen tener la razón.
P. En el Estado judío, donde la religión es un signo identitario, ¿cómo vive un laico, un ateo?
R. Mi problema no es la religión, sino el fanatismo religioso. No es el cristianismo, sino la Inquisición. No es el islam, sino el yihadismo. No es el judaísmo, sino los judíos fundamentalistas. No es Jesucristo, sino los cruzados.
P. Un Gobierno ultraconservador en Israel, Trump en la Casa Banca, ¿una era propicia a la intransigencia?
R. La mayor parte del mundo se está moviendo rápido desde una perspectiva compleja a otra muy simplista. Pasa también en la izquierda radical.
P. El nacionalismo, el conflicto palestino, ¿no han condicionado esa visión en Israel?
R. Es natural. Cuando un maldito y cruel conflicto dura más de cien años hay heridas en ambos bandos. Oscuras imágenes del otro. Hay gente sentimental en Europa que cree que todo puede arreglarse charlando y tomando un café, con la idea de que en el fondo todo es un malentendido. Un poco de terapia de grupo y tan amigos. No. Hay conflictos que son muy reales. Cuando dos hombres aman a la misma mujer. O dos mujeres al mismo hombre. Eso no se puede solucionar tomando un café. El conflicto entre israelíes y palestinos es real.
P. ¿Hace falta un divorcio: dos Estados?
R. Básicamente es eso. La casa es muy pequeña. Tenemos que hacer dos apartamentos. Israel y, en la puerta de al lado, Palestina. Luego tendremos que aprender a decirnos “buenos días” en la escalera. Más tarde podremos ir de visita, a tomar café a casa del otro… Y hasta cocinar juntos: un mercado común, una federación o confederación…, pero antes hay que dividir la casa… En el fondo todos saben que la única solución posible es la de los dos Estados. Aunque no les gusta. Para palestinos e israelíes es como una ampu­tación, pierdes parte de tu cuerpo.
P. En Israel hay quien le cree un fanático de la fórmula de los dos Estados.
R. La otra solución solo funciona en Suiza. En Yugoslavia acabó en un baño de sangre. Hubo un divorcio pacífico en la antigua Checoslovaquia. ¿A quién se le ocurre que israelíes y palestinos deben acostarse juntos y hacer el amor y no la guerra? Después de un siglo de matanzas no es posible.
P. No parece que el liderazgo israelí muestre prisa por hallar una solución.
R. Ese es el corazón del conflicto, la falta de liderazgo. Nadie tiene el valor que tuvo [el presidente francés Charles] De Gaulle cuando concedió la independencia a Argelia.
P. ¿Ni los israelíes ni los palestinos?
R. Todo el liderazgo mundial. Por no citar también el de su país…
P. Precisamente iba a preguntarle…
R. No veo líderes valientes en Madrid o Barcelona. Una nueva fragmentación de Europa no me hace feliz. No entiendo por qué, pero si una mayoría del pueblo en Cataluña quiere vivir por su cuenta, lo hará. Puede que sea una gran equivocación, una tragedia para Cataluña y para el resto del país. No se puede obligar a dos personas a compartir cama si una de ellas no quiere.
P. O sea, como en Israel y Palestina.
R. Pienso en Checoslovaquia, fue complicado, pero no hubo guerra. Hasta Escocia quiere un Estado.
P. Entonces, ¿ahora vivimos una era de cobardes y fanáticos?
R. Es un tiempo de simplificaciones. La gente espera respuestas simples y ya no teme parecer extremista. Hace 80 años teníamos miedo de Hitler o Stalin.
P. Si la inmunización que supuso la II Guerra Mundial ya no surte efecto, ¿hace falta una nueva vacuna?
R. No quiero otro baño de sangre. Pero existe el riesgo: el fanatismo conduce a la violencia. Mi librito contiene un miligramo de vacuna: tolerancia y curiosidad. Sonreír de tiempo en tiempo, incluso reírse de uno mismo. No he visto nunca un fanático con sentido del humor.



sábado, 5 de mayo de 2018

EL DELICADO CORAJE DE ALMA GUILLERMOPRIETO


La periodista mexicana Alma Guillermoprieto fue galardonada este año con el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades por transmitir en sus textos "la compleja realidad de esta región". La fundación con sede en Oviedo (norte) valoró "su larga trayectoria profesional y su profundo conocimiento de la compleja realidad de Iberoamérica, que ha transmitido con enorme coraje también en el ámbito de la comunicación anglosajona". Nacida en México, dicta cátedra en los Estados Unidos de historia latinoamericana, exponente del periodismo que ausculta nuestra realidad desde lo más profundo de sus entrañas, interroga por las causas, atendiendo los hechos relevantes que marcaron a nuestras naciones, lo que le hace importante, no solo para la prensa sino para la propia literatura.  Esta entrevista aunque vieja deja ver su personalidad y su trabajo, y una del periódico “El tiempo” de Colombia que es una especie de presentación que me parece muy ajustada. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE
Nelson Fredy Padilla
Charla con una de las periodistas y escritoras más reconocidas del continente.
¿De dónde sale el Alma?
A mis padres les gustó el nombre porque no aparecía en el santoral. Se los agradezco, porque me parece un nombre bonito.
¿Qué le queda de bailarina profesional?
Espero que la disciplina.
Defina estos países que marcaron su carrera como narradora:
México: es el aire que respiro. Nicaragua: fue una revolución alegre. El Salvador: es un país que no merece sufrir tanto. Estados Unidos: tiene universidades maravillosas, donde me divierto mucho. Colombia: es el mejor lugar para pensar.
¿Un ejercicio pedagógico en sus clases en la Universidad de Chicago?
Doy un curso de historia contemporánea de América Latina. El ejercicio mío cada semana es tratar de parecer más inteligente que los alumnos. Fracaso en cada intento.
A propósito de Colombia, ¿qué opina de la guerrilla, los paramilitares, los narcos?
Trato de no opinar. Trato de entender por qué son, y cómo son, y es una tarea eternamente imposible y eternamente fascinante.
¿Cómo acabar con la mafia del narcotráfico? ¿Legalizar o no?
Creo que a estas alturas legalizar no acabará con los grupos mafiosos que manejan el narcotráfico: han monopolizado ya demasiados negocios clandestinos. Sin embargo, me parece que es imprescindible legalizar para poder disminuir la violencia y la corrupción, y retomar un discurso racional acerca de las drogas.
¿Su momento más cercano a la muerte?
Todavía no lo he tenido.
Usted le dijo hace poco a Juan Cruz, de ‘El País’ de España: “siento que el oficio se está acabando”. ¿En qué sentido?
Ahora soy un poco más optimista. Pienso que la sociedad está empezando a reconocer nuevamente que tiene necesidad de informarse y de informarse bien. También siento que se está confirmando uno de mis peores miedos con respecto a la información en internet: genera pequeñas comunidades rabiosas y ayuda a polarizar el discurso político. Esto se notó particularmente en las elecciones recientes en EE.UU.
¿Cuál es el futuro del periodismo narrativo?
Supongo que los seres humanos siempre tendrán necesidad de contarse su propia vida, pero tal vez ni eso sea cierto en el futuro.
En la Babel que predijo Borges, ¿cómo leer buena literatura?
Soy gran fan de los libros electrónicos (Kindle). Cargo con el mío a todas partes. Es un Aleph, un libro en que caben todos los libros, al mismo tiempo el mejor libro del mundo.
¿Un libro con el que se quede?
¿Uno solo? No. Mil libros, tal vez, o diez mil. Uno por cada fragmento de vida, todos los que alcance a leer de aquí hasta el fin.
¿Un escritor colombiano que recomienda?
Acabo de leer a Juan Carlos Garzón, que escribe con gran lucidez sobre la etnobiología, por decirlo de alguna manera, de los grupos mafiosos.
¿Y una autora mexicana?
Hasta no verte, Jesús mío, de Elena Poniatowska, es para mí uno de los grandes libros del siglo XX latinoamericano, y no tiene ni remotamente los lectores que se merece.
¿El escritor que la marcó?
Tolstói. Nunca entro en él sin maravillarme. Ve todo, siente todo, entiende TODO.
¿Qué libro está leyendo?
La autobiografía de Keith Richards. Es como su autor, una cosa demente e irresistible.
¿Una culpa que la persigue?
La lista eterna de correos-e sin contestar.
¿Un vicio que no puede dejar?
El pan. Sobre todo ahora que he aprendido a hacerlo tan bien.
¿Qué lleva en su bolso?
Las llaves de demasiados apartamentos. Vivo demasiado repartida.
¿Un viaje por realizar?
Cuando inventen la máquina del tiempo, creo que será al México de los años treinta. Una gran época que me hubiera gustado vivir.
¿Desde dónde me responde este cuestionario?
Por supuesto, desde un avión.
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EL DELICADO CORAJE DE ALMA GUILLERMOPRIETO
Semblante de la mexicana premiada con el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2018.

Sin duda, uno de los mejores regalos que ha podido tener el periodismo latinoamericano fue el rechazo que le dio en su juventud la escuela de danza de Marta Graham, en Nueva York, a la mexicana Alma Guillermoprieto.


Ese día comenzó a afinarse la mirada particular y la pluma sensible de una de las periodistas y cronistas más importantes de la región, que este jueves fue reconocida con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2018.
Desde Oviedo (España), el jurado otorgó el galardón a la cronista, una mujer que en las conversaciones cotidianas exhibe en su trato siempre una extrema sensibilidad, “por su larga trayectoria profesional y su profundo conocimiento de la compleja realidad de Iberoamérica, que ha trasmitido con enorme coraje también en el ámbito de la comunicación anglosajona, tendiendo de este modo puentes en todo el continente americano”.



En efecto, aunque su lengua materna es el español, sus grandes reportajes los ha escrito para medios en inglés, idioma que domina a la perfección. En su acta, el jurado agrega que “con una escritura clara, rotunda y comprometida, Alma Guillermoprieto representa los mejores valores del periodismo en la sociedad contemporánea”.

Al enterarse de la noticia, la periodista se declaró “sorprendida” y lo recibió como un reconocimiento “inmenso” para su carrera profesional.

Alguna vez, Guillermoprieto le comentó a este diario que llegó al periodismo “por despecho” luego de ese rechazo que tuvo para ser bailarina. Sin embargo, de esa práctica conserva la finura en sus ademanes y su hablar pausado, siempre pensando cada palabra.

De eso dan cuenta decenas de periodistas que la admiran y han tenido la oportunidad de pasar por sus talleres, en Cartagena, en la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), de la cual es colaboradora muy cercana. Junto con el argentino Tomás Eloy Martínez, ella jugó un papel determinante en los primeros años de creación de esta escuela.






“Es un justo reconocimiento a la trayectoria y obras de Alma Guillermoprieto, que ha investigado y narrado con gran maestría periodística, en crónicas de larga extensión, las pequeñas y grandes historias que nos ayudan a entender mejor las sociedades de la América Latina contemporánea”, comenta Jaime Abello Banfi, director de la FNPI.
Al pie de un volcán
Parece casi una paradoja que esa mujer fina y elegante haya sido una de las reporteras más disciplinadas del conflicto social y armado, como corresponsal de medios de habla inglesa como The Guardian y The Washington Post, entre otros diarios, en la segunda mitad del siglo XX. Son ya más de 40 años en un oficio que respira por sus poros.


Desde allí, Guillermoprieto ha palpado de primera mano la realidad violenta de América Latina. Así dan cuenta libros icónicos y de culto entre las nuevas generaciones de periodistas como 'Al pie de un volcán te escribo' y 'Las guerras en Colombia'.


No solo la situación de su natal México, en donde nació en el 27 de mayo de 1949, sino prácticamente todos los países de la región están siempre presentes en su trabajo.


Por estos días, le preocupa la situación que vive Nicaragua, en donde precisamente comenzó su carrera de reportera, pero también el drama cotidiano de Venezuela o la encrucijada que atraviesa Colombia con su proceso de paz.


Son famosos los ejemplos que ella suele poner tanto en sus talleres como en sus conversaciones en eventos periodísticos, que dan cuenta de esa capacidad de observación única, sobre los acontecimientos periodísticos.


Alguna vez, al inicio de una conversación, pidió a los asistentes que levantaran la mano los que conocían a Pablo Escobar. El auditorio la levantó de inmediato. “Ahora, ¿quiénes saben quién es Gregory Pincus?”, preguntó. Silencio entre el público. Cuando reveló que Pincus era uno de los inventores de la píldora anticonceptiva anotó: “A ver, ¿quién cambió más el mundo?”.
Así, con la misma versatilidad e ímpetu con los que se le mete a un tema de orden público o de violencia, Guillermoprieto ha querido en los últimos años apostarle a la divulgación de hechos científicos, con la que —según ella— el periodismo tiene una deuda.

Esa mirada original, capaz de ‘sacarle punta’ a un tema por el lado menos común, es la misma que usa para definir su percepción sobre el doloroso proceso que ha caminado Colombia, al que ella le encuentra su lado positivo, como se lo comentó alguna vez a este diario.
LA IDENTIDAD DE COLOMBIA
“Voy a decir una cosa un poquito escandalosa, pero creo que esos años tan duros de aislamiento que pasó Colombia obligaron —por ejemplo— a los artistas colombianos a una creatividad propia, y de ahí que la música, la arquitectura y el diseño colombianos que han surgido de estos últimos 30 años sean tan originales y tan fuertes, porque salieron de una máquina de presión. Salieron también de un aislamiento que obligó a buscar raíces e identidad muy profunda”, anota.
La periodista Patricia Lara, quien conoció a su colega mexicana en la década de los años 80 como corresponsal de algún medio de Estados Unidos, siempre ha admirado su capacidad para “retratar la realidad haciendo gala de tanto detalle”.


El vínculo de las dos periodistas se estrechó en las épocas en que Lara dirigía la revista Cambio 16 Colombia, que solía contar con dos cupos para que sus periodistas viajaran a Cartagena a tomar los talleres de la FNPI.





“Recuerdo que alguna vez, a raíz de un taller que dictó sobre reportaje, Alma dijo que a los colombianos les costaba mucho trabajo ponerse en el pellejo del otro y tomaban una cierta distancia. No lograban llegar al fondo de ese ser humano que es el otro. Tal vez eso explica muchas cosas en este país y por qué a la gente le importa poco que se muera la otra”, comenta Lara.
Precisamente, Abello Banfi resalta la generosidad de Guillermoprieto con sus alumnos y el cariñoso trabajo de edición que pone en los textos que ellos le entregan, a lo largo de “memorables talleres”, dice. “Son talleres que han dejado un duradero impacto educativo en nuevas generaciones de cronistas latinoamericanos”, comenta.

Sobre el quehacer del oficio, ella contaba alguna vez que en una oportunidad tuvo una discusión de dos horas con uno de sus jefes de una de las revistas estadounidenses, por una sola palabra del texto que había escrito. Anotaba que eso daba cuenta de la rigurosidad con la que debía ser tomada la labor de la edición.
Nadie más indicado que ella, precisamente, para analizar la difícil situación que atraviesa el periodismo como oficio, tan amenazado en la denominada era de la posverdad y tan diferente del que ella ha hecho en las últimas cuatro décadas.





“El oficio que yo he ejercido se está acabando, falta ver qué inventan los jóvenes. Pero yo creo que el periodismo siempre hace falta en todas las sociedades, porque necesitan información de alguna manera subversiva, información no condicionada, que vea lo que nadie más está viendo. Y eso me hace pensar que la reportería y el periodismo sobreviven en una sociedad moderna de una manera o de otra”, le dijo a este diario hace un tiempo en una entrevista.

Sobre los desafíos que enfrenta este oficio para su reinvención, Guillermoprieto es consciente de que se trata de un negocio que tiene que ser rentable.


“En Latinoamérica y Estados Unidos, uno no se cansa de ver cosas nuevas, interesantes. Hay gente joven que sabe aprovechar la posibilidad de internet”, dijo.


Miembro honoraria de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias, Alma Guillermoprieto inició su trayectoria como periodista cubriendo la insurrección nicaragüense de finales de los 70 para The Guardian y fue una de las dos reporteras que desvelaron, en su caso en The Washington Post, la masacre de civiles en El Mozote (El Salvador), con la muerte de unas mil personas en 1981.


Guillermoprieto también es autora de La Habana en un espejo (2005), en el que describe la vida cotidiana con la revolución castrista.

Este Princesa de Asturias se une a un gran número de reconocimientos que ha recibido a lo largo de su trayectoria vital, como el Ortega y Gasset a la trayectoria profesional que el diario El País le otorgó el pasado año.


Su candidatura, propuesta por el escritor Antonio Lucas, se impuso en las últimas votaciones del jurado a otras dos reporteras americanas, y con su elección se ha convertido en la tercera mujer que en 38 años consigue este galardón, después de la filósofa española María Zambrano (1981) y la fotógrafa estadounidense Annie Leibovitz (2013).


Por segundo año consecutivo, esta categoría del premio cae en un representante latinoamericano. El año pasado fue reconocido con el galardón el grupo de músicos y humoristas argentinos Les Luthiers.












sábado, 28 de abril de 2018

MÁS SÉNECA Y MENOS ANSIOLÍTICOS



Qué gran artículo aparecido en la revista “Babelia” del periódico “El país” de España. Solo quiero recomendarlo sin más comentarios. CESAR H BUSTAMANTE
Vanidad sin control, obsesión por la seguridad, aceleración tecnológica, ... ¿Qué tiene que decir el renovado interés editorial por el estoicismo sobre el mundo en el que vivimos?.
JUAN ARNAU
27 ABR 2018 - 23:49 COT
Cultiva el espíritu porque obstáculos no faltarán. El consejo de Confucio podría haberlo firmado cualquiera de los filósofos estoicos. Una versión moderna de esta máxima se la debemos a Woody Allen: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”. Un poeta barcelonés la remató con un verso lapidario sobre el inexorable juicio del tiempo: “Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde”. Esos son, a grandes rasgos, los tres vértices del estoicismo antiguo, que parece resurgir en nuestros días. ¿Se trata de un espejismo? Las sociedades modernas se encuentran dominadas por la rentabilidad tecnocrática del selfie, la autoindulgencia (todo nos lo merecemos, sobre todo si hay desembolso) y el capricho. Se trata de fabricar un ego frágil e injustificadamente vanidoso. Una situación que supuestamente podría remediar una buena dosis de estoicismo. Dado que no podemos controlar lo que nos pasa y vivimos totalmente hacia afuera, atemorizados y estresados, dado que somos más circunstancia que nunca, quizá pueda ayudarnos esta antigua filosofía que inspiró a Marco Aurelio, un hombre que, dada su posición, conoció el estrés mejor que nadie.

Pero en ese desplazamiento, en esa búsqueda de inspiración en el pasado grecolatino, se corre el riego de confundir, y de hecho se hace, estoicismo con voluntarismo, tan vigente y puritano. La cultura del esfuerzo y la búsqueda del éxito dominan las sesiones de coaching, que es, según sus proponentes, el arte de ayudar a otras personas a cumplir sus objetivos o a “llenar el vacío entre lo que se es y lo que se desea ser”. No cabe mayor traición al legado estoico. El voluntarismo reseca el alma y uno de los fines del estoicismo es recrearla. Lo que llamamos “retos” o “metas” no son sino anteojeras que no permiten ver más que un único aspecto de la realidad y uno acaba estrellando el avión contra la montaña, como en el caso de Germanwings. Esas metas nos trabajan por dentro y parecen diseñadas para excluir la contemplación y la observación atenta y desinteresada. Frente a la tiranía de la meta, los estoicos pretendían desembarazarse de pasiones demasiado apremiantes y acaparadoras. De hecho, uno de sus signos distintivos fue considerar la poesía como medio legítimo de conocimiento. La lírica nos mantiene en una actitud abierta y nada sabe de metas y objetivos. La poesía era para los estoicos, sobre todo la de Homero, genuina paideia. Entender esto requiere ganar una libertad interior, no estar eternamente abducidos por el circo o las pantallas, una independencia moral, no la opinión general o el vocerío de Twitter, y trascender la dependencia de la persona respecto a su parte animal (en el supuesto de que el hombre es ese ser singular que, como decía Novalis, vive al mismo tiempo dentro y fuera de la naturaleza). Con ese “cuidado de sí”, que Marco Aurelio llamaba meditaciones, era posible lograr una autarquía ética que tendría una importancia decisiva en el pensamiento político griego.
No quedan muy lejos algunos ejemplos de estoicismo moderno. Wittgenstein cuenta que de joven experimentó esa sensación de que “nada podía ocurrirle”. Era un modo de decir que, ocurriera lo que le ocurriera (una bala perdida, un cáncer), sabría aprovechar la experiencia. Una actitud que le permitió asumir el puesto de vigía en medio del fuego cruzado durante la primera gran guerra. Algo parecido encontramos en Simone Weil, siempre arriesgándose, ya fuera en la fábrica de la Renault o en los hospitales de Londres, con la humildad como valor supremo, que hace que el ego no apague la llama de lo divino. Curiosamente, la actitud de estos dos grandes filósofos, en los que reviven los viejos ideales grecolatinos, contrasta con algunas obsesiones actuales. Desde el miedo al propio cuerpo, que requiere un examen continuado, hasta la obsesión por la seguridad (to feel safe, to feel at home). Como si un escáner o un refugio pudieran otorgar esa tranquilidad, como si hubiera que encerrarse para sentirse seguro. Mientras un mandatario reciente se preguntaba cuánto dinero necesitaba para sentirse seguro y, al no hallar la cifra, se consagró a amontonar capitales, Wittgenstein se exponía en la trinchera y Weil en la columna de Durruti.
El estoicismo supone, como apuntó Zambrano, la recapitulación fundamental de la filosofía griega. En este sentido fue y es tanto un modo de vida como un modo de estar en el mundo. Zenón de Citio, natural de la colonia griega de Chipre, figura como fundador de la escuela. Tenían algo en común con los cínicos, sobre todo la vida frugal y el desprecio de los bienes mundanos, y reflexionaron sobre el destino y la relación entre naturaleza y espíritu. Hubo un estoicismo medio (platónico, pitagórico y escéptico), pero los que dieron fama a la escuela fueron sus representantes romanos: un emperador, un senador y un esclavo. Todos ellos surgieron, como ahora, al abrigo del Imperio. Aquel imperio era militar, el de hoy es tecnológico. Imaginen ustedes a Zuckerberg abrazando el estoicismo; pues bien, eso es lo que hizo el emperador Marco Aurelio. Séneca nació en la periferia del Imperio, en la colonia bética de Hispania, pero fue una figura fundamental de la política en Roma, senador con Calígula y tutor de Nerón. Epicteto había llegado a la ciudad siendo un esclavo. Cuando fue liberado fundó una escuela, y aunque, siguiendo el ejemplo de Sócrates, no escribió nada, sus discípulos se encargarían de transmitir su legado.
Moralistas y contemplativos, todos ellos defendieron la vida virtuosa, la imperturbabilidad y el desapasionamiento, sentimientos todos ellos muy poco rentables para una sociedad del entretenimiento. El estoicismo conquistó gran parte del mundo político-intelectual romano, pero, a diferencia del 15-M, no cristalizó en “partido”, sino que se decantó en norma de acción y su influencia alcanzaría a grandes filósofos como Plotino o Boecio. No entraremos a describir su refinada lógica, pero merece la pena recordar que la subordinaban a la ética. Al contrario de hoy, al menos en el mundo financiero, donde el algoritmo domina la moral. Destaca en ella su doctrina de los indemostrables, probablemente de origen indio. Concebían el alma como un encerado donde se graban las impresiones. De ellas surgen las certezas (si el alma acepta la impresión) y los interrogantes (si es incapaz de ubicarla). Para los estoicos, el mundo era, como para nosotros, sustancialmente corporal, pero su física no niega lo inmaterial. Concibe la naturaleza como un continuo dinámico, cohesionado por el pneuma, un aliento frío y cálido, compuesto de aire y fuego. Heredaron de Heráclito el fuego como principio activo y primordial, del que han surgido el resto de los elementos y al que regresarán. Como el humor o el llanto, el pneuma no se desplaza, sino que se “propaga”, contagiando alegría o enfermedad.
Hoy no estaría de más poner en práctica algunos de sus principios. El imperativo ético de vivir conforme a la naturaleza, que nuestro planeta agradecería. El ejercicio constante de la virtud, o eudemonía, que permite el desprendimiento. Y, finalmente, lo que Nietzsche llamó el amor fati, la aceptación y querencia del propio destino, remedio eficaz para todo aquello que produce desasosiego. No puede decirse que estos principios proliferen en nuestros días. Si un viejo estoico pudiera asomarse a nuestro tiempo, vería, en las grandes desigualdades propiciadas por la economía financiera, un descuido de sí, un olvido de esa autonomía moral que evita que se desaten emociones como el miedo y la vanidad, que crean la codicia. Emociones contrarias a la razón del mundo que, en nuestro caso, es la razón del planeta.



martes, 17 de abril de 2018

MAYO DEL 68 EL FIN DE LA UTOPÍA REVOLUCIONARIA


El aniversario de Mayo del 68 en París amerita la reproducción de este excelente artículo de la revista “Ñ” de Clarín, que espero sea del gusto de mis lectores.

CESAR HERNANDO BUSTAMANTE

Lucia Álvarez


Con cada aniversario, la pregunta se repite: ¿cuál es el legado de Mayo del 68?, o incluso más utilitarista, ¿qué dejó? ¿Qué nos queda de él? Aunque es una interrogación que le cabe a cualquier acontecimiento histórico resulta especialmente sensible en este caso porque los efectos no son obvios ni evidentes. A diferencia de otras revoluciones en el siglo XX, Mayo del 68 no modificó un ordenamiento global, ni planteó una manera novedosa de organización del Estado, la política o la economía. Ni siquiera cambió en forma inmediata las relaciones de fuerza de su país.
De un modo apresurado, uno estaría tentado de adjudicarle el fin del gobierno de Charles de Gaulle, en abril de 1969, pero lo cierto es que ya en junio del 68 esa comuna que conmovió y paralizó a Francia empezó a decaer lentamente y sin ningún tinte trágico, sin horror, casi sin muertes. Lo que explica por qué sus más fervientes adversarios le niegan aún hoy cualquier relevancia histórica. “¿Acaso pasó algo en Mayo del 68?”, preguntaba irónico en una de las recientes conmemoraciones Michel Houellebecq.
Quienes intentan reivindicarlo suponen que Mayo del 68 dejó un legado de otro orden, que anticipó o permitió un conjunto de transformaciones en las relaciones sociales o, mejor aún, que modificó sustancialmente el vínculo entre política, sociedad y cultura. Mayo del 68 aparece como una fuerza democratizadora y antiautoritaria, la inauguración de una racionalidad política que rechaza cambiar el mundo a través de la toma del poder porque impugna al poder en sí mismo, así como la vida gris y opaca que ofrece el capitalismo, aun en su versión Estado de Bienestar.
París, el histórico 13 de mayo. El líder estudiantil Daniel Cohn-Bendit, un ícono de esos meses, se dirige a la multitud de manifestantes. Ese día de paro se convertirá en una huelga masiva y prolongada.Foto: AFP.
Desde esta perspectiva, Mayo del 68 se presenta como una nueva hipótesis de militancia, el surgimiento de movimientos sociales, la renovación de un pensamiento de izquierda en el que el sujeto revolucionario no es uno (un proletariado de fábrica, asalariado, urbano, masculino y adulto) ni preexiste a la Revolución. También de él se recupera la embriaguez propia de toda revuelta, el deseo de una forma de vida en la que haya lugar para la espontaneidad, la creación, la pasión, lo indeterminado.
Pero quizá el legado más evidente y concreto que haya dejado Mayo del 68 sean los textos, cientos de libros, notas, entrevistas, producciones, ensayos fotográficos interpretando al acontecimiento. El historiador marxista Eric Hobsbawm registra que para diciembre de 1968 ya se habían publicado en Francia cincuenta escritos sobre los sucesos, razón por la cual en ese verano los sesentayochistas repartían un volante que denunciaba: “quieren desechar una sublevación tan inquietante, aplastándola bajo una pila de libros”.
Esa proliferación que Mayo del 68 despertó casi inmediatamente nunca se detuvo. En estos cincuenta años, se intentó una y otra vez darle un nombre y cerrar su sentido: insurrección, estallido, revolución cultural, fracaso político. Cada intento de clausura, sin embargo, fue exitoso parcialmente. Antes que terminar con él, la disputa interpretativa lo mantuvo como un suceso vivo y vital, una pieza de controversia, un tema de reflexión, un objeto de consumo cultural.
Por eso, Mayo del 68 todavía puede resultar interesante, porque además del Mayo-acontecimiento, ese suceso inesperado e irrepetible de la historia de los movimientos populares, está el Mayo-interpretación, un tejido de lecturas que desde distintas tradiciones político-intelectuales, lo condenaron, lo glorificaron y también lo conservaron como una incógnita.
No todas esas miradas, sin embargo, tuvieron el mismo peso a lo largo de estos cincuenta años. La historia de la historia de Mayo del 68 muestra que desde hace un tiempo domina una mirada más bien caricaturizada de él, una que lo reduce a un conflicto generacional, juvenil, casi hormonal, a un conjunto de consignas que todos reconocemos y que hoy suenan más publicitarias que poéticas. Y no es casual que esa lectura tenga sus orígenes en el décimo aniversario de la revuelta francesa, momento que coincide con la declinación de la izquierda y los principales teóricos del marxismo en Europa, así como con la desilusión generada por el devenir de las experiencias comunistas.
Un parisino desmonta una barricada en el Barrio Latino. Foto: AFP
Hasta finales de los setenta, Mayo del 68 se inscribía en un cuadro interpretativo marxista-libertario, es decir, aun quienes, como el filósofo conservador Raymond Aron veían en él un psicodrama, o como Cornelius Castoriadis, una revolución fallida, pensaban el suceso en relación con el eje revolucionario: cuánto se alejaba o no de los programas clásicos de la izquierda de los sesenta. De modo similar, leninistas, maoístas y trotskistas veían en Mayo una revolución traicionada; denunciaban al Partido Comunista Francés y la Confederación General del Trabajo de haber desaprovechado un movimiento de masas sin precedentes, generado en el centro de Europa.
Muchos de los debates intelectuales de esos primeros años también giraron en torno al eje revolucionario: al problema de la integración de la clase trabajadora en la sociedad de consumo; la crítica a la alienación y la sociedad del espectáculo; la adopción de formas autogestionarias; el rechazo a la toma del poder; el lugar de la espontaneidad.
Sin embargo, en el primer aniversario un impulso revisionista modificó casi radicalmente el sentido del acontecimiento, y así ganó terreno un marco interpretativo elaborado desde el pensamiento liberal. El hito que inauguró una nueva mirada sobre Mayo fue la publicación de Mayo del 68, una contrarrevolución exitosa del filósofo francés Régis Debray. Quien fuera asesor del ex presidente francés, François Mitterrand, propuso entonces leer ese suceso como el clivaje que habilitó el tránsito entre una Francia anquilosada en sus viejas tradiciones (y por ello, antieconómica) y una Francia moderna y productivista. Para Debray, Mayo del 68 había colaborado tanto con la eliminación de la figura del proletariado como con la mercantilización del individuo, y por eso, había sido el aliado preciso que el capital necesitaba para avanzar hacia el modelo neoliberal. Si la república burguesa festeja su nacimiento en la toma de la Bastilla –dijo entonces– festejará su renacimiento en la toma de la palabra de 1968.
En la década siguiente, en los ochenta, ese giro interpretativo se volvió aún más radical y el individualismo se convirtió en uno de los conceptos clave que ordenaron el sentido de Mayo del 68. No contentos con proclamar la idea de que fue funcional al desarrollo de una burguesía moderna y liberal, un grupo de intelectuales promovió la idea de que esa sociedad de consumo y posmoderna era, paradójicamente, la realización en los hechos de los deseos más profundos de Mayo del 68. Se sobrentendía de ello que Mayo del 68 no había sido una revolución en la revolución, como proclamaban los jóvenes franceses, sino el fin de toda utopía revolucionaria.
Quizá por escandalosa, o por excesivamente acorde a su tiempo, esa mirada de Mayo del 68 fue convirtiéndose en hegemónica y terminó por consolidarse en otro aniversario, en el año 2008, durante un acto proselitista en Bercy del entonces candidato a la presidencia de Francia, Nicolás Sarkozy. En su discurso, Sarkozy acusó a Mayo del 68 de ser el responsable de casi todos los males de la sociedad francesa contemporánea: el culto al dinero, el provecho a corto plazo, la especulación, el relativismo moral e intelectual, el fin de la autoridad, el odio a la familia, a la sociedad y al Estado. “Mírenla, escúchenla, esta izquierda que desde Mayo del 68 dejó de hablarle a los trabajadores, de sentirse preocupada por la suerte de los trabajadores, de amar a los trabajadores, porque rechaza el valor del trabajo”, señaló. Así, se terminaba de sellar aquella mirada del Mayo parisino y juvenil, el de las barricadas-adoquines-slogans, que los medios de comunicación, la política instituida y el saber intelectual (todo aquello que Mayo del 68 atacó) fueron modelando durante años junto a las memorias de muchos de sus protagonistas, convertidos por esos años en integrantes de distintos espacios de poder.
Quizá la evidencia más grande del éxito de esa operación sea que hoy casi nadie asocie a Mayo del 68 con la gigantesca huelga obrera que despertó. Nueve millones de trabajadores, casi toda la fuerza laboral de Francia de esos años, en huelga: paro de transporte, de bancos, de recolección de basura, de correos, de televisión, desabastecimiento. Una interrupción total de la vida tal como los franceses, y no solamente los parisinos, la conocían.
Y si esa caricatura fue posible se debe, principalmente, a la propia carga de ambigüedad del acontecimiento, a su impureza. Porque Mayo del 68 fue muchas cosas contradictorias a la vez: deseo de revolución y crítica de la revolución; cuestionamiento a una sociedad de consumo y demanda de integración a ella; un movimiento de masas que rechazaba la figura del poder tanto como lo situaba en el centro de la discusión política. Fue además una revuelta estudiantil, con reclamos y agendas específicas, que negó al estudiante como sujeto revolucionario y se soñó (y proyectó) como revuelta obrera. Y fue una huelga obrera hecha por trabajadores que, antes que provocar una crisis revolucionaria, deseaban una integración plena a la sociedad de bienestar.
Difícil predecir qué se hará de él en este cincuenta aniversario, si algo de su crítica radical podrá evitar la coagulación de estos años. Si Mayo del 68 podrá ser algo más que una anticipación de este presente en el que, como dice Slavoj Žižek, podemos reírnos del fin de la historia, mientras somos todos fukuyamaístas, porque hoy la mayoría de nosotros cree que la mejor sociedad posible es una solo un poco menos injusta y desigual que esta. Conocemos el escenario en Europa: liberalismo económico, conservadurismo cultural, desánimo, una ruptura cada vez mayor del principio de igualdad. Un tiempo esquivo para que Mayo del 68 pueda renovar sus esperanzas.
Lucía Álvarez es socióloga, investigadora y periodista. En mayo publicará el libro "Mayo 68. La revuelta francesa y sus huellas en la Argentina" (Ariel/Paidós).