jueves, 14 de mayo de 2026

Stephen Greenblatt - EL TIRANO -- Shakespeare y la política (La tiranía triunfante)

 







SEIS


LA TIRANÍA TRIUNFANTE


 


Hay cierto toque de comicidad en la ascensión al poder del tirano, por catastrófica que sea. Los individuos a los que ha relegado o a los que ha pisoteado están en su mayoría comprometidos y son cínicos o corruptos. Por espantosa que sea la suerte que corren, resulta satisfactorio ver que se llevan su merecido y, cuando vemos al intrigante Gloucester lanzar bravatas, confabularse con quien haga falta y traicionar a quien sea para abrirse camino hasta la cúspide, somos invitados a tomarnos una especie de vacaciones morales.


Pero, una vez que Ricardo alcanza el objetivo que ha perseguido toda su vida —⁠al final del tercer acto del drama de Shakespeare⁠—, la sonrisa empieza enseguida a congelarse en nuestros labios. El placer que producía su victoria provenía en buena parte de lo sumamente improbable que era. Ahora la perspectiva de que una victoria sin fin resulta ser una ilusión grotesca. Aunque nos pareciera un milagro de eficacia siniestra, Ricardo no está preparado, ni mucho menos, para unir y gobernar a todo el país.


El triunfo del tirano se basa en mentiras y en promesas falsas relacionadas con la eliminación violenta de sus rivales. La estrategia y la astucia que lo elevan al trono no ofrecen un panorama muy halagüeño; tampoco ha sabido reunir a su alrededor a consejeros capaces de ayudarlo a formular un buen programa. Puede contar —⁠de momento al menos⁠— con la aquiescencia de cargos tan influenciables como el corregidor de Londres y de funcionarios tan asustadizos como el escribano. Pero el nuevo gobernante no posee ni capacidades administrativas ni habilidades diplomáticas y nadie de su entorno puede proporcionarle las dotes de las que a todas luces carece. Su propia madre lo desprecia. Su esposa, Ana, lo teme y lo aborrece. Colaboradores cínicos como Catesby o Ratcliffe no están muy capacitados, que digamos, como hombres de Estado. Aunque ocupen un lugar muy elevado en la pirámide social, no “son muy distintos de los sicarios contratados por Ricardo para ejecutar sus órdenes. Lord Stanley constituye un personaje más plausible como prudente consejero —⁠y la obra nos lo presenta informando a regañadientes de los deseos del rey⁠—, pero, como su propia pesadilla sugiere, lleva mucho tiempo temiendo al «jabalí» y no cabe esperar que se convierta en el puntal del gobierno usurpador. En secreto ya está en contacto con los enemigos mortales del régimen.


El candidato más plausible para ayudar a sostener el reinado de Ricardo es su aliado de toda la vida, el duque de Buckingham, pariente suyo y copartícipe en sus delitos. El astuto duque es el cerebro que se oculta tras la exitosa campaña política de Ricardo y el que lo ayuda a deshacerse de una sucesión de distintos enemigos, reales o imaginarios. «Por tus consejos y tu ayuda —⁠dice a Buckingham el tirano que acaba de ser entronizado⁠—, el rey Ricardo se sienta tan alto» (Ricardo III 4.2.3-4). Este reconocimiento de la deuda que tiene contraída con él, sin embargo, es el preludio de una nueva petición de consejo y de ayuda.


Aunque ha tenido buen cuidado de mandar a todos los demás lejos donde no puedan oírlo, Ricardo se muestra al principio un tanto reticente a la hora de manifestar lo que desea. «El joven Eduardo vive —⁠comenta, y se refiere al heredero del difunto rey, que se encuentra retenido en la Torre junto con su hermano⁠—. ¿Comprendes ya lo que quiero decir?» (4.2.10). Pero Buckingham se niega obstinadamente a jugar a las adivinanzas, cuyo significado no resulta muy difícil conjeturar. Ricardo, cada vez más irritado, se ve obligado a decir claramente lo que pretende:


Primo, antes no acostumbrabas a ser tan tardo. ¿Debo ser más explícito? Deseo la muerte de los bastardos, y quisiera que se ejecutara la cosa inmediatamente. ¿Qué dices ahora? Habla pronto, sé breve.


(4.2.17-20)”


La respuesta de Buckingham es un dechado de brevedad —⁠«Vuestra gracia puede hacer su gusto»⁠—, pero todavía no concede al tirano lo que a todas luces desea. Una vez más, Ricardo se ve obligado a plantear su petición más directamente de lo que habría querido: «Contéstame, ¿consientes en que mueran?». Antes de abandonar la sala, Buckingham evita de nuevo dar una respuesta di“recta: «Dejadme algún aliento, un instante de reflexión, querido señor, antes de daros una respuesta definitiva» (4.2.21-24).


Ricardo no pide a Buckingham que mate personalmente a los niños; para eso sabe que podrá encontrar fácilmente al asesino adecuado y, desde luego, lo encuentra. Y Buckingham tiene razón al decir que Ricardo no necesita el permiso de nadie. El hecho de que el tirano pida a su principal aliado su «consentimiento» no tiene que ver con su permiso, sino con su complicidad. En ese momento crítico, al comienzo mismo de su reinado, Ricardo quiere y necesita que su socio le garantice su lealtad, y la mejor manera de asegurarse esa lealtad es conseguir que Buckingham se haga cómplice de un crimen espantoso. Aunque habría sido mucho mejor que Buckingham hubiera sugerido por propia iniciativa el asesinato de los niños —⁠de ahí la reticencia inicial de Ricardo⁠—, el simple «consentimiento» de su socio habría servido como suficiente garantía. Buckingham, sin embargo, se muestra evasivo y causa la irritación de Ricardo. «El rey se encoleriza —⁠comenta Catesby, que ha estado observando la escena a distancia⁠—. Mirad: se muerde los labios» (4.2.27).


El breve diálogo entre Ricardo y Buckingham introduce varios elementos clave del régimen del tirano tal como lo concebía Shakespeare. El tirano, curiosamente, no siente mucha satisfacción. Bien es cierto que ha alcanzado la posición a la que aspiraba, pero las artes que le han permitido hacerlo no son las mismas, ni mucho menos, que las que se requieren para gobernar con éxito. Cualquier placer que hubiera podido imaginar que obtendría da paso a la frustración, a la cólera y a un temor que lo reconcome. Es más, la posesión del poder nunca está segura. Siempre hay alguna otra cosa que hacer con el fin de reforzar su posición y, como ha conseguido su objetivo por medio de actos delictivos, lo que será preciso será cometer más actos delictivos. El tirano está obsesionado con la lealtad de los miembros de su círculo íntimo, pero nunca puede tener la completa seguridad de contar con ella. Los únicos individuos que lo sirven son personajes infames que solo miran por el propio interés, como él mismo; en cualquier caso, Ricardo no está interesado por una lealtad honesta o desapasionada, por un juicio independiente. Lo que él desea es la adulación, la confirmación y la obediencia.


«He allí a Casio con su figura extenuada y hambrienta —⁠dice el Julio César de Shakespeare en un famoso pasaje⁠—. ¡Piensa demasiado! ¡Semejantes hombres son peligrosos!» (Julio César 1.2.194-195). Antonio intenta tranquilizarlo —⁠«No lo temáis, César; no es peligroso»⁠—, pero César no está muy convencido: «Lee mucho, es un gran observador y penetra admirablemente en los motivos de las acciones humanas» (1.2.196, 201-203). No son esas cualidades que los hombres como César deseen tener a su alrededor: «Rodéame de hombres gruesos, de hombres de cara lustrosa, y tales que de noche duerman bien» (1.2.192-193).


Situado en la cúspide de su mundo, Ricardo llega a la misma conclusión: «No quiero a mi lado a quien me mire con ojos escrutadores», es decir, que intente adivinar mis pensamientos (Ricardo III 4.2.29-30). Buckingham, medita, «se vuelve circunspecto» (4.2.31), y la circunspección es potencialmente peligrosa. Cuando, después de esta pausa para la reflexión, Buckingham regresa, Ricardo lo despide sin muchos miramientos; ya no le interesa si tiene su «consentimiento» o no. Y, cuando su viejo aliado le pide una y otra vez la recompensa que le había prometido por los múltiples servicios que le ha prestado, Ricardo se lo quita de encima perentoriamente: «Me estás importunando. No estoy en vena» (4.2.99). Tras participar en las trampas tendidas a tantos otros y en tantos actos de traición, Buckingham sabe leer con toda claridad los ominosos signos que le ponen delante y decide huir y salvar la vida. Sus esfuerzos son en vano; acabará por ser prendido y ejecutado.


Una vez que ha decidido que no puede seguir arriesgándose a compartir sus secretos con el que había sido su confidente, Ricardo se enfrenta a la eventualidad de tener que hacer movimientos tácticos por su cuenta. Le importa mucho, como él mismo dice, «poner término a todas las esperanzas que, acrecentadas, puedan perjudicarme» (4.2.59). El tirano es, de hecho, enemigo de las esperanzas. Encuentra a «un hidalgo descontento» que anda de capa caída y que está dispuesto a hacer cualquier cosa por «un oro corruptor», y será a él al que encargue la tarea de matar a los dos niños de sangre real (4.2.36-39). La muerte de los muchachos significará que solo siga viva una heredera del difunto rey Eduardo, su joven hija, y Ricardo calcula que, si se casa con ella, logrará apuntalar su propia autoridad, todavía frágil. «Degollar a sus hermanos y luego casarme con ella —⁠dice para su coleto⁠—. Incierto camino de ganancias» (4.2.62-63). Puede que sea incierto, pero, si no es de ese modo, como se dice a sí mismo, «mi trono tendrá la fragilidad del vidrio» (4.2.61). Pero, claro, él ya está casado, de modo que da instrucciones a Catesby para que haga correr el rumor de que la reina Ana está enferma. Cuando hasta Catesby, siempre tan servicial, vacila por un instante, Ricardo exclama con impaciencia: «¡Mira, como te duermas…! Te repito que hagas correr el rumor de que Ana, mi esposa, está enferma y a punto de morir» (4.2.56-57).


La impaciencia es otra de las cualidades que, a juicio de Shakespeare, caracterizan irremediablemente la experiencia del poder del tirano. Ricardo espera que sus deseos sean cumplidos casi antes incluso de que los haya manifestado en voz alta. No dejan de surgir nuevos acontecimientos, en su mayoría alarmantes, y el tiempo ya no juega a su favor. Cualquier demora es peligrosa; todo debe hacerse deprisa, sin que haya apenas un momento para pensar. Otrora despiadadamente eficaz, Ricardo empieza a parecer distraído, como en este precipitado diálogo que mantiene con sus dos principales cómplices:


REY RICARDO: ¡Que un amigo ligero de piernas corra en busca del duque de Norfolk! Ratcliffe, tú mismo…, o Catesby, ¿dónde está?


CATESBY: ¡Aquí, señor!


REY RICARDO: Catesby, ¡volando en busca del duque!


CATESBY: ¡Iré con toda la celeridad que conviene, señor!


REY RICARDO: ¡Acércate aquí, Ratcliffe! Corre a Salisbury, y cuando estés allá… [A CATESBY]. ¡Estúpido idiota! ¿Por qué te quedas ahí parado y no vas en busca del duque?


CATESBY: Primero, poderoso señor, decidme, si place a vuestra alteza, qué debo comunicarle de parte de vuestra gracia.


REY RICARDO: ¡Oh, es verdad, buen Catesby!… Dile que reúna inmediatamente todas las fuerzas de que disponga y me las envíe a toda prisa a Salisbury. [Sale CATESBY].


(4.4.440-451)


Al cabo de un instante, Ricardo vuelve a mostrar una mezcla similar de impaciencia e incompetencia con Ratcliffe mientras continúan lloviéndole noticias inquietantes. Una armada invasora ha sido avistada frente a las costas del país. Un poderoso noble, le comunica un mensajero, está reuniendo tropas contra él en un rincón del reino; un enemigo distinto, dice otro, está acumulando sus huestes en otro lugar diferente. En un paroxismo de frustración, Ricardo golpea a otro mensajero que cree que viene a comunicarle nuevos motivos de alarma: «¡Toma! ¡Ten eso, hasta me traigas mejores nuevas!», exclama el rey (4.4.508). Pero en este caso la noticia resulta que es buena. Incluso un tirano acorralado puede tener ocasionalmente un respiro.


Mientras sucede todo esto, Ricardo sigue adelante con su plan de casarse con su joven sobrina y, de paso, pone de manifiesto otro rasgo que Shakespeare asocia con la tiranía: la desfachatez más absoluta. Aunque ha causado el asesinato de sus dos hijos, tiene el incalificable descaro de presentarse ante Isabel, la viuda del rey difunto, y plantearle que le conceda la mano de su hija. Ni siquiera se toma la molestia de negar su crimen; por el contrario, pretende reparar la pérdida de los hijos de la reina dándole nietos.


Si hice perecer los frutos de vuestro seno, para resucitar vuestra prosperidad engendraré en vuestra hija una estirpe de vuestra sangre.


(4.4.296-298)


La repugnancia y el odio de Isabel no lo impresionan lo más mínimo. Ricardo insiste en su indecente propuesta y en sus mentiras, seguro de que puede salirse con la suya de cualquier forma. «Pero ¡has asesinado a mis hijos!», repite la reina viuda, y la impasibilidad con la que responde Ricardo hace que resulte todavía más explícita la enfermiza perversidad de su oferta:


Mas los sepultaré en el seno de vuestra hija, en cuyo nido perfumado renacerán por sí mismos para vuestro consuelo.


(4.4.423-425)


Cuando, para librarse de él, Isabel accede a hablar con su hija de las pretensiones de Ricardo, este queda convencido de que ha vuelto a ganar, del mismo modo que antes se había impuesto sobre el odio de Ana. Piensa que puede conseguir de cualquier mujer todo lo que quiera, por mucho que ella se resista, y esa simple idea provoca en él un estallido de desprecio misógino: «Frágil mujer al fin, sin seso, imbécil y pronta a perdonar» (4.6.431). Pero es precisamente en ese momento cuando el nudo empieza a cerrarse alrededor del cuello del tirano. Isabel no tiene la menor intención de entregar a su hija a Ricardo; está ya en comunicación con el principal enemigo de este, el conde de Richmond, que se encuentra al frente de las tropas invasoras que arrojarán al tirano desde lo alto de la cumbre a la que nunca se le habría debido permitir llegar.


En una escena que se desarrolla justo antes de la batalla de Bosworth Field —⁠el enfrentamiento militar decisivo que acabará con el triunfo de Richmond y la muerte de Ricardo⁠—, Shakespeare nos ofrece un atisbo de otra de las características que, según él, van asociadas con el tirano: la soledad absoluta. Acompañado de sus secuaces Catesby y Ratcliffe, Ricardo repasa los planes de batalla e imparte órdenes, pero no tiene la menor confianza en ellos ni en ningún otro. Sabe desde hace mucho tiempo que no lo quiere nadie y que nadie lamentará su pérdida. «¡Si muero, ninguna alma tendrá piedad de mí!» (5.3.201). «¿Y por qué había de tenerla? ¡Si yo mismo no he tenido piedad de mí!» (5.3.202-203). En sueños, Ricardo es acosado por los fantasmas de aquellos a los que ha traicionado y asesinado. Esos espectros vienen a representar, de hecho, la conciencia de la que, como es bien sabido, carece. Pero, cuando está plenamente despierto y a solas, sobre sus hombros pesa la carga más terrible: la carga del aborrecimiento de sí mismo.


En esta fase por lo demás bastante temprana de su carrera, Shakespeare todavía no había inventado una forma totalmente convincente de representar una vida interior conflictiva. El monólogo que atribuye a Ricardo adopta la forma de un diálogo interior bastante rígido, como si se desarrollara entre dos marionetas que se pelean:


¿Tengo miedo de mí mismo?… Aquí no hay nadie… Ricardo ama a Ricardo… Eso es; yo soy yo… ¿Hay aquí algún asesino? No… ¡Sí!… ¡Yo!… ¡Huyamos, pues!… ¡Cómo! ¿De mí mismo? ¡Valiente razón! ¿Por qué? ¡De miedo a la venganza! ¡Cómo! ¿De mí mismo sobre mí mismo? ¡Ay! ¡Yo me amo! ¿Por qué causa? ¿Por el escaso bien que me he hecho a mí mismo? ¡Oh, no! ¡Ay de mí!… ¡Más bien debía odiarme por las infames acciones que he cometido!


(5.3.182-189)


En muy pocos años, Shakespeare inventaría la interioridad, la profundidad de espíritu que atribuye a Bruto, a Hamlet, a Macbeth y a otros personajes, y nunca volvería a usar la forma de escribir empleada aquí. Pero quizá las palabras esquemáticas de Ricardo logren transmitir la idea no solo de conflicto psicológico —⁠me amo a mí mismo y me odio a mí mismo⁠—, sino también una sensación de doloroso vacío. Es como si escrudiñáramos en el interior del tirano y descubriéramos que no hay prácticamente nada dentro, solo unas cuantas huellas encogidas de una personalidad a la que nunca se ha permitido crecer o florecer.


 


En 2012 los obreros que trabajaban en la construcción de un aparcamiento en la ciudad inglesa de Leicester, en los Midlands, desenterraron un ataúd desvencijado que contenía un esqueleto humano. La datación por medio del radiocarbono, junto con algunos ingeniosos estudios genéticos de los actuales descendientes conocidos de la familia York, reveló que el cadáver en cuestión era el de Ricardo III. Se produjo un verdadero torrente de atención mediática. Ciento cuarenta periodistas acreditados y equipos de cámara de siete países distintos se agolparon en la sala de la Universidad de Leicester en la que se celebró la conferencia de prensa, para, a continuación, ser conducidos solemnemente a otra estancia. Allí, colocados decorosamente sobre un manto de terciopelo negro extendido sobre cuatro mesas de biblioteca juntas, estaban los huesos del monarca que reinó desde 1483 hasta su muerte en el campo de batalla en 1485, con solo treinta y dos años”


En la obra de Shakespeare, el caballo de Ricardo es abatido y cae muerto. —⁠«¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!» (5.4.7), grita una y otra vez⁠— y, al no poder conseguir otra cabalgadura, el rey recorre a pie el campo de batalla buscando a su enemigo, Richmond, para enfrentarse a él. Cuando finalmente se encuentran, los dos adversarios entablan un combate singular y Ricardo pierde la vida. «¡La jornada es nuestra! —⁠exclama Richmond⁠—. ¡El sanguinario perro ha muerto!» (5.5.2). Según la realidad histórica, como atestiguan los huesos descubiertos de manera tan inopinada en el solar en construcción, la muerte de Ricardo tuvo lugar de una forma muy diferente. La base del cráneo del rey fue destrozada por un golpe violento, probablemente infligido con una alabarda, un arma de asta particularmente espantosa empuñada a dos manos que fue muy utilizada por los soldados a finales de la Edad Media. Ricardo, pues, murió presuntamente de un golpe infligido por la espalda, y sus huesos muestran signos de las llamadas «heridas humillantes», esto es, puñaladas en las nalgas y en otros lugares del cuerpo que los vencedores debieron asestarle, una vez muerto, en un auténtico frenesí de odio. Pero quizá la prueba más interesante sacada a la luz después de más de quinientos años es la que nos ofrece la columna vertebral, curvada en una inquietante forma de S. La deformidad física evocaba vívidamente al personaje que en realidad importaba a la prensa mundial encargada de cubrir el acto: no ya la figura relativamente menor del Ricardo histórico, sino el inolvidable tirano creado por Shakespeare y puesto en escena en los teatros de Londres.


 

jueves, 23 de abril de 2026

Stephen Greenblatt - EL TIRANO -- Shakespeare y la política (Los Complices)

 CINCO


LOS CÓMPLICES

 



Ricardo III, de Shakespeare, desarrolla brillantemente los rasgos de la personalidad del aspirante a tirano esbozados ya en la trilogía de Enrique VI: el egoísmo ilimitado, la transgresión de cualquier ley, el placer que provoca infligir dolor y el deseo compulsivo de dominar. Ricardo es patológicamente narcisista y arrogante en grado sumo. Tiene un concepto grotesco de lo que son sus derechos y no duda en ningún momento que puede hacer lo que se le antoje. Le encanta dictar órdenes a voces y observar cómo sus subordinados corren a ejecutarlas. Espera de los demás una lealtad absoluta, pero él es incapaz de sentir gratitud. Los sentimientos de los demás no significan nada para él. No tiene ninguna gracia natural ni el menor sentido de lo que es una humanidad compartida, ni tampoco honestidad.


No solo es indiferente a la ley, la odia y le produce placer el hecho de transgredirla. La odia porque se interpone en su camino y porque representa un concepto de bien público común que él desprecia. Divide el mundo entre ganadores y perdedores. Los ganadores le inspiran respeto en la medida en que pueda utilizarlos para sus propios fines; los perdedores solo suscitan desdén en él. El bien común es algo de lo que solo a los perdedores les gusta hablar. A él de lo que le gusta hablar es de ganar.


La riqueza es algo que siempre ha poseído; nació rodeado de ella y la utiliza profusamente. Pero, aunque disfruta poseyendo aquello que el dinero puede darle, no es eso lo que más lo excita. Lo que lo excita es el placer de la dominación. Es un matón. Se encoleriza fácilmente y arremete contra todo el que se interponga en su camino. Disfruta cuando ve a los demás acobardarse, temblar o estremecerse de dolor. Tiene el don de detectar la debilidad de los otros y maña para burlarse de ellos e insultarlos. Esas cualidades atraen a muchos seguidores que experimentan ese mismo placer cruel, aunque no puedan sentirlo en el mismo grado, absolutamente único, que él. Aunque saben que es peligroso, sus seguidores lo ayudan a alcanzar su objetivo, que es la posesión del poder supremo.


Poseer el poder para él significa, entre otras cosas, dominar a las mujeres, pues las desprecia mucho más de lo que las desea. La conquista sexual lo excita, pero solo por la demostración que conlleva, reiterada infinitamente, de que puede tener todo lo que le apetezca. Sabe que aquellos a los que tiene en sus manos lo odian. En realidad, una vez que ha logrado hacerse con el control que tanto lo atrae, ya sea en la política o en el sexo, es perfectamente consciente de que casi todo el mundo lo odia. Al principio ese conocimiento le da energías y hace que esté ansiosamente atento a la aparición de cualquier rival o posible conspiración. Pero enseguida empieza a reconcomerlo y a agotarlo.


Tarde o temprano, será derrocado. Muere sin que nadie lo ame y sin que nadie lo llore. Tras de sí solo deja ruinas. Más habría valido que Ricardo III no hubiera nacido.


*     *    *


 Shakespeare basó el retrato que hizo de Ricardo en un relato sumamente tendencioso y partidista escrito por Tomás Moro y repetido por los cronistas de los Tudor. Pero ¿de dónde venía su psicopatología?, se preguntaba el dramaturgo. ¿Cómo llegó a formarse? El tirano, tal como lo concebía Shakespeare, se sentía interiormente atormentado por la conciencia de su fealdad, consecuencia de un cuerpo deforme que desde el momento mismo de su nacimiento hizo que se apartaran llenos de repugnancia y horror todos los que lo vieron. «La partera quedó confusa y las mujeres gritaban: “¡Oh, Jesús nos bendiga! ¡Ha nacido con dientes!”» (3 Enrique VI 5.6.74-75). «Lo que era verdad, y lo que significaba que gruñiría, que mordería, que haría el papel de dogo».


Los dientes de Ricardo desde recién nacido son un rasgo que lleva una gran carga simbólica que él mismo incorpora a la idea que se hace de sí, y que, evidentemente, ha sido elaborado también por los demás. «Dicen que mi tío creció tan aprisa —⁠comenta ingenuamente su joven sobrino York⁠— que pudo morder una corteza a las dos horas de haber nacido» (Ricardo III 2.4.27-28). «¿Quién te ha contado eso?», pregunta su abuela, la duquesa de York, que, por otra parte, es la madre de Ricardo. «Su nodriza, abuela», contesta el muchacho. Pero la duquesa le replica: «¡Su nodriza! ¡Bah! Murió antes de que tú nacieses» (2.4.33). «Si no fue ella —⁠insiste el niño⁠—, no me acuerdo quién me lo dijo» (2.4.34). La infancia de Ricardo se ha convertido en una leyenda.


Ricardo alude a la reacción de la partera y a las mujeres que asistieron a su madre, pero no cuesta ningún trabajo suponer que el relato de su malhadada venida al mundo deriva principalmente de su progenitora. Evidentemente, la duquesa de York entretuvo a su hijo y a cuantos quisieron oírla con todo tipo de detalles acerca de lo difícil del nacimiento de Ricardo y de las repulsivas marcas que mostraba su cuerpo cuando lo dio a luz. El tema en el que la duquesa insiste una y otra vez es lo que ella llama la «angustia, [el] sufrimiento y [la] agonía» (Ricardo III [primera edición en cuartilla] 4.4.156) que tuvo que soportar cuando lo trajo al mundo, y ese mismo tema es el reproche que le dirigen todos los que tienen la imprudencia de manifestar lo que piensan o que están lo bastante desesperados como para hacerlo. «Tu madre experimentó más sufrimiento que el de una madre —⁠recuerda el desdichado Enrique VI a Ricardo, que lo ha hecho prisionero⁠—, y, sin embargo, parió menos que la esperanza de una madre, es decir, una bola indigesta y deforme» (3 Enrique VI 5.7.49-51). Cuando el rey cautivo saca a colación lo de los dientes —⁠«Tu boca tenía dientes cuando naciste, para significar que venías al mundo para morder»⁠—, Ricardo no puede seguir aguantándolo. «No quiero escuchar más», exclama, y mata al prisionero real clavándole un puñal (5.7.53-57).


Como llegan a percibir cuantos lo rodean, hay algo en la mente de Ricardo que no está bien, ni mucho menos; incluso él conoce el desorden interno que padece, aunque solo se lo confiese a sí mismo. Para justificar su deformidad psicológica y moral, sus contemporáneos aluden a su deformidad física: la columna vertebral corvada que ellos llaman joroba (y que nosotros denominaríamos cifosis severa). Para ellos es como si el universo le hubiera puesto una marca externa que vendría a poner de manifiesto su anomalía interna. Y Ricardo está de acuerdo: «¡Bien! Puesto que los cielos han modelado así mi cuerpo —⁠dice⁠—, que el infierno deforme mi alma, para ponerla en armonía con su envoltura» (5.6.78-79). Al no sentir en sí mismo ninguna de las emociones que sienten los seres humanos corrientes —⁠«No tengo ni piedad ni amor ni miedo», dice (5.6.68)⁠—, desea que su mente tenga el mismo retorcimiento estigmatizado que su cuerpo.


Shakespeare no repudia en ningún caso el convencimiento que tenía su cultura de que la deformidad física era la expresión de una deformidad moral; permite que su público crea que un poder superior, ya sea Dios o la naturaleza, se ha encargado de producir un signo visible de la maldad del villano. La deformidad física de Ricardo es una especie de portento o emblema preternatural de su perfidia. Pero, en contra de la corriente dominante dentro de su cultura, Shakespeare insiste en que también es cierto lo contrario: la deformidad de Ricardo —⁠o, mejor dicho, la reacción de su sociedad ante su deformidad⁠— es la raíz que condiciona su psicopatología. Desde luego, ese condicionante no es automático; por supuesto, nada indica que todas las personas que tienen la columna vertebral torcida se conviertan en asesinos taimados. Shakespeare insinúa, sin embargo que un niño que no es amado por su madre, que es ridiculizado por los que son como él y que es obligado a considerarse un monstruo desarrollará ciertas estrategias psicológicas compensatorias, algunas de las cuales serán destructivas e incluso autodestructivas.


Ricardo observa cómo su hermano Eduardo corteja a una mujer atractiva. Se trata, evidentemente, de una escena de la que ya ha sido testigo antes —⁠su hermano es un famoso donjuán⁠— y que suscita en él amargas reflexiones. «Pardiez, el amor me ha repudiado en el seno de mi madre», murmura, y, para asegurarse de que ese abandono fuera permanente, la diosa del amor se confabuló con la naturaleza para que acortase mi brazo como un arbusto seco, para que elevase a mi espalda una envidiosa montaña, donde la deformidad pudiese asentarse para ridiculizar mi persona física, para que hiciese mis piernas desiguales de largas, para que forjase de mí en todas las partes de mi cuerpo un caos disforme.


(3 Enrique VI 3.2.153-160)”


Habría resultado grotesco en él, se dice, imaginar que pudiera llegar a tener cualquier éxito en el terreno amoroso; nadie habría podido nunca amar un cuerpo como el suyo. Cualquier placer que pudiera obtener de la vida, pues, no vendría seguramente de buscar su «paraíso en el seno de una dama» (3.2.148). Pero hay una forma de compensar esa dolorosa pérdida: puede dedicarse a fastidiar a aquellos que poseen las dotes naturales de las que él carece.


Hijo menor del duque de York y hermano del rey que ocupa el trono, Eduardo IV, Ricardo se encuentra casi en la cúspide de la jerarquía social. Sabe que los demás cuentan chistes crueles sobre él cuando no puede oírlos y que lo llaman «sapo» y «jabalí», pero sabe también que su alta cuna le confiere una autoridad casi ilimitada sobre los que están por debajo de él. A esa autoridad él se encarga de añadir arrogancia, propensión a la violencia y un concepto de impunidad aristocrática. Cuando imparte una orden, espera ser obedecido de inmediato. Al tropezarse con el cortejo que lleva el féretro del rey al que ha matado, Ricardo manda en tono perentorio a los caballeros que lo portan sobre sus hombros y a las gentes de armas que lo escoltan que se detengan y posen el ataúd en el suelo. Cuando ve que al principio se niegan a hacerlo, se deshace en denuestos contra ellos —⁠«villanos», los llama; «perro descortés», le dice a otro; «mendigo»⁠— y amenaza con matarlos (Ricardo III 1.2.36-42). La fuerza de su posición social es tal y tal es la seguridad con la que la ejerce que todos se echan a temblar y lo obedecen.


Dominar a otros sirve para apuntalar la imagen degradada de sí mismo que tiene el solitario Ricardo, para protegerse del dolor causado por el rechazo, para mantenerse en pie. Para él es como si su cuerpo se burlara constantemente de él, al mismo tiempo que es objeto de burla de los demás. Desequilibrado físicamente, su cuerpo es como «un caos» (3 Enrique VI 3.2.161). Ejercer el poder, especialmente el tipo de poder que hace perder el equilibrio a las personas, reduce su propia sensación de desproporción caótica, o al menos eso espera. No es solo cuestión de mandar a las personas que hagan lo que él quiera que hagan, por agradable que resulte, es también el singular placer de hacer que se estremezcan, que se tambaleen o incluso que caigan.


Tal como nos lo presenta la tragedia de Shakespeare, Ricardo muestra una claridad espeluznante al especificar los lazos que mantienen cohesionada su deformidad física, su disposición psicológica y su objetivo político global:


Puesto que esta tierra no me proporciona otro goce más que el de mandar, de contrariar, de dominar a aquellos que son más bellos que yo, buscaré mi paraíso en ese sueño de una corona.


(3.2.165-168)


De la manera repugnante en que lo caracteriza, es un hombre que ha conseguido tener una insólita claridad de ideas sobre sí mismo. Sabe lo que siente, lo que le falta y lo que necesita tener (o al menos lo que ansía tener) para experimentar placer. El poder absoluto —⁠el poder de mandar a todos⁠— es la máxima forma de placer que tiene; en realidad, solo el hecho de degustar ese paraíso podrá darle satisfacción. Según él mismo declara, «consideraré este mundo un infierno hasta que esta cabeza que es llevada por este cuerpo mal formado sea ceñida por una gloriosa corona» (3.2.169-171).


Ricardo es perfectamente consciente de que lo que se trae entre manos es una mera fantasía destinada a satisfacer sus deseos. Su hermano, el rey Eduardo, tiene dos hijos pequeños que son los herederos directos del trono, y, si por casualidad ninguno de los dos sobreviviera, está también su hermano mayor, Jorge, duque de Clarence. Entre Ricardo y la corona que tanto anhela hay un abismo enorme.


Así pues, todo lo que puedo es soñar con soberanía, como un hombre colocado en un promontorio que, espiando de lejos una orilla que quisiera pisar, deseara que su pie estuviese al nivel de su ojo, riñera al mar que lo separa de la orilla y dijera que querría ponerlo en seco para abrirse camino.


(3 Enrique VI 3.2.134-139)


Hay algo desesperado y casi patético en este hombre retorcido que sueña que un día detentará el poder necesario para mangonear a todo el mundo y, de ese modo, compensar el cuerpo desequilibrado, incapaz de suscitar amor, que posee. Es, según reconoce tristemente, como un hombre «perdido en un bosque espinoso» que es desgarrado por las zarzas y lucha desesperadamente por salir de nuevo a terreno descubierto.


En esas circunstancias, la principal arma que tiene Ricardo a su disposición es la propia absurdidad de su ambición. Nadie en su sano juicio sospecharía que aspira seriamente al trono. Y se siente seguro con la posesión de esa única cualidad especial y, en su caso, esencial. Tiene un gran talento para el engaño. Para felicitarse a sí mismo dice:


¡Diantre! Puedo sonreír y asesinar mientras sonrío, puedo gritar: «Contento» a lo que desuela mi corazón; puedo mojar mis mejillas con lágrimas hipócritas y arreglar mi cara según las circunstancias.


(3.2.182-185)


Posee las dotes histriónicas especiales de un embaucador.


En el espectacular monólogo inicial de Ricardo III, el protagonista de la obra, en ese momento duque de Gloucester, recuerda al público el punto en el que había quedado la trilogía anterior: «Ya el invierno de nuestra desventura se ha transformado en un glorioso estío por este sol de York»


 (Ricardo III 1.1.1-2). Shakespeare vuelve a abrir la ventana que nos permite conocer a su personaje. Inglaterra está por fin en paz, pero no hay paz para el retorcido duque de Gloucester. Todos los demás pueden dedicarse a la búsqueda del placer:


Pero yo, que no he sido formado para estos traviesos deportes ni para cortejar a un amoroso espejo…; yo, groseramente construido y sin la majestuosa gentileza para pavonearme ante una ninfa de libertina desenvoltura; yo, privado de esta bella proporción, desprovisto de todo encanto por la pérfida naturaleza; deforme, sin acabar, enviado antes de tiempo a este latente mundo, terminado a medias, y eso tan imperfectamente y fuera de la moda, que los perros me ladran cuando ante ellos me paro… ¡Vaya, yo, en estos tiempos afeminados de paz muelle, no hallo delicia en que pasar el tiempo!


(1.1.14-25)


«Deforme, sin acabar, enviado antes de tiempo a este latente mundo, terminado a medias», Ricardo no intentará ser un amante; antes bien, buscará el poder por todos los medios que sean necesarios.


Shakespeare no insinuaba que un modelo compensatorio —⁠el poder como sustituto del placer sexual⁠— pudiera explicar del todo la psicología de un tirano. Pero seguía fiel a la convicción básica de que existe una relación significativa entre la sed de poder tiránico y una vida psicosexual frustrada o deteriorada. Y también seguía fiel a la convicción de que el deterioro traumático y duradero causado a la autoestima de una persona podía remontarse a experiencias muy tempranas: al miedo a ser feo propio del adolescente, a las burlas crueles de otros niños o, incluso en una etapa anterior de la vida, a las reacciones de nodrizas y comadronas. Pero por encima de todo, pensaba, el daño más irreparable podía venir de la negativa de una madre a amar a su hijo o de su incapacidad de amarlo. La violenta cólera de Ricardo contra la diosa del amor, que lo repudió, y contra la naturaleza, que encogió su brazo como un arbusto seco, es una débil pantalla que oculta la furia contra su madre.


Ricardo III es una de las pocas obras de Shakespeare que describen la relación madre-hijo. Con mucha más frecuencia, los argumentos de sus otros dramas se fijan sobre todo en la relación de los hijos con sus padres —⁠Egeo en El sueño de una noche de verano, Enrique IV en las dos obras que llevan su nombre, Leonato en Mucho ruido y pocas nueces, Brabancio en Otelo, Lear y Gloucester en El rey Lear o Próspero en La tempestad, por citar unos pocos⁠—, sin recordar prácticamente para nada a las mujeres que trajeron a esos hijos al mundo. La trilogía de Enrique VI nos presenta a los cuatro hijos de York —⁠Eduardo, Jorge, Edmundo, conde de Rutland, y Ricardo⁠— sin molestarse siquiera en darnos a conocer a su madre. En lo que hacen hincapié las tres tragedias no es en los individuos ni en las familias, sino en la forma en que la totalidad del reino se desliza hacia la guerra civil. Sin embargo, cuando Shakespeare fija su atención en el carácter del tirano propiamente dicho —⁠la amargura íntima, el desorden y la violencia que lo impulsan a seguir adelante y a causar la ruina del país⁠—, necesita explorar qué es lo que no funciona en la relación entre madre e hijo.


La madre de Ricardo, la duquesa de York, lo deja bien claro desde elprimer momento en que hace su aparición en Ricardo III, cuando dice que considera a su hijo un monstruo. Tiene buenos motivos para hacerlo. No conoce los detalles, pero sospecha que Ricardo, y no su hijo mayor, el enfermizo Eduardo, ha estado detrás del asesinato de su hermano Jorge. Ricardo ha expresado una gran compasión y amor por sus sobrinos huérfanos, la hija y el hijo de Jorge, pero la duquesa les advierte —⁠«inexpertos, infelices e inocentes», los llama⁠— que no crean ni una palabra de lo que les diga. «¿Pensáis, abuela, que mi tío me engañó?», dice uno de los niños. «¡Sí, hijo mío!», responde secamente la anciana. La duquesa expresa una mezcla de dos sentimientos contradictorios, bochorno y negación de los hechos. «¡Es mi hijo, sí, y como tal me avergüenza! —⁠llega a reconocer, pero inmediatamente rechaza tener cualquier responsabilidad⁠—. Pero de mis pechos no mamó esa perfidia» (Ricardo III 2.2.18, 29-30). Cuando corre el rumor de que Eduardo ha muerto y ha dejado a Ricardo como el único superviviente de sus cuatro hijos, el sentimiento de bochorno de la anciana duquesa no hace sino intensificarse. «No me queda para consuelo más que un falso cristal [i. e. un espejo] —⁠dice con amargura⁠— que me aflige cuando miro en él mi oprobio» (2.2.53-54).


En ese momento llega Ricardo y hace una pantomima de piedad filial: se arrodilla a los pies de su madre y pide su bendición. La duquesa hace con frialdad lo que le pide, pero es evidente que le repugna el ser que ha traído al mundo. En un momento posterior de la tragedia, insta a las otras mujeres cuyas vidas han sido arruinadas por su hijo —⁠la anciana Margarita, viuda de Enrique VI, Isabel, la viuda de Eduardo, y la desdichada esposa de Ricardo, la infeliz Ana⁠— a dar rienda suelta a su dolor y a su cólera. «En la amargura que respiren vuestras palabras —⁠les dice⁠—, ahoguemos a mi condenado hijo» (4.4.133-134). Cuando Ricardo aparece ante ellas, lo primero que se le ocurre a su madre es dirigirse a él utilizando la palabra que encarna la repulsión que su apariencia ha suscitado siempre: «¡Sapo, sapo!». Ojalá lo hubiera ahogado en su vientre, le dice. Así le habría impedido causar todas las calamidades que ha acarreado al mundo y a su propia vida:


¡Tú has venido a la Tierra para hacer de ella mi infierno! ¡Tu nacimiento ha sido para mí una carga abrumadora! ¡Irritable y colérica fue“cencia, temeraria, irrespetuosa y aventurera! ¡Tu edad madura, orgullosa, sutil, falsa y sanguinaria…!


(4.4.167-172)


Tras afirmar que no volverá a hablar nunca más con él, la duquesa termina maldiciéndolo y rezando por que muera: «Como sanguinario que eres, sanguinario será tu fin».


La vergüenza y el aborrecimiento de la madre no son mera consecuencia de la perversidad de los actos de su hijo; se remontan al primerísimo momento, a la primera vez que vio al recién nacido y a su infancia irritable y colérica. Hacia Eduardo y hacia Jorge la duquesa expresa la ternura y la solicitud de una madre; por el deforme Ricardo, siempre ha sentido tan solo repugnancia y aversión.


Como no sería de extrañar, la respuesta de Ricardo consiste en ordenar que suenen trompetas y tambores que ahoguen con su estrépito las maldiciones de la duquesa. Pero la obra logra dar a entender que el rechazo de su madre lo ha afectado y ha sembrado en él algo más que impaciencia y furor. Da a entender también que, en respuesta a ese rechazo, Ricardo ha desarrollado durante toda su vida una serie de estrategias para hacer que lo oigan, que le presten atención y que lo acepten. Una de las extrañas habilidades de Ricardo —⁠y, a juicio de Shakespeare, una de las cualidades más características del tirano⁠— es la de saber meterse, aunque sea a la fuerza, en la mente de los que lo rodean, tanto si lo desean como si no. Es como si, en compensación por el dolor que ha padecido, hubiera encontrado una forma de estar presente —⁠por la fuerza o por medio del fraude, ayudándose de la violencia o mediante la insinuación⁠— en todas partes y en todas las personas. Nadie puede mantenerlo fuera de su vida.


miércoles, 8 de abril de 2026

Stephen Greenblatt - EL TIRANO -- Shakespeare y la política (Parte 3)

 TRES


POPULISMO FRAUDULENTO


 



Al describir la estrategia de los aspirantes a la tiranía, Shakespeare señala cautelosamente la fuerte corriente de desprecio por las masas y la democracia como posibilidad política viable que había entre la clase terrateniente de su época. Puede que el populismo parezca una aceptación de los desposeídos, pero en realidad es una forma cínica de explotación. A decir verdad, un líder carente de escrúpulos no tiene el menor interés en mejorar la suerte de los pobres. Rodeado desde su cuna de una gran riqueza, sus gustos se dirigen hacia los lujos más extravagantes y no encuentra nada atractivo, ni mucho menos, en la vida de los que pertenecen a las clases inferiores. De hecho, los desprecia, detesta el olor de su aliento, teme que puedan ser portadores de enfermedades y los “considera gente voluble, estúpida y carente por completo de valor, de la que se puede prescindir. Se da cuenta, sin embargo, de que puede sacar provecho de ellos para sacar adelante sus ambiciones.


No son el bienintencionado rey ni su principal servidor, el duque Hunfredo, los que se percatan de lo que late en los estratos más bajos de su reino. Es el genio de York, si es que ese es el término adecuado para referirnos a algo tan vil, el que se da cuenta del uso que puede hacer del resentimiento que bulle entre los más pobres de los pobres. «Provocaré en Inglaterra algún negro huracán», cavila en su interior; una tormenta que no cesará hasta que la corona de la que planea apoderarse ciña sus sienes: «Hasta que un aro de oro puesto sobre mi cabeza, que haga el oficio de los transparentes rayos del sol esplendoroso, calme el furor de esta tromba insensata». Y nos revela que ha encontrado al individuo perfecto para ser el agente que le permita conseguir su objetivo: «Para servir de instrumento a mis proyectos he seducido a un enérgico habitante de Kent, John Cade, de Ashford» (2 Enrique VI 3.1.349-357).


“John o Jack Cade fue un personaje real —⁠un rebelde de clase humilde sobre cuya persona se conocen pocos detalles⁠— que encabezó una sangrienta revuelta popular que estalló contra el Gobierno inglés en 1450 y que fue sofocada de forma tan rápida como violenta. Para modelar a su personaje, Shakespeare ensambló diversos materiales tomados de las crónicas históricas que había logrado reunir (incluida la acusación de que Cade había sido financiado clandestinamente por York), los combinó con ciertos recuerdos de otras revueltas campesinas y añadió algunos detalles creados por su aguda imaginación.


Al gran Ricardo Plantagenet, duque de York, no le preocupa lo más mínimo la suerte que pueda correr en último término el hombre vil al que ha seducido para que contribuya a sacar adelante sus designios, y menos todavía le interesa la chusma harapienta a la que pretende espolear para que se rebele. Pero York ha observado atentamente a Cade y se ha percatado de los rasgos que pueden resultarle útiles, incluida una extraña indiferencia hacia el dolor y, por consiguiente, la capacidad de mantener oculto el lazo secreto que los une:


Supongamos que sea apresado, puesto en el potro y torturado; me consta que ni uno de los sufrimientos que le puedan infligir será bastante para hacerle confesar que he sido yo el que lo ha impulsado a tomar las armas.


(3.1.376-378).


El sigilo es importantísimo: al poderoso aristócrata no le conviene que se descubra que él ha sido el instigador de un brutal alzamiento popular.


Resulta que ese alzamiento se convierte en una tormenta todavía más devastadora de lo que había deseado York. La chusma, congregada en Blackheath, a las afueras de Londres, es soliviantada por Cade, que se revela un demagogo sumamente eficaz, un auténtico maestro de economía vudú [*]:


En Inglaterra se venderán por un penique siete panes de los que hoy valen medio penique, los jarros de tres medidas contendrán diez y haré caso de felonía beber cerveza floja. […] No habrá más moneda; todos comerán y beberán a mis expensas.


(4.2.61-68)


Cuando la muchedumbre brama dando su aprobación, las palabras de Cade suenan exactamente igual que las de un político moderno que presenta su candidatura a las elecciones: «Doy las gracias a todos, buenas gentes» (4.2.167).


Lo absurdo de esas promesas de campaña electoral no supone ningún impedimento para su efectividad. Antes bien, Cade continúa exponiendo nuevas falsedades perfectamente demostrables acerca de sus orígenes y realiza declaraciones disparatadas sobre las grandes cosas que va a hacer, pero la muchedumbre se lo traga todo de buena gana. Lo cierto es que sus vecinos saben que Cade es un mentiroso nato:


CADE: Mi madre [era] una Plantagenet.


DICK, EL CARNICERO: (Aparte). La conocí bien; era una comadrona.


CADE: Mi esposa descendía de los Lacy.


DICK, El CARNICERO: (Aparte). Era, en efecto, hija de un buhonero, y ha vendido muchos lazos.


(4.2.39-43)


“Las absurdas afirmaciones de Cade acerca de su linaje aristocrático deberían bastar para hacer que “parezca un simple bufón. Lejos de ser un acaudalado magnate de noble cuna, es poco más que un vagabundo: «Lo he visto azotar durante tres días de mercado, uno tras otro» (4.2.53-54), murmura uno de sus seguidores. Pero lo extraño es que el conocimiento de esos hechos no disminuye lo más mínimo la fe del populacho.


El propio Cade, por lo que sabemos, quizá piense que lo que va inventándose sobre la marcha acabará en realidad por suceder. Apoyándose en su indiferencia por la verdad, en su desvergüenza y en una seguridad en sí mismo sobredimensionada, el demagogo bocazas va adentrándose en el país de la fantasía —⁠«Cuando yo sea rey…, que lo seré… (4.2.65)» ⁠— e invita a cuantos lo escuchan a entrar en ese mismo espacio mágico con él. En ese espacio mágico, dos y dos no tienen por qué ser cuatro y no es necesario que la última afirmación concuerde con la afirmación contradictoria hecha unos segundos antes.


En tiempos normales, cuando un personaje público es pillado mintiendo o simplemente pone de manifiesto una ignorancia flagrante de la verdad, su reputación queda en entredicho. Pero estos no son tiempos normales. Si un testigo desapasionado señalara todas “ las grotescas distorsiones, equivocaciones y burdas mentiras de Cade, la cólera de la multitud se volcaría contra el escéptico, no contra Cade. Como es bien sabido, al final de uno de los discursos de Cade alguien entre la multitud exclama: «La primera cosa que tenemos que hacer es matar a todas las gentes de ley», esto es, a todos los abogados (4.2.71).


Shakespeare sabía que este verso provocaría risas, como así ha sucedido a lo largo de cuatro centurias. Libera la corriente de agresión que gira alrededor de toda actividad legal, dirigida no solo contra los letrados venales, sino también contra todos los agentes del enorme aparato social que obliga a respetar los contratos, a pagar las deudas y a cumplir con las obligaciones. Los espectadores nos imaginamos tranquilamente que la multitud desea que sus líderes tengan esas cualidades responsables, pero la escena sugiere todo lo contrario. Lo que en realidad desea es permiso para no hacer caso de los compromisos contraídos, para violar las promesas y para saltarse las reglas.


Cade empieza hablando vagamente de «reformarlo todo», pero a lo que en realidad llama es a la destrucción total. Insta al populacho a asaltar y desmantelar las escuelas de derecho de Londres, las Inns of Court, y eso no es más que el principio. «Tengo una proposición para vuestra señoría —⁠clama uno de sus principales seguidores⁠—. Se trata solamente de que las leyes de Inglaterra emanen de vuestra boca» (4.7.3-7). «He pensado en ello —⁠replica Cade⁠—. Así será. Andad, quemad todos los registros del reino. Mi boca será el Parlamento de Inglaterra» (4.7.11-13).


Poco importa que con toda esa destrucción el pueblo llano pierda incluso el limitado poder que posee, el poder expresado cuando vota en las elecciones al Parlamento. Para los ardientes seguidores de Cade, el inveterado sistema institucional de representación no vale nada. En su opinión, nunca los ha representado a ellos. Su deseo todavía no formulado es romper todos los acuerdos, cancelar todas las deudas y desmantelar todas las instituciones existentes. Es preferible que la ley salga de la boca de un dictador, que tal vez pretenda ser un Plantagenet, pero al que ellos reconocen como uno de los suyos. El populacho es perfectamente consciente de que Cade es un mentiroso, pero, por venal, cruel y egoísta que sea, es capaz de articular lo que sueñan las masas: «Y “desde ahora todas las cosas serán comunes» (4.7.16).


La palabrería de Cade viene a sustituir cualquier transparencia en torno a su pasado o a cualquier compromiso serio con el cumplimiento de esta promesa en concreto, de aquella o de la de más allá. Lejos de exigir que mantenga su palabra, sus seguidores se sienten satisfechos con que vitupere todos los contratos: «¿No es una cosa lamentable que la piel de un inocente cordero se convierta en pergamino, y que el pergamino, una vez lleno de escritura, pueda arruinar a un hombre?» (4.2.72-75). El comentario sobre lo de «una vez lleno de escritura» es a la vez ridículo —⁠¿cómo, si no, iba a ser un documento legal?⁠— y taimado. Los pobres cuyas pasiones solivianta Cade se sienten excluidos, despreciados y vagamente avergonzados. Han sido dejados al margen de una economía que cada vez en mayor medida exige la posesión de una tecnología otrora esotérica: el conocimiento de la lectura y la escritura. No se imaginan que puedan llegar a dominar este nuevo arte, y su líder no propone en ningún momento que se preparen para recibir cualquier tipo de educación. No le convendría, desde luego, que “lo hicieran. Por el contrario, lo que hace es manipular el resentimiento que abrigan contra la gente culta.


El populacho prende inmediatamente a un escribano y presenta un grave cargo contra él: «Sabe leer, escribir y contar». De hecho, dicen sus acusadores, «lo hemos pillado haciendo modelos de escritura para los niños» (4.2.81), esto es, preparando una muestra, un ejercicio de escritura para que lo copien los escolares. Cade se encarga de llevar a cabo el interrogatorio: «¿Escribes tu nombre habitualmente o tienes un signo para firmar, como conviene a un hombre honrado de buenas intenciones?», le pregunta (4.2.92-93). Si el escribano hubiera sabido lo que le convenía, habría insistido en que era analfabeto y en que firmaba utilizando solo un signo o marca. En cambio, proclama orgullosamente su pericia: «Señor, gracias a Dios, he sido tan bien educado que puedo escribir mi nombre». «Ha confesado —⁠grita la multitud⁠—. ¡Que se lo lleven! Es un villano y un traidor». «Que se lo lleven, digo —⁠ordena Cade, que repite como el eco las demandas del populacho⁠—. Que se le ahorque, con su pluma y su tintero al cuello» (4.2.94-99).


Jack Cade añora la época en la que, como él dice, los niños jugaban al tejo «con las coronas francesas», el tiempo en el que Inglaterra aún no estaba «mutilada», como ahora, y no se veía en la necesidad de «ir con muletas» (4.2.145-150). Hasta que una pandilla de peleles llevó al país por el mal camino, señala, Inglaterra obligaba a sus enemigos a temblar ante su poderío, y ahora es preciso recuperar esa gloriosa arrogancia. Él promete hacer a Inglaterra otra vez grande. ¿Y cómo lo conseguirá? Está dispuesto a demostrárselo al pueblo de inmediato: atacando la educación y la cultura. La élite culta ha traicionado al pueblo. Está formada por un hatajo de traidores que serán llevados ante la justicia, y esa justicia será impartida no por jueces ni juristas, sino mediante la interacción del líder y su populacho. El tesorero inglés, lord Saye, «sabe hablar francés. […] Por tanto, es un traidor» (4.2.153). Es perfectamente lógico: «Los franceses son nuestros enemigos. […] Bien, entonces yo os pregunto: el que habla la lengua del enemigo ¿puede ser buen consejero? ¿Sí o no?». La muchedumbre ruge: «¡No y no! ¡Y, por tanto, queremos su cabeza!» (4.2.155-158).


“Cuando la chusma, tras romper las defensas de Londres, invade la ciudad y captura al propio lord Saye, Cade siente lo que es un triunfo total. Tiene en sus manos a la autoridad fiscal más alta del reino, al símbolo de la ciénaga que ha prometido drenar. (La metáfora que utiliza en realidad el demagogo para describir lo que pretende hacer es ligeramente más prosaica: «Que te enteres delante de las personas aquí congregadas —⁠afirma⁠— de que soy la escoba encargada de limpiar la Corte de inmundicia como tú» [4.7.27-28]). Mientras sus seguidores, entusiasmados, escuchan atentamente sus palabras, Cade enumera todos los cargos que imputa al prisionero. Acusa a lord Saye de haber hecho algo aún peor que entregar Normandía a los franceses:


Has corrompido muy traidoramente la juventud del reino al erigir una escuela de gramática; y, mientras que hasta hoy nuestros antepasados no habían tenido otros libros que la muesca y la tarja, eres la causa de que se haya usado la imprenta, y, en contra del rey, de su corona y de su dignidad, has hecho construir una fábrica de papel.


(4.7.28-33


 El delito más atroz de Saye ha sido fomentar el desarrollo de una ciudadanía culta, de unas personas capaces de leer libros. Y Cade cuenta con las pruebas que lo corroboran: «Te será probado en tu cara que tienes en tu compañía hombres que hablan habitualmente del nombre y del verbo y de otros vocablos abominables que ningún oído cristiano puede escuchar con paciencia» (4.7.33-36).


Por supuesto, se supone que encontraremos todo esto ridículo; la escena está precisamente planteada de manera burlesca, para que haga reír. Pero Shakespeare se dio cuenta de algo importantísimo: aunque la absurdidad de la retórica del demagogo era descaradamente obvia, la risa que pudiera provocar no disminuía ni por un instante la amenaza que representaba. Cade y sus seguidores no saldrán bien parados por el mero hecho de que la élite política tradicional y la totalidad de la sociedad culta los consideran una pandilla de burros.


Que el propio Cade se percata de cuál es la base de su poder lo indican los versos que siguen inmediatamente a las tonterías que dice sobre los “nombres y los verbos. En ellos acusa así a lord Saye:


Has nombrado a jueces de paz para que citasen ante ellos a pobres gentes a propósito de asuntos sobre los cuales no podían responder. Además, has hecho meter a esas pobres gentes en la cárcel y, como no sabían leer, las has mandado colgar, cuando por esa razón solamente habrían merecido vivir.


(4.7.36-41)


En cierto sentido, toda esa palabrería es una extensión de la basura que Cade ha venido propalando: resulta ridículo que insinúe que los delincuentes merecen ser perdonados simplemente por ser analfabetos. Pero la broma empieza a resultar pesada. La obra ha demostrado ya ampliamente que los personajes ricos y de noble cuna pueden librarse de ser juzgados por asesinato. Es más, el público de Shakespeare sabía muy bien que los tribunales de su época permitían privilegios como el llamado «beneficio del clero», una estratagema legal por la cual los individuos condenados a ser ejecutados por asesinato o por robo podían ser remitidos, en caso de que pudieran demostrar que sabían leer y escribir, a jurisdicciones que no preveían la pena de muerte. La acusación que hace Cade al afirmar que los que no sabían leer podían ser condenados a la horca es perfectamente acertada, y va dirigida contra todo un sistema legal que favorecía clarísimamente a la élite culta.


No es de extrañar, pues, que entre las clases bajas exista un profundísimo fondo de resentimiento del que Cade pretende sacar provecho, y tampoco es de extrañar que el ridículo y el desprecio que suscitan tanto él como sus seguidores no hagan sino intensificar ese resentimiento. «Aldeanos rebeldes, barro y espuma de Kent, señalados por las horcas —⁠brama el magistrado real sir Humphrey Stafford mientras se vuelve hacia la muchedumbre⁠—, deponed vuestras armas, retornad a vuestras aldeas, abandonad a este palurdo» (4.2.111-113). Llamarlos «barro y espuma» no viene más que a intensificar para la gente humilde el espectáculo ceremonioso de respeto que su líder les ofrece: «A vosotros es a los que hablo, buenas gentes —⁠les dice Cade⁠—, a vosotros, sobre los que espero reinar en tiempo futuro, porque soy el heredero legítimo de la Corona» (4.2.118-120). Una vez más, insiste en su grotesca mentira, y una “vez más vemos un intento de ponerla al descubierto por parte de las autoridades: «Villano, tu padre era un revocador y tú eres un esquilador», exclama furibundo Stafford. A lo que Cade replica: «Y Adán era un jardinero» (4.2.121-123).


Esta respuesta es algo más que una mera incongruencia. Las palabras de Cade hacen referencia a la consigna utilizada durante la rebelión de los campesinos de finales del siglo XIV: «Cuando Adán araba y Eva hilaba, ¿quién era caballero? [When Adam delved and Eve span, who was then the gentleman?]». El cabecilla de la revuelta de los campesinos, el cura revolucionario John Ball, explicaba el significado de aquel incendiario pareado suyo en los siguientes términos: «Desde el principio todos los hombres fueron creados iguales por naturaleza». Antes de que fuera sofocado su levantamiento, los rebeldes habían quemado los archivos judiciales, habían abierto las cárceles y habían matado a los funcionarios de la Corona.


Shakespeare traslada a la descripción que hace de la rebelión de Cade el temor y el odio suscitados entre la clase de los hacendados por la insurgencia de las clases más humildes. A los rebeldes campesinos los anima algo parecido a la visión sanguinaria que tenía el dictador camboyano Pol Pot: su objetivo es acabar no solo con los nobles de alta alcurnia, sino con toda la población culta del país. «Llaman orugas traidoras a todos los sabios, letrados, cortesanos y caballeros, y se proponen darles muerte» (4.4.35-36), comenta un testigo, aterrado. La gente sencilla ha sido explotada y esclavizada; ahora ha llegado el momento de que se adueñe de la libertad. «No dejaremos [ni] un lord [ni] un solo caballero». Tal es la espeluznante promesa que hace Cade. Y añade: «No respetéis más que a los que lleven calzado con clavos» (4.2.169-170), esto es, los que usan las botas claveteadas propias de los campesinos. Los pobres de las zonas rurales no se han unido a las masas urbanas rebeldes, pero los campesinos, como dice Cade, «esos son gentes honradas, laboriosas, y que, si se atreven, tomarán nuestro partido» (4.2.172). Son compañeros de viaje en la guerra emprendida por los ignorantes contra los cultos y, si tuvieran valor, aplaudirían la horripilante muerte que ordena dar a todos los que son tan bienhablados como lord Saye: «Andad, llevadlo, digo, y luego entrad en casa de su yerno, sir James Cromer, y cortadle la cabeza, y después traédmelas ambas sobre dos perchas» (4.7.99-101).


Cuando su orden es ejecutada y le traen las cabezas cortadas, Cade monta una escena de teatro político y de sadismo. «Hacedlos besarse el uno al otro, pues se amaban mucho cuando estaban vivos», ordena. Y a continuación añade, con el sarcasmo cruel que caracteriza perfectamente a los demagogos de este tipo: «Ahora separadlos de nuevo, no sea que se consulten para rendir aún otras ciudades de Francia» (4.7.119-122).


Cade aspira a convertirse en un tirano y, además, a hacerse rico: «El par más orgulloso del reino no conservará su cabeza sobre los hombros si no me paga tributo» (4.7.109-110). Por si fuera poco, se figura que va a tener derecho a acostarse con todas las mujeres que caigan en sus manos. Por un momento consigue convencer a sus seguidores de que emprendan una frenética campaña de destrucción. «¡Subid la calle del Pescado! ¡Descended por la esquina de San Magno! ¡Matad y rematad y arrojadlos al Támesis!» (4.8.1-2). Pero no tiene capacidad organizativa ni partido en el que apoyarse, y nosotros sabemos (aunque sus seguidores no lo sepan) que no es más que un títere en manos del siniestro York.


Cuando el momento está lo suficientemente maduro, utilizando la misma gramática parda que Cade y apelando a los sentimientos nacionalistas y a los sueños de pillaje, las autoridades de la Corona seducen al populacho para que abandone la rebelión y tome una dirección distinta: «¡A Francia, a Francia, y recuperad lo que habéis perdido!». Aislado y acorralado, Cade intenta huir para salvar la vida y maldice a todos los que hasta ese momento lo habían seguido:


No creí que rendiríais jamás las armas sin haber reconquistado vuestra antigua libertad, pero sois todos haraganes y cobardes y os sentís dichosos con vivir en la esclavitud de los nobles. ¡Que ellos os aplasten las espaldas con sus fardos! ¡Que desmantelen los techos de vuestras casas sobre vuestras cabezas! ¡Que rapten a vuestras mujeres e hijas en vuestras mismas caras!


(4.8.23-29)


Cuando volvemos a ver a Cade, es un fugitivo hambriento, que ha saltado la tapia de un jardín «para ver si puedo comer hierba o recoger una ensalada de aquí y de allá» (4.10.6-7). El dueño del jardín mata fácilmente al rebelde ya exhausto con su espada y se dispone a arrastrar su cadáver «hasta un muladar, que será tu tumba» (4.10.76).


“El rey Enrique exhala un suspiro de alivio, pero la noticia de la derrota de Cade va acompañada casi en ese mismo instante del anuncio de que York, apoyado por un ejército irlandés, avanza hacia el campamento real. York es lo bastante inteligente como para mantener en secreto sus intenciones hasta que tenga fuerza suficiente para actuar, pero en sus soliloquios pone de manifiesto que no piensa conformarse nada más que con la Corona. Lo que viene a continuación es una compleja maraña de acontecimientos, en los que se mezclan guerras en Francia con episodios de conjuras, traiciones y violencia en la propia Inglaterra. El resultado de todo ello es una guerra en toda regla entre las dos facciones, los partidarios de la rosa roja y los partidarios de la rosa blanca, esto es, los que apoyan a la casa de Lancaster y los que apoyan a la casa de York.


Los horrores de esta guerra vienen a ilustrar el fracaso de los valores más elementales —⁠el respeto del orden, la civilidad y la decencia humana⁠—, y ese fracaso viene a allanar el camino a la ascensión al poder del tirano. La semilla de esa catástrofe ya hemos podido verla en la disputa entre York y Somerset, en la que la discrepancia en torno a un oscuro asunto jurídico se convertía rápidamente en un auténtico bombardeo de insul“tos. La cólera se vio después intensificada por la aparición de la política de partidos y, a continuación, a través de los subterfugios de York, dio lugar al asesinato del duque Hunfredo y a la rebelión de Jack Cade. Pero la guerra civil permite levantar el velo que ocultaba esos subterfugios: las principales figuras políticas ya no ocultan sus ambiciones más profundas y dejan la ejecución de sus impulsos más sádicos en manos de sus subordinados. La complejidad bizantina de la trama a partir de este momento hace que la última pieza de la trilogía de Shakespeare resulte curiosamente difícil de representar, pero hay en ella varias cosas especialmente notables.


En primer lugar, el caos cada vez mayor hace que el resultado de la lucha por el poder sea completamente imprevisible. Cuando actuaba en la penumbra y hacía realidad sus deseos por medio de sustitutos como Cade, York nos había parecido casi invulnerable. Pero, una vez que quedan al descubierto sus planes —⁠de hecho, en un momento dado llega incluso a sentarse en el trono, aunque es obligado de inmediato a levantarse⁠—, tanto él como su familia se convierten en objetivo directo de la facción contraria. Sus enemigos captu“ran y matan a su hijo, de apenas doce años de edad. Poco después, cuando apresan al propio York, le regalan en tono de burla un pañuelo empapado en la sangre del muchacho. Luego se ríen de él y colocan sobre su cabeza una corona de papel antes de matarlo a puñaladas. Tal es la despiadada crueldad que él mismo ha contribuido a desencadenar y a legitimar, y tal es también la forma en que acaba el que pretendía convertirse en tirano.


En segundo lugar, el sueño de dominio absoluto no es el objetivo de un solo personaje; según la concepción política de la época, se trata de una ambición dinástica, de un asunto de familia. En unos tiempos en los que el poder pasaba de forma rutinaria de padres a hijos (concretamente, al primogénito o, a falta de hijos varones, a la hija mayor), era perfectamente lógico que los tiranos modelaran su figura a imagen y semejanza de los monarcas a los que pretendían desplazar y que intentaran asegurar el poder para sus herederos. Incluso en los sistemas democráticos, en los que la sucesión viene determinada por el voto de los ciudadanos, no hemos dejado atrás, ni mucho ni mucho menos, las ambiciones dinásticas; si acaso, da la impresión de que esa tendencia se haya intensificado en la política contemporánea. Además, ¿en quién puede confiar el tirano, siempre inseguro, más que en los miembros de su familia?


Pero el interés familiar no es sino un elemento más de la incesante confusión que describe Shakespeare. Esa confusión es también una consecuencia de la política de partidos, simbolizada aquí por la elección de la rosa blanca o la rosa roja. La muerte de York es un golpe significativo infligido a su facción, pero no pone fin, ni mucho menos, a la lucha desencadenada para acabar con el monarca legítimo. Los partidarios de la casa de York encuentran un nuevo candidato en Eduardo, hijo del difunto duque, y promueven sus pretensiones por todos los medios a su alcance.


En tercer lugar, el partido político decidido a hacerse con el poder a cualquier precio establece contactos secretos con el enemigo tradicional del país. La enemistad de Inglaterra con el reino situado al otro lado del canal de la Mancha —⁠atizada constantemente por la calenturienta palabrería patriótica en torno a la recuperación de los territorios perdidos en él y alentada por todo el dinero gastado y por toda la sangre derramada en el intento⁠— desaparece de repente. Los partidarios de la casa de York —⁠que, en la persona de Cade, habían pretendido que incluso hablar francés constituía un acto de traición⁠— entablan una serie de negociaciones secretas con Francia. Nominalmente, esas negociaciones pretenden poner fin a las hostilidades entre los dos países gracias a concertar un matrimonio dinástico, pero en realidad provienen, como observa cínicamente la reina Margarita, «de una trapacería engendrada por la necesidad» (3 Enrique VI 3.3.68). Para elevar al trono a Eduardo Plantagenet, los partidarios de la casa de York intentan ampliar el poder de su candidato. Eduardo todavía carece de fuerza para derrocar a Enrique, y su partido está dispuesto a sacar esa fuerza de donde sea, aunque eso signifique traicionar a su propio país. Poco importa que los partidarios de la casa de York hayan lamentado a todas horas la pérdida de tantos territorios a manos de sus odiados rivales, los franceses, y que hayan culpado de ello categóricamente a Enrique. Ahora, de repente, los partidarios de los York se presentan aparentemente «con toda amistad y todo sincero afecto» (3.3.51) ante sus enemigos. Patriotas ardientes como Talbot se muestran completamente “ingenuos, hasta el punto de creer que la lealtad a la nación puede más que los intereses personales. La cínica reina Margarita, que está perfectamente al tanto de la realidad, entiende bien lo que pasa y comenta: «¿Cómo los tiranos pueden gobernar en su país con seguridad si no compran grandes alianzas en el extranjero?» (3.3.69-70).


En cuarto lugar, el gobernante legítimo y moderado no puede contar con el agradecimiento ni con el apoyo del pueblo. En la caótica batalla campal en la que se halla sumido el reino, esa flagrante traición a los principios no suscita mayor indignación. Lo que en otro tiempo habría podido dar lugar acaso a acusaciones de traición es aceptado sencillamente como una cosa natural. Y, del mismo modo que ya no existen los castigos por alta traición que habría cabido presumir, tampoco existen las recompensas a la virtud que habría cabido esperar. Quizá esas esperanzas no fueran más que una ilusión: un gobernante como es debido no habría debido contar nunca con la gratitud del pueblo. Eso ya había quedado demostrado durante la rebelión de Cade, pero viene a ponerse de manifiesto de nuevo, de forma todavía más fatal “en el momento culminante de la guerra civil. Justo antes de su caída definitiva, Enrique expresa su confianza en que sus súbditos lo apoyarán porque siempre ha sido un rey razonablemente justo, atento y moderado. La afirmación tiene mucho de cierto; el error, el error fatal, está en pensar que eso le garantizará un apoyo popular indudable. Para tranquilizarse, Enrique dice:


No he cerrado mis oídos a sus demandas, no he diferido sus requerimientos por medio de lentos aplazamientos, mi piedad ha sido un bálsamo para curar sus heridas, mi dulzura ha sabido apaciguar la tempestad de sus dolores, mi clemencia ha secado sus lágrimas. No he ambicionado su fortuna, no los he abrumado mucho con pesados subsidios, no he buscado la venganza, aunque han errado grandemente. ¿Por qué, pues, iban a amar más a Eduardo que a mí?


(4.8.7-15)


Pero, cuando llega la hora de la verdad, en la batalla que decide si finalmente la casa de York logrará por fin hacerse con el poder, no se produce una oleada de apoyo popular en favor del virtuoso Enrique. Primero, su hijo y heredero es capturado y asesinado a puñaladas por los hijos de York, y luego le llega a él el turno de morir a manos de Ricardo, duque de Gloucester, el más despiadado de los descendientes de York. El líder de la facción de York, Eduardo Plantagenet, sube al trono.


Y, en quinto y último lugar, puede que la aparente restauración del orden después de todo este caos no sea más que una ilusión. Deseoso de «invertir el tiempo en suntuosos regocijos, en alegres representaciones teatrales» (5.7.42-43), Eduardo es un personaje más moderado que su padre, el duque de York, pues no está tan dominado por las fantasías de poder absoluto de este. Para devolver al país una apariencia de normalidad, de gobierno legítimo, espera conseguir una especie de olvido colectivo de la pesadilla de la que acaba de despertarse todo el mundo. Sumido en ese espíritu de amnesia, califica de «amarga preocupación» la carnicería que su partido ha causado. Y afirma alegremente que todas las amenazas se han esfumado: «Así hemos barrido lejos de nuestro trono todo motivo de temor y nos hemos proporcionado la seguridad como plataforma» (5.7.13-14).


Según afirma el nuevo rey al final de la obra, todo parece felizmente arreglado: «Espero, pues, que principie aquí para nosotros una era de permanente alegría» (5.7.46). Pero, al término de la trilogía de Shakespeare sobre la guerra de las Dos Rosas, el público sabe muy bien que esa alegría no será duradera. Eduardo debe en gran medida la victoria de su partido y, por tanto, su trono a sus enérgicos hermanos, Jorge, duque de Clarence, y Ricardo, duque de Gloucester. A decir verdad, durante la guerra civil Jorge vaciló en un momento dado y se puso brevemente de parte de los Lancaster, pero no tardó en volver a luchar por la causa de la casa de York. Ricardo no vaciló nunca, y fue él el que asesinó a Enrique VI. Pero, mientras el monarca moría desangrado a sus pies, Ricardo dejó bien claro que al único al que guardaba fidelidad era a sí mismo. «No tengo hermano —⁠afirma⁠—. Yo soy único» (5.6.80-83). Un nuevo tirano aguarda entre bastidores.


 

viernes, 20 de marzo de 2026

Stephen Greenblatt - EL TIRANO -- Shakespeare y la política (Parte 2 )

 DOS


POLÍTICA DE PARTIDOS


 


En una trilogía de fecha muy temprana, posiblemente escrita en colaboración con otros autores, Shakespeare había seguido la tortuosa senda que lleva de la política habitual a la tiranía. Las tres partes en las que está dividida su Tragedia del rey Enrique VI están actualmente entre sus obras menos conocidas, pero fueron las primeras en hacerlo famoso y siguen demostrando una gran perspicacia en lo que se refiere a las maneras que tiene una sociedad de madurar para acoger a un déspota.


El punto de partida es la debilidad existente en el corazón mismo del reino. Enrique VI es todavía un joven inexperto, que ha accedido al trono a raíz de la muerte prematura de su padre, y el Estado es administrado por un lord protector, su tío Hunfredo, duque de Gloucester. Aunque el regente está desinteresadamente comprometido con el servicio público, su poder se halla rigurosamente limitado, aparte de que está rodeado por un grupo de diversos nobles brutales y egoístas. Cuando estos se quejan de que el monarca no es más que un niño, el protector del reino los interrumpe y pone de manifiesto que la suya es una nostalgia postiza. Lo cierto es, dice, que ellos preferirían a un príncipe débil «a quien, como a un colegial, podáis dominar» (1 Enrique VI 1.1.36). El vacío de poder que existe en el corazón mismo del Estado da a los rivales espacio para maniobrar y conspirar unos contra otros. Pero esa rivalidad partidista tiene sus consecuencias: no se consigue hacer nada por el bien común y, como enseguida veremos, las facciones van radicalizándose hasta crear enemigos mortales.


En un jardín anexo a los edificios que albergan la escuela de leyes de Londres, dos poderosos nobles, el duque de York y el duque de Somerset, discuten sobre la interpretación de una cuestión de derecho. Apelan a los asistentes al debate para que actúen como de jueces de la disputa, pero, haciendo gala de prudencia, ninguno de los presentes se atreve a intervenir. La obra no ofrece el menor detalle en lo concerniente al asunto jurídico en torno al cual gira la disputa; quizá Shakespeare pensara que, al fin y al cabo, no era demasiado importante. Lo que importaba realmente era la falta de predisposición de una y otra parte a llegar a un compromiso, la certeza belicosa que tenía cada una de ellas de que su postura y solo su postura era la única posible. «La verdad aparece tan desnuda de mi parte que cualquier ciego puede verla», afirma York. «Y de mi lado —⁠replica Somerset⁠— aparece tan bien ataviada, tan clara, tan brillante, tan evidente, que iluminaría los ojos de un ciego» (2.4.20-24). Todo es o negro o blanco. No se admite en ningún momento que pueda haber una zona gris; imposible reconocer que una persona razonable pueda discrepar de tales presupuestos. Cada uno piensa que solo puede deberse a pura maldad no reconocer algo que es tan indiscutiblemente «evidente».


Al verse en un callejón sin salida, ambos bandos carecen incluso de la más mínima inclinación a dar un paso hacia la reconciliación. Antes bien, lo que Shakespeare describe es la senda hacia un conflicto que va más allá de esos dos individuos y de sus subordinados para adentrarse en un terreno mucho más vasto. «Que el que sea un caballero verdaderamente bien nacido y se apoye en el honor de su nacimiento, si supone que he defendido la verdad —⁠proclama York⁠—, recoja conmigo “una rosa blanca de estos zarzales». «Que el que no sea ni un cobarde ni un adulador, pero que tenga el valor de sostener el partido de la verdad, recoja conmigo una rosa roja de espinoso tallo», replica Somerset (2.4.27-33). A los presentes ya no les es posible permanecer neutrales, como habían hecho en un primer momento. Tienen que escoger.


El York y el Somerset históricos habían sido poderosos señores feudales que tenían ejércitos privados y ejercían un control efectivo sobre determinadas regiones de la isla de Gran Bretaña. La obra habría podido presentárnoslos de una forma que nos recordara a los señores de la guerra del Afganistán de nuestros días. Pero, por el contrario, Shakespeare nos invita, de hecho, a observar la invención de los partidos políticos y la transformación de unos aristócratas rivales en enemigos políticos. El autor no concibe esas facciones exactamente en los mismos términos que las concebimos nosotros: en el sistema parlamentario de su “época no había nada que se correspondiera con las estructuras organizativas de partido que se desarrollarían posteriormente en Inglaterra y en otros países. Lo que nos muestra, sin embargo, nos es curiosamente familiar. Las dos rosas sirven como emblemas de dos partidos distintos; designan a dos bandos contrapuestos. Con una extraña inmediatez, la discusión de carácter legal (fuera la que fuera) da paso a una adhesión ciega a la facción blanca o a la roja.


Cabe imaginar que los partidos políticos, por el hecho de ser grandes conglomerados de personas distintas, pudieran esquivar la hostilidad de sus líderes y fomentar el compromiso. Pero aquí ocurre todo lo contrario: en cuanto surgen las distintas filiaciones partidistas, el nivel de cólera de cada individuo parece dispararse. «Y ahora, Somerset, ¿dónde están vuestros argumentos?», pregunta York, a lo que Somerset responde que están «aquí, dentro de mi vaina, donde meditan si se teñirá de rojo sangriento vuestra rosa blanca». York se muestra análogamente furibundo: «Pues, por mi alma, esta pálida y colérica rosa, como demostración de mi odio inextinguible, siempre la llevaremos yo y mi partido» (2.4.59-109).


“Al comienzo de la escena, cuando es invitado a dar su opinión a favor de un argumento legal u otro, el conde de Warwick se abstiene de hacerlo. Puede que tenga cierta idea acerca de perros y gavilanes, asegura afablemente, pero en cuestiones tan técnicas —⁠«sutiles y alambicadas agudezas de la ley» (2.4.17)⁠— reconoce no saber más que una corneja, ave proverbialmente estúpida. Al final de la escena, tras la formación de los partidos, su moderación ha desaparecido: ha arrancado la rosa blanca y está sediento de sangre. Y profetiza:


Esta querella de hoy, que ha acrecido esta facción hasta el jardín del Temple, enviará, tanto de la rosa roja y como de la rosa blanca, a millares de almas a la muerte y a la noche eterna.


(2.4.124-128)


La oscura disputa legal básicamente no ha variado, no ha surgido ninguna nueva ocasión para el debate y no parece que haya ninguna causa subyacente, como, por ejemplo, la codicia o la envidia. Pero da la sensación de que la furia partidista tiene vida propia. De repente parece que el ánimo de todo el mundo se desborde con una agresividad potencialmente asesina. Es como si, en ausencia de la figura hegemónica del rey, los emblemas puramente convencionales y sin sentido precipitaran una oleada de solidaridad y de odio grupal.


Ese odio es una parte importante del proceso que conduce a una ruptura social y, en último término, a la tiranía. Hace que la voz, incluso el propio pensamiento, del adversario resulte insoportable. Estás conmigo o contra mí. Y, si no estás conmigo, te aborrezco y quiero destruirte, a ti y a todos tus seguidores. Cada partido, como es natural, busca el poder, pero la propia búsqueda del poder se convierte en una expresión de ira: deseo el poder para aplastarte. La ira genera insultos, y los insultos generan acciones atroces, y las acciones atroces, a su vez, aumentan la intensidad de la ira. Comienza a desarrollarse una espiral de violencia que escapa a todo control.


No todo se viene abajo de golpe. Todavía sigue en pie cierto orden social. Aunque acorralado, el duque Hunfredo sigue ostentando el mando. Y, mientras tanto, el rey niño, del cual hace las veces de protector, crece y se convierte en un joven capaz de percibir el peligroso problema creado por los partidos en liza y está deseoso de alzar la voz: “«La discordia civil es una víbora que muerde las entrañas de la sociedad» (3.1.72-73). Su observación es a todas luces cierta, pero, por desgracia, sus palabras se parecen más a las de un pomposo moralista que a las de un rey. Enrique no posee ninguno de los rasgos que se necesitarían —⁠carisma, astucia o severidad⁠— para reprimir a las facciones enzarzadas en una lucha tan cruel.


La debilidad reinante en el centro del poder es una provocación. Despreciando altaneramente la «gobernación de sabihondo» del joven monarca (2 Enrique VI 1.1.256), York maniobra para mejorar su posición frente a sus enemigos. Empieza a contemplar secretamente la idea de adueñarse de la corona y tiene la impresión de que los demás deben abrigar la misma idea. Para ascender al trono, tendrá que acabar con todos sus potenciales adversarios. Mientras tanto, en su sincero intento de apaciguar a sus díscolos nobles, Enrique consigue que escenifiquen una ceremonia de reconciliación. Su enemistad, afirma, lo hiere como si fuera la obra de un «cerebro enfermo»; no tiene sentido que los nobles se peleen «por una causa tan ligera y tan frívola» (1 Enrique VI 4.1.111-112) y se aferren de manera tan brutal a “emblemas como las dos rosas. Pero el monarca es demasiado débil para producir otra cosa más que una farsa vana de colaboración en la lucha contra Francia.


El problema radica en parte en la honestidad fundamental de Enrique. El monarca es incapaz de ver que Margarita, la hermosa noble francesa con la que ha contraído matrimonio en un intento de apuntalar las pretensiones de Inglaterra sobre sus territorios de ultramar, es una política cínica que mantiene una aventura amorosa con el arrogante marqués de Suffolk. El inocente joven monarca apela al carácter dulce y razonable y a los valores morales básicos a los que cree que todos, tanto hombres como mujeres, estarán dispuestos a obedecer.


Aunque apenas ha alcanzado la edad adulta, el rey ve en los irracionales cabecillas de las facciones poco más que una serie de niños malcriados y egoístas cuyas feroces luchas partidistas son una distracción perversa de los asuntos que realmente importan.


Su noble desprecio por sus disputas es perfectamente comprensible, pero no hace más que empeorar las cosas. A la hora de hacer los nombramientos clave —⁠por ejemplo, ¿quién debía ser nombrado regente de los territorios que los ingleses seguían poseyendo en Francia?⁠—, Enrique “manifiesta su indiferencia: «Por mi parte, nobles lores, poco me importa escoger entre vosotros: o Somerset o York, me da igual» (2 Enrique VI 1.3.100-101). Pero ese desapego no hace más que crear un nuevo espacio para el agravamiento de la rivalidad. Más le habría valido a Enrique haber expresado una preferencia o haber comprendido con más claridad el peligro que fermentaba bajo la superficie de las instituciones a la cabeza de las cuales estaba.


El único baluarte firme frente al caos inminente es el duque Hunfredo, el lord protector. Pero, como por lo demás sería previsible, una camarilla de cínicos operarios, tanto en los círculos eclesiásticos como en el séquito real, conspira para derribarlo. Acusado falsamente de traición, Hunfredo intenta alertar al rey. Si su destrucción marcara el fin de las tramas de sus enemigos, dice a Enrique, estaría dispuesto a dar su vida. «Pero mi muerte —⁠advierte⁠— no es más que el prólogo de su obra, pues miles de hombres, que no sospechan todavía ningún peligro, no terminarán con sus muertes la “tragedia que [estos] han preparado» (3.1.151-153).


Enrique escucha la advertencia, pero es incapaz de salvar a su principal consejero y amigo. El falaz Suffolk afirma en el Parlamento que el honrado protector está «lleno de profunda duplicidad». El sanguinario cardenal Beaufort lo acusa falsamente de haber «inventado géneros de muerte singulares para el castigo de los pequeños delitos» (3.1.57-59). El mercenario York le imputa graves actos de corrupción. Buckingham comenta desdeñosamente que «eso no son más que miserables pecadillos» comparados con los delitos todavía desconocidos que no tardarán en salir a la luz. La reina adúltera, la taimada y sádica Margarita, llama al duque Hunfredo «perdedor» (3.1.182). El rey no cree tales acusaciones —⁠«Mi conciencia me dice que sois inocente» (3.1.141)⁠—, pero no tiene poder para destruir las trampas puestas por sus enemigos que van surgiendo una tras otra. Cuando se llevan de la sala al protector rodeado de esbirros para que responda de los cargos que se le imputan, Enrique abandona el Parlamento lleno de desesperación «con ojos nublados por mi llanto, pero no puedo hacerle ningún bien» (3.1.218).


Los enemigos del duque Hunfredo se odian unos a otros en secreto, pero al menos están de acuerdo en una cosa: todos desean quitar de en medio a ese único personaje honrado: «Veo en tu rostro el honor, la fidelidad, la lealtad» (3.1.203), dice de él Enrique. Como saben que los cargos que le imputan son falsos y como temen que el ardiente apoyo del monarca dificulte amañar una sentencia condenatoria a falta de pruebas reales, deciden que es preciso asesinarlo. Aunque son un hatajo de cínicos despiadados, no pueden admitir abiertamente, ni siquiera en la intimidad de su pequeña camarilla, que el motivo de que pretendan eliminar al lord protector es promover los fines particulares que cada uno persigue. Por el contrario, aseguran que lo que les interesa es el bien del Estado y la salvaguardia del rey, ingenuo y confiado. Enrique está «lleno de infantil compasión» (3.1.225), se lamenta la pérfida reina, y, por tanto, es incapaz de ver la perfidia del duque Hunfredo. Permitirle que desempeñe el cargo de lord protector, añade el codicioso York, es como poner a un águila famélica entre las gallinas para preservarlas del milano voraz. Según postula Suffolk, sería como hacer del zorro el guardián del rebaño “El solo hecho de que este zorro en concreto no haya causado todavía ningún daño no significa que no sea un «astuto matador». Por consiguiente, debe ser eliminado de forma artera «antes de haber teñido sus mandíbulas de carne carmesí» (3.1.254-260).


Estos políticos de altísimo nivel se dedican a jugar a un juego muy curioso. Ninguno de los integrantes del grupo cree ni por un momento que sea preciso asesinar al duque Hunfredo para proteger al rey o salvar al Estado. Todas las palabras que pronuncian son mentiras, y lo único que hacen todos los implicados en la trama es proyectar sobre su víctima el principal vicio que caracteriza a cada uno de ellos. Pero, puesto que no están en público, como de hecho es el caso, ¿por qué no dicen simplemente lo que pretenden?


Las respuestas posibles son varias. En primer lugar, todos ellos son políticos y, por ende, deshonestos por naturaleza; la palabra «político», para Shakespeare, era prácticamente sinónimo de hipócrita. («Ponte anteojos, y, como un politicastro rastrero, aparenta ver lo que no ves» [El rey Lear 4.6.164-166]). En segundo lugar, desconfían unos de otros y no saben lo que acaso se dirá luego fuera de la sala en la que están hablando en ese momento. En tercer lugar, cada uno abriga la esperanza secreta de que sus mentiras y solo las suyas sean capaces de engañar a los demás. En cuarto lugar, fingir que son virtuosos, aunque saben que no lo son, los hace sentirse mejor. Y, en quinto y último lugar, observan con cautela si alguno de ellos expresa la más mínima reserva respecto a la trama que han urdido o revela cualquier indicio que pueda dar lugar a su descubrimiento. Lo que desean es que todos estén en el mismo barco.


Cuando al fin queda claro que ninguno tiene la menor reserva, el frívolo cardenal Beaufort se encarga de tomar las medidas necesarias. «Dadme vuestro consentimiento, decidíos con claridad —⁠dice cuando solicita por última vez el beneplácito de todos⁠—, y yo me encargo de encontrarle su ejecutor». Y a continuación añade la típica nota fraudulenta de lealtad: «Tan cara me es la seguridad de mi soberano» (2 Enrique VI 3.1.275-277). Una vez que todos manifiestan su aprobación, el cardenal hace lo que ha prometido: el duque Hunfredo es quitado de en medio de inmediato, estrangulado en el lecho por los asesinos contratados por el prelado.


A pesar de todas sus precauciones, los conspiradores no consiguen ocultar su crimen. La escena ha sido montada cuidadosamente para que parezca que la víctima ha fallecido por causas naturales, pero el estado de su cadáver indica lo contrario. Warwick observa:


Ved, su cara está negra y llena de sangre, sus ojos se salen de sus órbitas más que cuando estaba vivo, están vivos y feroces, como los de un hombre estrangulado, sus cabellos, erizados, las fosas de la nariz se le han abierto más con los esfuerzos de la lucha, sus manos están extendidas en el espacio como las de uno que ha apretado fuertemente a alguien, ha disputado su vida y ha sido vencido por la fuerza. […]


No se puede negar que ha sido asesinado aquí.


(3.2.168-177)


El rey está desolado, y el pueblo llano, que siempre ha amado al honrado duque Hunfredo, exige airadamente que los presumibles autores del asesinato, Suffolk y el cardenal Beaufort, sean castigados. A pesar de las súplicas de la reina, el rey destierra a Suffolk —⁠que acaba perdiendo la vida “en alta mar a manos de unos piratas⁠— y el cardenal cae enfermo y muere mientras vitupera lleno de rabia al hombre cuyo asesinato había ordenado.


Pero el daño ya está hecho, y el Estado se tambalea. Aunque Suffolk y el cardenal sean los que más hablan, la fuerza que se oculta tácitamente detrás del asesinato del lord protector es el ambicioso York: «Mi cerebro, más activo que la araña laboriosa, se afana en tejer telas para atrapar a mis enemigos» (3.1.339-340). Descendiente del rey Eduardo III, York ocupa el puesto más alto en la jerarquía de la nobleza y se enorgullece de la sangre real que corre por sus venas. Pero es precisamente ese individuo obsesionado con el rango y el honor —⁠enumera prolijamente los integrantes de su linaje con tedioso detalle⁠— el que, en su afán de promover su causa, introduce un nuevo elemento en la lucha política entre la rosa roja y la rosa blanca.


Hasta ese momento, a mitad de la trilogía de Enrique VI, apenas se ha vislumbrado a los que están en la parte inferior de la escala social. La política ha sido casi en su totalidad cosa de los miembros de “a élite, que maniobran unos contra otros, “mientras que la masa anónima de mensajeros, criados, soldados, guardias, artesanos y campesinos permanece en la sombra. Ahora, de repente y de forma inesperada, los personajes del drama cambian por completo: York ve la ocasión de forjar una alianza con las clases bajas más miserables, despreciadas e ignorantes, y la aprovecha. Y nos enteramos de que los pobres, invisibles y silenciosos hasta este momento, están llenos de ira. La lucha de partidos hace uso cínicamente de la lucha de clases. El objetivo es desencadenar un caos que cree el marco idóneo para la toma del poder por parte del tirano.