Casi quince años después de escribir Ricardo III, Shakespeare volvió sobre la visión que tenía de la personalidad retorcida que es a la vez el motivo y la carga del poder del tirano. Manchado de sangre desde el traicionero asesinato de Duncan hasta su miserable muerte, víctima de la desesperación, Macbeth es el tirano más célebre y recordado de Shakespeare. Pero la soledad, el aborrecimiento de sí mismo y el vacío que hay en el interior del ser del tirano ya no tienen nada que ver con la deformidad física. Macbeth no utiliza el poder para compensar su falta de atractivo sexual, no bulle en él una furia reprimida a duras penas, no ha aprendido desde la infancia a disfrazar sus verdaderos sentimientos detrás de una máscara fraudulenta de cordialidad o piedad. Y, lo que es más curioso, ni siquiera desea ardientemente ser rey.
A diferencia de Ricardo, Macbeth no se ha pasado la vida abrigando el sueño de superar toda clase de obstáculos con el fin de alcanzar el poder absoluto. El misterioso saludo de las Hermanas Fatídicas —«¡Salve, Macbeth, que en el futuro serás rey!» (Macbeth 1.3.51)— lo desconcierta, pero al principio provoca más un arranque de temor que de deseo. Porque, si Ricardo se jacta de su indiferencia ante las obligaciones morales y los sentimientos humanos habituales —«¡Las lágrimas de piedad no habitan en mis ojos!» (Ricardo III 4.2.63)—, Macbeth es muy sensible tanto a unas como a otros. Es un caudillo militar enérgico y leal, fiel defensor del régimen del rey Duncan. Cuando este decide visitarlo, Macbeth, aunque tentado por la fantasía de traición despertada en él, se siente espantado ante la idea de traicionar a su huésped en su propia casa, siendo como es un monarca al que ha jurado lealtad, que lo ha recompensado generosamente por sus servicios y que ha ejercido su autoridad con una probidad ejemplar.
El rey Duncan, medita Macbeth,
… ha usado tan dulcemente de su poder, tan intachable ha sido en sus altas funciones que sus virtudes clamarían como trompetas angélicas contra el acto condenable de su eliminación. Y la piedad, semejante a un niño recién nacido cabalgando desnudo en el huracán, o a un celeste querubín transportado en alas de los invisibles corceles del aire, revelaría la acción horrenda a los ojos de todos los hombres hasta apiadar las lágrimas a los vientos.
(1.7.17-25)”
Estas palabras, dichas solo para sí mismo con profunda angustia, están tan lejos como cabe imaginar de cuanto hubiera podido salir de los labios de Ricardo III. Nos encontramos en un universo psicológico y moral distinto.
La sola idea de matar a un hombre al que ha jurado fidelidad hace que se le pongan los pelos de punta, que su corazón lata con ansiedad y que su mente se vea sumida en una turbación febril:
… ¡Mi pensamiento, donde el asesinato no es aún más que vana sombra, conmueve hasta tal punto el pobre reino de mi alma, que toda facultad de obrar se ahoga en conjeturas y nada existe para mí sino lo que no existe todavía!
(1.3.141-144)
Aunque es un guerrero que no teme a nada, acostumbrado a rajar a sus enemigos «desde el ombligo a las quijadas», el mero hecho de contemplar la posibilidad de la traición hace que se sienta destrozado por completo.
El verdadero instigador de la trama asesina no es Macbeth, sino su esposa. Ella prevé la resistencia que opondrá su marido, pues lo conoce bien y teme que carezca de los elementos fundamentales de la personalidad tiránica. Su naturaleza está «demasiado cargada de la leche de la ternura humana» (1.5.15) para hacer lo que hace falta hacer. Es ella la que se presenta con los planes para lo que llama «el gran negocio de esta noche» (1.5.66), ella es la que da instrucciones a su consorte sobre cómo debe comportarse, ella es la que ofrece una y otra vez de beber a los gentilhombres de la alcoba real. Macbeth sigue estando lleno de dudas y de vacilación. Al fin y al cabo, Duncan es el rey y él es su anfitrión, quien «debiera cerrar las puertas a su asesino y no tomar él mismo el puñal» (1.7.15-16).
Cuando se acerca la hora fatídica, Macbeth intenta cancelar los planes urdidos —«No debemos ir más lejos en este asunto» (1.7.31)—, y es solo la insistencia burlona de su mujer la que lo convence de que debe seguir adelante. «¿Estaba ebria, entonces, la esperanza con que os ataviabais? —le pregunta Lady Macbeth—. ¿Tienes miedo de ser el mismo en ánimo y en obras que en deseos?» (1.7.35-36, 39-41). Macbeth intenta refutar la imputación de debilidad que le hace su esposa: «Me atrevo a lo que se atreva un hombre» (1.7.46). Pero ella insiste en la faceta sexual: «Cuando os atrevíais a ello, entonces erais un hombre —le recuerda—. Y más que hombre seríais si a más os atrevieseis» (1.7.49-51). Provocado de esa forma, Macbeth aprovecha la ocasión asesina.
Las burlas de Lady Macbeth en torno a la virilidad de su esposo —su capacidad de ser el mismo a la hora de actuar que a la de desear— sacan a la superficie una implicación recurrente en la tiranía shakespeariana. El tirano, como dan a entender Macbeth y otras obras, es movido por una serie de “inquietudes sexuales diversas: la necesidad compulsiva de demostrar su virilidad, el temor a la impotencia, la persistente ansiedad ante la posibilidad de no ser considerado suficientemente atractivo o poderoso y el miedo al fracaso. De ahí la propensión a la intimidación, a la brutal misoginia y a la violencia explosiva. De ahí también la vulnerabilidad ante las pullas, especialmente aquellas que contienen una carga sexual explícita o latente.
Desde el momento en el que las Hermanas Fatídicas lo saludaron, Macbeth ha sido la encarnación de la ambivalencia, pero su esposa insiste despiadadamente en que se ha comprometido de forma irrevocable y ya no puede dar marcha atrás:
He dado de mamar, y sé lo grato que es amar al tierno ser que lacta. Bien, pues en el instante en que [la criatura] sonriese ante mi rostro, le hubiera arrancado el pezón de mi pecho de entre sus encías sin hueso y, estrellándole el cráneo, de haberlo jurado, como vos lo jurasteis así…
(1.7.54-59)
Empujado en contra de los dictados del sentido común hacia un acto de traición, Macbeth expresa una última reserva desesperada: «¿Y si fracasáramos…?». Pero su esposa da la vuelta a su réplica con otra puya:
¡Nosotros fracasar!… Apretad solamente los tornillos de vuestro valor hasta su punto firme y no fracasaremos.
(1.7.59-61)
La respuesta de Macbeth resulta sorprendente: «¡No des al mundo más que hijos varones —le dice—, pues de tu temple indomable no pueden salir más que machos!» (1.7.72-74). A partir de este momento, tras aceptar de hecho el papel que le ha asignado su esposa, su destino está marcado: «Estoy resuelto» (1.7.79), afirma. Hemos asistido al nacimiento de un tirano.
Una vez hecho lo que tenía que hacer, una vez que Macbeth consigue la «pujanza y dominación soberanas» (1.5.68) que su esposa lo ha alentado a buscar por todos los medios, el abismo psicológico y moral que lo separaba de Ricardo empieza a cerrarse rápidamente. Él, que había sentido es“panto ante la idea misma de traición, contrata ahora a unos sicarios para que acaben con su amigo más íntimo. Él, que otrora había sido el «predilecto del valor» (1.2.19), un hombre absolutamente impávido, de repente tiene miedo de todo: «¿Dónde llaman? ¿Qué me pasa, que el ruido más leve me hiela de espanto?» (2.2.60-61). Él, al que siempre había resultado difícil disimular lo que pensaba —«Vuestro rostro —había dicho lamentándose Lady Macbeth—, es un libro donde los hombres pueden leer extrañas cosas» (1.5.60-61)—, se halla ahora envuelto en el velo del engaño y las mentiras.
Como sucedía con las mentiras de Ricardo, nadie se las cree en realidad. «Mostrar la pena no sentida —dice en voz baja Malcolm, el primogénito de Duncan, a su hermano— es un oficio que el hombre falso cumple bien» (2.3.133-134). «En donde estamos, dagas en las sonrisas hay» (2.3.136-137), afirma Donalbain, el menor de los dos. Como los individuos más prudentes del reino de Ricardo que logran sobrevivir, los dos hermanos tienen que huir para salvar su vida.
Los que se quedan en Escocia repiten la historia oficial que ha contado Macbeth: que Duncan ha sido asesinado por sus camareros, inducidos a cometer el crimen por los dos hijos del rey que luego han huido. Los camarlengos no pueden ser interrogados, porque Macbeth —obnubilado por el ímpetu de su «amor violento» por el rey cruelmente asesinado— les ha dado muerte. Se trata de una ficción muy conveniente para el nuevo régimen, que le permite, de hecho, llevar a cabo las ceremonias oficiales que dan un barniz de legitimidad a su gobierno. El poder tiránico es ejercido con más facilidad cuando da la impresión de que el viejo ordenamiento sigue existiendo. Puede que las estructuras consensuales que tranquilizan a la población estén huecas y sean meramente decorativas, pero continúan estando en su sitio, de modo que el público, que ansía que le den seguridad psicológica y cierto sentido de bienestar, puede convencerse de que el imperio de la ley sigue en pie.
En cualquier caso, Banquo, el amigo de Macbeth, comprende lo que está sucediendo. Estuvo presente cuando se pronunciaron las mágicas profecías en el brezal y ha estado observando cómo todo se desmoronaba. «Ya lo eres todo —medita pensando en su amigo—. Rey, Cawdor, Glamis, como te prometieron las mujeres fatídicas, pero sospecho que jugaste muy villanamente» (3.1.1-3). No obstante, aunque es un hombre de principios, Banquo no dice en voz alta lo que piensa ni tampoco huye. No es un cómplice, como Buckingham, pero es aliado de Macbeth y no tiene pruebas de que lo que para él solo son sospechas sea verdad. Además, las profecías de las Brujas lo afectaban también a él: «Serás tronco de reyes, pero no serás rey» (1.3.68). Si todo lo que pronosticaron las Hermanas Fatídicas a Macbeth ha resultado cierto, ¿por qué, se pregunta, «no podrían ser igualmente oráculos para conmigo y autorizar mis esperanzas?» (3.1.9-10).
La relación entre los dos amigos ha cambiado. Macbeth sigue hablándole con cariño, como si su vieja intimidad siguiera intacta, pero Banquo le contesta con una formalidad que revela la diferencia que supone la corona:
¡Ordene vuestra alteza! Mi obediencia está unida para siempre con vos por un lazo indisoluble.
(3.1.15-18)
En cuanto a Macbeth, ya ha aprendido la principal lección del tirano: no puede tener amigos de verdad. La pregunta aparentemente informal que dirige a Banquo —«¿Montáis a caballo esta tarde?» (3.1.18)— es el preludio de una trama para llevar a cabo el asesinato de su amigo. «Nuestros temores sobre Banquo son profundos», musita Macbeth antes de dar la orden a los asesinos y de pedirles que se aseguren de matar también a Fleance, el hijo de Banquo. Pero sabe que, si Fleance sobrevive, es posible que la profecía —la que aseguraba que Banquo sería el tronco de un linaje real— quizá se haga realidad. Y, si es así, piensa Macbeth con tristeza, habrá mancillado su mente y su alma solo para «¡hacer reyes a los hijos de Banquo!» (3.1.70).
La idea de la infamia personal del tirano es algo que Shakespeare insinuaba solo al final de Ricardo III —«Más bien debía odiarme por las infames acciones que he cometido» (5.3.188-189)—, pero a Macbeth lo asalta desde el primer momento. Sin embargo, junto con esa idea de que ha ensuciado su propio nido, hay algo que él llama «angustia sin tregua» (3.2.22), esto es, una ansiedad constante, devoradora.
Fija esa ansiedad en Banquo, como si este fuera el único que se interpusiera entre la felicidad y él: «No existe nadie a quien yo tema excepto él» (3.1.54-55). Pero la tortura interior que Macbeth revela a su esposa no será curada por los sicarios a los que ha contratado para asesinar a su amigo.
Lady Macbeth sabe que el estado psíquico en el que se halla su marido constituye una amenaza para ambos. Y dice para sí misma:
Nada se gana; al contrario, todo se pierde cuando nuestro deseo se realiza sin satisfacernos. ¡Vale más ser la víctima que vivir con el crimen en una alegría preñada de inquietudes!
(3.2.4-7)
Pero ¿qué esperaba en realidad? La tiranía llega, como sus propias palabras reconocen, por medio de la destrucción, la destrucción de las personas y de todo un país. El hecho de que pensara que su satisfacción personal, su seguridad y su alegría pudieran alcanzarse por esos medios está en consonancia con la fatal superficialidad de sus palabras al limpiarse las manos de la sangre del rey asesinado: «¡Un poco de agua nos lavará de esta acción!» (2.2.70).”
El vínculo íntimo existente entre marido y mujer fue fundamental para que tomaran la decisión fatal de quitar la vida a Duncan, y en las demoledoras consecuencias de su acción, que llevaron a cabo juntos, está el único vínculo humano que sigue habiendo para cualquiera de los dos. Pero nada de lo que pueda decir ya Lady Macbeth a su esposo —«¿Por qué siempre solo?», «Lo hecho hecho está», «Apareced brillante y jovial»— aplaca la tormenta que arrecia dentro de él. Los intentos de la mujer de mostrar una alegría forzada y una naturalidad tranquilizadora suenan a hueco ante la angustia de Macbeth: «¡Oh, mi alma está llena de escorpiones, esposa querida!» (3.2.35). Por su parte, aunque él sigue utilizando expresiones cariñosas, completamente insólitas entre las parejas de esposos de Shakespeare, Macbeth ya no comparte sus oscuras intenciones con su esposa: «¿De qué se trata?», pregunta ella a propósito de lo que va a hacerle a Banquo. Y Macbeth responde: «Que tu inocencia lo ignore, queridísima paloma, hasta que puedas aplaudir el hecho» (3.2.44-45).
La oportunidad de aplaudir le llega a Lady Macbeth esa misma noche, pero todo sale espantosamente mal. Los sicarios vuelven para decir a Macbeth que han matado a Banquo —está «seguro en el fondo de una zanja, con veinte cortes en la cabeza» (3.4.27-28)—, pero que no han logrado dejar igualmente «seguro» a su hijo. La respuesta de Macbeth dice mucho sobre cuál es su verdadero estado psicológico y, de manera más general, sobre las fantasías y las cargas que conlleva la tiranía: «¡He aquí mis fiebres que vuelven!», exclama cuando se entera de que Fleance ha logrado escapar:
… de lo contrario, hubiera quedado tranquilo, compacto como el mármol, firme como la roca, sin trabas, tan libre y amplio como el aire que envuelve al mundo. Pero así me veo oprimido, encadenado y agarrotado a mis miedos y dudas insolentes…
(3.4.22-26)
«De lo contrario, hubiera quedado tranquilo»: Macbeth ansía alcanzar una especie de serenidad, de perfección, la dureza, la solidez y la invulnerabilidad de la piedra o, si no, la inmaterialidad, la invisibilidad y la amplitud ilimitada del aire. En cualquier caso, el sueño es escapar de la condición humana, que lo hace sentir una claustrofobia insoportable. Ese deseo es casi lastimoso; parece incluso poseer una dimensión espiritual irrealizable, hasta que nos damos cuenta de que la forma por medio de la cual Macbeth espera quedar «tranquilo», alcanzar la perfección, es el doble asesinato de su amigo y del hijo de este.
Aquí, como sucede siempre en Shakespeare, la conducta del tirano se ve alimentada por un narcisismo patológico. Las vidas de los demás no importan; lo que importa es solo que él llegue a sentirse «compacto» y «firme». Que se hunda el mundo, ha dicho a su esposa, que el cielo y la tierra se desquicien,
… antes de seguir comiendo con temor y de dormir en la aflicción de esos terribles sueños que nos agitan de noche.
(3.2.17-19)”
“No cabe duda de que esos sueños son verdaderamente horribles y, aunque es él mismo el que los ha provocado, quizá lleguemos incluso a sentir una punzada de compasión por las pesadillas que sin duda tiene que soportar. Pero cualquier compasión que podamos sentir por el tirano se ve frenada por la cruel indiferencia que él muestra ante todos y ante todo, incluido el propio planeta: «¡Desbarátese la máquina del universo!» (3.2.16).
Al tirano no le basta con destruir a un hombre que representa una alternativa moral al camino de corrupción que él ha tomado. Dice de Banquo:
Su audacia no reconoce límites, y al temple indomable de su alma aúna la prudencia, que guía a su valor para obrar con éxito.
(3.1.53-54)”
Debe además destruir, si puede, al hijo de ese hombre. La tiranía intenta envenenar no solo la generación actual, sino también las generaciones por venir, con el fin de perpetuarse para siempre. No son solo las exigencias de la trama las que hacen que Macbeth, como Ricardo III, sea un asesino de niños. Los tiranos son enemigos del futuro.
Pero erradicar el futuro y el pasado resulta más difícil de lo que el tirano se imagina. Fleance logra huir. Y, del mismo modo que Ricardo era atormentado en sus sueños por los fantasmas de aquellos a los que había asesinado, también Macbeth, en el banquete real que ofrecen su esposa y él a la corte, es atormentado por el fantasma manchado de sangre de Banquo. La aparición constituye un emblema no solo de la conciencia reprimida del tirano, sino más bien de su deterioro psicológico. Lady Macbeth intenta apuntalar la determinación de su esposo, como ya había hecho antes: «¿Y sois hombre?», le pregunta para echarle en cara su debilidad:
¡Oh, esos sobresaltos y estremecimientos, parodia de un terror de verdad, cuadrarían muy bien en un cuento de comadres, recitado junto al hogar, en invierno, con la aprobación de la abuela!… ¡La vergüenza misma!
(3.4.64-67)”
Pero la intimidad que antes hacía que sus burlas sexuales resultaran tan poderosas se ha erosionado y el terror de Macbeth no hace más que intensificarse. Los que son testigos de su comportamiento enloquecido y escuchan las brutales palabras que pronuncia se dan cuenta de que hay algo en él que está gravemente dañado.
Los invitados a la cena se enfrentan a un problema que Shakespeare describe como un elemento recurrente y casi inevitable de las tiranías: los testigos, especialmente los que gozan de un punto de observación privilegiado, ven con claridad que el líder adolece de una grave inestabilidad mental. «Su alteza está indispuesto» (3.4.53), se atreve a decir Ross cuando Macbeth prácticamente se sube por las paredes. Pero ¿qué se supone que deberían hacer? Paradójicamente, Lady Macbeth intenta disimular el problema dando a entender que su esposo ha estado aquejado siempre de ataques de ese estilo: «Mi señor padece eso a menudo desde la juventud» (3.4.54-55). Por inquietante que sea semejante revelación, no lo es tanto como lo sería la aparición de una enfermedad mental, pues, al menos, implica que la competencia y la estabilidad de Macbeth, suficientemente probadas ya, han venido coexistiendo durante largo tiempo con esos arrebatos ocasionales. Solo cuando tales arrebatos amenazan con revelar la culpabilidad criminal del tirano es cuando Lady Macbeth despide de inmediato a la concurrencia allí reunida: «Toda pregunta lo exaspera. Por consiguiente, ¡buenas noches! —les dice“ ¡No os preocupéis de vuestros títulos, sino salid enseguida!» (3.4.120-122). No quiere que los invitados oigan a su esposo pronunciar ni una sola palabra más que pueda sonar incriminatoria.
Cuando al fin se quedan solos, Lady Macbeth escucha en silencio los continuos disparates de su marido —«¡Eso reclama sangre! Dicen que la sangre llama a la sangre» (3.4.124)— y deja de hacerle reproches y de intentar tranquilizarlo. Es como si algo entre ellos hubiera muerto. El tirano le revela que hay un nuevo personaje del que sospecha, Macduff, que ha rechazado la invitación al banquete, y Lady Macbeth le pregunta en un tono extrañamente impersonal: «¿Lo mandasteis llamar, señor?». Él contesta que ha puesto espías en todas partes y que tiene la intención de visitar a las Hermanas Fatídicas para ver si pueden darle más detalles. Su esposa no dice nada sobre esos planes, y él pone de manifiesto una vez más el espantoso narcisismo del tirano, ante el que todo debe quitarse de en medio: «¡Es preciso que todo ceda ante mí!» (3.4.137-138), declara rotundamente. Lady Macbeth continúa guardando silencio y, como si simplemente pronunciara en voz alta un monólogo interior, el tirano repite su siniestra convicción de que no hay posibilidad de dar marcha atrás: «He ido tan lejos en el lago de la sangre que, si yo avanzara más, el retroceder resultaría tan tedioso como el ganar la otra orilla» (3.4.138-140).
«Tedioso» es un adjetivo muy elocuente para la pesadilla en la que se halla inmerso Macbeth. Las consideraciones de moralidad, la táctica política o la inteligencia más elemental han desaparecido y, en su lugar, no hay más que el mero cálculo del esfuerzo que todo eso comporta. Mejor no detenerse y dejar de pensar, y actuar sencillamente al dictado de los impulsos: «Siento en la cabeza extrañas cosas que quieren pasar a mi mano y que hay que cumplir antes de que puedan meditarse» (3.4.141-142). Solo en ese momento se atreve Lady Macbeth a recordar su antigua intimidad conyugal: «Tenéis necesidad de lo que condimenta toda naturaleza humana: el sueño» (3.4.143). Y su marido asiente: «¡Ven, vámonos a dormir!». Serán las últimas palabras que intercambien en toda la obra.
Lo que viene a continuación es el resultado de la desesperada búsqueda de consuelo y seguridad que emprende Macbeth: su ingenuo deseo de creerse las predicciones ambiguas y engañosas de las Hermanas Fatídicas y su decisión, tan atroz como incalificable, de ordenar el asesinato de la esposa y los hijos del thane Macduff a raíz de la huida de este a Inglaterra. Aunque la intranquilidad, el exceso de confianza y la cólera asesina son extraños compañeros de lecho, todos ellos coexisten en el alma del tirano. Macbeth tiene servidores y socios, pero en realidad está solo. Todas las limitaciones institucionales han fracasado. Los censores internos y externos que impiden a la mayoría de los comunes mortales, y no digamos a los gobernantes de cualquier país, enviar mensajes irracionales en plena noche o actuar al dictado de cualquier impulso enloquecido han desaparecido. «Desde este momento —proclama Macbeth—, las primicias de mi corazón serán las primicias de mi mano» (4.1.145-146).
La persona con la que ha compartido su vida ya no forma parte de ella. En una famosa escena de sonambulismo, vemos a Lady Macbeth luchando con sus propios demonios, y resulta muy reve“lador que no sea su marido el que observa sus desesperados intentos por limpiarse las manos —«¡Fuera, mancha maldita!» (5.1.31)—, sino un médico y una dama de compañía. Cuando le llevan la noticia de que su esposa ha muerto, Macbeth, dispuesto para la batalla, no reacciona apenas: «¡Debiera haber muerto un poco después! ¡Tiempo vendrá en que pueda yo oír palabras semejantes!» (5.5.17-18).
Lo que viene a continuación es el intento más maduro y meditado que lleva a cabo Shakespeare de comprender cómo es ser un tirano. Macbeth es consciente de que es odiado por su pueblo y de que su propio nombre, como dice Malcolm, «cubre de ampollas nuestra lengua» (4.3.12). Ha sabido prácticamente desde el primer momento —desde antes de asesinar a traición a Duncan— que no está capacitado para ser rey. Luce todos los arreos de su elevado rango, pero eso no hace más que aumentar la impresión de que no es digno del cargo. Ahora «ve, en fin, que su dignidad real —comenta uno de sus súbditos— flota alrededor de él como el manto de un gigante que hubiera robado un enano» (5.2.20-22). «¡No des al mundo más que hijos varones!», decía antes a su esposa, pero ya no. Y la vida que lo espera, aunque lograra derrotar a sus enemigos unidos, es sumamente lúgubre:
El camino de mi vida declina hacia el otoño de amarillentas hojas; y cuanto sirve de escolta a la vejez —el respeto, el amor, la obediencia, el aprecio de los amigos— no debo pretenderlo. En cambio, vendrán maldiciones, ahogadas, pero profundas, homenajes de adulación, murmullos que el pobre corazón quisiera reprimir y no se atreve a rehusar.
(5.3.24-28)
«Homenajes de adulación», el elogio vacío de aquellos que cobran por alabarlo o que se ven obligados a hacerlo, es la recompensa que puede esperar obtener por el tiempo que ha ocupado el trono.
En Ricardo III, Shakespeare se imaginaba cómo el tirano acorralado se debatía entre el amor y el odio que sentía por sí mismo. En Macbeth, el dramaturgo sondea unos sentimientos mucho más hondos. ¿Para qué ha sido todo, para qué todas esas traiciones, las palabras vacías, el derramamiento de tanta sangre inocente? Cuesta trabajo imaginar a los tiranos de nuestra propia época ajustando cuentas sinceramente consigo mismos como vemos en la obra de Shakespeare. Pero Macbeth describe con absoluta valentía las consecuencias que él mismo se ha acarreado:
El mañana y el mañana y el mañana avanzan en pequeños pasos, de día en día, hasta la última sílaba del tiempo recordable; y todos nuestros ayeres han alumbrado a los locos el camino hacia el polvo de la muerte… ¡Extínguete, extínguete, fugaz antorcha!… La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y se agita una hora sobre la escena, y después no se le oye más…; un cuento narrado por un idiota con gran aparato y que nada significa!…
(5.5.19-28)
Conviene tener en cuenta que esta desoladora experiencia de total carencia de sentido no es, como algún drama contemporáneo del teatro del absurdo, la condición existencial de los seres humanos. La obra insiste en que justamente ese es solo el destino del tirano, y esa palabra —«tirano»— resuena una y otra vez al final de la obra.
Cuando se comprueba que las palabras tranquilizadoras de las Hermanas Fatídicas, que aseguraban que Macbeth no sería derrotado hasta que el bosque de Birnam llegara a Dunsinane, no eran más que un truco, el tirano, desesperado, se ve obligado al fin a enfrentarse a Macduff, el hombre a cuya esposa y a cuyos hijos ha asesinado. Cuando Macbeth se niega en un primer momento a combatir, su enemigo le dice: «Vive para ser el ludibrio y espectáculo del universo» (5.7.54). Efectivamente, la humillación más miserable que puede imaginar Macduff para Macbeth es ser mostrado en público con un cartel que anuncie el espectáculo:
Te colocaremos, como a los monstruos raros, ante una barraca, y debajo escribiremos: «¡Aquí puede verse al tirano!».
(5.7.55-57)
Aunque se ha «saciado de horrores» y ha llegado a sumirse en las profundidades de la desesperación, Macbeth considera ese final carnavalesco insoportablemente degradante. Sin amigos, sin hijos, completamente solo, no tiene a nada a lo que aferrarse salvo a la vida, y esa vida, como se dice descarnadamente a sí mismo, se encamina al otoño de amarillentas hojas. Pelea y muere. Macduff levanta la «cabeza maldita» del usurpador que él mismo ha cortado y proclama que la tiranía ha llegado a su fin. «El mundo es libre» (5.7.85).