lunes, 31 de agosto de 2026

¿Arturo Cova heterónimo?: digestión luso-brasileña y palinodia modernista en la obra de José Eustasio Rivera (Jorge Uribe)

 Este  artículo  analiza  la  relación  de  José  Eustasio  Rivera  con  la  literatura  en  lengua  portuguesa,  en  particular sus lecturas y aproximaciones a autores portugueses en su obra L a  Vo rág in e. Se relacionan los libros que forman parte de los  vestigios  de  su  biblioteca  personal,  sus  interacciones  con  intelectuales lusófonos y su interés en trazar un diálogo cultural a los dos lados de la línea de Tordesillas. Así mismo, se examina el estatuto  de  autoría  de  Arturo  Cova.  Por  último,  se  propone  una  revisión  de  la  etiqueta  “modernista”  para  referirse  a  distintos  momentos o particularidades de la producción artística riveriana, buscando  trascender  fronteras  lingüísticas  y  de  la  historiografía  literaria, y obedeciendo a una motivación cosmopolita.

Rivera y la lengua portuguesa: coordenadas para un mapa transfronterizo


La visión frenética del naufragio me sacudió vigorosamente con una ráfaga de belleza. El espectáculo fue magnífico. [...] ¡Bello morir el de aquellos hombres, cuya existencia apagóse súbitamente, como una brasa entre las espumas, al través de las cuales subió el espíritu haciéndolas hervir con rumor de júbilo! (Rivera, 2024, p. 124).O,  entonces,  Rivera  recupera  el  antiguo  tema  de  Lucrecio,  en  el  que  es  “suave”  o  sublime  el  sentimiento  de  quien  contempla  la  desgracia  ajena  y  encuentra  en  ella  el  placer  de  no  sentirla.  De  no  haber  leído  ese  tropo  en  el  romano,  es  muy  posible  que  lo  haya  notado en el poema “Suave Mari Magnum” de Machado de Assis.33La facultad de médium de la naturaleza ya no permite la escritura de decimonónicos “panoramas sentimentales”, y el ejercicio de crítica poética  se  presenta  como  una  instancia  de  desdoblamiento:  “En  breves  minutos  volví  a  vivir  mis  años  pretéritos,  como  espectador  de mi propia vida” (Rivera, 2024, p. 189). Los lectores de La Vorágineno pueden leer de manera directa la poesía primitiva de Cova, pero 33    Cabe recordar aquí que, en 1914, el poeta Guillermo Valencia incluyó en su libro Ritosuna  traducción  del  poema  “La  mosca  azul“,  extraído  del  mismo  libro  de  Machado  de  Assis: Ocidentais.Imagen 4. Poema “Suave Mari Magnum”Fuente: Fondo Rivera, Biblioteca Mariano Valenzuela, PUJ, Bogotá;https://goo.su/dsAzRz.

Como lo afirma Álvaro Pineda  (1999,  p.  496),  la  narrativa  de  Cova  contiene  implícita  una  parodia  de  Valencia  y  de  Silva,  y  también  es  autoirónica  del  poeta  que la escribe, es decir, de Cova. Pero su grado más alto de intensidad poética  se  revela  en  la  transformación  del  sonetista  Rivera,  quien  vive la experiencia sacrificial en persona de otro, improvisándose una psicología imposible y rindiéndose al ansia de salir de sí para escribir La Vo rág in e de Cova.En los términos que sugiero aquí, La Vorágine realiza la palinodia de  un  estilo  literario  asociado  a  un  pasado,  que  Rivera  ensayaría  y  perfeccionaría en Tierra de promisión, aun si este le había merecido reconocimiento  entre  sus  contemporáneos.  Rivera  construye  un  discurso  implícito  de  superación  de  motivos  comunes  a  la  poesía  de  Darío,  insignias  de  un  modernismo  hispanoamericano  que  la  historiografía  literaria  con  frecuencia,  aunque  no  sin  polémica,  da  por concluido entre 1910 y 1916 (Oviedo, 1997, p. 221).Como Fradique y las filiaciones ideológicas de Eça de Queirós, la autobiografía de artista de Arturo Cova es un reflejo distorsionado de la vida-escritura de Rivera que posibilita una segunda obra a costa de  la  recusación  de  la  primera.  Todavía,  La  Vorágine  también  es,  y  he  aquí  un  trazo  radicalmente  moderno  en  sentido  cervantino,  la  materialización del objeto de ficción libro que desafía las fronteras de su objetivación, proponiendo una mise en abime del sujeto que enuncia y que es fuente y producto del lenguaje, remarcando la frontera entre realidad  y  ficción,  al  mejor  estilo  de  Machado  de  Assis  (cf.  Barros  Baptista,  2003).  El  símbolo  de  esta  dinámica  de  contaminación  de  planos  de  existencia,  aprendida  del  Barroco  y  del  teatro,  se  hace  explícito  con  las  fotografías  incluidas  en  la  primera  edición  de  la  novela, en particular con aquella en la que Rivera propone su propio rostro  como  figuración  de  Cova,  junto  a  la  respectiva  leyenda  (cf.  Bernucci, 2020, pp. 215-216).

Con La Vorágine, y principalmente con la concepción literaria de su a lt er-ego, Rivera recorre un camino que trasciende las búsquedas estilísticas  del  movimiento  modernista  hispanoamericano,  dejando  atrás a Martí, Darío y Rodó, para alcanzar, en 1924, un nuevo artificio que ensaya la transformación del estatuto autoral y se adelanta en el tiempo a los juegos de figuración que Fernando Pessoa convertiría en el punto más revolucionario de su poética modernista.En  1924,  Pessoa  publicó  un  libro  de  odas  de  Ricardo  Reis,  en  la  revista  modernista-filoclásica  Athena;  y,  en  1925,  al  maestro  Alberto Caeiro. En 1928, Pessoa explicaría a su naciente fanaticada las  condiciones  de  producción  creativa  de  las  criaturas  que  desde  entonces se hizo costumbre llamar heterónimos:O  que  Fernando  Pessoa  escreve  pertence  a  duas  categorias  de  obras,  a  que  poderemos  chamar  ortónimas  e  heterónimas.  Não  se  poderá  dizer  que  são  autónimas  e  pseudónimas,  porque  deveras  o  não  são.  A  obra  pseudónima  é  do autor em sua pessoa, salvo no nome que assina; a heterónima é do autor fora da sua pessoa, é de uma individualidade completa fabricada por ele, como o  seriam  os  dizeres  de  qualquer  personagem  de  qualquer  drama  seu  (Pessoa,  1928, p. 10; énfasis añadido).

La   trayectoria   del   desdoblamiento   hacia   una   instancia   de   enunciación  que  cristaliza  el  ansia  de  salir  de  sí  está  en  el  centro  del  sistema.  Dicho  sistema  requiere  que  aquello  que  pudiera  ser  entendido  como  engaño  o  falsificación,  sea  visto  como  diferencia,  variación y enriquecimiento. Los poetas son acuñadores de monedasque, si en su origen no son verdaderas, extraen su valor de quienes las reciben y las usan.34 La naturaleza expansiva en términos de planos de  realidad  es  propia  del  proyecto  heteronímico,  como  se  declara  líneas más adelante, refiriéndose a la futura publicación de los libros de Reis, Campos y Caeiro:As obras destes três poetas formam, como se disse, um conjunto dramático; e está  devidamente  estudada  a  entreação  intelectual  das  personalidades,  assim  como  as  suas  próprias  relações  pessoais.  Tudo isto constará de biografias a fazer,  acompanhadas,  quando  se  publiquem,  de  horóscopos  e,  talvez,  de  fotografias. É um drama em gente, em vez de em atos (Pessoa, 1928, p. 10).Pessoa  no  cumplió  su  propósito  de  producir  las  fotografías  de  los  heterónimos, pero no cabe duda de que, de haberlo hecho, estas vendrían con una leyenda análoga a aquella fingida por Rivera para Cova.Si  Rivera  se  sintió  forzado  a  retractarse  de  lo  osado  de  su  innovación de 1924, retirando la leyenda en la segunda edición, y las fotografías en 1928 (Páramo et  al., 2024, p. 11), mientras expurgaba los endecasílabos y alejandrinos de Cova, habrá sido porque, en su conflicto interno, el escritor cívico con propósitos de transformación social  habló  más  fuerte  o  con  más  miedo  que  el  autocomplaciente  creador. Algunos poetas pueden tener más recelo que otros ante la posibilidad de ser confundidos con los “acuñadores de las monedas” (Rivera, 2024, p. 28).En  cualquier  caso,  en  1888,  a  los  dos  lados  de  la  imaginaria  línea  de  Tordesillas  y  a  miles  de  kilómetros  de  distancia,  nacieron  José Eustasio Rivera y Fernando Pessoa. Ambos fueron dos notables modernistas,  en  un  sentido  del  término  que  comparten  con  Franz  Kafka, James Joyce, Virginia Woolf y Thomas Mann. Tal vez desde esta comprensión del modernismo de Rivera sea posible leer un día 34     Véase el texto “A origen do conto do vigario”: https://n9.cl/vbqo97.

¿La  Vorágine  en  una  misma  línea  de  imbricaciones  de  artificialidad  y experimentación literaria, junto a la otra gran novela de la selva latinoamericana: Macunaíma  (1928)   ReferenciasAlonso,  C.  (2024).  Poiesis,  naturaleza  y  vanguardia:  Tierra de promisión  y  La vorágine. En J. L. French y F. Martínez Pinzón (Eds.), La vorágine:centenario  de  un  clásico  latinoamericano.  Textos  críticos  (1988-2024)(pp.  41-50).  Universidad  de  los  Andes,  Universidad  del  Rosario,  Universidad  EAFIT,  Escuela  Superior  de  Administración  Pública  (ESAP).Anderson, B. (1991). Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo (E. L. Suárez, Trad.). FCE.Andrade,  M.  (2017).  Primero  de  Mayo  y  otros  cuentos.  Universidad  de  los  Andes.Barros Baptista, A. (2003). Autobibliografias. Solicitação do livro na ficção de Machado de Assis. Unicamp.Bernucci, L. M. (2020). Un paraíso sospechoso. La vorágine de José Eustasio Rivera: novela e historia. Pontificia Universidad Javeriana. https://doi.org/10.11144/Javeriana.9789587814675.Bernucci,  L.  M.  (2024).  La  recepción  crítica  de  la  obra  de  José  Eustasio  Rivera  en  Brasil.  En  J.  L.  French  y  F.  Martínez  Pinzón  (Eds.),  La  vorágine:  centenario  de  un  clásico  latinoamericano.  Textos  críticos  (19 8 8 -2 02 4) (pp. 353-370). Universidad de los Andes, Universidad del Rosario, Universidad EAFIT, ESAP.Borges, J. L. (1985). Prólogo. En J. M. Eça de Queiroz, El mandarín (s. p.). Hyspamérica.Campos, Á. de (1927). Ambiente. Presença, (5), 3. https://goo.su/pTAbF7e.Campos,  Á.  de  (1931).  Notas  para  a  recordação  do  meu  mestre  Caeiro.  Presença, (30), 11-15. https://n9.cl/6asd3.Casanova,  P.  (2001).  La  república  mundial  de  las  letras  (J.  Zulaika,  Trad.).  Anagrama.

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jueves, 23 de julio de 2026

HACIA UNA CIENCIA DEL ARTE POETICO (ROMAN JAKOSSON)

 Era la época de los jóvenes experimentadores en las artes y en loa ciencias. En el curso del invierno /914-/9/5. algunos estudiantes fundaron el Círculo Lingüístico de Moscú bajo los auspicios de la Academia de Ciencias; dicho círculo se dedicaba a promover la lingüística y la poética. como lo decía el programa que sus organi- zadores sometieron al secretario de la Academia. el célebre lingüista Shajnxuoo. A la iniciativa de O. Brik, apoyado por un grupo de jóvenes investigadores, debemos la publicación de la primera anto- logía colectiva de estudios sobre la teoría del lenguaje poético (Pe troqrado, /9/6) Y luego, a comienzos de /9/7, la formación de la nueva Sociedad de estudio del lenguaje poético. que será designada más tarde con la abreviatura Opoiaz y que colaborará estrechamente con el Círculo de Moscú.

 El aspecto lingüístico de la poesía fue puesto deliberadamente de relieve en todas estas empresas. En esa época comenzaban a abrirse nuevos caminos en la investigación de la lengua; el lenguaje de la poesía es el que se prestaba más para ello porque este dominio, descuidado por la lingüística tradicional. permitía salirsede las huellas de los neogramáticos y además, porque la relación entre medios y fines, así como del todo con las partes, o sea entre las leyes estruc turales y el aspecto creador del lenguaje, se encontraban más al alcance del observador en al discurso poético que en el habla coti- diana. Por otra parte, el denominador común de las bellas letras-la impronta de la función poética en su estructura uerbal- apor taba una dominante neta en el conjunto de los valores literarios; la historia de la literatura se encontraba dotada de un hilo conductor y prometía unirse a las ciencias nomotéticas.

 La significación primordial del término poesía en griego antiguo es "creación"; en la antigua tradición china shih ("poesía. arte verbal") y chich ("finalidad. designio, fin"), son dos nombres y conceptos estrechamente vinculados. Ese carácter netamente creador y finalista del lenguaje poético, es el que trataron de explorar los jóvenes rusos.

 El "formalismo", una etiqueta vaga y desconcertante que los detractores lanzaron para estigmatizar todo análisis de la función poética del lenguaje, creó el espejismo de un dogma uniforme y consumado. Sin embargo, como repetía B. Eichembaum, todo movi- miento literario o científico debe ser juzgado ante todo en base a la obra producida y no por la retórica de sus manifiestos. Desgra ciadamente al discutir el saldo de la escuela "formalista" hay una inclinación a confundir los slogans pretenciosos e ingenuos de sus heraldos con el análisis y metodología innovadoras de sus inves tigadores científicos.

 La búsqueda progresiva de las leyes internas del arte no eliminaba del programa de estudio los problemas complejos de la relación entre este arte y los otros sectores de la cultura y de la realidad social. Es evidente que entre los investigadores de estas leyes inmanentes nadie había tomado en serio los folletines que lamentaban las discrepancias en el seno de la Opoiaz y anunciaban, para impre sionar al lector, que "en el arte, libre desde siempre con respecto a la vida, el color de la bandera que corona la fortaleza no puede ser reflejado de ninguna manera". Pero los que polemizaban contra el "método Formal", solían aferrarse, precisamente, a estas boutades. Sería igualmente erróneo identificar el descubrimiento e incluso la esencia del pensamiento "formalista" con los vacuos discursos sobre el secreto profesional del arte, que consistiría en hacer ver las cosas desautomatizándolas y volviéndolas sorprendentes (ostranienie) • mientras que en realidad el lenguaje poético opera un cambio esencial en las relaciones entre el significante y el significado, así como entre el signo y el concepto.

 Evidentemente, el desarrollo intemacional del análisis estructural en lingüística r¡ en las otras ciencias sociales en el curso de la época siguiente, aportó numerosas correcciones a las hipótesis preli- minares, nuevas respuestas Q los problemas anteriores y planteó numerosos problemas imprevistos. Debe reconocerse sin embargo la contribución sustancial de los pioneros rusos de los años 1910-1920 en el dominio de la poética, al progreso del pensamiento científico en lo que concierne a la lengua en la diversidad de sus funciones. Estas ideas vivificadoras se difundieron mundialmente, sobre todo por intermedio del grupo ruso-checo formado en Praga en 1926. a imagen del Círculo moscovita. 

Quiero citar aquí a uno de los más finos y serios representantes del equipo, B. Tomasheosñi, quien. en ocasión de nuestro último encuentro en Moscú (1956). me hizo observar que las ideas más osadas y estimulantes del movimiento permanecen aún en la sombra. Podrían citarse las penetrantes observaciones sobre la correlación de las funciones referencial y poética o sobre la interdependencia de la 8 sincronía y la diacronía y, ante todo, sobre la mutabilidad, desco- nocida de ordinario, en la jerarquía de los valores. Los trabajos que extendían los principios sintácticos al análisis de enunciados com pletos y de su intercambio dialógico han llegado a uno de los más grandes descubrimientos de la poesía rusa: el de las leyes que rigen la composición de los temas folklóricos (Propp, Skaftymov) o de las obras literarias (Bajtin),

 Desde el comienzo, las cuestiones teóricas retuvieron la atención de los investigadores, como lo señala el título de sus primeras publi- caciones. Pero si bien no faltan las tentativas de hacer un balance de la doctrina (tal como el meditodo libro de Engelgardt), lo que permanece como más significativo de los "formalistas", es la dis- cusión; tanto la oral como la reflejada en sus escritos. Se encuentra allí la complementaridad necesaria de las diversas perspectivas, tal como se ha manifestado en los diálogos de Platón y erigida en princi: pio en la concepción fundamental de Niels Bohr. El encuentro de los analistas del arte poética con sus maestros es lo que pone a prueba la investigación y la enriquece: no por azar el Círculo lingüístico de Moscú contó entre sus miembros a poetas como Maiakovski, Pastetnak, Mandelshtam y Aseiev. 

En la crónica de los debates en el Círculo de Moscú y en la Opoiaz, tal vez los más encarnizados y sugestivos son los que conciernen a la relación entre las propiedades puramente lingüísticas de la poesía y sus caracteres que trascienden los límites de la lengua y pertenecen  la semiología general del arte.

 Los años veinte dieron a los estudios rusos de poética una fuerte envergadura. La investigación, la enseñanza, la lista de los autores, de las publicaciones, de institutos consagrados al estudio de la poesía y las otras artes, de cursos y conferencias. se acrecentaron constan temente. La crisis de crecimiento era inminente. El desarrollo cons tante de la poética exigía un nuevo impulso de la Iinqiiistic« general que era tan sólo embrionaria. Pero esta inhibición temporaria se transformó en un letargo de larga duración.

 "La interrupción prolongada en el estudio del lenguaje de las bellas letras en su carácter de fenómeno estético", como lo señala una publicación reciente de la Academia de Ciencias de la U.R.S S.• "es debida menos a la lógica interna del proceso del conocimiento que a las limitaciones extrínsecas al pensamiento científico". El cacáctet de estas barreras ha sido evidenciado por el eminente poeta S. Kirsanoo en el primer Congreso de Escritores soviéticos (Moscú. /934): "No se pueden tocar los problemas de la forma poética. de las metáforas. de la rima o el epíteto. sin provocar la respuesta inmediata: [detened a los formalistas! Todo el mundo está amena zado de ser acusado del crimen formalista. Este término se ha trans 9 formado en un punchinq-ball para ejercitar los bíceps de los críticos. Toda mención de la "figura fónica" o de la "semántica" es auto máticamente seguido por un rechazo: ¡Al formalista! Ciertos crí ticos caníbales han hecho de este santo y seña un grito de guerra para defender su propia ignorancia en la práctica y en la teoría del arte poético y para arrancar el cuero cabelludo a cualquiera q~ ose perturbar el wigwam de su oscurantismo".

 Pese a las enojosas supervivencias de estas actitudes de odio, se observa actualmente "una tendencia a retomar, a reintetpretar, a desarrollar con un nuevo impulso creador las verdaderas conquistas de la lingüística y de la estética soviética de los años veinte", con frontándolas con las corrientes actuales del pensamiento lingüístico y semiológico e integrándolas en el sistema conceptual actual. Esta beneficiosa tendencia se manifiesta vivamente en los debates y en interesantes trabajos de los jóvenes investigadores de Moscú, Lenin grado y Tarta.

jueves, 9 de julio de 2026

LA MUERTE DEL AUTOR ROLAND BARTHES

 


Balzac, en su novela Sarrasine, hablando de un castrado disfrazado de mujer, escribe lo siguiente: «Era la mujer, con sus miedos repentinos, sus caprichos irracionales, sus instintivas turbaciones, sus audacias sin causa, sus bravatas y su exquisita delicadeza de sentimientos.» ¿Quién está hablando así? ¿El héroe de la novela, interesado en ignorar al castrado que se esconde bajo la mujer? ¿El individuo Balzac, al que la experiencia personal ha provisto de una filosofía sobre la mujer? ¿El autor Balzac, haciendo profesión de ciertas ideas «literarias» sobre la feminidad? ¿La sabiduría universal? ¿La psicología romántica Nunca jamás será posible averiguarlo, por la sencilla razón de que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que van a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe.


Siempre ha sido así, sin duda: en cuanto un hecho pasa a ser relatado, con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo, se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura. No obstante, el sentimiento sobre este fenómeno ha sido variable; en las sociedades etnográficas, el relato jamás ha estado a cargo de una persona, sino de un mediador, chamán o recitador, del que se puede, en rigor, admirar la «performance» (es decir, el dominio del código narrativo), pero nunca el «genio». El autor es un personaje moderno, producido indudablemente por nuestra sociedad, en la medida en que ésta, al salir de la Edad Media y gracias al empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe personal de la Reforma, descubre el prestigio del individuo o, dicho de manera más noble, de la «persona humana». Es lógico, por lo tanto, que en materia de literatura sea el positivismo, resumen y resultado de la ideología capitalista, e1 que haya concedido la máxima importancia a la «persona» del autor. Aún impera el autor en los manuales de historia literaria, las biografías de escritores, las entrevistas de revista, y hasta en la misma conciencia de los literatos, que tienen buen cuidado de reunir su persona con su obra gracias a su diario íntimo; la imagen de la literatura que es posible encontrar en la cultura común tiene su centro, tiránicamente, en el autor, su persona, su historia, sus gustos, sus pasiones; la crítica aún consiste, la mayor parte de las veces, en decir que la obra de Baudelaire es el fracaso de Baudelaire como hombre; la de Van Gogh, su locura; la de Tchaikovsky, su vicio: la explicación de la obra se busca siempre en el que la ha producido, como si, a través de la alegoría más o menos transparente de la acción, fuera, en definitiva, siempre, la voz de una sola y misma persona, el autor, la que estaría entregando sus «confidencias».


Aunque todavía sea muy poderoso el imperio del Autor (la nueva crítica lo único que ha hecho es consolidarlo), es obvio que algunos escritores hace ya algún tiempo que se han sentido tentados por su derrumbamiento. En Francia ha sido sin duda Mallarmé el primero en ver y prever en toda su amplitud la necesidad de sustituir por el propio lenguaje al que hasta entonces se suponía que era su propietario; para él, igual que para nosotros, es el lenguaje, y no el autor, el que habla; escribir consiste en alcanzar, a través de una previa impersonalidad – que no se debería confundir en ningún momento con la objetividad castra- dora del novelista realista – ese punto en el cual sólo el lenguaje actúa, «performa»,* y no «yo», toda la poética de Mallarmé consiste en suprimir al autor en beneficio de la escritura (lo cual, como se verá, es devolver su sitio al lector). Valéry, completamente enmarañado en una psicología del Yo, edulcoró mucho la teoría de Mallarmé, pero, al remitir por amor al clasicismo, a las lecciones de la retórica, no dejó de someter al Autor a la duda y la irrisión, acentuó la naturaleza lingüística y como «azarosa» de su actividad, y reivindicó a lo largo de sus libros en prosa la condición esencialmente verbal de la literatura, frente a la cual cualquier recurso a la interioridad del escritor le parecía pura superstición. El mismo Proust, a pesar del carácter aparentemente psicológico de lo que se suele llamar sus análisis, se impuso claramente como tarea el emborronar inexorablemente, gracias a una extremada sutilización, la relación entre el escritor y sus personajes: al convertir al narrador no en el que ha visto y sentido, ni siquiera el que está escribiendo, sino en el que va a escribir (el joven de la novela – pero, por cierto, ¿qué edad tiene y quién es ese joven’? – quiere escribir, pero no puede, y la novela acaba cuando por fin se hace posible la escritura), Proust ha hecho entrega de su epopeya a la escritura moderna: realizando una inversión radical, en lugar de introducir su vida en su novela, como tan a menudo se ha dicho, hizo de su propia vida una obra cuyo modelo fue su propio libro, de tal modo que nos resultara evidente que no es Charlus el que imita a Montesquieu, sino que Montesquieu, en su realidad anecdótica, histórica, no es sino un fragmento secundario, derivado, de Charlus. Por último, el Surrealismo, ya que seguimos con la prehistoria de la modernidad, indudablemente, no podía atribuir al lenguaje una posición soberana, en la medida en que el lenguaje es un sistema, y en que lo que este movimiento postulaba, románticamente, era una subversión directa de los códigos – ilusoria, por otra parte, ya que un código no puede ser destruido, tan sólo es posible «burlarlo>~,- pero al recomendar incesantemente que se frustraran bruscamente los sentidos esperados (el famoso «sobresalto» surrealista), al confiar a la mano la tarea de escribir lo más aprisa posible lo que la misma mente ignoraba (eso era la famosa escritura automática), al aceptar el principio y la experiencia de una escritura colectiva, el Surrealismo contribuyó a desacralizar la imagen del Autor. Por último, fuera de la literatura en sí (a decir verdad, estas distinciones están quedándose caducas), la lingüística acaba de proporcionar a la destrucción del Autor un instrumento analítico precioso, al mostrar que la enunciación en su totalidad es un proceso vacío que funciona a la perfección sin que sea necesario rellenarlo con las personas de sus interlocutores: lingüísticamente, el autor nunca es nada más que el que escribe, del mismo modo que yo no es otra cosa sino el que dice yo: el lenguaje conoce un «sujeto», no una «persona», y ese sujeto, vacío excepto en la propia enunciación, que es la que lo define, es suficiente para conseguir que el lenguaje se «mantenga en pie», es decir, para llegar a agotarlo por completo.


El alejamiento del Autor (se podría hablar, siguiendo a Brecht, de un auténtico «distanciamiento», en el que el Autor se empequeñece como una estatuilla al fondo de la escena literaria) no es tan sólo un hecho histórico o un acto de escritura.’ transforma de cabo a rabo él texto moderno (o – lo que viene a ser lo mismo – el texto, a partir de entonces, se produce y se lee de tal manera que el autor se ausenta de él a todos los niveles). Para empezar, el tiempo ya no es el mismo. Cuando se cree en el Autor, éste se concibe siempre como el pasado de su propio libro: el libro y el autor se sitúan por sí mismos en una misma línea, distribuida en un antes y un después: se supone que el Autor es el que nutre al libro, es decir, que existe antes que él, que piensa, sufre y vive para él; mantiene con su obra la misma relación de antecedente que un padre respecto a su hijo. Por el contrario, el escritor moderno nace a la vez que su texto; no está provisto en absoluto de un ser que preceda o exceda su escritura, no es en absoluto el sujeto cuyo predicado sería el libro; no existe otro tiempo que el de la enunciación, y todo texto está escrito eternamente aquí y ahora. Es que (o se sigue que) escribir ya no puede seguir designando una operación de registro, de constatación, de representación, de «pintura» (como decían los Clásicos), sino que más bien es lo que los lingüistas, siguiendo la filosofía oxfordiana, llaman un performativo, forma verbal extraña (que se da exclusivamente en primera persona y en presente) en la que la enunciación no tiene más contenido (más enunciado) que el acto por el cual ella misma se profiere: algo así como el Yo declaro de los reyes o el Yo canto de los más antiguos poetas; el moderno, después de enterrar al Autor, no puede ya creer, según la patética visión de sus predecesores, que su mano es demasiado lenta para su pensamiento o su pasión, y que, en consecuencia, convirtiendo la necesidad en ley, debe acentuar ese retraso y «trabajar» indefinidamente la forma; para él, por el contrario, la mano, alejada de toda voz, arrastrada por un mero gesto de inscripción (y no de expresión), traza un campo sin origen, o que, al menos, no tiene más origen que el mismo lenguaje, es decir, exactamente eso que no cesa de poner en cuestión todos los orígenes.


Hoy en día sabemos que un texto no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido, teológico, en cierto modo (pues sería el mensaje del Autor-Dios), sino por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, ninguna de las cuales es la original: el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura. Semejante a Bouvard y Pécuchet, eternos copistas, sublimes y cómicos a la vez, cuya profunda ridiculez designa precisamente la verdad de la escritura, el escritor se limita a imitar un gesto siempre anterior, nunca original; el único poder que tiene es el de mezclar las escrituras, llevar la contraria a unas con otras, de manera que nunca se pueda uno apoyar en una de ellas; aunque quiera expresarse, al menos debería saber que la «cosa» interior que tiene la intención de «traducir» no es en sí misma más que un diccionario ya compuesto, en el que las palabras no pueden explicarse sino a través de otras palabras, y así indefinidamente: aventura que le sucedió de manera ejemplar a Thomas de Quincey de joven, que iba tan bien en griego que para traducir a esa lengua ideas e imágenes absolutamente modernas, según nos cuenta Baudelaire, «había creado para sí mismo un diccionario siempre a punto, y de muy distinta complejidad y extensión del que resulta de la vulgar paciencia de los temas puramente literarios» (Los Paraísos Artificiales); como sucesor del Autor, el escritor ya no tiene pasiones, humores, sentimientos, impresiones, sino ese inmenso diccionario del que extrae una escritura que no puede pararse jamás: la vida nunca hace otra cosa que imitar al libro, y ese libro mismo no es más que un tejido de signos, una imitación perdida, que retrocede infinitamente.


Una vez alejado el Autor, se vuelve inútil la pretensión de «descifrar» un texto. Darle a un texto un Autor es imponerle un seguro, proveerlo de un significado último, cerrar la escritura. Esta concepción le viene muy bien a la crítica, que entonces pretende dedicarse a la importante tarea de descubrir al Autor (o a sus hipóstasis: la sociedad, la historia, la psique, la libertad) bajo la obra: una vez hallado el Autor, el texto se «explica», el crítico ha alcanzado la victoria; así pues, no hay nada asombroso en el hecho de que, históricamente, el imperio del Autor haya sido también el del Crítico, ni tampoco en el hecho de que la crítica (por nueva que sea) caiga desmantelada a la vez que el Autor. En la escritura múltiple, efectivamente, todo está por desenredar, pero nada por descifrar; puede seguirse la estructura, se la puede reseguir (como un punto de media que se corre) en todos sus nudos y todos sus niveles, pero no hay un fondo; el espacio de la escritura ha de recorrerse, no puede atravesarse; la escritura instaura sentido sin cesar, pero siempre acaba por evaporarlo: procede a una exención sistemática del sentido. Por eso mismo, la literatura (sería mejor decir la escritura, de ahora en adelante), al rehusar la asignación al texto (y al mundo como texto) de un «secreto», es decir, un sentido último, se entrega a una actividad que se podría llamar contrateológica, revolucionaria en sentido propio, pues rehusar la detención del sentido, es, en definitiva, rechazar a Dios y a sus hipóstasis, la razón, la ciencia, la ley.


Volvamos a la frase de Balzac. Nadie (es decir, ninguna «persona») la está diciendo: su fuente, su voz, no es el auténtico lugar de la escritura, sino la lectura. Otro ejemplo, muy preciso, puede ayudar a comprenderlo: recientes investigaciones (J.-P. Vernant) han sacado a la luz la naturaleza constitutivamente ambigua de la tragedia griega; en ésta, el texto está tejido con palabras de doble sentido, que cada individuo comprende de manera unilateral (precisamente este perpetuo malentendido constituye lo «trágico»); no obstante, existe alguien que entiende cada una de las palabras en su duplicidad, y además entiende, por decirlo así, incluso la sordera de los personajes que están hablando ante él: ese alguien es, precisamente, el lector (en este caso el oyente). De esta manera se desvela el sentido total de la escritura: un texto está formado por escrituras múltiples, procedentes de varias culturas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia, una contestación; pero existe un lugar en el que se recoge toda esa multiplicidad, y ese lugar no es el autor, como hasta hoy se ha dicho, sino el lector: el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura; la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino, pero este destino ya no puede seguir siendo personal: el lector es un hombre sin historia, sin biografía, sin psicología; é! es tan sólo ese alguien que mantiene reunidas en un mismo campo todas las huellas que constituyen el escrito. Y ésta es la razón por la cual nos resulta risible oír cómo se condena la nueva escritura en nombre de un humanismo que se erige, hipócritamente, en campeón de los derechos del lector. La crítica clásica no se ha ocupado nunca del lector; para ella no hay en la literatura otro hombre que el que la escribe. Hoy en día estamos empezando a no caer en la trampa de esa especie de antífrasis gracias a la que la buena sociedad recrimina soberbiamente en favor de lo que precisamente ella misma está apartando, ignoran- do, sofocando o destruyendo; sabemos que para devolverle su porvenir a la escritura hay que darle la vuelta al mito: el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor.

1968, Manteia.

* Es un anglicismo. Lo conservo como tal, entrecomillado, ya que para aludir a la “performance” de la gramática chomskyana, que suele traducirse por “actuación”. [T]


martes, 16 de junio de 2026

Stephen Greenblatt - EL TIRANO -- Shakespeare y la política (LA LOCURA DE LOS GRANDES)

 

Ricardo III y Macbeth son criminales que llegan al poder tras asesinar a los legítimos gobernantes que se interponen en su camino. Pero a Shakespeare le interesaba también un problema más insidioso, el que plantean los que empiezan siendo los gobernantes legítimos y se ven luego arrastrados hacia un comportamiento tiránico por su inestabilidad mental y emocional. Los horrores que infligen a sus súbditos y, en último término, a sí mismos son consecuencia de su degeneración psicológica. Puede que tengan consejeros y amigos sensatos, personas dotadas de un sano instinto de conservación y con un fuerte interés por su nación, pero es extremadamente difícil que esos individuos puedan contrarrestar la tiranía inducida por la locura, porque es imprevisible y porque su lealtad y fidelidad inveteradas han inculcado en ellos los hábitos de la obediencia.


En la Britania de El rey Lear, aunque el anciano rey empieza actuando con la caprichosa terquedad de un niño tiránico, al principio nadie se atreve a rechistar. Tras decidir retirarse —⁠«es nuestra firme resolución desembarazar a nuestra vejez de todos los cuidados y negocios, confiándolos a fuerzas más jóvenes» (El rey Lear 1.1.36-38)⁠—, reúne a su corte “y le comunica su «firme resolución», esto es, la decisión que ya ha tomado. Anuncia que dividirá su reino en tres partes y que entregará cada una de ellas a sus hijas en la proporción que merezca su capacidad de adularlo:


Decidme, hijas mías, ya que es ahora nuestra voluntad despojarnos de todo, autoridad, intereses del territorio, cuidados del gobierno: ¿cuál de vosotras, decidnos, nos ama más? Que nuestra mayor largueza se extienda a aquella cuyos sentimientos naturales merezcan mayor galardón.


(1.1.46-51)


La idea es disparatada, pero a nadie se le ocurre contradecirlo.


Es posible que los espectadores de este certamen grotesco no digan nada porque creen que se trata de un ritual meramente formal, concebido para gratificar la vanidad del autócrata en el momento de su retiro. Al fin y al cabo, uno de los nobles de mayor rango, el conde de Gloucester, comenta en los primeros momentos de la obra que ya ha visto un mapa con la división del reino escrupulosamente marcada en él. Y, llegados a este punto del dilatado reinado de Lear, quizá todos estén acostumbrados al deseo ilimitado del gran caudillo de oír cómo cantan sus alabanzas. Aunque interiormente todos ponen los ojos en blanco, permanecen sentados alrededor de la mesa y le rinden los «homenajes de adulación» que pretende, y le dicen lo dichosos que se sienten de vivir a su sombra, lo maravillados que están por sus hazañas, y que lo aprecian más «a la luz de los ojos, que al espacio y que a la libertad» (1.1.54).


Pero, cuando la menor de las hijas del rey, Cordelia, su favorita, se niega a participar en ese juego nauseabundo, la cosa se vuelve repentinamente seria. Furioso ante la contumacia de Cordelia, que se obstina en aferrarse a sus principios —⁠«amo a vuestra majestad conforme a mi deber—⁠dice⁠—; ni más ni menos» (1.1.90-91)⁠—, el soberano la deshereda y la maldice. Entonces por fin es expresada abiertamente la oposición al comportamiento de Lear, pero solo por un único personaje, el conde de Kent. El leal Kent empieza a hablar con la cortesía ceremonial de rigor, pero Lear lo interrumpe bruscamente. Abandonando por completo los modales cortesanos, el conde expresa entonces sus objeciones sin ambages:


¿Qué intentas, anciano? ¿Piensas que el deber tendrá miedo de hablar, cuando el poder se doblega a la adulación? El honor debe rendirse a la sinceridad cuando la majestad se humilla a la locura. Revoca tu sentencia y, tras mejores consideraciones, haz que desande lo andado tan horrible precipitación.


(1.2.143-149)


Hay otros adultos responsables en la corte. Observando cómo se desarrolla la escena están las hijas mayores del rey, Goneril y Regan, y sus maridos, el duque de Albany y el duque de Cornualles. Pero ninguno de ellos, ni tampoco ninguno de los presentes, apoya las objeciones de Kent ni expresa la más mínima protesta. Solo el conde se atreve a decir francamente lo que todos ven con claridad meridiana: «Lear está loco» (1.1.143). Por su sinceridad, el hombre que ha osado decir la verdad es desterrado para siempre del reino, so pena de muerte. Y, aun así, nadie más se atreve a hablar.


La corte de Lear se enfrenta a un problema grave, probablemente insuperable. En la remota época en la que se sitúa la acción, más o menos el siglo VIII a. e. v., parece que Britania no poseía instituciones ni magistraturas de ningún tipo —⁠Parlamento, Consejo Privado, comisionados, sumos sacerdotes⁠— capaces de moderar o reducir el poder real. Aunque puede que el rey, rodeado de su familia, de sus thanes leales y de sus servidores, solicite y reciba consejo, el poder decisorio fundamental es suyo y solo suyo. Cuando expresa sus deseos, espera que lo obedezcan. Pero todo el sistema se basa en el supuesto de que está en su sano juicio.


Incluso en sistemas que cuentan con múltiples instituciones moderadoras, el máximo responsable del ejecutivo tiene casi siempre un poder considerable. Pero ¿qué sucede cuando ese máximo responsable ejecutivo no está mentalmente capacitado para desempeñar su cargo? ¿Qué pasa si empieza a tomar decisiones que amenazan el bienestar y la seguridad del reino? En el caso de Lear, el soberano probablemente no haya sido nunca un modelo de estabilidad o de madurez emocional. Hablando acerca de la forma impulsiva que ha tenido su padre de maldecir a su hermana menor, las dos cínicas hijas mayores del monarca, Goneril y Regan, comentan que el paso de los años no ha hecho más que intensificar unos rasgos que ya venían observando en él desde hacía tiempo. «Chocheces de viejo —⁠señala una de ellas⁠—, bien que nunca tuvo gran dominio sobre sí», «En lo mejor y más fuerte de su vida —⁠confirma la otra⁠—, no fue sino un temerario» (1.1.289-292).


El hecho de que su hermana Cordelia haya sido desheredada no supone ninguna amenaza para Goneril ni para Regan. Por el contrario, como logran quedarse con la parte del reino que correspondía a su hermana menor, resulta sumamente conveniente para ellas. Por consiguiente, no hacen el menor intento de mitigar la furia tiránica de su padre. Pero saben que en cualquier momento este también puede volverse contra ellas. Tienen que enfrentarse a los inveterados hábitos mentales de su progenitor —⁠lo que ellas llaman sus «imperfecciones de antiguo inherentes a su condición»⁠— y también a los efectos de la vejez: «Debemos esperar de su edad no solamente las imperfecciones de antiguo inherentes a su condición, pero también la desarreglada aspereza de genio que los años de enfermedades y la irritación traen consigo» (1.1.292-295). Lo que las preocupa en particular son «las explosiones tan repentinas» (1.1.296) de su padre, esto es, los estallidos de cólera como el que acaban de contemplar cuando el monarca ha decretado el destierro de Kent. Resulta sumamente peligroso que un Estado sea regido por alguien que gobierna movido por sus impulsos.


Goneril y Regan son un par de buenas piezas, preocupadas como están únicamente por sí mismas. Pero se dan cuenta de que tienen entre manos un problema muy grave, y enseguida dan los pasos necesarios para proteger al menos sus intereses, cuando no los de todo el reino. Aunque ha decidido entregarles la administración del Estado a ellas y a sus maridos, el viejo rey ha conservado un séquito de cien servidores armados. Las hijas toman casi de inmediato las medidas necesarias “para ponerlos fuera del control de su padre, por si comete algún desmán. Primero reducen el número de sus caballeros a cincuenta, y luego a veinticinco, y después la espiral de los recortes continúa sin parar: «¿Qué necesidad tenéis de que os acompañen veinticinco, ni diez, ni cinco…?», pregunta Goneril. Y Regan añade: «¿Qué necesidad tenéis ni de uno?» (2.2.442-444). La cosa pinta fea, y más fea todavía va a ponerse. Pero el expolio de los caballeros de su séquito viene del reconocimiento de que un narcisista impulsivo, acostumbrado a dar órdenes a cuantos lo rodean, no debería ejercer el menor control ni siquiera sobre un ejército minúsculo.


Cuando el rey empezó a actuar de forma precipitada y autodestructiva, Cordelia y Kent fueron los únicos dispuestos a manifestarse abiertamente en contra de su comportamiento tiránico. Los dos lo hicieron movidos por su lealtad a la persona que más ofendida se había sentido por sus palabras, una persona a la que esperaban sinceramente proteger. Con su destierro y con la abdicación de Lear, no hay nada que impida que el país se desintegre. Esa desintegración dio comienzo como consecuencia del capricho anárquico del rey, pero no será él —⁠despojado de su poder y víctima de la locura⁠— el que asuma el manto de la tiranía. Antes bien, serán sus despiadadas hijas las que pondrán de manifiesto que no va a detenerlas el menor respeto al imperio de la ley y que son totalmente indiferentes a cualquier norma básica impuesta por la decencia humana.


La lealtad de Kent hacia Lear lo lleva, a riesgo de perder la vida, a regresar disfrazado con el fin de ponerse al servicio de su señor, sumido ahora en la decadencia más absoluta. Pero ya es demasiado tarde para evitar el desastre que el propio rey se ha acarreado. Kent ha sido obligado a guardar silencio y Cordelia ha sido desterrada. La única persona que todavía puede decir abiertamente aquello de lo que el mundo se percata es el Bufón, un artista satírico —⁠el equivalente de un cómico de programa nocturno⁠— al que las convenciones sociales permiten expresar lo que de otro modo sería reprimido o castigado. «Yo estoy ahora mejor que tú —⁠dice el Bufón a Lear⁠—. Soy un loco, y tú no eres nada…» (1.4.161). Y, en el nuevo régimen encabezado por las hijas de Lear, ni siquiera esa forma limitada de libertad de palabra es permisible. Goneril hace saber claramente a su padre que no va a seguir soportando la insolencia de su «bufón, al que todo se le permite» (1.4.168), y Regan no se comporta de modo muy distinto. A mitad de la obra, tras ser expulsado en plena tormenta en compañía del rey loco, el Bufón, tiritando de frío y sumido en la más absoluta miseria, desaparece para siempre.


A diferencia de lo que sucede con Ricardo III o con Coriolano, en Lear no vemos prácticamente el menor atisbo de lo que fue su infancia, durante la cual debieron de ser echadas las semillas del desorden de la personalidad que ahora padece. Vemos tan solo a un hombre que ha estado acostumbrado demasiado tiempo a salirse con la suya en todo y que no puede soportar que lo contradigan. En medio de su locura, refugiado en un tugurio miserable en compañía de un ciego y un mendigo, el rey sigue abrigando ilusiones de grandeza: «Cuando frunzo el ceño, veo cómo tiemblan mis vasallos» (4.6.108). Pero su locura es atravesada por ráfagas deslumbrantes de una verdad ganada a duras penas. «Me hablaban como a un perro», recuerda. Ahora se da cuenta de que todos lo adulaban y alababan su sabiduría, propia de un hombre maduro, cuando en realidad todavía no era más que un joven imberbe. Eso es lo más cerca que llegamos a la raíz de su narcisismo: «¡Decir sí o no a todo cuanto les decía! Sí y no, por otro lado, no eran buena teología» (4.6.97-100).


Después de semejante crianza, nada podía preparar a Lear para entender la realidad de su familia, de su reino, ni siquiera de su propio cuerpo. Es un padre que arruina a sus hijos, es un caudillo que no sabe distinguir entre los servidores honrados y fieles y los sinvergüenzas corruptos, es un gobernante incapaz de percibir cuáles son las necesidades de su pueblo, y menos aún atenderlas. En la primera parte de la obra, cuando Lear todavía ocupa el trono, esos individuos son completamente invisibles. Es como si el rey no se hubiera tomado nunca la molestia de reparar en su existencia. Al mirarse en el espejo, siempre ha visto a alguien imponente, «en cada pulsación soy rey» (4.6.108).


De ahí la horrible sorpresa que tiene cuando, tiritando de frío y de fiebre, se da cuenta por fin de que ha estado siempre rodeado de aduladores que le han mentido en todo momento:


Cuando me empapó una vez la lluvia, y el viento me hizo tiritar, y el trueno no quiso callar cuando se lo mandaba; entonces los conocí, entonces los saqué por la pista [i. e.: como un perro de caza supe por su olor quiénes eran]. ¡Quita allá! No son hombres de palabra. Me decían que yo lo era todo. ¡Mentira! ¡No estoy a prueba de calentura intermitente!


(4.6.100-105)


«Me decían que lo era todo». Para un individuo aquejado de un solipsismo tan extremo constituye una especie de triunfo moral darse cuenta de que, al fin y al cabo, se halla sujeto a las mismas penalidades corporales que todas las demás personas.


Pero la obra de Shakespeare se fija con seriedad en el coste trágico de esa constatación, por lo demás bastante modesta. Lear insiste en que es «un hombre contra el que pecaron más que él pecó», pero no puede ser considerado inocente del todo del hecho de que sus dos hijas mayores sean unos monstruos retorcidos que pretenden quitarle la vida. Desde luego, no es inocente del destino catastrófico de su hija menor, cuya integridad moral él mismo ha desdeñado y cuyo amor no ha sabido comprender. Evidentemente tampoco ha sabido distinguir entre la honradez elemental de Albany, el marido de Goneril, y el sadismo del marido de Regan, Cornualles, y ha dividido su reino sin percatarse de la enorme probabilidad de que se desatara un conflicto violento entre las dos facciones que ahora lo gobiernan.


Es solo cuando el propio Lear se ve obligado a salir a la intemperie en medio de la tempestad cuando se percata de la terrible situación vivida por los que carecen de techo en el país sobre el que ha gobernado durante décadas. Mientras la lluvia lo azota, la pregunta que formula es durísima:


¡Pobres y miserables desnudos, dondequiera que os halléis, que aguantáis la descarga de esta despiadada tempestad!, ¿cómo os defenderéis de un temporal semejante, con vuestras cabezas sin abrigo, vuestros estómagos sin alimento y vuestros andrajos llenos de agujeros y aberturas?


(3.4.29-33)


Pero, aun cuando formula la pregunta, sabe muy bien que ya es demasiado tarde para él y que no es capaz de hacer nada para aliviar los sufrimien“tos de todos esos desgraciados. «¡Oh, cuán poco me había preocupado de ellos!» (3.4.33-34). Y lo que ahora piensa —⁠que los ricos deberían exponerse a sentir lo mismo que sienten los miserables para que compartan con ellos parte de su riqueza superflua⁠— difícilmente podría constituir una nueva visión económica para el país que ha gobernado hasta hace poco.


El monstruoso egocentrismo que fomentó las catastróficas decisiones tomadas por Lear no desaparece por el mero hecho de que ahora él se vea expuesto a la adversidad; sigue siendo el principio organizativo de su percepción de las cosas. Cuando se topa con un mendigo sin techo, lo único que puede imaginar es que las miserias que afligen a aquel hombre se han producido por la misma razón que las suyas: «¿Es que has dado todo cuanto tenías a tus hijas y por eso te ves así?» (3.4.47-48). Convencido de que la respuesta solo puede ser afirmativa, Lear empieza a maldecir a las ingratas hijas del pobre miserable. Y, cuando Kent (disfrazado) corrige su error —⁠«¡Si no tiene hijas, monseñor!»⁠—, Lear estalla hecho una furia y exclama: «¡A muerte, traidor! Nada hubiera podido precipitar a la naturaleza a un grado tal de abyección, a no ser la ingratitud de sus hijas» (3.4.66-68). En ese momento Lear ya lo ha perdido todo, pero sigue teniendo la mentalidad del tirano que no tolera la menor discrepancia: «¡A muerte, traidor!».


Casi al final de la obra, cuando Lear ha recuperado al menos parcialmente la cordura, tras reconocer la locura de sus actos y suplicar el perdón de Cordelia (que ha regresado a Inglaterra para combatir en su defensa), sigue costándole trabajo distanciarse del egocentrismo que precipitó todo el desastre. Hecho prisionero, junto con Cordelia, por las tropas al mando del despiadado Edmundo, Lear rechaza enfáticamente la petición de su hija de que los lleven a ver a sus hermanas: «No, no, no, no» (5.3.8). ¿Por qué piensa que no deberían intentar al menos solicitar clemencia? Pues porque se halla dominado por una fantasía —⁠patética, totalmente irreal y, a su manera, sumamente egoísta⁠— que le hace pensar que, en su prisión, acompañado de su hija menor, al final podrá obtener lo que en un principio pretendía: «Creí poder confiar el reposo de mi vejez a sus tiernos cuidados, como se confía un niño a su nodriza»


“(1.1.121). «Los dos solos cantaremos como pajarillos en una jaula», dice a Cordelia.


Pasaremos el tiempo orando, cantando y refiriendo antiguas leyendas; reiremos contemplando las doradas mariposas y oiremos a los necios cómo cuentan nuevas de la Corte; y también nosotros hablaremos con ellos, sabremos quién pierde y quién gana, quién es el favorito y quiénes caen en desgracia; y tomaremos sobre nosotros el misterio de las cosas, como si fuésemos espías de los dioses.


(5.3.9-17)


Por mucho que esta fuera una fantasía que Cordelia pudiera compartir y encontrar atractiva, la joven es demasiado realista para pensar que pueda ser ni remotamente posible. Conducida a prisión y a la muerte casi segura que sabe que la acecha, la muchacha guarda un silencio tan elocuente como doloroso.


 


“En El cuento de invierno, obra que escribió al final de su carrera, Shakespeare volvería a la idea de un gobernante legítimo que, víctima de la locura, empieza a comportarse como un tirano. En el caso de Leontes, rey de Sicilia, la causa que precipita el drama no es la cólera senil, más bien es un ataque repentino de paranoia; el rey está convencido de que su esposa, Hermíone, llegada ya a la última fase de su embarazo, ha mantenido una relación adúltera y de que el hijo que lleva en su seno no es de él. Las sospechas de Leontes recaen en su mejor amigo, Políxenes, rey de Bohemia, que ha estado de visita en Sicilia durante los últimos nueve meses. Al principio Leontes expone su idea a su principal consejero, Camilo, quien, horrorizado, intenta desengañar al rey de la idea fija que lo obsesiona: «Mi buen señor, curaos de esa opinión enfermiza», insiste, y hacedlo pronto, «porque es muy peligrosa» (El cuento de invierno 1.2.296-298). Leontes insiste una y otra vez en su delirio y afirma que su acusación es cierta y, cuando el consejero vuelve a poner reparos, explota lleno de cólera: «Sí lo es. Mentís, mentís. Digo que mientes, Camilo, y te aborrezco» (1.2.299-300). El rey celoso no presenta ninguna prueba; lo único que tiene es su enfática obsesión.


Un tirano no necesita basarse en hechos reales ni presentar pruebas. Da por supuesto que una acusación suya debe ser suficiente. Si dice que alguien lo ha traicionado, o que se ha reído de él, o que lo espía, así tiene que ser. Cualquiera que lo contradiga es un mentiroso o un idiota. Lo último que desearía un tirano, incluso cuando parece que la solicita, es una opinión independiente. Lo que de verdad quiere es lealtad, y por lealtad entiende no ya integridad, honor o responsabilidad. Lo que entiende es confirmación inmediata y sin reservas de su propio criterio y disposición a cumplir sus órdenes sin vacilar. Cuando un gobernante autocrático, paranoico y narcisista se pone a deliberar con un servidor público y le pide lealtad, el Estado está en peligro.


De ahí que, cuando Camilo se niega a corear las sospechas lunáticas de Leontes, este lo acuse sañudamente de falta de honradez, de cobardía o de negligencia. Y, no contento con reprenderlo y decir que es «un grosero patán, un siervo estúpido o un contemporizador que trata de mantener la balanza en equilibrio» (1.2.301-302), el rey exige a su consejero que actúe y le demuestre lealtad absoluta. Hay una forma perfecta de hacerlo, a juicio de Leontes. Y de ese modo ordena a Camilo que envenene a Políxenes.


El consejero se encuentra, por consiguiente, en un gravísimo apuro, y lo sabe. Su ilustre señor no solo está loco, sino que, además, es extraordinariamente peligroso. Los sinceros intentos realizados para disuadirlo de su idea no han hecho más que intensificar la cólera real, y Camilo es consciente de que, si se niega a actuar como manda el rey, él mismo será castigado con la muerte. Considera durante un breve instante la eventualidad de cumplir la orden recibida: «A la ejecución de este acto sigue el acrecentamiento de mi fortuna», medita. Camilo es una persona honrada, no un villano oportunista; por esa razón se atreve a desafiar al rey. Al mismo tiempo, no tiene ningún interés en ser un mártir. Por consiguiente, solo le queda una alternativa: avisa a Políxenes y por la noche, en compañía de los gentilhombres que han acompañado al rey de Bohemia en su visita de Estado, los dos huyen precipitadamente de Sicilia.


La huida es una alternativa desesperada, una opción que, una vez escogida, no permite dar marcha atrás y, desde luego, no está al alcance de cualquiera. Como principal consejero del rey, Camilo tiene autoridad para ordenar que se abran las puertas de la ciudad y los barcos de Políxenes están ya aguardándolo en el puerto. Cabe suponer que Camilo ha tenido que abandonar todas sus posesiones, así como el elevado puesto de confianza que ha ocupado durante largo tiempo, pero, evidentemente, no tiene familia por la que preocuparse, y el soberano cuya vida ha salvado le brindará su protección y su apoyo. Lo importante, en esa situación de extrema gravedad, es «aprovechar estos momentos que nos urgen», como dice Camilo, y ponerse a salvo lejos del alcance del tirano.


Pero a la pobre Hermíone no le es posible hacer otro tanto; y hasta que no estalla la furia de Leontes tampoco tiene la menor idea de que su marido ha venido acumulando cada vez más sospechas y cólera contra ella. Obligada a aguardar los inminentes dolores del parto, se ha dedicado a cuidar a su joven hijo, Mamilio, a chismorrear con su amiga Paulina y a hacer de encantadora anfitriona del mejor amigo de su esposo. En realidad, ha sido Leontes el que la ha exhortado a que lo ayude a convencer a Políxenes de que prolongue su ya dilatada estancia en Sicilia. Pero todos los gestos cariñosos que ha hecho en ese sentido han sido interpretados por el paranoico Leontes como pruebas de su infidelidad. «¿Los cuchicheos no son nada?», exclama lleno de furia Leontes cuando Camilo intenta calmar sus temores.


¿Las mejillas inclinadas una contra la otra no son nada? ¿No son nada narices que se encuentran y labios que se besan por dentro? ¿Nada es interrumpir el curso de la risa con un suspiro, indicación infalible de haber sucumbido la honradez, pasearse a caballo, pie junto a pie, acurrucarse a escondidas en los rincones?


(1.2.284-289)


No importa cuánto de todo eso sea verdad; es lo que Leontes cree que ha visto, y eso ya basta en su mente calenturienta para condenar a su esposa.


La huida de Políxenes y Camilo confirma esa convicción e intensifica la idea que tiene Leontes de que lo han puesto en ridículo. Ahora le parece que está sobradamente claro que Camilo, en el que había confiado, era cómplice de la conspiración de Políxenes, era «su alcahuete». Llega a la conclusión, por tanto, de que «hay un complot contra mi vida», y decide hacerle frente ordenando la detención y el encarcelamiento de su esposa. «Es una adúltera», proclama el monarca ante la estupefacción de la corte. Al principio, los cortesanos intentan, como hiciera Camilo, poner en duda la acusación y culpar de ella a algún calumniador malvado, a «algún intrigante, que se condenará por ello» (2.1.142-143). «Suplico a vuestra alteza —⁠dice un cortesano⁠— que vuelva a llamar a la reina». «Estad seguro de lo que hacéis, señor —⁠le advierte otro⁠—, no sea que vuestra justicia pase por violencia» (2.1.127-129).


Leontes no está dispuesto a escuchar a nadie. «Olfateáis este asunto —⁠les replica⁠— con un sentido tan frío como la nariz de un hombre muerto» (2.1.152-153). A él no le interesa oír lo que los otros han observado y tampoco necesita su aprobación. «¿Qué necesidad tenemos de conversar con vosotros de esto —⁠exclama en tono despectivo⁠—, en lugar de seguir simplemente nuestra invencible creencia?» (2.1.162-164). Seguir su creencia significa seguir los dictados de sus impulsos y nada más que los suyos:


No necesitamos más de vuestra consulta. El asunto, la pérdida, la ganancia, la manera de proceder, todo esto nos concierne exclusivamente a nos.


(2.1.169-171)


Por supuesto, desde la perspectiva de la corte, el «asunto» —⁠la acusación de que se ha urdido un complot contra la vida del soberano, la huida del principal consejero del rey y el encarcelamiento de la reina⁠— no concierne ni mucho menos exclusivamente a Leontes. Pero, a la manera típica de los tiranos, el monarca ha confundido al Estado consigo mismo. La única concesión que hace —⁠una concesión, según sus propias palabras, «a las almas de otras personas»⁠— consiste en despachar embajadores «hacia el sagrado Delfos, al templo de Apolo», con la misión de consultar al oráculo. Los cortesanos, obligados por lo demás a guardar silencio, dan su aprobación a la iniciativa.


Del mismo modo que en El rey Lear, una mujer —⁠la hija menor del autócrata⁠— da el paso público decisivo de negarse a cumplir la exigencia inapelable de su padre, también en El cuento de invierno es una mujer la que con más ahínco desafía la voluntad del tirano. La principal opositora a los designios de Leontes no es la esposa agraviada, Hermíone —⁠aunque la reina se defiende con tanta valentía como elocuencia⁠—, sino la amiga de esta, Paulina. Ella es la que visita a la soberana en la cárcel y la que le propone, con la esperanza de devolver la cordura al rey, presentarle a la hija que su esposa acaba de dar a luz. Cuando el carcelero replica que lo que a él le preocupa, como por lo demás es perfectamente razonable, es que pueda correr peligro si permite sacar a la criatura de la prisión sin autorización, Paulina lo tranquiliza elocuentemente:


Nada tenéis que temer, señor; la niña era prisionera en el vientre de su madre, y ahora se ha liberado y manumitido por la ley y el curso de la gran naturaleza. Ni es partícipe en la cólera del rey ni responsable de la falta de la reina, si la hubiese.


(2.2.59-64)


Por un momento, tan breve como revelador, llegamos a atisbar la estructura burocrática que caracteriza a todos los regímenes y que resulta particularmente importante cuando el soberano se comporta de manera alarmante. Si se produce alguna anomalía procedimental, alguna persona de alto rango —⁠y Paulina, la aristocrática esposa de Antígono, el consejero del rey, es, desde luego, de muy alto rango⁠— tiene que dar un paso adelante y asumir la responsabilidad: «No temáis nada —⁠vuelve a decir al carcelero⁠—. Por mi honor, me interpondré entre vos y el peligro» (2.2.66-67).


Existen buenas razones, como no tardamos en saber, para temer lo peor. El tirano no puede conciliar el sueño: «¡Ni de día ni de noche, ningún reposo!» (2.3.1). Su hijo, Mamilio, ha caído enfermo a raíz de las acusaciones presentadas contra Hermíone y, además de la preocupación por el estado del muchacho, Leontes no ha dejado de pensar en ningún momento en la manera de vengarse. Políxenes y Camilo están fuera de su alcance —⁠«al abrigo del complot», como él dice⁠—, pero «la adúltera» está en su poder (2.3.4-6). «Supongamos que ha desaparecido, que fue entregada a las llamas» (2.3.7-8), medita torvamente; así recobraría, al menos en parte, la posibilidad de descansar.


No es de extrañar que, cuando aparece Paulina llevando a la niña en brazos, los gentilhombres que atienden a Leontes le digan que no puede entrar en su cámara. Pero, lejos de marcharse en silencio, la noble dama apela a su bondad y les pide que la ayuden. «¿Os importa más, ¡ay!, su cólera de tirano que la vida de la reina?», les pregunta (2.3.27-28). Ellos explican que el monarca no ha sido capaz de dormir en toda la noche, pero ella contesta: «Vengo a traerle el sueño», y los culpa a ellos, de hecho, del agravamiento de su locura:


Gentes parecidas a vos, que se deslizan junto a él a manera de sombras y acompañan con suspiros sus gemidos inútiles, gentes parecidas a vos son los que mantienen la causa de sus insomnios.


(2.3.33-36)


La estrategia de Paulina es tremendamente audaz: intentar quitar al rey su locura de golpe al obligarlo a tomar en sus brazos a la niña que él cree desaforadamente que no es suya (y se equivoca). La furia de Leontes no hace más que intensificarse. Ordena que la «bastarda» sea arrojada al fuego y luego se vuelve contra Paulina y la amenaza con mandar que a ella también la quemen en la hoguera. «¡Poco me importa!», replica la intrépida dama, y añade a continuación algunas de las palabras de desafío más espléndidas de toda la obra de Shakespeare:


El hereje será quien encienda el fuego, y no la que se queme en él.


(2.3.114-115)


Una consecuencia de la tiranía es subvertir toda la estructura de autoridad: la legitimidad ya no reside en el corazón del Estado; por el contrario, se encuentra en las víctimas de su violencia.


Paulina ya ha hecho referencia a la «cólera de tirano» de Leontes y a él le ha dicho rotundamente a la cara: «Soy tan honrada como vos loco». Pero un signo de la gravedad de la acusación directa de tiranía es que la buena mujer se refrena un poco, pues le dice:


No os llamaré tirano, pero este modo tan cruel de tratar a la reina, sin poder producir otras acusaciones que las de vuestro capricho mal fundado, sabe un poco a tiranía…


(2.3.115-118)


Por su parte, Leontes no deja pasar por alto estas palabras y replica: «Si fuera un tirano, ¿dónde estaría ahora su vida? —⁠dice a sus cortesanos⁠—. No osara llamarme tirano si supiera que lo soy» (2.3.121-123). Quizá las palabras de Paulina fueran un recurso estratégico: después de la contestación que ha dado, Leontes no está ya en una posición que le permita confirmar su amenaza de mandar que la quemen en la hoguera. Simplemente ordena que la saquen de su estancia.


Paulina salva su vida, pero la locura de Leontes y sus impulsos tiránicos siguen fuera de control. Sospechando que el marido de Paulina, Antígono, ha tenido la idea de que ella se presente ante él con la niña, el monarca acusa a su consejero de traición. Para demostrar que no es un traidor, Antígono tendrá que matar a la criatura. «¡Desembarazadme de eso!», le ordena Leontes.


Toma eso enseguida, y dentro de una hora ven a comunicarme que el acto se ha cumplido, y esto con pruebas indiscutibles, o dispongo de tu vida y de cuanto te pertenece.


(2.3.134-137)


No hay ningún proceso legal, ningún respeto a las normas de la civilización, ninguna decencia. En una sociedad en la que no cabe distinguir entre la sospecha y la certeza, la lealtad se demuestra ejecutando las órdenes criminales del tirano.


Sin embargo, sigue habiendo algo de fuerza moral en Sicilia. La tiranía de Leontes es consecuencia de una caída repentina e inexplicable en la locura; hasta hace muy poco el rey no ha sido un bruto con tintes de payaso, sino un monarca respetado y totalmente legítimo. Por eso, como Camilo y Paulina han demostrado, no se encuentra rodeado de oportunistas desvergonzados, sino de personas decentes acostumbradas a decir lo que piensan. Y, aunque sus cortesanos quedan confusos y aterrorizados —⁠«todos sois unos embusteros» (2.3.145), les grita Leontes⁠—, ni siquiera en ese momento permanecen callados sin rechistar. «Hemos sido siempre para vos servidores fieles y os conjuramos a que nos consideréis como tales» (2.3.147-148), dice uno de los caballeros de la corte, que se arrodilla ante él y suplica al rey que revoque la espantosa orden que ha dado de arrojar al fuego a la recién nacida. Leontes accede a regañadientes, pero solo a cambio de que Antígono se lleve a la criatura a algún lugar apartado, donde deberá abandonarla y exponerla a la inclemencia de los elementos.


En la enrevesada trama novelesca que se desarrolla a continuación, este cambio de órdenes tendrá importantes consecuencias. Da lugar a la muerte de Antígono (mediante la elocuente acotación que dice: «Sale, perseguido por un oso» [3.3.57]) y, finalmente, al hallazgo casi milagroso, dieciséis años después, de la hija de Leontes, Perdita. Pero, en el momento en que, en respuesta a la petición de sus cortesanos, Leontes modifica ligeramente su orden de matar a la niña, es muy poco lo que ha cambiado en la conducta o la intención del monarca. Y ese cambio tiene mucho que ver con el sentido de todo el argumento: una vez que el Estado se encuentra en manos de un tirano inestable, impulsivo y vengativo, no hay casi nada que puedan hacer los mecanismos ordinarios de moderación. Los consejos sensatos caen en oídos sordos, las objeciones decorosas son borradas de un plumazo, las protestas pronunciadas en voz alta no parecen sino empeorar las cosas.


Decidido a vengarse de la esposa que cree que lo ha traicionado, Leontes somete a Hermíone a un juicio en el que la acusa de alta traición. «Que se nos absuelva del reproche de tiranía —⁠afirma cuando llama a la prisionera a comparecer⁠—, ya que procedemos en justicia tan abiertamente» (3.2.4-6). El procedimiento abierto tal vez parezca preferible, desde el punto de vista de las relaciones públicas, al veneno mediante el cual tenía pensado deshacerse de su mejor amigo, pero en el mundo de Shakespeare todo el mundo sabía perfectamente que no podía haber más que un resultado. El gobernante controlaba las instituciones que conferían el sello de realidad a sus afirmaciones más desaforadas. Se trata de una farsa judicial, a la manera de las de Enrique VIII o, en nuestro tiempo, las de Stalin.


Hay, sin embargo, una pequeña diferencia, aunque muy significativa: en El cuento de invierno, la persona acusada de traición no está tan mentalmente destrozada como para confesar el crimen imaginario que se le atribuye. Por el contrario, con dignidad y con una gracia inquebrantable, Hermíone pone en evidencia la «justicia» del tirano para que se vea lo que verdaderamente es:


Puesto que todo lo que tengo que decir radica simplemente en contradecir mi acusación, y los testimonios que puedo exhibir consisten en los que extraiga de mí misma, no me servirá de gran cosa decir: «No soy culpable».


 (3.2.20-24)


Al mismo tiempo, proclama su fe en que, «si las potencias divinas contemplan nuestras acciones humanas, como las contemplan, no dudo entonces que la inocencia cubra de oprobio las acusaciones falsas y haga temblar la tiranía ante la resignación» (3.2.26-30).


¿Qué querría decir lo de que la tiranía temblaría ente la resignación? Existen formas de resistencia cuyo poder reside no en devolver los golpes injustos —⁠algo que Hermíone, en cualquier caso, no está en condiciones de hacer⁠—, sino en aguantar y esperar, esperar la reivindicación personal y el posible despertar moral del opresor. Presa de su ilusión y de su indignación farisaica, Leontes no puede percibir ese poder, y menos aún temblar ante él. Mientras él continúa presentando cargos contra su esposa, a cuál más fantástico, Hermíone deja incluso de intentar darles sentido. «Señor, habláis un lenguaje que no entiendo» (3.2.78), afirma la acusada. «Mi vida está al alcance de vuestras visiones —⁠es decir, es el blanco que persiguen vuestras fantasías⁠—, y a ellas os la abandono» (3.2.79). Sin que Leontes se dé cuenta, su respuesta da en el meollo de la cuestión: «¡Vuestros actos son mis visiones!» (3.2.80). Si el tirano tiene la fantasía de que hay fraude, o engaño, o traición, entonces es que hay fraude, engaño o traición.


En consecuencia, es casi imposible ir más allá de esas visiones egocéntricas, sin justificación objetiva. Los embajadores regresan del templo de Apolo y traen el oráculo en un“documento sellado, que, una vez abierto y leído en voz alta ante toda la corte, no tiene ninguna de las ambigüedades habituales en ese tipo de mensajes:


«Hermíone es casta; Políxenes, intachable; Camilo, un súbdito leal; Leontes, un tirano celoso; su inocente criatura, legítimamente engendrada, y el rey morirá sin heredero, si lo que se ha perdido no es hallado».


(3.2.130-133)


Pero ni siquiera entonces puede librarse nadie de las ideas fijas del tirano. «No hay una palabra de verdad en todo ese oráculo», afirma Leontes obstinadamente, y ordena que el juicio siga su curso.


Solo cuando se hace saber que su hijo, Mamilio, ha muerto de angustia y de temor por la suerte que pueda correr su madre, Leontes recibe por fin un golpe lo bastante severo para sacudirse de encima su locura. Interpretando la muerte de su hijo como un signo terrible de la cólera de Apolo por tanta injusticia como ha cometido, decide actuar de inmediato para rectificar, en parte al menos, el daño que ha causado: «Me reconciliaré con Políxenes, ganaré de nuevo el corazón de mi reina, llamaré de nuevo al buen Camilo» (3.2.152-153). Pero no resulta todo tan fácil. Hermíone se ha desvanecido al oír la noticia de la muerte de su hijo, y en ese momento entra en escena Paulina, desesperada y dispuesta a dirigir durísimas palabras al tirano. Antes había hecho todo lo posible por contener su lengua: «No os llamaré tirano», había dicho en la escena III del acto II. Pero ahora, abandonando cualquier vestigio de contención, pregunta con amargura a Leontes: «¿Qué estudiados tormentos tienes para mí, tirano?» (3.2.172). Los antojos de su tiranía y sus celos, le dice, no solo lo han llevado a intentar corromper a Camilo para que matara Políxenes, y no solo lo han inducido a arrojar a su hija recién nacida a los cuervos, y no solo han provocado la muerte de su hijo. Ahora ha conseguido al fin su obra maestra al causar la muerte de su esposa.


La corte queda espantada ante la brutal franqueza de Paulina. Pero el trauma sufrido ha hecho de Leontes no solo un gobernante distinto, sino también un hombre diferente. Acepta la verdad y reconoce la terrible catástrofe que ha causado. La obra no nos lo muestra destronado y vagando errante por su antiguo reino, convertido en un desgraciado sin techo que lo cobije, como Lear. Sigue siendo rey de Sicilia, pero emprende un largo ejercicio de remordimiento y compunción. Solo cuando han pasado ya dieciséis años —⁠el Tiempo hace su aparición en escena e invita a los espectadores a pensar que acaso hayan permanecido dormidos durante todo ese largo intervalo⁠—, se reanuda la acción.


Cuando de nuevo empieza la obra, Leontes se encuentra todavía sumido en el arrepentimiento más profundo. Sus cortesanos lo exhortan a perdonarse de una vez, a volver a casarse y a dar a su reino un heredero al trono. Pero Paulina, que, en efecto, hace para él las veces de psicoterapeuta, es implacable y lo obliga a mirar cara a cara lo que ha hecho y a no casarse de nuevo:


Ni aun cuando os desposarais, una tras otra, con todas las mujeres del mundo o tomarais de cada una lo mejor para componer una mujer perfecta, la que habéis muerto derrotaría aún toda comparación.


(5.1.13-16)


«¿Muerta? ¿Yo la maté? —replica Leontes⁠—. Sí; yo lo hice —⁠reconoce al fin⁠—, pero tú me has herido cruelmente diciendo que fui yo» (5.1.16-18). Accede a no volver a contraer matrimonio nunca sin el consentimiento de Paulina.


Al final, El cuento de invierno logra reunir al rey con su hija perdida, y también, por medio de un espectacular golpe de escena, con la esposa a la que creía muerta. En el silencioso espacio de la galería de Paulina, Leontes se presenta a contemplar lo que le han dicho que es una  magnífica estatua de Hermíone. De manera aparentemente milagrosa, la estatua cobra vida, baja de su pedestal y abraza a su marido y a su hija. Pero nada puede borrar del todo el recuerdo de la tiranía, nada puede devolver los dieciséis años transcurridos en medio del aislamiento y la tristeza, nada puede restaurar la tierna inocencia de la amistad, la confianza y el amor. Cuando Leontes, que no puede dar crédito a sus ojos, vuelve a ver a su esposa, al principio queda sorprendido al constatar en ella los signos del envejecimiento: «Hermíone no estaba tan llena de arrugas, no era de edad tan avanzada como aquí parece» (5.3.28-29). Puede que haya una nueva vida más allá de los años perdidos por la tiranía, pero esa vida no será la misma de antes. El símbolo más conmovedor que ofrece la obra de todo lo que la tiranía hace que sea irrecuperable es el pequeño Mamilio, que murió de dolor y que no es resucitado mágicamente en la vertiginosa sucesión de felices reencuentros con la que acaba la obra.


Sin embargo, más que cualquier otro drama de Shakespeare, El cuento de invierno se permite soñar con una segunda oportunidad. El factor que hace posible ese resurgimiento, después de la catástrofe, es una de las fantasías más audaces e improbables del autor: el arrepentimiento total del tirano, no fingido, sino absolutamente sincero. Imaginar esa transformación interior es casi tan difícil como imaginar que una estatua cobre vida.