miércoles, 8 de abril de 2026

Stephen Greenblatt - EL TIRANO -- Shakespeare y la política (Parte 3)

 TRES


POPULISMO FRAUDULENTO


 



Al describir la estrategia de los aspirantes a la tiranía, Shakespeare señala cautelosamente la fuerte corriente de desprecio por las masas y la democracia como posibilidad política viable que había entre la clase terrateniente de su época. Puede que el populismo parezca una aceptación de los desposeídos, pero en realidad es una forma cínica de explotación. A decir verdad, un líder carente de escrúpulos no tiene el menor interés en mejorar la suerte de los pobres. Rodeado desde su cuna de una gran riqueza, sus gustos se dirigen hacia los lujos más extravagantes y no encuentra nada atractivo, ni mucho menos, en la vida de los que pertenecen a las clases inferiores. De hecho, los desprecia, detesta el olor de su aliento, teme que puedan ser portadores de enfermedades y los “considera gente voluble, estúpida y carente por completo de valor, de la que se puede prescindir. Se da cuenta, sin embargo, de que puede sacar provecho de ellos para sacar adelante sus ambiciones.


No son el bienintencionado rey ni su principal servidor, el duque Hunfredo, los que se percatan de lo que late en los estratos más bajos de su reino. Es el genio de York, si es que ese es el término adecuado para referirnos a algo tan vil, el que se da cuenta del uso que puede hacer del resentimiento que bulle entre los más pobres de los pobres. «Provocaré en Inglaterra algún negro huracán», cavila en su interior; una tormenta que no cesará hasta que la corona de la que planea apoderarse ciña sus sienes: «Hasta que un aro de oro puesto sobre mi cabeza, que haga el oficio de los transparentes rayos del sol esplendoroso, calme el furor de esta tromba insensata». Y nos revela que ha encontrado al individuo perfecto para ser el agente que le permita conseguir su objetivo: «Para servir de instrumento a mis proyectos he seducido a un enérgico habitante de Kent, John Cade, de Ashford» (2 Enrique VI 3.1.349-357).


“John o Jack Cade fue un personaje real —⁠un rebelde de clase humilde sobre cuya persona se conocen pocos detalles⁠— que encabezó una sangrienta revuelta popular que estalló contra el Gobierno inglés en 1450 y que fue sofocada de forma tan rápida como violenta. Para modelar a su personaje, Shakespeare ensambló diversos materiales tomados de las crónicas históricas que había logrado reunir (incluida la acusación de que Cade había sido financiado clandestinamente por York), los combinó con ciertos recuerdos de otras revueltas campesinas y añadió algunos detalles creados por su aguda imaginación.


Al gran Ricardo Plantagenet, duque de York, no le preocupa lo más mínimo la suerte que pueda correr en último término el hombre vil al que ha seducido para que contribuya a sacar adelante sus designios, y menos todavía le interesa la chusma harapienta a la que pretende espolear para que se rebele. Pero York ha observado atentamente a Cade y se ha percatado de los rasgos que pueden resultarle útiles, incluida una extraña indiferencia hacia el dolor y, por consiguiente, la capacidad de mantener oculto el lazo secreto que los une:


Supongamos que sea apresado, puesto en el potro y torturado; me consta que ni uno de los sufrimientos que le puedan infligir será bastante para hacerle confesar que he sido yo el que lo ha impulsado a tomar las armas.


(3.1.376-378).


El sigilo es importantísimo: al poderoso aristócrata no le conviene que se descubra que él ha sido el instigador de un brutal alzamiento popular.


Resulta que ese alzamiento se convierte en una tormenta todavía más devastadora de lo que había deseado York. La chusma, congregada en Blackheath, a las afueras de Londres, es soliviantada por Cade, que se revela un demagogo sumamente eficaz, un auténtico maestro de economía vudú [*]:


En Inglaterra se venderán por un penique siete panes de los que hoy valen medio penique, los jarros de tres medidas contendrán diez y haré caso de felonía beber cerveza floja. […] No habrá más moneda; todos comerán y beberán a mis expensas.


(4.2.61-68)


Cuando la muchedumbre brama dando su aprobación, las palabras de Cade suenan exactamente igual que las de un político moderno que presenta su candidatura a las elecciones: «Doy las gracias a todos, buenas gentes» (4.2.167).


Lo absurdo de esas promesas de campaña electoral no supone ningún impedimento para su efectividad. Antes bien, Cade continúa exponiendo nuevas falsedades perfectamente demostrables acerca de sus orígenes y realiza declaraciones disparatadas sobre las grandes cosas que va a hacer, pero la muchedumbre se lo traga todo de buena gana. Lo cierto es que sus vecinos saben que Cade es un mentiroso nato:


CADE: Mi madre [era] una Plantagenet.


DICK, EL CARNICERO: (Aparte). La conocí bien; era una comadrona.


CADE: Mi esposa descendía de los Lacy.


DICK, El CARNICERO: (Aparte). Era, en efecto, hija de un buhonero, y ha vendido muchos lazos.


(4.2.39-43)


“Las absurdas afirmaciones de Cade acerca de su linaje aristocrático deberían bastar para hacer que “parezca un simple bufón. Lejos de ser un acaudalado magnate de noble cuna, es poco más que un vagabundo: «Lo he visto azotar durante tres días de mercado, uno tras otro» (4.2.53-54), murmura uno de sus seguidores. Pero lo extraño es que el conocimiento de esos hechos no disminuye lo más mínimo la fe del populacho.


El propio Cade, por lo que sabemos, quizá piense que lo que va inventándose sobre la marcha acabará en realidad por suceder. Apoyándose en su indiferencia por la verdad, en su desvergüenza y en una seguridad en sí mismo sobredimensionada, el demagogo bocazas va adentrándose en el país de la fantasía —⁠«Cuando yo sea rey…, que lo seré… (4.2.65)» ⁠— e invita a cuantos lo escuchan a entrar en ese mismo espacio mágico con él. En ese espacio mágico, dos y dos no tienen por qué ser cuatro y no es necesario que la última afirmación concuerde con la afirmación contradictoria hecha unos segundos antes.


En tiempos normales, cuando un personaje público es pillado mintiendo o simplemente pone de manifiesto una ignorancia flagrante de la verdad, su reputación queda en entredicho. Pero estos no son tiempos normales. Si un testigo desapasionado señalara todas “ las grotescas distorsiones, equivocaciones y burdas mentiras de Cade, la cólera de la multitud se volcaría contra el escéptico, no contra Cade. Como es bien sabido, al final de uno de los discursos de Cade alguien entre la multitud exclama: «La primera cosa que tenemos que hacer es matar a todas las gentes de ley», esto es, a todos los abogados (4.2.71).


Shakespeare sabía que este verso provocaría risas, como así ha sucedido a lo largo de cuatro centurias. Libera la corriente de agresión que gira alrededor de toda actividad legal, dirigida no solo contra los letrados venales, sino también contra todos los agentes del enorme aparato social que obliga a respetar los contratos, a pagar las deudas y a cumplir con las obligaciones. Los espectadores nos imaginamos tranquilamente que la multitud desea que sus líderes tengan esas cualidades responsables, pero la escena sugiere todo lo contrario. Lo que en realidad desea es permiso para no hacer caso de los compromisos contraídos, para violar las promesas y para saltarse las reglas.


Cade empieza hablando vagamente de «reformarlo todo», pero a lo que en realidad llama es a la destrucción total. Insta al populacho a asaltar y desmantelar las escuelas de derecho de Londres, las Inns of Court, y eso no es más que el principio. «Tengo una proposición para vuestra señoría —⁠clama uno de sus principales seguidores⁠—. Se trata solamente de que las leyes de Inglaterra emanen de vuestra boca» (4.7.3-7). «He pensado en ello —⁠replica Cade⁠—. Así será. Andad, quemad todos los registros del reino. Mi boca será el Parlamento de Inglaterra» (4.7.11-13).


Poco importa que con toda esa destrucción el pueblo llano pierda incluso el limitado poder que posee, el poder expresado cuando vota en las elecciones al Parlamento. Para los ardientes seguidores de Cade, el inveterado sistema institucional de representación no vale nada. En su opinión, nunca los ha representado a ellos. Su deseo todavía no formulado es romper todos los acuerdos, cancelar todas las deudas y desmantelar todas las instituciones existentes. Es preferible que la ley salga de la boca de un dictador, que tal vez pretenda ser un Plantagenet, pero al que ellos reconocen como uno de los suyos. El populacho es perfectamente consciente de que Cade es un mentiroso, pero, por venal, cruel y egoísta que sea, es capaz de articular lo que sueñan las masas: «Y “desde ahora todas las cosas serán comunes» (4.7.16).


La palabrería de Cade viene a sustituir cualquier transparencia en torno a su pasado o a cualquier compromiso serio con el cumplimiento de esta promesa en concreto, de aquella o de la de más allá. Lejos de exigir que mantenga su palabra, sus seguidores se sienten satisfechos con que vitupere todos los contratos: «¿No es una cosa lamentable que la piel de un inocente cordero se convierta en pergamino, y que el pergamino, una vez lleno de escritura, pueda arruinar a un hombre?» (4.2.72-75). El comentario sobre lo de «una vez lleno de escritura» es a la vez ridículo —⁠¿cómo, si no, iba a ser un documento legal?⁠— y taimado. Los pobres cuyas pasiones solivianta Cade se sienten excluidos, despreciados y vagamente avergonzados. Han sido dejados al margen de una economía que cada vez en mayor medida exige la posesión de una tecnología otrora esotérica: el conocimiento de la lectura y la escritura. No se imaginan que puedan llegar a dominar este nuevo arte, y su líder no propone en ningún momento que se preparen para recibir cualquier tipo de educación. No le convendría, desde luego, que “lo hicieran. Por el contrario, lo que hace es manipular el resentimiento que abrigan contra la gente culta.


El populacho prende inmediatamente a un escribano y presenta un grave cargo contra él: «Sabe leer, escribir y contar». De hecho, dicen sus acusadores, «lo hemos pillado haciendo modelos de escritura para los niños» (4.2.81), esto es, preparando una muestra, un ejercicio de escritura para que lo copien los escolares. Cade se encarga de llevar a cabo el interrogatorio: «¿Escribes tu nombre habitualmente o tienes un signo para firmar, como conviene a un hombre honrado de buenas intenciones?», le pregunta (4.2.92-93). Si el escribano hubiera sabido lo que le convenía, habría insistido en que era analfabeto y en que firmaba utilizando solo un signo o marca. En cambio, proclama orgullosamente su pericia: «Señor, gracias a Dios, he sido tan bien educado que puedo escribir mi nombre». «Ha confesado —⁠grita la multitud⁠—. ¡Que se lo lleven! Es un villano y un traidor». «Que se lo lleven, digo —⁠ordena Cade, que repite como el eco las demandas del populacho⁠—. Que se le ahorque, con su pluma y su tintero al cuello» (4.2.94-99).


Jack Cade añora la época en la que, como él dice, los niños jugaban al tejo «con las coronas francesas», el tiempo en el que Inglaterra aún no estaba «mutilada», como ahora, y no se veía en la necesidad de «ir con muletas» (4.2.145-150). Hasta que una pandilla de peleles llevó al país por el mal camino, señala, Inglaterra obligaba a sus enemigos a temblar ante su poderío, y ahora es preciso recuperar esa gloriosa arrogancia. Él promete hacer a Inglaterra otra vez grande. ¿Y cómo lo conseguirá? Está dispuesto a demostrárselo al pueblo de inmediato: atacando la educación y la cultura. La élite culta ha traicionado al pueblo. Está formada por un hatajo de traidores que serán llevados ante la justicia, y esa justicia será impartida no por jueces ni juristas, sino mediante la interacción del líder y su populacho. El tesorero inglés, lord Saye, «sabe hablar francés. […] Por tanto, es un traidor» (4.2.153). Es perfectamente lógico: «Los franceses son nuestros enemigos. […] Bien, entonces yo os pregunto: el que habla la lengua del enemigo ¿puede ser buen consejero? ¿Sí o no?». La muchedumbre ruge: «¡No y no! ¡Y, por tanto, queremos su cabeza!» (4.2.155-158).


“Cuando la chusma, tras romper las defensas de Londres, invade la ciudad y captura al propio lord Saye, Cade siente lo que es un triunfo total. Tiene en sus manos a la autoridad fiscal más alta del reino, al símbolo de la ciénaga que ha prometido drenar. (La metáfora que utiliza en realidad el demagogo para describir lo que pretende hacer es ligeramente más prosaica: «Que te enteres delante de las personas aquí congregadas —⁠afirma⁠— de que soy la escoba encargada de limpiar la Corte de inmundicia como tú» [4.7.27-28]). Mientras sus seguidores, entusiasmados, escuchan atentamente sus palabras, Cade enumera todos los cargos que imputa al prisionero. Acusa a lord Saye de haber hecho algo aún peor que entregar Normandía a los franceses:


Has corrompido muy traidoramente la juventud del reino al erigir una escuela de gramática; y, mientras que hasta hoy nuestros antepasados no habían tenido otros libros que la muesca y la tarja, eres la causa de que se haya usado la imprenta, y, en contra del rey, de su corona y de su dignidad, has hecho construir una fábrica de papel.


(4.7.28-33


 El delito más atroz de Saye ha sido fomentar el desarrollo de una ciudadanía culta, de unas personas capaces de leer libros. Y Cade cuenta con las pruebas que lo corroboran: «Te será probado en tu cara que tienes en tu compañía hombres que hablan habitualmente del nombre y del verbo y de otros vocablos abominables que ningún oído cristiano puede escuchar con paciencia» (4.7.33-36).


Por supuesto, se supone que encontraremos todo esto ridículo; la escena está precisamente planteada de manera burlesca, para que haga reír. Pero Shakespeare se dio cuenta de algo importantísimo: aunque la absurdidad de la retórica del demagogo era descaradamente obvia, la risa que pudiera provocar no disminuía ni por un instante la amenaza que representaba. Cade y sus seguidores no saldrán bien parados por el mero hecho de que la élite política tradicional y la totalidad de la sociedad culta los consideran una pandilla de burros.


Que el propio Cade se percata de cuál es la base de su poder lo indican los versos que siguen inmediatamente a las tonterías que dice sobre los “nombres y los verbos. En ellos acusa así a lord Saye:


Has nombrado a jueces de paz para que citasen ante ellos a pobres gentes a propósito de asuntos sobre los cuales no podían responder. Además, has hecho meter a esas pobres gentes en la cárcel y, como no sabían leer, las has mandado colgar, cuando por esa razón solamente habrían merecido vivir.


(4.7.36-41)


En cierto sentido, toda esa palabrería es una extensión de la basura que Cade ha venido propalando: resulta ridículo que insinúe que los delincuentes merecen ser perdonados simplemente por ser analfabetos. Pero la broma empieza a resultar pesada. La obra ha demostrado ya ampliamente que los personajes ricos y de noble cuna pueden librarse de ser juzgados por asesinato. Es más, el público de Shakespeare sabía muy bien que los tribunales de su época permitían privilegios como el llamado «beneficio del clero», una estratagema legal por la cual los individuos condenados a ser ejecutados por asesinato o por robo podían ser remitidos, en caso de que pudieran demostrar que sabían leer y escribir, a jurisdicciones que no preveían la pena de muerte. La acusación que hace Cade al afirmar que los que no sabían leer podían ser condenados a la horca es perfectamente acertada, y va dirigida contra todo un sistema legal que favorecía clarísimamente a la élite culta.


No es de extrañar, pues, que entre las clases bajas exista un profundísimo fondo de resentimiento del que Cade pretende sacar provecho, y tampoco es de extrañar que el ridículo y el desprecio que suscitan tanto él como sus seguidores no hagan sino intensificar ese resentimiento. «Aldeanos rebeldes, barro y espuma de Kent, señalados por las horcas —⁠brama el magistrado real sir Humphrey Stafford mientras se vuelve hacia la muchedumbre⁠—, deponed vuestras armas, retornad a vuestras aldeas, abandonad a este palurdo» (4.2.111-113). Llamarlos «barro y espuma» no viene más que a intensificar para la gente humilde el espectáculo ceremonioso de respeto que su líder les ofrece: «A vosotros es a los que hablo, buenas gentes —⁠les dice Cade⁠—, a vosotros, sobre los que espero reinar en tiempo futuro, porque soy el heredero legítimo de la Corona» (4.2.118-120). Una vez más, insiste en su grotesca mentira, y una “vez más vemos un intento de ponerla al descubierto por parte de las autoridades: «Villano, tu padre era un revocador y tú eres un esquilador», exclama furibundo Stafford. A lo que Cade replica: «Y Adán era un jardinero» (4.2.121-123).


Esta respuesta es algo más que una mera incongruencia. Las palabras de Cade hacen referencia a la consigna utilizada durante la rebelión de los campesinos de finales del siglo XIV: «Cuando Adán araba y Eva hilaba, ¿quién era caballero? [When Adam delved and Eve span, who was then the gentleman?]». El cabecilla de la revuelta de los campesinos, el cura revolucionario John Ball, explicaba el significado de aquel incendiario pareado suyo en los siguientes términos: «Desde el principio todos los hombres fueron creados iguales por naturaleza». Antes de que fuera sofocado su levantamiento, los rebeldes habían quemado los archivos judiciales, habían abierto las cárceles y habían matado a los funcionarios de la Corona.


Shakespeare traslada a la descripción que hace de la rebelión de Cade el temor y el odio suscitados entre la clase de los hacendados por la insurgencia de las clases más humildes. A los rebeldes campesinos los anima algo parecido a la visión sanguinaria que tenía el dictador camboyano Pol Pot: su objetivo es acabar no solo con los nobles de alta alcurnia, sino con toda la población culta del país. «Llaman orugas traidoras a todos los sabios, letrados, cortesanos y caballeros, y se proponen darles muerte» (4.4.35-36), comenta un testigo, aterrado. La gente sencilla ha sido explotada y esclavizada; ahora ha llegado el momento de que se adueñe de la libertad. «No dejaremos [ni] un lord [ni] un solo caballero». Tal es la espeluznante promesa que hace Cade. Y añade: «No respetéis más que a los que lleven calzado con clavos» (4.2.169-170), esto es, los que usan las botas claveteadas propias de los campesinos. Los pobres de las zonas rurales no se han unido a las masas urbanas rebeldes, pero los campesinos, como dice Cade, «esos son gentes honradas, laboriosas, y que, si se atreven, tomarán nuestro partido» (4.2.172). Son compañeros de viaje en la guerra emprendida por los ignorantes contra los cultos y, si tuvieran valor, aplaudirían la horripilante muerte que ordena dar a todos los que son tan bienhablados como lord Saye: «Andad, llevadlo, digo, y luego entrad en casa de su yerno, sir James Cromer, y cortadle la cabeza, y después traédmelas ambas sobre dos perchas» (4.7.99-101).


Cuando su orden es ejecutada y le traen las cabezas cortadas, Cade monta una escena de teatro político y de sadismo. «Hacedlos besarse el uno al otro, pues se amaban mucho cuando estaban vivos», ordena. Y a continuación añade, con el sarcasmo cruel que caracteriza perfectamente a los demagogos de este tipo: «Ahora separadlos de nuevo, no sea que se consulten para rendir aún otras ciudades de Francia» (4.7.119-122).


Cade aspira a convertirse en un tirano y, además, a hacerse rico: «El par más orgulloso del reino no conservará su cabeza sobre los hombros si no me paga tributo» (4.7.109-110). Por si fuera poco, se figura que va a tener derecho a acostarse con todas las mujeres que caigan en sus manos. Por un momento consigue convencer a sus seguidores de que emprendan una frenética campaña de destrucción. «¡Subid la calle del Pescado! ¡Descended por la esquina de San Magno! ¡Matad y rematad y arrojadlos al Támesis!» (4.8.1-2). Pero no tiene capacidad organizativa ni partido en el que apoyarse, y nosotros sabemos (aunque sus seguidores no lo sepan) que no es más que un títere en manos del siniestro York.


Cuando el momento está lo suficientemente maduro, utilizando la misma gramática parda que Cade y apelando a los sentimientos nacionalistas y a los sueños de pillaje, las autoridades de la Corona seducen al populacho para que abandone la rebelión y tome una dirección distinta: «¡A Francia, a Francia, y recuperad lo que habéis perdido!». Aislado y acorralado, Cade intenta huir para salvar la vida y maldice a todos los que hasta ese momento lo habían seguido:


No creí que rendiríais jamás las armas sin haber reconquistado vuestra antigua libertad, pero sois todos haraganes y cobardes y os sentís dichosos con vivir en la esclavitud de los nobles. ¡Que ellos os aplasten las espaldas con sus fardos! ¡Que desmantelen los techos de vuestras casas sobre vuestras cabezas! ¡Que rapten a vuestras mujeres e hijas en vuestras mismas caras!


(4.8.23-29)


Cuando volvemos a ver a Cade, es un fugitivo hambriento, que ha saltado la tapia de un jardín «para ver si puedo comer hierba o recoger una ensalada de aquí y de allá» (4.10.6-7). El dueño del jardín mata fácilmente al rebelde ya exhausto con su espada y se dispone a arrastrar su cadáver «hasta un muladar, que será tu tumba» (4.10.76).


“El rey Enrique exhala un suspiro de alivio, pero la noticia de la derrota de Cade va acompañada casi en ese mismo instante del anuncio de que York, apoyado por un ejército irlandés, avanza hacia el campamento real. York es lo bastante inteligente como para mantener en secreto sus intenciones hasta que tenga fuerza suficiente para actuar, pero en sus soliloquios pone de manifiesto que no piensa conformarse nada más que con la Corona. Lo que viene a continuación es una compleja maraña de acontecimientos, en los que se mezclan guerras en Francia con episodios de conjuras, traiciones y violencia en la propia Inglaterra. El resultado de todo ello es una guerra en toda regla entre las dos facciones, los partidarios de la rosa roja y los partidarios de la rosa blanca, esto es, los que apoyan a la casa de Lancaster y los que apoyan a la casa de York.


Los horrores de esta guerra vienen a ilustrar el fracaso de los valores más elementales —⁠el respeto del orden, la civilidad y la decencia humana⁠—, y ese fracaso viene a allanar el camino a la ascensión al poder del tirano. La semilla de esa catástrofe ya hemos podido verla en la disputa entre York y Somerset, en la que la discrepancia en torno a un oscuro asunto jurídico se convertía rápidamente en un auténtico bombardeo de insul“tos. La cólera se vio después intensificada por la aparición de la política de partidos y, a continuación, a través de los subterfugios de York, dio lugar al asesinato del duque Hunfredo y a la rebelión de Jack Cade. Pero la guerra civil permite levantar el velo que ocultaba esos subterfugios: las principales figuras políticas ya no ocultan sus ambiciones más profundas y dejan la ejecución de sus impulsos más sádicos en manos de sus subordinados. La complejidad bizantina de la trama a partir de este momento hace que la última pieza de la trilogía de Shakespeare resulte curiosamente difícil de representar, pero hay en ella varias cosas especialmente notables.


En primer lugar, el caos cada vez mayor hace que el resultado de la lucha por el poder sea completamente imprevisible. Cuando actuaba en la penumbra y hacía realidad sus deseos por medio de sustitutos como Cade, York nos había parecido casi invulnerable. Pero, una vez que quedan al descubierto sus planes —⁠de hecho, en un momento dado llega incluso a sentarse en el trono, aunque es obligado de inmediato a levantarse⁠—, tanto él como su familia se convierten en objetivo directo de la facción contraria. Sus enemigos captu“ran y matan a su hijo, de apenas doce años de edad. Poco después, cuando apresan al propio York, le regalan en tono de burla un pañuelo empapado en la sangre del muchacho. Luego se ríen de él y colocan sobre su cabeza una corona de papel antes de matarlo a puñaladas. Tal es la despiadada crueldad que él mismo ha contribuido a desencadenar y a legitimar, y tal es también la forma en que acaba el que pretendía convertirse en tirano.


En segundo lugar, el sueño de dominio absoluto no es el objetivo de un solo personaje; según la concepción política de la época, se trata de una ambición dinástica, de un asunto de familia. En unos tiempos en los que el poder pasaba de forma rutinaria de padres a hijos (concretamente, al primogénito o, a falta de hijos varones, a la hija mayor), era perfectamente lógico que los tiranos modelaran su figura a imagen y semejanza de los monarcas a los que pretendían desplazar y que intentaran asegurar el poder para sus herederos. Incluso en los sistemas democráticos, en los que la sucesión viene determinada por el voto de los ciudadanos, no hemos dejado atrás, ni mucho ni mucho menos, las ambiciones dinásticas; si acaso, da la impresión de que esa tendencia se haya intensificado en la política contemporánea. Además, ¿en quién puede confiar el tirano, siempre inseguro, más que en los miembros de su familia?


Pero el interés familiar no es sino un elemento más de la incesante confusión que describe Shakespeare. Esa confusión es también una consecuencia de la política de partidos, simbolizada aquí por la elección de la rosa blanca o la rosa roja. La muerte de York es un golpe significativo infligido a su facción, pero no pone fin, ni mucho menos, a la lucha desencadenada para acabar con el monarca legítimo. Los partidarios de la casa de York encuentran un nuevo candidato en Eduardo, hijo del difunto duque, y promueven sus pretensiones por todos los medios a su alcance.


En tercer lugar, el partido político decidido a hacerse con el poder a cualquier precio establece contactos secretos con el enemigo tradicional del país. La enemistad de Inglaterra con el reino situado al otro lado del canal de la Mancha —⁠atizada constantemente por la calenturienta palabrería patriótica en torno a la recuperación de los territorios perdidos en él y alentada por todo el dinero gastado y por toda la sangre derramada en el intento⁠— desaparece de repente. Los partidarios de la casa de York —⁠que, en la persona de Cade, habían pretendido que incluso hablar francés constituía un acto de traición⁠— entablan una serie de negociaciones secretas con Francia. Nominalmente, esas negociaciones pretenden poner fin a las hostilidades entre los dos países gracias a concertar un matrimonio dinástico, pero en realidad provienen, como observa cínicamente la reina Margarita, «de una trapacería engendrada por la necesidad» (3 Enrique VI 3.3.68). Para elevar al trono a Eduardo Plantagenet, los partidarios de la casa de York intentan ampliar el poder de su candidato. Eduardo todavía carece de fuerza para derrocar a Enrique, y su partido está dispuesto a sacar esa fuerza de donde sea, aunque eso signifique traicionar a su propio país. Poco importa que los partidarios de la casa de York hayan lamentado a todas horas la pérdida de tantos territorios a manos de sus odiados rivales, los franceses, y que hayan culpado de ello categóricamente a Enrique. Ahora, de repente, los partidarios de los York se presentan aparentemente «con toda amistad y todo sincero afecto» (3.3.51) ante sus enemigos. Patriotas ardientes como Talbot se muestran completamente “ingenuos, hasta el punto de creer que la lealtad a la nación puede más que los intereses personales. La cínica reina Margarita, que está perfectamente al tanto de la realidad, entiende bien lo que pasa y comenta: «¿Cómo los tiranos pueden gobernar en su país con seguridad si no compran grandes alianzas en el extranjero?» (3.3.69-70).


En cuarto lugar, el gobernante legítimo y moderado no puede contar con el agradecimiento ni con el apoyo del pueblo. En la caótica batalla campal en la que se halla sumido el reino, esa flagrante traición a los principios no suscita mayor indignación. Lo que en otro tiempo habría podido dar lugar acaso a acusaciones de traición es aceptado sencillamente como una cosa natural. Y, del mismo modo que ya no existen los castigos por alta traición que habría cabido presumir, tampoco existen las recompensas a la virtud que habría cabido esperar. Quizá esas esperanzas no fueran más que una ilusión: un gobernante como es debido no habría debido contar nunca con la gratitud del pueblo. Eso ya había quedado demostrado durante la rebelión de Cade, pero viene a ponerse de manifiesto de nuevo, de forma todavía más fatal “en el momento culminante de la guerra civil. Justo antes de su caída definitiva, Enrique expresa su confianza en que sus súbditos lo apoyarán porque siempre ha sido un rey razonablemente justo, atento y moderado. La afirmación tiene mucho de cierto; el error, el error fatal, está en pensar que eso le garantizará un apoyo popular indudable. Para tranquilizarse, Enrique dice:


No he cerrado mis oídos a sus demandas, no he diferido sus requerimientos por medio de lentos aplazamientos, mi piedad ha sido un bálsamo para curar sus heridas, mi dulzura ha sabido apaciguar la tempestad de sus dolores, mi clemencia ha secado sus lágrimas. No he ambicionado su fortuna, no los he abrumado mucho con pesados subsidios, no he buscado la venganza, aunque han errado grandemente. ¿Por qué, pues, iban a amar más a Eduardo que a mí?


(4.8.7-15)


Pero, cuando llega la hora de la verdad, en la batalla que decide si finalmente la casa de York logrará por fin hacerse con el poder, no se produce una oleada de apoyo popular en favor del virtuoso Enrique. Primero, su hijo y heredero es capturado y asesinado a puñaladas por los hijos de York, y luego le llega a él el turno de morir a manos de Ricardo, duque de Gloucester, el más despiadado de los descendientes de York. El líder de la facción de York, Eduardo Plantagenet, sube al trono.


Y, en quinto y último lugar, puede que la aparente restauración del orden después de todo este caos no sea más que una ilusión. Deseoso de «invertir el tiempo en suntuosos regocijos, en alegres representaciones teatrales» (5.7.42-43), Eduardo es un personaje más moderado que su padre, el duque de York, pues no está tan dominado por las fantasías de poder absoluto de este. Para devolver al país una apariencia de normalidad, de gobierno legítimo, espera conseguir una especie de olvido colectivo de la pesadilla de la que acaba de despertarse todo el mundo. Sumido en ese espíritu de amnesia, califica de «amarga preocupación» la carnicería que su partido ha causado. Y afirma alegremente que todas las amenazas se han esfumado: «Así hemos barrido lejos de nuestro trono todo motivo de temor y nos hemos proporcionado la seguridad como plataforma» (5.7.13-14).


Según afirma el nuevo rey al final de la obra, todo parece felizmente arreglado: «Espero, pues, que principie aquí para nosotros una era de permanente alegría» (5.7.46). Pero, al término de la trilogía de Shakespeare sobre la guerra de las Dos Rosas, el público sabe muy bien que esa alegría no será duradera. Eduardo debe en gran medida la victoria de su partido y, por tanto, su trono a sus enérgicos hermanos, Jorge, duque de Clarence, y Ricardo, duque de Gloucester. A decir verdad, durante la guerra civil Jorge vaciló en un momento dado y se puso brevemente de parte de los Lancaster, pero no tardó en volver a luchar por la causa de la casa de York. Ricardo no vaciló nunca, y fue él el que asesinó a Enrique VI. Pero, mientras el monarca moría desangrado a sus pies, Ricardo dejó bien claro que al único al que guardaba fidelidad era a sí mismo. «No tengo hermano —⁠afirma⁠—. Yo soy único» (5.6.80-83). Un nuevo tirano aguarda entre bastidores.


 

viernes, 20 de marzo de 2026

Stephen Greenblatt - EL TIRANO -- Shakespeare y la política (Parte 2 )

 DOS


POLÍTICA DE PARTIDOS


 


En una trilogía de fecha muy temprana, posiblemente escrita en colaboración con otros autores, Shakespeare había seguido la tortuosa senda que lleva de la política habitual a la tiranía. Las tres partes en las que está dividida su Tragedia del rey Enrique VI están actualmente entre sus obras menos conocidas, pero fueron las primeras en hacerlo famoso y siguen demostrando una gran perspicacia en lo que se refiere a las maneras que tiene una sociedad de madurar para acoger a un déspota.


El punto de partida es la debilidad existente en el corazón mismo del reino. Enrique VI es todavía un joven inexperto, que ha accedido al trono a raíz de la muerte prematura de su padre, y el Estado es administrado por un lord protector, su tío Hunfredo, duque de Gloucester. Aunque el regente está desinteresadamente comprometido con el servicio público, su poder se halla rigurosamente limitado, aparte de que está rodeado por un grupo de diversos nobles brutales y egoístas. Cuando estos se quejan de que el monarca no es más que un niño, el protector del reino los interrumpe y pone de manifiesto que la suya es una nostalgia postiza. Lo cierto es, dice, que ellos preferirían a un príncipe débil «a quien, como a un colegial, podáis dominar» (1 Enrique VI 1.1.36). El vacío de poder que existe en el corazón mismo del Estado da a los rivales espacio para maniobrar y conspirar unos contra otros. Pero esa rivalidad partidista tiene sus consecuencias: no se consigue hacer nada por el bien común y, como enseguida veremos, las facciones van radicalizándose hasta crear enemigos mortales.


En un jardín anexo a los edificios que albergan la escuela de leyes de Londres, dos poderosos nobles, el duque de York y el duque de Somerset, discuten sobre la interpretación de una cuestión de derecho. Apelan a los asistentes al debate para que actúen como de jueces de la disputa, pero, haciendo gala de prudencia, ninguno de los presentes se atreve a intervenir. La obra no ofrece el menor detalle en lo concerniente al asunto jurídico en torno al cual gira la disputa; quizá Shakespeare pensara que, al fin y al cabo, no era demasiado importante. Lo que importaba realmente era la falta de predisposición de una y otra parte a llegar a un compromiso, la certeza belicosa que tenía cada una de ellas de que su postura y solo su postura era la única posible. «La verdad aparece tan desnuda de mi parte que cualquier ciego puede verla», afirma York. «Y de mi lado —⁠replica Somerset⁠— aparece tan bien ataviada, tan clara, tan brillante, tan evidente, que iluminaría los ojos de un ciego» (2.4.20-24). Todo es o negro o blanco. No se admite en ningún momento que pueda haber una zona gris; imposible reconocer que una persona razonable pueda discrepar de tales presupuestos. Cada uno piensa que solo puede deberse a pura maldad no reconocer algo que es tan indiscutiblemente «evidente».


Al verse en un callejón sin salida, ambos bandos carecen incluso de la más mínima inclinación a dar un paso hacia la reconciliación. Antes bien, lo que Shakespeare describe es la senda hacia un conflicto que va más allá de esos dos individuos y de sus subordinados para adentrarse en un terreno mucho más vasto. «Que el que sea un caballero verdaderamente bien nacido y se apoye en el honor de su nacimiento, si supone que he defendido la verdad —⁠proclama York⁠—, recoja conmigo “una rosa blanca de estos zarzales». «Que el que no sea ni un cobarde ni un adulador, pero que tenga el valor de sostener el partido de la verdad, recoja conmigo una rosa roja de espinoso tallo», replica Somerset (2.4.27-33). A los presentes ya no les es posible permanecer neutrales, como habían hecho en un primer momento. Tienen que escoger.


El York y el Somerset históricos habían sido poderosos señores feudales que tenían ejércitos privados y ejercían un control efectivo sobre determinadas regiones de la isla de Gran Bretaña. La obra habría podido presentárnoslos de una forma que nos recordara a los señores de la guerra del Afganistán de nuestros días. Pero, por el contrario, Shakespeare nos invita, de hecho, a observar la invención de los partidos políticos y la transformación de unos aristócratas rivales en enemigos políticos. El autor no concibe esas facciones exactamente en los mismos términos que las concebimos nosotros: en el sistema parlamentario de su “época no había nada que se correspondiera con las estructuras organizativas de partido que se desarrollarían posteriormente en Inglaterra y en otros países. Lo que nos muestra, sin embargo, nos es curiosamente familiar. Las dos rosas sirven como emblemas de dos partidos distintos; designan a dos bandos contrapuestos. Con una extraña inmediatez, la discusión de carácter legal (fuera la que fuera) da paso a una adhesión ciega a la facción blanca o a la roja.


Cabe imaginar que los partidos políticos, por el hecho de ser grandes conglomerados de personas distintas, pudieran esquivar la hostilidad de sus líderes y fomentar el compromiso. Pero aquí ocurre todo lo contrario: en cuanto surgen las distintas filiaciones partidistas, el nivel de cólera de cada individuo parece dispararse. «Y ahora, Somerset, ¿dónde están vuestros argumentos?», pregunta York, a lo que Somerset responde que están «aquí, dentro de mi vaina, donde meditan si se teñirá de rojo sangriento vuestra rosa blanca». York se muestra análogamente furibundo: «Pues, por mi alma, esta pálida y colérica rosa, como demostración de mi odio inextinguible, siempre la llevaremos yo y mi partido» (2.4.59-109).


“Al comienzo de la escena, cuando es invitado a dar su opinión a favor de un argumento legal u otro, el conde de Warwick se abstiene de hacerlo. Puede que tenga cierta idea acerca de perros y gavilanes, asegura afablemente, pero en cuestiones tan técnicas —⁠«sutiles y alambicadas agudezas de la ley» (2.4.17)⁠— reconoce no saber más que una corneja, ave proverbialmente estúpida. Al final de la escena, tras la formación de los partidos, su moderación ha desaparecido: ha arrancado la rosa blanca y está sediento de sangre. Y profetiza:


Esta querella de hoy, que ha acrecido esta facción hasta el jardín del Temple, enviará, tanto de la rosa roja y como de la rosa blanca, a millares de almas a la muerte y a la noche eterna.


(2.4.124-128)


La oscura disputa legal básicamente no ha variado, no ha surgido ninguna nueva ocasión para el debate y no parece que haya ninguna causa subyacente, como, por ejemplo, la codicia o la envidia. Pero da la sensación de que la furia partidista tiene vida propia. De repente parece que el ánimo de todo el mundo se desborde con una agresividad potencialmente asesina. Es como si, en ausencia de la figura hegemónica del rey, los emblemas puramente convencionales y sin sentido precipitaran una oleada de solidaridad y de odio grupal.


Ese odio es una parte importante del proceso que conduce a una ruptura social y, en último término, a la tiranía. Hace que la voz, incluso el propio pensamiento, del adversario resulte insoportable. Estás conmigo o contra mí. Y, si no estás conmigo, te aborrezco y quiero destruirte, a ti y a todos tus seguidores. Cada partido, como es natural, busca el poder, pero la propia búsqueda del poder se convierte en una expresión de ira: deseo el poder para aplastarte. La ira genera insultos, y los insultos generan acciones atroces, y las acciones atroces, a su vez, aumentan la intensidad de la ira. Comienza a desarrollarse una espiral de violencia que escapa a todo control.


No todo se viene abajo de golpe. Todavía sigue en pie cierto orden social. Aunque acorralado, el duque Hunfredo sigue ostentando el mando. Y, mientras tanto, el rey niño, del cual hace las veces de protector, crece y se convierte en un joven capaz de percibir el peligroso problema creado por los partidos en liza y está deseoso de alzar la voz: “«La discordia civil es una víbora que muerde las entrañas de la sociedad» (3.1.72-73). Su observación es a todas luces cierta, pero, por desgracia, sus palabras se parecen más a las de un pomposo moralista que a las de un rey. Enrique no posee ninguno de los rasgos que se necesitarían —⁠carisma, astucia o severidad⁠— para reprimir a las facciones enzarzadas en una lucha tan cruel.


La debilidad reinante en el centro del poder es una provocación. Despreciando altaneramente la «gobernación de sabihondo» del joven monarca (2 Enrique VI 1.1.256), York maniobra para mejorar su posición frente a sus enemigos. Empieza a contemplar secretamente la idea de adueñarse de la corona y tiene la impresión de que los demás deben abrigar la misma idea. Para ascender al trono, tendrá que acabar con todos sus potenciales adversarios. Mientras tanto, en su sincero intento de apaciguar a sus díscolos nobles, Enrique consigue que escenifiquen una ceremonia de reconciliación. Su enemistad, afirma, lo hiere como si fuera la obra de un «cerebro enfermo»; no tiene sentido que los nobles se peleen «por una causa tan ligera y tan frívola» (1 Enrique VI 4.1.111-112) y se aferren de manera tan brutal a “emblemas como las dos rosas. Pero el monarca es demasiado débil para producir otra cosa más que una farsa vana de colaboración en la lucha contra Francia.


El problema radica en parte en la honestidad fundamental de Enrique. El monarca es incapaz de ver que Margarita, la hermosa noble francesa con la que ha contraído matrimonio en un intento de apuntalar las pretensiones de Inglaterra sobre sus territorios de ultramar, es una política cínica que mantiene una aventura amorosa con el arrogante marqués de Suffolk. El inocente joven monarca apela al carácter dulce y razonable y a los valores morales básicos a los que cree que todos, tanto hombres como mujeres, estarán dispuestos a obedecer.


Aunque apenas ha alcanzado la edad adulta, el rey ve en los irracionales cabecillas de las facciones poco más que una serie de niños malcriados y egoístas cuyas feroces luchas partidistas son una distracción perversa de los asuntos que realmente importan.


Su noble desprecio por sus disputas es perfectamente comprensible, pero no hace más que empeorar las cosas. A la hora de hacer los nombramientos clave —⁠por ejemplo, ¿quién debía ser nombrado regente de los territorios que los ingleses seguían poseyendo en Francia?⁠—, Enrique “manifiesta su indiferencia: «Por mi parte, nobles lores, poco me importa escoger entre vosotros: o Somerset o York, me da igual» (2 Enrique VI 1.3.100-101). Pero ese desapego no hace más que crear un nuevo espacio para el agravamiento de la rivalidad. Más le habría valido a Enrique haber expresado una preferencia o haber comprendido con más claridad el peligro que fermentaba bajo la superficie de las instituciones a la cabeza de las cuales estaba.


El único baluarte firme frente al caos inminente es el duque Hunfredo, el lord protector. Pero, como por lo demás sería previsible, una camarilla de cínicos operarios, tanto en los círculos eclesiásticos como en el séquito real, conspira para derribarlo. Acusado falsamente de traición, Hunfredo intenta alertar al rey. Si su destrucción marcara el fin de las tramas de sus enemigos, dice a Enrique, estaría dispuesto a dar su vida. «Pero mi muerte —⁠advierte⁠— no es más que el prólogo de su obra, pues miles de hombres, que no sospechan todavía ningún peligro, no terminarán con sus muertes la “tragedia que [estos] han preparado» (3.1.151-153).


Enrique escucha la advertencia, pero es incapaz de salvar a su principal consejero y amigo. El falaz Suffolk afirma en el Parlamento que el honrado protector está «lleno de profunda duplicidad». El sanguinario cardenal Beaufort lo acusa falsamente de haber «inventado géneros de muerte singulares para el castigo de los pequeños delitos» (3.1.57-59). El mercenario York le imputa graves actos de corrupción. Buckingham comenta desdeñosamente que «eso no son más que miserables pecadillos» comparados con los delitos todavía desconocidos que no tardarán en salir a la luz. La reina adúltera, la taimada y sádica Margarita, llama al duque Hunfredo «perdedor» (3.1.182). El rey no cree tales acusaciones —⁠«Mi conciencia me dice que sois inocente» (3.1.141)⁠—, pero no tiene poder para destruir las trampas puestas por sus enemigos que van surgiendo una tras otra. Cuando se llevan de la sala al protector rodeado de esbirros para que responda de los cargos que se le imputan, Enrique abandona el Parlamento lleno de desesperación «con ojos nublados por mi llanto, pero no puedo hacerle ningún bien» (3.1.218).


Los enemigos del duque Hunfredo se odian unos a otros en secreto, pero al menos están de acuerdo en una cosa: todos desean quitar de en medio a ese único personaje honrado: «Veo en tu rostro el honor, la fidelidad, la lealtad» (3.1.203), dice de él Enrique. Como saben que los cargos que le imputan son falsos y como temen que el ardiente apoyo del monarca dificulte amañar una sentencia condenatoria a falta de pruebas reales, deciden que es preciso asesinarlo. Aunque son un hatajo de cínicos despiadados, no pueden admitir abiertamente, ni siquiera en la intimidad de su pequeña camarilla, que el motivo de que pretendan eliminar al lord protector es promover los fines particulares que cada uno persigue. Por el contrario, aseguran que lo que les interesa es el bien del Estado y la salvaguardia del rey, ingenuo y confiado. Enrique está «lleno de infantil compasión» (3.1.225), se lamenta la pérfida reina, y, por tanto, es incapaz de ver la perfidia del duque Hunfredo. Permitirle que desempeñe el cargo de lord protector, añade el codicioso York, es como poner a un águila famélica entre las gallinas para preservarlas del milano voraz. Según postula Suffolk, sería como hacer del zorro el guardián del rebaño “El solo hecho de que este zorro en concreto no haya causado todavía ningún daño no significa que no sea un «astuto matador». Por consiguiente, debe ser eliminado de forma artera «antes de haber teñido sus mandíbulas de carne carmesí» (3.1.254-260).


Estos políticos de altísimo nivel se dedican a jugar a un juego muy curioso. Ninguno de los integrantes del grupo cree ni por un momento que sea preciso asesinar al duque Hunfredo para proteger al rey o salvar al Estado. Todas las palabras que pronuncian son mentiras, y lo único que hacen todos los implicados en la trama es proyectar sobre su víctima el principal vicio que caracteriza a cada uno de ellos. Pero, puesto que no están en público, como de hecho es el caso, ¿por qué no dicen simplemente lo que pretenden?


Las respuestas posibles son varias. En primer lugar, todos ellos son políticos y, por ende, deshonestos por naturaleza; la palabra «político», para Shakespeare, era prácticamente sinónimo de hipócrita. («Ponte anteojos, y, como un politicastro rastrero, aparenta ver lo que no ves» [El rey Lear 4.6.164-166]). En segundo lugar, desconfían unos de otros y no saben lo que acaso se dirá luego fuera de la sala en la que están hablando en ese momento. En tercer lugar, cada uno abriga la esperanza secreta de que sus mentiras y solo las suyas sean capaces de engañar a los demás. En cuarto lugar, fingir que son virtuosos, aunque saben que no lo son, los hace sentirse mejor. Y, en quinto y último lugar, observan con cautela si alguno de ellos expresa la más mínima reserva respecto a la trama que han urdido o revela cualquier indicio que pueda dar lugar a su descubrimiento. Lo que desean es que todos estén en el mismo barco.


Cuando al fin queda claro que ninguno tiene la menor reserva, el frívolo cardenal Beaufort se encarga de tomar las medidas necesarias. «Dadme vuestro consentimiento, decidíos con claridad —⁠dice cuando solicita por última vez el beneplácito de todos⁠—, y yo me encargo de encontrarle su ejecutor». Y a continuación añade la típica nota fraudulenta de lealtad: «Tan cara me es la seguridad de mi soberano» (2 Enrique VI 3.1.275-277). Una vez que todos manifiestan su aprobación, el cardenal hace lo que ha prometido: el duque Hunfredo es quitado de en medio de inmediato, estrangulado en el lecho por los asesinos contratados por el prelado.


A pesar de todas sus precauciones, los conspiradores no consiguen ocultar su crimen. La escena ha sido montada cuidadosamente para que parezca que la víctima ha fallecido por causas naturales, pero el estado de su cadáver indica lo contrario. Warwick observa:


Ved, su cara está negra y llena de sangre, sus ojos se salen de sus órbitas más que cuando estaba vivo, están vivos y feroces, como los de un hombre estrangulado, sus cabellos, erizados, las fosas de la nariz se le han abierto más con los esfuerzos de la lucha, sus manos están extendidas en el espacio como las de uno que ha apretado fuertemente a alguien, ha disputado su vida y ha sido vencido por la fuerza. […]


No se puede negar que ha sido asesinado aquí.


(3.2.168-177)


El rey está desolado, y el pueblo llano, que siempre ha amado al honrado duque Hunfredo, exige airadamente que los presumibles autores del asesinato, Suffolk y el cardenal Beaufort, sean castigados. A pesar de las súplicas de la reina, el rey destierra a Suffolk —⁠que acaba perdiendo la vida “en alta mar a manos de unos piratas⁠— y el cardenal cae enfermo y muere mientras vitupera lleno de rabia al hombre cuyo asesinato había ordenado.


Pero el daño ya está hecho, y el Estado se tambalea. Aunque Suffolk y el cardenal sean los que más hablan, la fuerza que se oculta tácitamente detrás del asesinato del lord protector es el ambicioso York: «Mi cerebro, más activo que la araña laboriosa, se afana en tejer telas para atrapar a mis enemigos» (3.1.339-340). Descendiente del rey Eduardo III, York ocupa el puesto más alto en la jerarquía de la nobleza y se enorgullece de la sangre real que corre por sus venas. Pero es precisamente ese individuo obsesionado con el rango y el honor —⁠enumera prolijamente los integrantes de su linaje con tedioso detalle⁠— el que, en su afán de promover su causa, introduce un nuevo elemento en la lucha política entre la rosa roja y la rosa blanca.


Hasta ese momento, a mitad de la trilogía de Enrique VI, apenas se ha vislumbrado a los que están en la parte inferior de la escala social. La política ha sido casi en su totalidad cosa de los miembros de “a élite, que maniobran unos contra otros, “mientras que la masa anónima de mensajeros, criados, soldados, guardias, artesanos y campesinos permanece en la sombra. Ahora, de repente y de forma inesperada, los personajes del drama cambian por completo: York ve la ocasión de forjar una alianza con las clases bajas más miserables, despreciadas e ignorantes, y la aprovecha. Y nos enteramos de que los pobres, invisibles y silenciosos hasta este momento, están llenos de ira. La lucha de partidos hace uso cínicamente de la lucha de clases. El objetivo es desencadenar un caos que cree el marco idóneo para la toma del poder por parte del tirano.

martes, 10 de marzo de 2026

Stephen Greenblatt - EL TIRANO -- Shakespeare y la política (Primera parte)

 

                                                  Stephen Greemblatt

Este excelente ensayo está publicado en el portal que reúne un variado numero de autores y temas. CESA H BUSTAMANTE.


UNO


ÁNGULOS OBLICUOS


 


Desde los primeros años de la década de 1590, al comienzo de su carrera y hasta el fin de esta, Shakespeare abordó una y otra vez una cuestión profundamente inquietante: ¿cómo es posible que todo un país caiga en manos de un tirano?


«Un rey gobierna a súbditos que aceptan voluntariamente su autoridad —⁠escribía el influyente humanista escocés del siglo XVI George Buchanan⁠—. Un tirano, en cambio, gobierna sobre súbditos que no la aceptan». Las instituciones de una sociedad libre tienen por objeto protegerse de los que gobiernen, como dice Buchanan, «no para su país, sino para sí mismos, teniendo en cuenta no ya el interés público, sino su propio placer»[1]. ¿En qué circunstancias —⁠se preguntaba Shakespeare⁠— revelan de repente su fragilidad esas instituciones tan preciadas, aparentemente bien arraigadas e inquebrantables? ¿Por qué una gran cantidad de individuos aceptan ser engañados a sabiendas? ¿Por qué suben al trono personajes como Ricardo III o Macbeth?


Semejante desastre, insinuaba Shakespeare, no podía producirse si no contaba con una complicidad generalizada. Sus obras ponen de manifiesto los mecanismos psicológicos que llevan a una nación a abandonar sus ideales e incluso sus propios intereses. ¿Por qué —⁠se preguntaba el escritor⁠— iba alguien a dejarse arrastrar hacia un líder que a todas luces no está capacitado para gobernar, hacia alguien peligrosamente impulsivo o brutalmente manipulador o indiferente a la verdad?  Por qué, en algunas circunstancias, las pruebas de mendacidad, chabacanería o crueldad no sirven como un inconveniente definitivo, sino que se convierten en un atractivo para encandilar a unos seguidores ardientes? ¿Por qué unas personas, que por lo demás sienten orgullo y respeto de sí mismas, se someten a la mera desfachatez de un tirano, a su convicción de que puede decir y hacer lo que le parezca, a su indecencia más escandalosa?


Shakespeare describió repetidamente los trágicos costes de ese sometimiento —⁠la corrupción moral, el despilfarro masivo del tesoro, la pérdida de vidas⁠— y las medidas desesperadas, dolorosas y heroicas que son necesarias para devolver a una nación deteriorada una mínima porción de cordura. ¿Existe —⁠se pregunta en sus obras⁠— algún modo de detener la caída hacia un gobierno sin leyes y arbitrario antes de que sea demasiado tarde? ¿Algún medio eficaz de impedir la catástrofe civil que invariablemente provoca la tiranía?


El dramaturgo no acusaba a la mujer que gobernaba en aquellos momentos Inglaterra, Isabel I, de ser una tirana. Independientemente de lo que pensara Shakespeare en privado, habría resultado suicida sugerir en el escenario una idea semejante. Desde 1534, durante el reinado de Enrique VIII, padre de la soberana, los preceptos jurídicos catalogaban como traición calificar al monarca de tirano[2]. La pena prevista para ese delito era la muerte.


En la Inglaterra de Shakespeare no había libertad de expresión, ni en el escenario ni en ninguna otra parte. En 1597, la representación de una obra supuestamente sediciosa llamada La isla de los perros dio lugar a la detención y al encarcelamiento de su autor, Ben Jonson, así como a la promulgación de una orden gubernamental —⁠que por fortuna no llegó a ponerse en vigor⁠— que preveía la demolición de todos los corrales de comedias de Londres[3]. Los delatores acudían al teatro con el afán de pedir una recompensa por denunciar ante las autoridades cualquier cosa que pudiera ser interpretada como subversiva. Los intentos de exponer una reflexión crítica sobre los acontecimientos de la época o sobre los personajes más destacados del momento resultaban particularmente arriesgados.


Como en los regímenes totalitarios contemporáneos, la gente desarrollaba maneras para hablar en código, haciendo alusiones más o menos veladas a aquello que más la preocupaba. Pero no era solo la cautela lo que motivaba la inclinación de Shakespeare por el desplazamiento y el lenguaje figurado. Parece que se dio cuenta de que pensaba con más claridad sobre los asuntos que preocupaban al mundo en el que vivía cuando los abordaba no ya directamente, sino desde un ángulo oblicuo. Sus obras dramáticas sugieren que la mejor manera que tenía de reconocer la verdad —⁠de poseerla plenamente y no morir por ella⁠— era a través del artificio de la ficción o por medio de la distancia histórica. De ahí la fascinación que sentía por el legendario caudillo romano Gayo Marcio Coriolano o por otro caudillo también romano, pero esta vez histórico, Julio César; de ahí el atractivo de personajes de las crónicas inglesas y escocesas tales como el duque de York, Jack Cade, el rey Lear y, sobre todo, la quintaesencia de los tiranos, Ricardo III y Macbeth. Y de ahí también el encanto de ciertos personajes completamente imaginarios: Saturnino, el emperador sádico de Tito Andrónico; Ángelo, el delegado corrupto de Medida por medida, o el paranoico rey Leontes de El cuento de invierno.


El éxito popular de Shakespeare indica que muchos de sus contemporáneos pensaban lo mismo. Liberada de las circunstancias que la rodeaban y liberada también de los clichés repetidos hasta la saciedad acerca del patriotismo y la obediencia, su manera de escribir podía ser por fin despiadadamente honesta. El dramaturgo seguía formando por completo parte del lugar y de la época en los que vivía, pero no era una mera hechura suya. Las cosas que habían quedado desesperadamente poco claras eran enfocadas con toda nitidez por él, que ya no tenía necesidad de guardar silencio sobre lo que percibía.


Shakespeare comprendió también algo que en nuestra época se pone de manifiesto cuando un gran acontecimiento —⁠la caída de la Unión Soviética, el colapso del mercado inmobiliario o el resultado inesperado de unas elecciones⁠— logra arrojar una luz deslumbrante sobre algún hecho desconcertante: incluso los que se encuentran en el centro de los círculos más exclusivos del poder a menudo no tienen ni la menor idea de lo que va a ocurrir. A pesar de tener las mesas de sus despachos atestadas de cálculos y estimaciones, a pesar de sus costosas redes de espías, de sus ejércitos de expertos bien remunerados, siguen estando casi completamente a oscuras de la realidad. Mientras que tú, observando desde algún margen externo, sueñas que, si pudieras acercarte lo suficiente a tal o cual personaje clave, tendrías acceso al verdadero estado de cosas y sabrías qué pasos tendrías que dar para protegerte a ti mismo o a tu país. Pero ese sueño es una ilusión.


En la introducción de uno de sus dramas históricos, Shakespeare presenta al personaje de Rumor, vestido con un traje «cubierto de lenguas pintadas», cuya tarea consiste en hacer circular habladurías: «Rumor es una flauta en la que soplan las sospechas, los recelos, las conjeturas» (2 Enrique IV, Introducción, 16 [4]). Sus efectos se ponen dolorosamente de manifiesto en los signos mal interpretados de forma desastrosa, en los falsos consuelos, en las falsas alarmas, en los bandazos repentinos que llevan de las esperanzas “ más absurdas a la desesperación suicida. Y los personajes que más se engañan no son los integrantes de la gran multitud, sino, por el contrario, los poderosos y los privilegiados.


A Shakespeare, pues, le resultaba más fácil pensar con claridad cuando el ruido de esas lenguas balbucientes era acallado, y también le resultaba más fácil decir la verdad si se situaba a una distancia estratégica del momento presente. El ángulo oblicuo le permitía levantar la tapa de los falsos supuestos, de las creencias inveteradas y de los sueños erróneos de piedad, y contemplar impávido lo que se ocultaba tras ella. De ahí su interés por el mundo de la Antigüedad clásica, en el que no tenían cabida la fe cristiana ni la retórica monárquica; de ahí su fascinación por la Gran Bretaña precristiana de El rey Lear o de Cimbelino; de ahí el atractivo que para él tenía la violenta Escocia del siglo XI de Macbeth. E incluso cuando se situaba más cerca de su propio mundo, en la notable serie de dramas históricos que van desde el reinado de Ricardo II en el siglo XIV hasta la caída de Ricardo III, Shakespeare mantendría cuidadosamente al menos un siglo entero de distancia entre él y los acontecimientos que describía.”


En la época en la que nuestro autor escribió sus obras, Isabel I llevaba reinando más de treinta años. Aunque de vez en cuando fuera arisca, difícil e imperiosa, en general era indudable el respeto fundamental que tenía por el carácter sacrosanto de las instituciones políticas del reino. Incluso aquellos que defendían una política exterior más agresiva o clamaban por la implantación de medidas contra la subversión dentro del país más enérgicas que las que la soberana estaba dispuesta a autorizar reconocían habitualmente la prudente idea que tenía Isabel de los límites de su poder. Es harto improbable que Shakespeare la considerara una tirana, ni siquiera en sus pensamientos más íntimos. Pero, al igual que el resto de sus compatriotas, el escritor tenía muchos motivos para preocuparse por el futuro que los aguardaba. En 1593, la reina celebró su sexagésimo cumpleaños. Soltera y sin hijos, se negaba obstinadamente a nombrar un sucesor. ¿Pensaba acaso que iba a vivir para siempre?


Para los que tenían cierta imaginación, había más cosas por las que preocuparse aparte del sigiloso embate del tiempo. La mayoría de la población temía que el reino estuviera enfrentándose a un enemigo implacable, a una despiadada conspiración interna “cional cuyos cabecillas adiestraban y luego enviaban al país a agentes secretos fanáticos con la pretensión de sembrar el terror en él. Esos agentes creían que matar a los individuos calificados de infieles no era pecado; antes bien, las acciones que pudieran llevar a cabo eran obra de Dios. En Francia, en los Países Bajos y en muchos otros lugares ya habían sido responsables de asesinatos, de actos de violencia callejera y de auténticas matanzas. Su objetivo inmediato en Inglaterra era matar a la reina, coronar en su lugar a algún simpatizante suyo y someter al país a su torticera concepción de la piedad. Su objetivo general era la dominación del mundo.


No resultaba fácil identificar a los terroristas, pues la mayoría de ellos eran naturales del país. Tras haber sido radicalizados, embaucados y atraídos a campos de adiestramiento en el extranjero, y luego introducidos de nuevo subrepticiamente en Inglaterra, se confundían fácilmente con la masa de súbditos leales, corrientes y molientes. Esos súbditos eran, como es natural, reacios a volverse contra los suyos, incluso aunque fueran sospechosos de abrigar opiniones peligrosas. Los extremistas formaban células, celebraban culto juntos en secreto, se intercambiaban mensajes cifrados e intentaban reclutar a “posibles adeptos principalmente entre la numerosa población de jóvenes desafectos e inestables, propensos a albergar sueños de violencia y de martirio. Algunos de ellos mantenían clandestinamente contactos con los representantes de los gobiernos extranjeros, que hacían oscuras insinuaciones acerca de armadas invasoras y de apoyos a sublevaciones violentas.


Los servicios de espionaje de Inglaterra estaban sumamente alerta ante el peligro: infiltraban agentes en los campos de adiestramiento, abrían sistemáticamente la correspondencia, escuchaban las conversaciones que se mantenían en las tabernas y en los mesones y mantenían una escrupulosa vigilancia de los puertos y de los pasos fronterizos. Pero el peligro resultaba muy difícil de erradicar, incluso cuando las autoridades lograban echar el guante a alguno de los supuestos terroristas o incluso a varios y los interrogaban bajo juramento. Al fin y al cabo, eran fanáticos que tenían permiso de sus líderes religiosos para engañar y que habían sido instruidos en el uso del llamado «equívoco», un método de despistar al enemigo sin tener técnicamente que mentir.


Si los sospechosos eran interrogados bajo tortura, como habitualmente sucedía, a menudo seguía resultando muy difícil hacerlos hablar. Según un informe enviado al principal responsable de los servicios de espionaje de la reina, el extremista que asesinó al príncipe neerlandés Guillermo de Orange en 1584 —⁠el primer individuo que asesinó a un jefe de Estado pistola en mano⁠— permaneció obstinadamente firme en su mutismo:


Esa misma tarde fue apaleado con sogas y su carne fue lacerada con garfios, tras lo cual lo metieron en un recipiente lleno de sal y agua y empaparon su garganta con vinagre y aguardiente, y a pesar de “soportar esos tormentos, no mostró el menor signo de debilidad o de arrepentimiento, sino que, por el contrario, dijo que había llevado a cabo un acto admisible a ojos de Dios [5].


«Un acto admisible a ojos de Dios»: a aquellos individuos les habían lavado el cerebro a fin de que creyeran que sus actos de traición y violencia serían recompensados en el cielo.


La amenaza en cuestión, según los protestantes más ardientes de la Inglaterra de finales del siglo XVI, era la que representaba la fe “católica romana. Para mayor disgusto de los principales consejeros de la reina, la propia Isabel era reacia a llamar a la amenaza por su nombre y a tomar las medidas que ellos consideraban necesarias. La soberana no deseaba provocar una guerra costosa y sangrienta con los poderosos Estados católicos ni ensuciar la reputación de toda una religión con los crímenes de unos cuantos fanáticos. Como no estaba dispuesta, en palabras del principal responsable de sus servicios de espionaje, Francis Walsingham, a «abrir ventanas en los corazones y los pensamientos secretos de los hombres» [6], durante muchos años Isabel permitió que sus súbditos mantuvieran su apego a la fe católica en la clandestinidad, siempre y cuando exteriormente se ajustaran a las exigencias de la religión oficial del Estado. Y, pese a los vehementes requerimientos que recibía, se negó una y otra vez a ratificar la ejecución de su prima, la católica María Estuardo, reina de Escocia.


Tras ser desterrada de Escocia, María fue mantenida, sin que se presentaran cargos contra ella y sin que se la juzgara, en una especie de prisión preventiva en el norte de Inglaterra. Como poseía sólidos derechos hereditarios al trono de Inglaterra —⁠a juicio de algunos, más sólidos que los de la propia Isabel⁠—, constituía un foco evidente de las maquinaciones de las potencias católicas de Europa y de las calenturientas ilusiones y las peligrosas conspiraciones de los extremistas católicos de Inglaterra. María fue, además, lo bastante temeraria como para alentar los siniestros planes tramados en su nombre.


El cerebro que se ocultaba detrás de esos planes, según creían muchos, era ni más ni menos que el papa de Roma; la principal fuerza con la que contaba el pontífice estaba formada por los jesuitas, que juraban obedecerlo “en todo, y las legiones ocultas que tenía en Inglaterra eran los miles de «papistas de iglesia» que asistían rigurosamente a los servicios eclesiásticos anglicanos, pero que en sus corazones guardaban lealtad a la fe católica. Cuando William Shakespeare alcanzó la mayoría de edad, circulaban por todas partes rumores acerca de los jesuitas —⁠que tenían prohibida oficialmente la entrada en el país, so pena de muerte⁠— y de las amenazas que planteaban. Puede que su verdadero número fuera muy escaso, pero el temor y los odios que suscitaban (así como la admiración de que eran objeto en ciertos ambientes) eran considerables.


Resulta imposible determinar con certeza dónde se situaban íntimamente las simpatías de Shakespeare. Pero no cabe la posibilidad de que fuera neutral o indiferente. Su padre y su madre habían nacido en un mundo católico y para ellos, como para la mayoría de sus contemporáneos, los lazos que mantenían con ese mundo sobrevivieron a la Reforma protestante. Había muchos motivos para mantener una actitud de cautela y circunspección, y no solo debido a los duros castigos impuestos por las autoridades protestantes. La amenaza que se atribuía en Inglaterra al catolicismo militante no era ni mucho menos del todo imaginaria. En 1570, el papa Pío V publicó una bula que excomulgaba a Isabel I por hereje y «sierva de toda clase de atrocidades». Los súbditos de la reina quedaban libres de cualquier obligación que pudieran haber contraído al jurarle fidelidad; de hecho, se los instaba solemnemente a desobedecerla. Una década más tarde, el papa Gregorio XIII daba a entender que matar a la reina de Inglaterra no sería pecado mortal. Antes bien, como afirmaba el secretario de Estado pontificio en nombre de su señor, «no cabe duda de que quien la eche de este mundo con la piadosa intención de prestar servicio a Dios no solo no comete pecado, sino que obtiene mérito» [7].


Semejante declaración era una incitación al asesinato. Aunque la mayoría de los católicos de Inglaterra no querían tener nada que ver con la adopción de medidas tan violentas, a algunos se les pasó por la cabeza la idea de intentar liberar al país de su herética soberana. En 1583, la red de espías del Gobierno descubrió una conspiración para perpetrar el asesinato de la reina, tramada en connivencia con el embajador de España. Durante los años sucesivos hubo rumores parecidos acerca de ciertos peligros que habían logrado evitarse por muy poco: se interceptaron cartas, se incautaron armas y fueron capturados algunos sacerdotes católicos. Alertados por los vecinos más suspicaces, los agentes de la autoridad irrumpían en las casas de las zonas rurales que resultaban sospechosas, en las que destrozaban los armarios, golpeaban las paredes con la esperanza de oír algún sonido a hueco que resultara revelador y levantaban las tablas del pavimento en busca de las llamadas ratoneras de curas. Pero Isabel seguía sin hacer nada para eliminar la amenaza planteada por María Estuardo. «Dios quiera que su majestad abra los ojos —⁠rogaba Walsingham⁠—, y se dé cuenta del peligro» [8].


El círculo más íntimo de la soberana dio el paso sumamente irregular de elaborar un «Compromiso de asociación», cuyos signatarios se comprometían a vengarse no solo de cualquiera que atentara contra la vida de la soberana, sino también de cualquier potencial pretendiente al trono —⁠María era el objetivo más evidente de la medida⁠— en interés del cual se llevara a cabo semejante intento, tanto si tenía éxito como si no. En 1586, los espías de Walsingham se enteraron de otra conjura, en la que se hallaba implicado un acaudalado ” caballero católico de veinticuatro años llamado Anthony Babington, que, junto con un grupo de amigos de ideas afines, se había convencido de que era moralmente admisible matar a la «tirana». Utilizando a algunos agentes dobles que lograron infiltrarse en el grupo y descifrar sus códigos secretos, las autoridades permanecieron a la espera mientras observaban cómo poco a poco iba desarrollándose la conspiración. De hecho, cuando Babington empezó a sentir inquietud, uno de los agentes provocadores de Walsingham lo instó a seguir adelante. La estrategia obtuvo los dividendos que los protestantes más intransigentes tanto habían esperado conseguir: la red no solo se abatió sobre catorce conspiradores que fueron debidamente condenados por alta traición y luego ahorcados, y cuyos cadáveres fueron arrastrados y descuartizados, sino que, además, fue capturada en ella la propia María Estuardo, que, en su indolencia, había intrigado con los conjurados.


Como la muerte de Osama bin Laden en 2011, la decapitación de María el 8 de febrero de 1587 no puso fin a la amenaza de terrorismo en Inglaterra, ni tampoco acabó con ella la derrota de la Armada Invencible enviada por los españoles un año más tarde. Si acaso, los ánimos del país se ensombrecieron todavía más. Parecía inminente una nueva invasión extranjera. Los espías del Gobierno siguieron trabajando, los curas católicos siguieron arriesgándose a entrar en Inglaterra y a apacentar a su grey, cada vez más desesperada y acorralada; los rumores que corrían eran terribles. En 1591 un jornalero fue condenado a la picota por haber dicho: «Nunca tendremos un mundo feliz mientras viva la reina»; otro recibió un castigo similar por afirmar que «no es un buen gobierno el que tenemos […] y si muere la reina, habrá un cambio y todos los que siguen esta religión que se usa ahora serán echados»[9]. En 1592, durante el juicio por alta traición de sir John Perrot, se presentó como un cargo gravísimo contra él el hecho de haber calificado a la reina de ser una «vil bastarda, una fregona de mierda». En la Cámara Estrellada, el lord “guardián del Sello se lamentó de todos los «dicterios malsonantes [y] falsos que se sueltan abiertamente, [de los] libelos mentirosos y traicioneros» que circulaban por Londres [10].


Aunque pudiera hacerse caso omiso de las habladurías, por mucho que rayaran en traición, seguía en pie la preocupación por el asunto de la sucesión. La peluca rojiza fluorescente de la reina y sus extravagantes vestidos cuajados de piedras preciosas no podían ocultar el paso de los años. Isabel tenía artritis, perdía el apetito y empezó a utilizar un bastón para mantenerse en pie cuando tenía que subir una escalera. Como decía delicadamente un miembro de su corte, sir Walter Ralegh, era «una dama a la que tiempo ha sorprendido». Pero ella no estaba dispuesta a nombrar sucesor.


La Inglaterra de finales del período isabelino sabía en el fondo de su corazón que todo aquel orden de cosas era enormemente frágil. La ansiedad no afectaba ni mucho menos únicamente a una pequeña élite protestante, celosa de preservar su predominio. Los católicos, acorralados, habían sostenido durante años que la reina se hallaba rodeada de políticos maquiavélicos, que cada uno de ellos intentaba maniobrar constantemente para favorecer los intereses de su propia facción y suscitaba temores paranoicos de conspiraciones por parte de los católicos, pues esperaba que llegara el momento crítico en el que alguno lograra al fin hacerse con un poder tiránico. Los puritanos descontentos abrigaban una serie de temores parecidos centrados en un reparto de personajes análogo. Todo el que sintiera preocupación por la situación religiosa del país, por la distribución de la riqueza, por sus relaciones exteriores, por la posibilidad del estallido de una guerra civil, es decir, prácticamente todo el que en la década de 1590 tuviera una mínima capacidad de juicio se vería obligado a pensar en el estado de salud de la soberana y a hablar de las rivalidades de los favoritos y de los consejeros de la corte, de las amenazas de invasión de los españoles, de la presencia clandestina de los jesuitas, de la agitación de los puritanos (por aquel entonces llamados «brownistas») y de otros motivos de alarma.


A decir verdad, todas esas habladurías se llevarían a cabo casi siempre en voz baja, pero continuarían sin parar, de forma obsesiva, y se darían vueltas incesantemente a los mismos temas, como sucede siempre con las discusiones de carácter político. Shakespeare representa una y otra vez a personajes secundarios —⁠los jardineros de Ricardo II, los londinenses anónimos de Ricardo III, los soldados congregados antes de la batalla de Enrique V, los plebeyos hambrientos de Coriolano, los subalternos cínicos de Antonio y Cleopatra, etcétera, etcétera⁠— que participan de los rumores y debaten asuntos de Estado. Esas reflexiones que hacían los inferiores sobre sus superiores solían sacar de quicio a la élite: «¡Vamos, volved a vuestros hogares, miserables fragmentos!» (Coriolano 1.1.214), suelta en tono desabrido un aristócrata a un grupo de plebeyos que protestan. Pero esos miserables fragmentos no podían ser obligados a guardar silencio.


Ninguna de las inquietudes, grandes o pequeñas, por la seguridad nacional de Inglaterra podía ser reflejada directamente en el escenario. Las numerosas compañías teatrales “de Londres buscaban febrilmente argumentos interesantes, y a todas les habría encantado atraer al público con historias equivalentes a las de la serie televisiva Homeland. Pero el teatro isabelino estaba sometido a la censura y, aunque de vez en cuando el censor pudiera mostrar cierta laxitud, nunca habría dejado que se representaran tramas que narraran cualquier amenaza contra el régimen de la reina, ni mucho menos habría permitido que se personificara públicamente a figuras como María, reina de Escocia, Anthony Babington o la propia Isabel I. [11]


La censura genera irremisiblemente técnicas de evasión. Como la esposa de Midas, las personas sienten la necesidad de hablar, aunque solo sea con el viento y los juncos, de lo que más inquietud les provoca. Las compañías teatrales, víctimas de una feroz rivalidad, encontraban un fortísimo incentivo económico en abordar esa necesidad. Descubrieron que era posible hacerlo si desplazaban la escena a lugares lejanos o representaban acontecimientos del pasado remoto. En raras ocasiones, el censor encontraba que las analogías eran demasiado evidentes o exigía pruebas de que los acontecimientos históricos eran representados correctamente, pero la mayor parte de las veces hacía la vista gorda y aceptaba el subterfugio. Quizá las propias autoridades se dieran cuenta de que era necesaria una mínima válvula de escape.


Shakespeare fue el mayor maestro del desplazamiento y de la utilización estratégica de métodos indirectos. Nunca escribió lo que se llamaba «comedias ciudadanas» [city comedies], obras que se desarrollaban en ambientes ingleses de la época y, salvo rarísimas excepciones, guardó una distancia prudencial respecto de los acontecimientos de su tiempo. Lo atraían los argumentos que se desarrollaban en lugares como Éfeso, Iliria, Tiro, Sicilia, Bohemia, o en alguna isla anónima y misteriosa de un mar remoto. Cuando abordaba acontecimientos históricos peligrosos —⁠crisis sucesorias, elecciones corruptas, asesinatos, la ascensión al poder de algún tirano⁠—, tales sucesos tenían lugar en la Grecia o la Roma antiguas o en la Gran Bretaña prehistórica o en la Inglaterra de sus tatarabuelos o incluso anterior. Se sentía libre para modificar y remodelar los materiales que extraía de las crónicas con el fin de elaborar unas tramas más apasionantes y directas, pero trabajaba en todo momento con fuentes identificables, que, si así lo exigían las autoridades, pudiera citar en su defensa. No tenía la menor intención, como es comprensible, de pasar una temporada en la cárcel ni de que le partieran la cara.


Hubo solo una notable excepción en la estrategia evasiva que cultivó durante toda su vida. Enrique V, que Shakespeare escribió en 1599, describe el espectacular triunfo militar, cosechado casi dos siglos antes, de un ejército inglés que invadió Francia. Casi al final de la obra, el coro invita al público a imaginar la gloriosa recepción dispensada al rey victorioso cuando regresó a su capital: «Ahora, en la forja activa y taller de vuestro pensamiento, mirad “cómo Londres vierte sus olas de ciudadanos» (5.0.22-24). Y luego, a continuación de esta imagen de festejo popular celebrado en el pasado del país, el coro evoca una escena comparable a la que espera asistir en un futuro próximo:


Así, para escoger un ejemplo menos alto, pero que nos toca al corazón, sería recibido hoy (y día puede llegar en que lo sea) el general de nuestra graciosa soberana de regreso de Irlanda, trayendo ensartada en su espada la rebelión. ¡Cuántos hombres abandonarán su apacible pueblo por ofrendarle la bienvenida!


(5.0.30-34)


El «general» en cuestión era el favorito de la reina, el conde de Essex, que en aquellos momentos capitaneaba las tropas inglesas contra los insurgentes irlandeses acaudillados por Hugo O’Neill, conde de Tyrone.


No está claro por qué Shakespeare decidió hacer alusión directamente a un suceso de su época… y del que, además, solo cabía esperar que pudiera «llegar un día»[12]. Quizá le pidiera al escritor que así lo hiciera su mecenas, el acaudalado conde de Southampton, al que Shakespeare había dedicado sus poemas Venus y Adonis y La violación de Lucrecia. Íntimo amigo y aliado político de Essex, Southampton sabía que su amigo, vanidoso y cargado de deudas, anhelaba ansiosamente el aplauso del público, y el teatro era el lugar ideal para llegar a las masas. En consecuencia, quizá insinuara al escritor que un pronóstico patriótico del inminente triunfo del general sería muy bien acogido. A Shakespeare le habría resultado muy difícil negarse a hacer lo que se le pedía.”


“Lo cierto es que, poco después del estreno de Enrique V, el obstinado Essex regresó efectivamente a Londres, pero no con la cabeza de Hugo O’Neill ensartada en su espada. Obligado a enfrentarse con el lamentable fracaso de su campaña militar, Essex no tuvo más remedio que abandonar Irlanda lleno de irritación, aunque desobedecía las órdenes explícitas de la reina, que lo conminaban a permanecer en la isla. Él, sin embargo, decidió regresar a Inglaterra.


Lo que vino a continuación fue una serie de acontecimientos que de inmediato dieron lugar a una crisis en el corazón mismo del régimen. El regreso precipitado e inoportuno de Essex —⁠todavía sucio de barro, se presentó ante la reina, se arrojó a sus pies y se deshizo violentamente en denuestos contra los que lo odiaban⁠— brindó a los principales enemigos que tenía en la corte —⁠el principal ministro de la soberana, Robert Cecil, y el favorito de esta, Walter Ralegh⁠— la oportunidad que tanto habían ansiado. Superado tácticamente y cada vez más nervioso, el conde vio cómo se le escapaba entre los dedos el favor de la reina. Essex, al que siempre había resultado muy difícil controlarse, cometió un error fatal, a saber “, a saber, afirmar, llevado por la cólera, que la soberana había «envejecido y estaba caquéctica» y que mentalmente «era tan retorcida como su figura» [13].


La cultura áulica genera irremediablemente facciones de una rivalidad feroz, e Isabel I se había dedicado durante años a enfrentar brillantemente unas con otras. Pero a medida que la soberana iba debilitándose, las viejas enemistades fueron intensificándose y volviéndose más perversas. Cuando el Consejo Privado citó a Essex para que se presentara a una reunión sobre asuntos de Estado, el conde se negó a asistir a ella y declaró que, de hacerlo, habría sido asesinado por orden de Ralegh. La maraña de miedo y de odio en la que se hallaba envuelto, unida a la engañosa seguridad que tenía de que la población de Londres se habría sublevado para apoyarlo, indujo en último término a Essex a escenificar una sublevación armada contra los consejeros de la reina y quizá contra la propia soberana. La sublevación fracasó estrepitosamente. Essex y sus principales aliados, incluido el conde de Southampton, fueron detenidos.


Ralegh instó a Cecil, encargado de presidir la comisión oficial de investigación, a que no dejara escapar la oportunidad de acabar con su odiado enemigo de una vez por todas: “si «cedéis ante ese tirano —⁠decía en una carta⁠—, os arrepentiréis cuando sea demasiado tarde» [14]. El término «tirano» es aquí algo más que un insulto casual. Si Essex recuperaba la preeminencia que ostentaba, daba a entender Ralegh, se encontraría en una posición, dada la avanzada edad de la soberana, que le permitiría gobernar el reino e, indudablemente, no se andaría con sutilezas legales. Estaría ansioso por deshacerse de sus rivales, y eso no habría significado que les pidiera amablemente que se retiraran. Habría hecho lo que hacen los tiranos.


Cuando Cecil terminó su investigación, Essex y Southampton fueron juzgados, hallados culpables de alta traición y condenados a muerte. La condena de Southampton fue conmutada por prisión a perpetuidad, pero con el que otrora fuera el favorito de la reina no habría piedad. Essex fue ejecutado el 25 de febrero de 1601. El Gobierno se encargó de que la abyecta confesión que supuestamente llevó a cabo cuando subió al cadalso —⁠había planeado realizar una sublevación traicionera, dijo, y por eso ahora se veía «arrojado justamente fuera del reino»⁠— fuera hecha pública debidamente después de su muerte.


Shakespeare había cometido la locura de meterse más o menos de lleno en esas luchas despiadadas. Parece que la insólita alusión al «general» contemporáneo hecha en Enrique V no provocó una respuesta oficial, pero habría podido conducir fácilmente a la catástrofe. Pues la tarde del sábado 7 de febrero de 1601, el día antes del intento de golpe de Estado, algunos de los principales partidarios de Essex, entre ellos su mayordomo, sir Gelly Meyrick, habían cruzado el Támesis en una barca para acudir al Globe Theatre. Pocos días antes, varios de los socios más allegados de Meyrick habían solicitado a la compañía estable del teatro, los Servidores del Lord Chambelán, que representara una obra anterior de Shakespeare, un drama acerca de «la destitución y muerte del rey Ricardo II». Los actores presentaron toda clase de objeciones; Ricardo II era una obra ya vieja, dijeron, y era harto improbable que atrajera a mucho público. Sus objeciones fueron vencidas cuando les ofrecieron cuarenta chelines más sobre la tarifa de diez libras que solían cobrar por la representación de una obra por encargo.


Pero ¿por qué tenían Gelly Meyrick y sus compañeros tantas ganas de que se representara Ricardo II? No se “trataba del impulso banal de un momento; en una coyuntura trascendental, en la que sabían que lo que estaba en juego era cuestión de vida o muerte, aquella iniciativa iba a costarles planificación, tiempo y dinero. No ha quedado constancia de lo que pensaban, pero cabe suponer que recordaban que la obra de Shakespeare contaba la caída de un soberano y de sus compinches. «He abusado del tiempo y ahora el tiempo abusa de mí» (5.5.49), lamenta el malhadado rey cuando sus consejeros rapaces («esas larvas de la cosa pública», como los llama el usurpador) han corrido la suerte que Essex esperaba que corrieran Cecil y Ralegh.


En Ricardo II no solo son los consejeros del rey los que son asesinados por el usurpador, sino el propio monarca. El usurpador Bolingbroke nunca afirma directamente que lo que pretende es derrocar al soberano reinante, y menos aún asesinarlo. Como Essex, al mismo tiempo que se deshace en denuestos contra la corrupción del círculo íntimo del monarca, se recrea hablando sobre todo de la injusticia que se le ha hecho a él personalmente. Pero, tras intentar obtener la abdicación y el encarcelamiento de Ricardo, y tras conseguir ser coronado rey con el nombre de Enrique IV, pasa con una vaguedad taimada —⁠la vaguedad que confiere lo que los políticos llaman el «carácter discutible» de una cosa⁠— a dar el paso definitivo y esencial. Como corresponde, Shakespeare no reproduce ese paso directamente. Por el contrario, muestra simplemente a un personaje que medita lo que ha oído decir al rey:


EXTON: ¿No has notado las palabras que ha pronunciado el rey?


«¿No tendré un amigo que pueda librarme de este viviente miedo?». ¿No fue así?


CRIADO: Esas fueron sus mismas palabras.


EXTON: «¿No tendré un amigo?», dijo; lo repitió dos veces, e insistió dos veces luego, ¿no?


CRIADO: Sí.


“EXTON: Y, al decirlo, me miraba de una manera interrogativa, como si hubiera querido significar: «Quisiera que fueses tú el hombre que me librase de este terror de mi corazón», sobreentendiendo el rey, que está en Pomfret. Ven, partamos; soy amigo del rey, y lo desembarazaré de su enemigo.


(5.4.1-11)


 Y ahí termina la escena. Se acaba en un momento, pero basta para evocar lo que es todo un ethos de poder en acción. No se incoa ningún procedimiento legal formal contra el rey depuesto. Por el contrario, todo lo que hace falta es un gesto elocuente, repetido cuidadosamente, unido a ciertas miradas dirigidas con toda intención («de una manera interrogativa») a alguien que con toda probabilidad sabrá captar el significado de ese gesto.


En un régimen nuevo siempre hay personas capaces de hacer lo que sea para obtener el favor del gobernante. Exton, tal como lo retrata Shakespeare, es un don nadie; esta es “la primera vez que lo vemos o que oímos hablar de él. Emprenderá la tarea de convertirse en «el amigo del rey». «Partamos» (5.4.10), dice a sus secuaces, y Ricardo será asesinado de inmediato. Como cabría esperar, cuando Exton se presenta ansiosamente a cobrar su recompensa —⁠«Gran rey, dentro de este féretro te presento tu temor enterrado» (5.6.30-31)⁠—, el soberano lo rechaza: «Aunque lo desease muerto, odio al asesino y amo al asesinado» (sc. «me encanta que lo haya asesinado», 5.6.39-40). «Me encanta que lo haya asesinado»: con esta ironía deliciosamente amarga la obra llega a su fin.


Gelly Meyrick y los demás conspiradores no tuvieron necesidad de consultar la obra de Shakespeare, por supuesto, ni hacer de ella el borrador de sus propios actos. Tuvieron que darse cuenta de que las circunstancias descritas por el dramaturgo no coincidían exactamente con las suyas; en cualquier caso, no habrían querido dar ninguna pista. Y, para el lector moderno, la exploración de la patética vida interior del monarca caído que lleva a cabo la tragedia parece muy lejos de ser una obra de propaganda destinada a incitar a la multitud a levantarse en rebelión.


Pero la clave debemos buscarla en la multitud. Las representaciones por encargo eran llevadas a cabo la mayor parte de las veces en locales privados, ante un público selecto, pero los Servidores del Lord Chambelán fueron pagados para resucitar Ricardo II e interpretar la obra en el gran teatro público al aire libre, ante unos espectadores que mayoritariamente pagaban un penique por contemplar el espectáculo de pie. Essex había cortejado siempre al populacho de Londres y había contado con disponer de su apoyo, un populacho que Shakespeare invitaba a su público a que imaginara corriendo a recibir a su general triunfante, de regreso de Irlanda, del mismo modo que el glorioso Enrique V había vuelto de Francia. Las cosas no habían salido así, pero con Ricardo II los conspiradores debieron pensar que había algo que ganar al hacer que se representara ante un público numeroso (y quizá también ante sí mismos) el éxito de un golpe de Estado. Quizá sencillamente querían hacer que resultara imaginable lo que pretendían [15].


Según ciertas leyes que databan de 1352, se consideraba traición «ejecutar o imaginar» la muerte del rey o la reina o de los principales funcionarios públicos [16]. El empleo del término ambiguo «imaginar» dejaba al Gobierno una gran libertad a la hora de decidir a quién procesar e, indudablemente, daría la impresión de que la representación de Ricardo II en el Globe Theatre significaba pisar un terreno muy peligroso. Al fin y al cabo, el drama de Shakespeare presentaba ante un público numerosísimo el espectáculo del derrocamiento y asesinato de un rey coronado, así como la ejecución sumaria de los principales consejeros del monarca. Pero los acontecimientos narrados en la obra se situaban en el pasado de Inglaterra y, por acuerdo tácito, esa distancia en el tiempo proporcionaba cierta inmunidad, de modo que unas acciones que, de desarrollarse en el presente, habrían suscitado de inmediato la cólera furibunda del censor y que acaso habrían dado lugar a un proceso penal podían ser representadas sin demasiado peligro para el dramaturgo y su compañía.


No obstante, la representación organizada por Meyrick venía a poner en entredicho el acuerdo tácito según el cual lo que se representaba en escena, siempre que guardara las debidas distancias con los acontecimientos del momento, era pura ficción dramática y, por lo tanto, no tenía importancia. Muy al contrario: los participantes en la conspiración de Essex pensaban a todas luces que resultaba útil desde el punto de vista estratégico desempolvar la tragedia de Shakespeare acerca del pasado medieval de Inglaterra y presentarla en el Globo.


Resulta imposible saber qué se le pasó por la cabeza a Meyrick cuando asistió a la representación de Ricardo II aquella tarde, pero sí que sabemos qué pensó que significaba aquello al menos un personaje de la época. Seis meses después de la ejecución de Essex, la reina Isabel concedió graciosamente audiencia a William Lambarde, al que había nombrado recientemente guardián de los Archivos y Registros de la Torre de Londres. El erudito archivero comenzó su labor, como era lógico, mostrando un inventario de los protocolos, reinado por reinado, que había elaborado para la soberana. Cuando llegó al reinado de Ricardo II, Isabel dijo de repente: «Yo soy Ricardo II. ¿No lo sabíais?» [17  Si el tono de la soberana revelaba cierta nota de exasperación, quizá fuera porque el erudito y anticuario parecía ocuparse exclusivamente del pasado, mientras que ella, como todos los demás, pensaba en los oscuros paralelismos existentes entre los acontecimientos del siglo XIV y el intento de golpe de Estado de Essex. Haciendo gala de una extraordinaria rapidez mental, Lambarde comprendió enseguida que el punto clave radicaba en lo de «imaginar» la muerte del monarca. «Una imaginación tan perversa —⁠dijo a la reina⁠— vino de la determinación y el intento de un caballero sumamente innoble, una hechura a la que vuestra majestad concedió más dignidades que a nadie». «Esa tragedia —⁠respondió Isabel hiperbólicamente⁠— fue representada cuarenta veces en plena calle y en las casas de la gente». Es el teatro —⁠el teatro de Shakespeare⁠— el que ofrece la clave para entender la crisis actual.


La alusión directa que hacía Shakespeare en Enrique V al conde de Essex indujo a buscar en todas sus obras unas reflexiones políticas que más habría valido dejar en la sombra. La reina, que a menudo había encargado la representación de obras dramáticas en la corte, prefirió no castigar a los actores, cosa que habría podido hacer sin mayor dificultad, y se evitó así por los pelos algo que habría podido ser un desastre para Shakespeare y para toda su compañía. El autor no volvió nunca más a aventurarse a pisar un terreno tan próximo a la política de la época.


 


Después del intento de golpe de Estado, la representación especial de Ricardo II se convirtió en el principal objeto de investigación del Gobierno. Uno de los socios de Shakespeare se vio obligado a testificar ante el Consejo Privado y explicar qué era lo que creían que estaban haciendo los Servidores del Lord Chambelán. La respuesta que ofreció —⁠se limitó a decir que solo pretendían ganar un dinerillo extra⁠— fue dada por buena. Sir Gelly Meyrick no tuvo tanta suerte. Condenado por los cargos de organizar aquella representación especial y de llevar a cabo otras acciones en apoyo de “la rebelión, fue ahorcado y su cadáver arrastrado por las calles y descuartizado.