martes, 16 de junio de 2026

Stephen Greenblatt - EL TIRANO -- Shakespeare y la política (LA LOCURA DE LOS GRANDES)

 

Ricardo III y Macbeth son criminales que llegan al poder tras asesinar a los legítimos gobernantes que se interponen en su camino. Pero a Shakespeare le interesaba también un problema más insidioso, el que plantean los que empiezan siendo los gobernantes legítimos y se ven luego arrastrados hacia un comportamiento tiránico por su inestabilidad mental y emocional. Los horrores que infligen a sus súbditos y, en último término, a sí mismos son consecuencia de su degeneración psicológica. Puede que tengan consejeros y amigos sensatos, personas dotadas de un sano instinto de conservación y con un fuerte interés por su nación, pero es extremadamente difícil que esos individuos puedan contrarrestar la tiranía inducida por la locura, porque es imprevisible y porque su lealtad y fidelidad inveteradas han inculcado en ellos los hábitos de la obediencia.


En la Britania de El rey Lear, aunque el anciano rey empieza actuando con la caprichosa terquedad de un niño tiránico, al principio nadie se atreve a rechistar. Tras decidir retirarse —⁠«es nuestra firme resolución desembarazar a nuestra vejez de todos los cuidados y negocios, confiándolos a fuerzas más jóvenes» (El rey Lear 1.1.36-38)⁠—, reúne a su corte “y le comunica su «firme resolución», esto es, la decisión que ya ha tomado. Anuncia que dividirá su reino en tres partes y que entregará cada una de ellas a sus hijas en la proporción que merezca su capacidad de adularlo:


Decidme, hijas mías, ya que es ahora nuestra voluntad despojarnos de todo, autoridad, intereses del territorio, cuidados del gobierno: ¿cuál de vosotras, decidnos, nos ama más? Que nuestra mayor largueza se extienda a aquella cuyos sentimientos naturales merezcan mayor galardón.


(1.1.46-51)


La idea es disparatada, pero a nadie se le ocurre contradecirlo.


Es posible que los espectadores de este certamen grotesco no digan nada porque creen que se trata de un ritual meramente formal, concebido para gratificar la vanidad del autócrata en el momento de su retiro. Al fin y al cabo, uno de los nobles de mayor rango, el conde de Gloucester, comenta en los primeros momentos de la obra que ya ha visto un mapa con la división del reino escrupulosamente marcada en él. Y, llegados a este punto del dilatado reinado de Lear, quizá todos estén acostumbrados al deseo ilimitado del gran caudillo de oír cómo cantan sus alabanzas. Aunque interiormente todos ponen los ojos en blanco, permanecen sentados alrededor de la mesa y le rinden los «homenajes de adulación» que pretende, y le dicen lo dichosos que se sienten de vivir a su sombra, lo maravillados que están por sus hazañas, y que lo aprecian más «a la luz de los ojos, que al espacio y que a la libertad» (1.1.54).


Pero, cuando la menor de las hijas del rey, Cordelia, su favorita, se niega a participar en ese juego nauseabundo, la cosa se vuelve repentinamente seria. Furioso ante la contumacia de Cordelia, que se obstina en aferrarse a sus principios —⁠«amo a vuestra majestad conforme a mi deber—⁠dice⁠—; ni más ni menos» (1.1.90-91)⁠—, el soberano la deshereda y la maldice. Entonces por fin es expresada abiertamente la oposición al comportamiento de Lear, pero solo por un único personaje, el conde de Kent. El leal Kent empieza a hablar con la cortesía ceremonial de rigor, pero Lear lo interrumpe bruscamente. Abandonando por completo los modales cortesanos, el conde expresa entonces sus objeciones sin ambages:


¿Qué intentas, anciano? ¿Piensas que el deber tendrá miedo de hablar, cuando el poder se doblega a la adulación? El honor debe rendirse a la sinceridad cuando la majestad se humilla a la locura. Revoca tu sentencia y, tras mejores consideraciones, haz que desande lo andado tan horrible precipitación.


(1.2.143-149)


Hay otros adultos responsables en la corte. Observando cómo se desarrolla la escena están las hijas mayores del rey, Goneril y Regan, y sus maridos, el duque de Albany y el duque de Cornualles. Pero ninguno de ellos, ni tampoco ninguno de los presentes, apoya las objeciones de Kent ni expresa la más mínima protesta. Solo el conde se atreve a decir francamente lo que todos ven con claridad meridiana: «Lear está loco» (1.1.143). Por su sinceridad, el hombre que ha osado decir la verdad es desterrado para siempre del reino, so pena de muerte. Y, aun así, nadie más se atreve a hablar.


La corte de Lear se enfrenta a un problema grave, probablemente insuperable. En la remota época en la que se sitúa la acción, más o menos el siglo VIII a. e. v., parece que Britania no poseía instituciones ni magistraturas de ningún tipo —⁠Parlamento, Consejo Privado, comisionados, sumos sacerdotes⁠— capaces de moderar o reducir el poder real. Aunque puede que el rey, rodeado de su familia, de sus thanes leales y de sus servidores, solicite y reciba consejo, el poder decisorio fundamental es suyo y solo suyo. Cuando expresa sus deseos, espera que lo obedezcan. Pero todo el sistema se basa en el supuesto de que está en su sano juicio.


Incluso en sistemas que cuentan con múltiples instituciones moderadoras, el máximo responsable del ejecutivo tiene casi siempre un poder considerable. Pero ¿qué sucede cuando ese máximo responsable ejecutivo no está mentalmente capacitado para desempeñar su cargo? ¿Qué pasa si empieza a tomar decisiones que amenazan el bienestar y la seguridad del reino? En el caso de Lear, el soberano probablemente no haya sido nunca un modelo de estabilidad o de madurez emocional. Hablando acerca de la forma impulsiva que ha tenido su padre de maldecir a su hermana menor, las dos cínicas hijas mayores del monarca, Goneril y Regan, comentan que el paso de los años no ha hecho más que intensificar unos rasgos que ya venían observando en él desde hacía tiempo. «Chocheces de viejo —⁠señala una de ellas⁠—, bien que nunca tuvo gran dominio sobre sí», «En lo mejor y más fuerte de su vida —⁠confirma la otra⁠—, no fue sino un temerario» (1.1.289-292).


El hecho de que su hermana Cordelia haya sido desheredada no supone ninguna amenaza para Goneril ni para Regan. Por el contrario, como logran quedarse con la parte del reino que correspondía a su hermana menor, resulta sumamente conveniente para ellas. Por consiguiente, no hacen el menor intento de mitigar la furia tiránica de su padre. Pero saben que en cualquier momento este también puede volverse contra ellas. Tienen que enfrentarse a los inveterados hábitos mentales de su progenitor —⁠lo que ellas llaman sus «imperfecciones de antiguo inherentes a su condición»⁠— y también a los efectos de la vejez: «Debemos esperar de su edad no solamente las imperfecciones de antiguo inherentes a su condición, pero también la desarreglada aspereza de genio que los años de enfermedades y la irritación traen consigo» (1.1.292-295). Lo que las preocupa en particular son «las explosiones tan repentinas» (1.1.296) de su padre, esto es, los estallidos de cólera como el que acaban de contemplar cuando el monarca ha decretado el destierro de Kent. Resulta sumamente peligroso que un Estado sea regido por alguien que gobierna movido por sus impulsos.


Goneril y Regan son un par de buenas piezas, preocupadas como están únicamente por sí mismas. Pero se dan cuenta de que tienen entre manos un problema muy grave, y enseguida dan los pasos necesarios para proteger al menos sus intereses, cuando no los de todo el reino. Aunque ha decidido entregarles la administración del Estado a ellas y a sus maridos, el viejo rey ha conservado un séquito de cien servidores armados. Las hijas toman casi de inmediato las medidas necesarias “para ponerlos fuera del control de su padre, por si comete algún desmán. Primero reducen el número de sus caballeros a cincuenta, y luego a veinticinco, y después la espiral de los recortes continúa sin parar: «¿Qué necesidad tenéis de que os acompañen veinticinco, ni diez, ni cinco…?», pregunta Goneril. Y Regan añade: «¿Qué necesidad tenéis ni de uno?» (2.2.442-444). La cosa pinta fea, y más fea todavía va a ponerse. Pero el expolio de los caballeros de su séquito viene del reconocimiento de que un narcisista impulsivo, acostumbrado a dar órdenes a cuantos lo rodean, no debería ejercer el menor control ni siquiera sobre un ejército minúsculo.


Cuando el rey empezó a actuar de forma precipitada y autodestructiva, Cordelia y Kent fueron los únicos dispuestos a manifestarse abiertamente en contra de su comportamiento tiránico. Los dos lo hicieron movidos por su lealtad a la persona que más ofendida se había sentido por sus palabras, una persona a la que esperaban sinceramente proteger. Con su destierro y con la abdicación de Lear, no hay nada que impida que el país se desintegre. Esa desintegración dio comienzo como consecuencia del capricho anárquico del rey, pero no será él —⁠despojado de su poder y víctima de la locura⁠— el que asuma el manto de la tiranía. Antes bien, serán sus despiadadas hijas las que pondrán de manifiesto que no va a detenerlas el menor respeto al imperio de la ley y que son totalmente indiferentes a cualquier norma básica impuesta por la decencia humana.


La lealtad de Kent hacia Lear lo lleva, a riesgo de perder la vida, a regresar disfrazado con el fin de ponerse al servicio de su señor, sumido ahora en la decadencia más absoluta. Pero ya es demasiado tarde para evitar el desastre que el propio rey se ha acarreado. Kent ha sido obligado a guardar silencio y Cordelia ha sido desterrada. La única persona que todavía puede decir abiertamente aquello de lo que el mundo se percata es el Bufón, un artista satírico —⁠el equivalente de un cómico de programa nocturno⁠— al que las convenciones sociales permiten expresar lo que de otro modo sería reprimido o castigado. «Yo estoy ahora mejor que tú —⁠dice el Bufón a Lear⁠—. Soy un loco, y tú no eres nada…» (1.4.161). Y, en el nuevo régimen encabezado por las hijas de Lear, ni siquiera esa forma limitada de libertad de palabra es permisible. Goneril hace saber claramente a su padre que no va a seguir soportando la insolencia de su «bufón, al que todo se le permite» (1.4.168), y Regan no se comporta de modo muy distinto. A mitad de la obra, tras ser expulsado en plena tormenta en compañía del rey loco, el Bufón, tiritando de frío y sumido en la más absoluta miseria, desaparece para siempre.


A diferencia de lo que sucede con Ricardo III o con Coriolano, en Lear no vemos prácticamente el menor atisbo de lo que fue su infancia, durante la cual debieron de ser echadas las semillas del desorden de la personalidad que ahora padece. Vemos tan solo a un hombre que ha estado acostumbrado demasiado tiempo a salirse con la suya en todo y que no puede soportar que lo contradigan. En medio de su locura, refugiado en un tugurio miserable en compañía de un ciego y un mendigo, el rey sigue abrigando ilusiones de grandeza: «Cuando frunzo el ceño, veo cómo tiemblan mis vasallos» (4.6.108). Pero su locura es atravesada por ráfagas deslumbrantes de una verdad ganada a duras penas. «Me hablaban como a un perro», recuerda. Ahora se da cuenta de que todos lo adulaban y alababan su sabiduría, propia de un hombre maduro, cuando en realidad todavía no era más que un joven imberbe. Eso es lo más cerca que llegamos a la raíz de su narcisismo: «¡Decir sí o no a todo cuanto les decía! Sí y no, por otro lado, no eran buena teología» (4.6.97-100).


Después de semejante crianza, nada podía preparar a Lear para entender la realidad de su familia, de su reino, ni siquiera de su propio cuerpo. Es un padre que arruina a sus hijos, es un caudillo que no sabe distinguir entre los servidores honrados y fieles y los sinvergüenzas corruptos, es un gobernante incapaz de percibir cuáles son las necesidades de su pueblo, y menos aún atenderlas. En la primera parte de la obra, cuando Lear todavía ocupa el trono, esos individuos son completamente invisibles. Es como si el rey no se hubiera tomado nunca la molestia de reparar en su existencia. Al mirarse en el espejo, siempre ha visto a alguien imponente, «en cada pulsación soy rey» (4.6.108).


De ahí la horrible sorpresa que tiene cuando, tiritando de frío y de fiebre, se da cuenta por fin de que ha estado siempre rodeado de aduladores que le han mentido en todo momento:


Cuando me empapó una vez la lluvia, y el viento me hizo tiritar, y el trueno no quiso callar cuando se lo mandaba; entonces los conocí, entonces los saqué por la pista [i. e.: como un perro de caza supe por su olor quiénes eran]. ¡Quita allá! No son hombres de palabra. Me decían que yo lo era todo. ¡Mentira! ¡No estoy a prueba de calentura intermitente!


(4.6.100-105)


«Me decían que lo era todo». Para un individuo aquejado de un solipsismo tan extremo constituye una especie de triunfo moral darse cuenta de que, al fin y al cabo, se halla sujeto a las mismas penalidades corporales que todas las demás personas.


Pero la obra de Shakespeare se fija con seriedad en el coste trágico de esa constatación, por lo demás bastante modesta. Lear insiste en que es «un hombre contra el que pecaron más que él pecó», pero no puede ser considerado inocente del todo del hecho de que sus dos hijas mayores sean unos monstruos retorcidos que pretenden quitarle la vida. Desde luego, no es inocente del destino catastrófico de su hija menor, cuya integridad moral él mismo ha desdeñado y cuyo amor no ha sabido comprender. Evidentemente tampoco ha sabido distinguir entre la honradez elemental de Albany, el marido de Goneril, y el sadismo del marido de Regan, Cornualles, y ha dividido su reino sin percatarse de la enorme probabilidad de que se desatara un conflicto violento entre las dos facciones que ahora lo gobiernan.


Es solo cuando el propio Lear se ve obligado a salir a la intemperie en medio de la tempestad cuando se percata de la terrible situación vivida por los que carecen de techo en el país sobre el que ha gobernado durante décadas. Mientras la lluvia lo azota, la pregunta que formula es durísima:


¡Pobres y miserables desnudos, dondequiera que os halléis, que aguantáis la descarga de esta despiadada tempestad!, ¿cómo os defenderéis de un temporal semejante, con vuestras cabezas sin abrigo, vuestros estómagos sin alimento y vuestros andrajos llenos de agujeros y aberturas?


(3.4.29-33)


Pero, aun cuando formula la pregunta, sabe muy bien que ya es demasiado tarde para él y que no es capaz de hacer nada para aliviar los sufrimien“tos de todos esos desgraciados. «¡Oh, cuán poco me había preocupado de ellos!» (3.4.33-34). Y lo que ahora piensa —⁠que los ricos deberían exponerse a sentir lo mismo que sienten los miserables para que compartan con ellos parte de su riqueza superflua⁠— difícilmente podría constituir una nueva visión económica para el país que ha gobernado hasta hace poco.


El monstruoso egocentrismo que fomentó las catastróficas decisiones tomadas por Lear no desaparece por el mero hecho de que ahora él se vea expuesto a la adversidad; sigue siendo el principio organizativo de su percepción de las cosas. Cuando se topa con un mendigo sin techo, lo único que puede imaginar es que las miserias que afligen a aquel hombre se han producido por la misma razón que las suyas: «¿Es que has dado todo cuanto tenías a tus hijas y por eso te ves así?» (3.4.47-48). Convencido de que la respuesta solo puede ser afirmativa, Lear empieza a maldecir a las ingratas hijas del pobre miserable. Y, cuando Kent (disfrazado) corrige su error —⁠«¡Si no tiene hijas, monseñor!»⁠—, Lear estalla hecho una furia y exclama: «¡A muerte, traidor! Nada hubiera podido precipitar a la naturaleza a un grado tal de abyección, a no ser la ingratitud de sus hijas» (3.4.66-68). En ese momento Lear ya lo ha perdido todo, pero sigue teniendo la mentalidad del tirano que no tolera la menor discrepancia: «¡A muerte, traidor!».


Casi al final de la obra, cuando Lear ha recuperado al menos parcialmente la cordura, tras reconocer la locura de sus actos y suplicar el perdón de Cordelia (que ha regresado a Inglaterra para combatir en su defensa), sigue costándole trabajo distanciarse del egocentrismo que precipitó todo el desastre. Hecho prisionero, junto con Cordelia, por las tropas al mando del despiadado Edmundo, Lear rechaza enfáticamente la petición de su hija de que los lleven a ver a sus hermanas: «No, no, no, no» (5.3.8). ¿Por qué piensa que no deberían intentar al menos solicitar clemencia? Pues porque se halla dominado por una fantasía —⁠patética, totalmente irreal y, a su manera, sumamente egoísta⁠— que le hace pensar que, en su prisión, acompañado de su hija menor, al final podrá obtener lo que en un principio pretendía: «Creí poder confiar el reposo de mi vejez a sus tiernos cuidados, como se confía un niño a su nodriza»


“(1.1.121). «Los dos solos cantaremos como pajarillos en una jaula», dice a Cordelia.


Pasaremos el tiempo orando, cantando y refiriendo antiguas leyendas; reiremos contemplando las doradas mariposas y oiremos a los necios cómo cuentan nuevas de la Corte; y también nosotros hablaremos con ellos, sabremos quién pierde y quién gana, quién es el favorito y quiénes caen en desgracia; y tomaremos sobre nosotros el misterio de las cosas, como si fuésemos espías de los dioses.


(5.3.9-17)


Por mucho que esta fuera una fantasía que Cordelia pudiera compartir y encontrar atractiva, la joven es demasiado realista para pensar que pueda ser ni remotamente posible. Conducida a prisión y a la muerte casi segura que sabe que la acecha, la muchacha guarda un silencio tan elocuente como doloroso.


 


“En El cuento de invierno, obra que escribió al final de su carrera, Shakespeare volvería a la idea de un gobernante legítimo que, víctima de la locura, empieza a comportarse como un tirano. En el caso de Leontes, rey de Sicilia, la causa que precipita el drama no es la cólera senil, más bien es un ataque repentino de paranoia; el rey está convencido de que su esposa, Hermíone, llegada ya a la última fase de su embarazo, ha mantenido una relación adúltera y de que el hijo que lleva en su seno no es de él. Las sospechas de Leontes recaen en su mejor amigo, Políxenes, rey de Bohemia, que ha estado de visita en Sicilia durante los últimos nueve meses. Al principio Leontes expone su idea a su principal consejero, Camilo, quien, horrorizado, intenta desengañar al rey de la idea fija que lo obsesiona: «Mi buen señor, curaos de esa opinión enfermiza», insiste, y hacedlo pronto, «porque es muy peligrosa» (El cuento de invierno 1.2.296-298). Leontes insiste una y otra vez en su delirio y afirma que su acusación es cierta y, cuando el consejero vuelve a poner reparos, explota lleno de cólera: «Sí lo es. Mentís, mentís. Digo que mientes, Camilo, y te aborrezco» (1.2.299-300). El rey celoso no presenta ninguna prueba; lo único que tiene es su enfática obsesión.


Un tirano no necesita basarse en hechos reales ni presentar pruebas. Da por supuesto que una acusación suya debe ser suficiente. Si dice que alguien lo ha traicionado, o que se ha reído de él, o que lo espía, así tiene que ser. Cualquiera que lo contradiga es un mentiroso o un idiota. Lo último que desearía un tirano, incluso cuando parece que la solicita, es una opinión independiente. Lo que de verdad quiere es lealtad, y por lealtad entiende no ya integridad, honor o responsabilidad. Lo que entiende es confirmación inmediata y sin reservas de su propio criterio y disposición a cumplir sus órdenes sin vacilar. Cuando un gobernante autocrático, paranoico y narcisista se pone a deliberar con un servidor público y le pide lealtad, el Estado está en peligro.


De ahí que, cuando Camilo se niega a corear las sospechas lunáticas de Leontes, este lo acuse sañudamente de falta de honradez, de cobardía o de negligencia. Y, no contento con reprenderlo y decir que es «un grosero patán, un siervo estúpido o un contemporizador que trata de mantener la balanza en equilibrio» (1.2.301-302), el rey exige a su consejero que actúe y le demuestre lealtad absoluta. Hay una forma perfecta de hacerlo, a juicio de Leontes. Y de ese modo ordena a Camilo que envenene a Políxenes.


El consejero se encuentra, por consiguiente, en un gravísimo apuro, y lo sabe. Su ilustre señor no solo está loco, sino que, además, es extraordinariamente peligroso. Los sinceros intentos realizados para disuadirlo de su idea no han hecho más que intensificar la cólera real, y Camilo es consciente de que, si se niega a actuar como manda el rey, él mismo será castigado con la muerte. Considera durante un breve instante la eventualidad de cumplir la orden recibida: «A la ejecución de este acto sigue el acrecentamiento de mi fortuna», medita. Camilo es una persona honrada, no un villano oportunista; por esa razón se atreve a desafiar al rey. Al mismo tiempo, no tiene ningún interés en ser un mártir. Por consiguiente, solo le queda una alternativa: avisa a Políxenes y por la noche, en compañía de los gentilhombres que han acompañado al rey de Bohemia en su visita de Estado, los dos huyen precipitadamente de Sicilia.


La huida es una alternativa desesperada, una opción que, una vez escogida, no permite dar marcha atrás y, desde luego, no está al alcance de cualquiera. Como principal consejero del rey, Camilo tiene autoridad para ordenar que se abran las puertas de la ciudad y los barcos de Políxenes están ya aguardándolo en el puerto. Cabe suponer que Camilo ha tenido que abandonar todas sus posesiones, así como el elevado puesto de confianza que ha ocupado durante largo tiempo, pero, evidentemente, no tiene familia por la que preocuparse, y el soberano cuya vida ha salvado le brindará su protección y su apoyo. Lo importante, en esa situación de extrema gravedad, es «aprovechar estos momentos que nos urgen», como dice Camilo, y ponerse a salvo lejos del alcance del tirano.


Pero a la pobre Hermíone no le es posible hacer otro tanto; y hasta que no estalla la furia de Leontes tampoco tiene la menor idea de que su marido ha venido acumulando cada vez más sospechas y cólera contra ella. Obligada a aguardar los inminentes dolores del parto, se ha dedicado a cuidar a su joven hijo, Mamilio, a chismorrear con su amiga Paulina y a hacer de encantadora anfitriona del mejor amigo de su esposo. En realidad, ha sido Leontes el que la ha exhortado a que lo ayude a convencer a Políxenes de que prolongue su ya dilatada estancia en Sicilia. Pero todos los gestos cariñosos que ha hecho en ese sentido han sido interpretados por el paranoico Leontes como pruebas de su infidelidad. «¿Los cuchicheos no son nada?», exclama lleno de furia Leontes cuando Camilo intenta calmar sus temores.


¿Las mejillas inclinadas una contra la otra no son nada? ¿No son nada narices que se encuentran y labios que se besan por dentro? ¿Nada es interrumpir el curso de la risa con un suspiro, indicación infalible de haber sucumbido la honradez, pasearse a caballo, pie junto a pie, acurrucarse a escondidas en los rincones?


(1.2.284-289)


No importa cuánto de todo eso sea verdad; es lo que Leontes cree que ha visto, y eso ya basta en su mente calenturienta para condenar a su esposa.


La huida de Políxenes y Camilo confirma esa convicción e intensifica la idea que tiene Leontes de que lo han puesto en ridículo. Ahora le parece que está sobradamente claro que Camilo, en el que había confiado, era cómplice de la conspiración de Políxenes, era «su alcahuete». Llega a la conclusión, por tanto, de que «hay un complot contra mi vida», y decide hacerle frente ordenando la detención y el encarcelamiento de su esposa. «Es una adúltera», proclama el monarca ante la estupefacción de la corte. Al principio, los cortesanos intentan, como hiciera Camilo, poner en duda la acusación y culpar de ella a algún calumniador malvado, a «algún intrigante, que se condenará por ello» (2.1.142-143). «Suplico a vuestra alteza —⁠dice un cortesano⁠— que vuelva a llamar a la reina». «Estad seguro de lo que hacéis, señor —⁠le advierte otro⁠—, no sea que vuestra justicia pase por violencia» (2.1.127-129).


Leontes no está dispuesto a escuchar a nadie. «Olfateáis este asunto —⁠les replica⁠— con un sentido tan frío como la nariz de un hombre muerto» (2.1.152-153). A él no le interesa oír lo que los otros han observado y tampoco necesita su aprobación. «¿Qué necesidad tenemos de conversar con vosotros de esto —⁠exclama en tono despectivo⁠—, en lugar de seguir simplemente nuestra invencible creencia?» (2.1.162-164). Seguir su creencia significa seguir los dictados de sus impulsos y nada más que los suyos:


No necesitamos más de vuestra consulta. El asunto, la pérdida, la ganancia, la manera de proceder, todo esto nos concierne exclusivamente a nos.


(2.1.169-171)


Por supuesto, desde la perspectiva de la corte, el «asunto» —⁠la acusación de que se ha urdido un complot contra la vida del soberano, la huida del principal consejero del rey y el encarcelamiento de la reina⁠— no concierne ni mucho menos exclusivamente a Leontes. Pero, a la manera típica de los tiranos, el monarca ha confundido al Estado consigo mismo. La única concesión que hace —⁠una concesión, según sus propias palabras, «a las almas de otras personas»⁠— consiste en despachar embajadores «hacia el sagrado Delfos, al templo de Apolo», con la misión de consultar al oráculo. Los cortesanos, obligados por lo demás a guardar silencio, dan su aprobación a la iniciativa.


Del mismo modo que en El rey Lear, una mujer —⁠la hija menor del autócrata⁠— da el paso público decisivo de negarse a cumplir la exigencia inapelable de su padre, también en El cuento de invierno es una mujer la que con más ahínco desafía la voluntad del tirano. La principal opositora a los designios de Leontes no es la esposa agraviada, Hermíone —⁠aunque la reina se defiende con tanta valentía como elocuencia⁠—, sino la amiga de esta, Paulina. Ella es la que visita a la soberana en la cárcel y la que le propone, con la esperanza de devolver la cordura al rey, presentarle a la hija que su esposa acaba de dar a luz. Cuando el carcelero replica que lo que a él le preocupa, como por lo demás es perfectamente razonable, es que pueda correr peligro si permite sacar a la criatura de la prisión sin autorización, Paulina lo tranquiliza elocuentemente:


Nada tenéis que temer, señor; la niña era prisionera en el vientre de su madre, y ahora se ha liberado y manumitido por la ley y el curso de la gran naturaleza. Ni es partícipe en la cólera del rey ni responsable de la falta de la reina, si la hubiese.


(2.2.59-64)


Por un momento, tan breve como revelador, llegamos a atisbar la estructura burocrática que caracteriza a todos los regímenes y que resulta particularmente importante cuando el soberano se comporta de manera alarmante. Si se produce alguna anomalía procedimental, alguna persona de alto rango —⁠y Paulina, la aristocrática esposa de Antígono, el consejero del rey, es, desde luego, de muy alto rango⁠— tiene que dar un paso adelante y asumir la responsabilidad: «No temáis nada —⁠vuelve a decir al carcelero⁠—. Por mi honor, me interpondré entre vos y el peligro» (2.2.66-67).


Existen buenas razones, como no tardamos en saber, para temer lo peor. El tirano no puede conciliar el sueño: «¡Ni de día ni de noche, ningún reposo!» (2.3.1). Su hijo, Mamilio, ha caído enfermo a raíz de las acusaciones presentadas contra Hermíone y, además de la preocupación por el estado del muchacho, Leontes no ha dejado de pensar en ningún momento en la manera de vengarse. Políxenes y Camilo están fuera de su alcance —⁠«al abrigo del complot», como él dice⁠—, pero «la adúltera» está en su poder (2.3.4-6). «Supongamos que ha desaparecido, que fue entregada a las llamas» (2.3.7-8), medita torvamente; así recobraría, al menos en parte, la posibilidad de descansar.


No es de extrañar que, cuando aparece Paulina llevando a la niña en brazos, los gentilhombres que atienden a Leontes le digan que no puede entrar en su cámara. Pero, lejos de marcharse en silencio, la noble dama apela a su bondad y les pide que la ayuden. «¿Os importa más, ¡ay!, su cólera de tirano que la vida de la reina?», les pregunta (2.3.27-28). Ellos explican que el monarca no ha sido capaz de dormir en toda la noche, pero ella contesta: «Vengo a traerle el sueño», y los culpa a ellos, de hecho, del agravamiento de su locura:


Gentes parecidas a vos, que se deslizan junto a él a manera de sombras y acompañan con suspiros sus gemidos inútiles, gentes parecidas a vos son los que mantienen la causa de sus insomnios.


(2.3.33-36)


La estrategia de Paulina es tremendamente audaz: intentar quitar al rey su locura de golpe al obligarlo a tomar en sus brazos a la niña que él cree desaforadamente que no es suya (y se equivoca). La furia de Leontes no hace más que intensificarse. Ordena que la «bastarda» sea arrojada al fuego y luego se vuelve contra Paulina y la amenaza con mandar que a ella también la quemen en la hoguera. «¡Poco me importa!», replica la intrépida dama, y añade a continuación algunas de las palabras de desafío más espléndidas de toda la obra de Shakespeare:


El hereje será quien encienda el fuego, y no la que se queme en él.


(2.3.114-115)


Una consecuencia de la tiranía es subvertir toda la estructura de autoridad: la legitimidad ya no reside en el corazón del Estado; por el contrario, se encuentra en las víctimas de su violencia.


Paulina ya ha hecho referencia a la «cólera de tirano» de Leontes y a él le ha dicho rotundamente a la cara: «Soy tan honrada como vos loco». Pero un signo de la gravedad de la acusación directa de tiranía es que la buena mujer se refrena un poco, pues le dice:


No os llamaré tirano, pero este modo tan cruel de tratar a la reina, sin poder producir otras acusaciones que las de vuestro capricho mal fundado, sabe un poco a tiranía…


(2.3.115-118)


Por su parte, Leontes no deja pasar por alto estas palabras y replica: «Si fuera un tirano, ¿dónde estaría ahora su vida? —⁠dice a sus cortesanos⁠—. No osara llamarme tirano si supiera que lo soy» (2.3.121-123). Quizá las palabras de Paulina fueran un recurso estratégico: después de la contestación que ha dado, Leontes no está ya en una posición que le permita confirmar su amenaza de mandar que la quemen en la hoguera. Simplemente ordena que la saquen de su estancia.


Paulina salva su vida, pero la locura de Leontes y sus impulsos tiránicos siguen fuera de control. Sospechando que el marido de Paulina, Antígono, ha tenido la idea de que ella se presente ante él con la niña, el monarca acusa a su consejero de traición. Para demostrar que no es un traidor, Antígono tendrá que matar a la criatura. «¡Desembarazadme de eso!», le ordena Leontes.


Toma eso enseguida, y dentro de una hora ven a comunicarme que el acto se ha cumplido, y esto con pruebas indiscutibles, o dispongo de tu vida y de cuanto te pertenece.


(2.3.134-137)


No hay ningún proceso legal, ningún respeto a las normas de la civilización, ninguna decencia. En una sociedad en la que no cabe distinguir entre la sospecha y la certeza, la lealtad se demuestra ejecutando las órdenes criminales del tirano.


Sin embargo, sigue habiendo algo de fuerza moral en Sicilia. La tiranía de Leontes es consecuencia de una caída repentina e inexplicable en la locura; hasta hace muy poco el rey no ha sido un bruto con tintes de payaso, sino un monarca respetado y totalmente legítimo. Por eso, como Camilo y Paulina han demostrado, no se encuentra rodeado de oportunistas desvergonzados, sino de personas decentes acostumbradas a decir lo que piensan. Y, aunque sus cortesanos quedan confusos y aterrorizados —⁠«todos sois unos embusteros» (2.3.145), les grita Leontes⁠—, ni siquiera en ese momento permanecen callados sin rechistar. «Hemos sido siempre para vos servidores fieles y os conjuramos a que nos consideréis como tales» (2.3.147-148), dice uno de los caballeros de la corte, que se arrodilla ante él y suplica al rey que revoque la espantosa orden que ha dado de arrojar al fuego a la recién nacida. Leontes accede a regañadientes, pero solo a cambio de que Antígono se lleve a la criatura a algún lugar apartado, donde deberá abandonarla y exponerla a la inclemencia de los elementos.


En la enrevesada trama novelesca que se desarrolla a continuación, este cambio de órdenes tendrá importantes consecuencias. Da lugar a la muerte de Antígono (mediante la elocuente acotación que dice: «Sale, perseguido por un oso» [3.3.57]) y, finalmente, al hallazgo casi milagroso, dieciséis años después, de la hija de Leontes, Perdita. Pero, en el momento en que, en respuesta a la petición de sus cortesanos, Leontes modifica ligeramente su orden de matar a la niña, es muy poco lo que ha cambiado en la conducta o la intención del monarca. Y ese cambio tiene mucho que ver con el sentido de todo el argumento: una vez que el Estado se encuentra en manos de un tirano inestable, impulsivo y vengativo, no hay casi nada que puedan hacer los mecanismos ordinarios de moderación. Los consejos sensatos caen en oídos sordos, las objeciones decorosas son borradas de un plumazo, las protestas pronunciadas en voz alta no parecen sino empeorar las cosas.


Decidido a vengarse de la esposa que cree que lo ha traicionado, Leontes somete a Hermíone a un juicio en el que la acusa de alta traición. «Que se nos absuelva del reproche de tiranía —⁠afirma cuando llama a la prisionera a comparecer⁠—, ya que procedemos en justicia tan abiertamente» (3.2.4-6). El procedimiento abierto tal vez parezca preferible, desde el punto de vista de las relaciones públicas, al veneno mediante el cual tenía pensado deshacerse de su mejor amigo, pero en el mundo de Shakespeare todo el mundo sabía perfectamente que no podía haber más que un resultado. El gobernante controlaba las instituciones que conferían el sello de realidad a sus afirmaciones más desaforadas. Se trata de una farsa judicial, a la manera de las de Enrique VIII o, en nuestro tiempo, las de Stalin.


Hay, sin embargo, una pequeña diferencia, aunque muy significativa: en El cuento de invierno, la persona acusada de traición no está tan mentalmente destrozada como para confesar el crimen imaginario que se le atribuye. Por el contrario, con dignidad y con una gracia inquebrantable, Hermíone pone en evidencia la «justicia» del tirano para que se vea lo que verdaderamente es:


Puesto que todo lo que tengo que decir radica simplemente en contradecir mi acusación, y los testimonios que puedo exhibir consisten en los que extraiga de mí misma, no me servirá de gran cosa decir: «No soy culpable».


 (3.2.20-24)


Al mismo tiempo, proclama su fe en que, «si las potencias divinas contemplan nuestras acciones humanas, como las contemplan, no dudo entonces que la inocencia cubra de oprobio las acusaciones falsas y haga temblar la tiranía ante la resignación» (3.2.26-30).


¿Qué querría decir lo de que la tiranía temblaría ente la resignación? Existen formas de resistencia cuyo poder reside no en devolver los golpes injustos —⁠algo que Hermíone, en cualquier caso, no está en condiciones de hacer⁠—, sino en aguantar y esperar, esperar la reivindicación personal y el posible despertar moral del opresor. Presa de su ilusión y de su indignación farisaica, Leontes no puede percibir ese poder, y menos aún temblar ante él. Mientras él continúa presentando cargos contra su esposa, a cuál más fantástico, Hermíone deja incluso de intentar darles sentido. «Señor, habláis un lenguaje que no entiendo» (3.2.78), afirma la acusada. «Mi vida está al alcance de vuestras visiones —⁠es decir, es el blanco que persiguen vuestras fantasías⁠—, y a ellas os la abandono» (3.2.79). Sin que Leontes se dé cuenta, su respuesta da en el meollo de la cuestión: «¡Vuestros actos son mis visiones!» (3.2.80). Si el tirano tiene la fantasía de que hay fraude, o engaño, o traición, entonces es que hay fraude, engaño o traición.


En consecuencia, es casi imposible ir más allá de esas visiones egocéntricas, sin justificación objetiva. Los embajadores regresan del templo de Apolo y traen el oráculo en un“documento sellado, que, una vez abierto y leído en voz alta ante toda la corte, no tiene ninguna de las ambigüedades habituales en ese tipo de mensajes:


«Hermíone es casta; Políxenes, intachable; Camilo, un súbdito leal; Leontes, un tirano celoso; su inocente criatura, legítimamente engendrada, y el rey morirá sin heredero, si lo que se ha perdido no es hallado».


(3.2.130-133)


Pero ni siquiera entonces puede librarse nadie de las ideas fijas del tirano. «No hay una palabra de verdad en todo ese oráculo», afirma Leontes obstinadamente, y ordena que el juicio siga su curso.


Solo cuando se hace saber que su hijo, Mamilio, ha muerto de angustia y de temor por la suerte que pueda correr su madre, Leontes recibe por fin un golpe lo bastante severo para sacudirse de encima su locura. Interpretando la muerte de su hijo como un signo terrible de la cólera de Apolo por tanta injusticia como ha cometido, decide actuar de inmediato para rectificar, en parte al menos, el daño que ha causado: «Me reconciliaré con Políxenes, ganaré de nuevo el corazón de mi reina, llamaré de nuevo al buen Camilo» (3.2.152-153). Pero no resulta todo tan fácil. Hermíone se ha desvanecido al oír la noticia de la muerte de su hijo, y en ese momento entra en escena Paulina, desesperada y dispuesta a dirigir durísimas palabras al tirano. Antes había hecho todo lo posible por contener su lengua: «No os llamaré tirano», había dicho en la escena III del acto II. Pero ahora, abandonando cualquier vestigio de contención, pregunta con amargura a Leontes: «¿Qué estudiados tormentos tienes para mí, tirano?» (3.2.172). Los antojos de su tiranía y sus celos, le dice, no solo lo han llevado a intentar corromper a Camilo para que matara Políxenes, y no solo lo han inducido a arrojar a su hija recién nacida a los cuervos, y no solo han provocado la muerte de su hijo. Ahora ha conseguido al fin su obra maestra al causar la muerte de su esposa.


La corte queda espantada ante la brutal franqueza de Paulina. Pero el trauma sufrido ha hecho de Leontes no solo un gobernante distinto, sino también un hombre diferente. Acepta la verdad y reconoce la terrible catástrofe que ha causado. La obra no nos lo muestra destronado y vagando errante por su antiguo reino, convertido en un desgraciado sin techo que lo cobije, como Lear. Sigue siendo rey de Sicilia, pero emprende un largo ejercicio de remordimiento y compunción. Solo cuando han pasado ya dieciséis años —⁠el Tiempo hace su aparición en escena e invita a los espectadores a pensar que acaso hayan permanecido dormidos durante todo ese largo intervalo⁠—, se reanuda la acción.


Cuando de nuevo empieza la obra, Leontes se encuentra todavía sumido en el arrepentimiento más profundo. Sus cortesanos lo exhortan a perdonarse de una vez, a volver a casarse y a dar a su reino un heredero al trono. Pero Paulina, que, en efecto, hace para él las veces de psicoterapeuta, es implacable y lo obliga a mirar cara a cara lo que ha hecho y a no casarse de nuevo:


Ni aun cuando os desposarais, una tras otra, con todas las mujeres del mundo o tomarais de cada una lo mejor para componer una mujer perfecta, la que habéis muerto derrotaría aún toda comparación.


(5.1.13-16)


«¿Muerta? ¿Yo la maté? —replica Leontes⁠—. Sí; yo lo hice —⁠reconoce al fin⁠—, pero tú me has herido cruelmente diciendo que fui yo» (5.1.16-18). Accede a no volver a contraer matrimonio nunca sin el consentimiento de Paulina.


Al final, El cuento de invierno logra reunir al rey con su hija perdida, y también, por medio de un espectacular golpe de escena, con la esposa a la que creía muerta. En el silencioso espacio de la galería de Paulina, Leontes se presenta a contemplar lo que le han dicho que es una  magnífica estatua de Hermíone. De manera aparentemente milagrosa, la estatua cobra vida, baja de su pedestal y abraza a su marido y a su hija. Pero nada puede borrar del todo el recuerdo de la tiranía, nada puede devolver los dieciséis años transcurridos en medio del aislamiento y la tristeza, nada puede restaurar la tierna inocencia de la amistad, la confianza y el amor. Cuando Leontes, que no puede dar crédito a sus ojos, vuelve a ver a su esposa, al principio queda sorprendido al constatar en ella los signos del envejecimiento: «Hermíone no estaba tan llena de arrugas, no era de edad tan avanzada como aquí parece» (5.3.28-29). Puede que haya una nueva vida más allá de los años perdidos por la tiranía, pero esa vida no será la misma de antes. El símbolo más conmovedor que ofrece la obra de todo lo que la tiranía hace que sea irrecuperable es el pequeño Mamilio, que murió de dolor y que no es resucitado mágicamente en la vertiginosa sucesión de felices reencuentros con la que acaba la obra.


Sin embargo, más que cualquier otro drama de Shakespeare, El cuento de invierno se permite soñar con una segunda oportunidad. El factor que hace posible ese resurgimiento, después de la catástrofe, es una de las fantasías más audaces e improbables del autor: el arrepentimiento total del tirano, no fingido, sino absolutamente sincero. Imaginar esa transformación interior es casi tan difícil como imaginar que una estatua cobre vida.






viernes, 29 de mayo de 2026

Stephen Greenblatt - EL TIRANO -- Shakespeare y la política ( El instigador)


SIETE

EL INSTIGADOR

 Casi quince años después de escribir Ricardo III, Shakespeare volvió sobre la visión que tenía de la personalidad retorcida que es a la vez el motivo y la carga del poder del tirano. Manchado de sangre desde el traicionero asesinato de Duncan hasta su miserable muerte, víctima de la desesperación, Macbeth es el tirano más célebre y recordado de Shakespeare. Pero la soledad, el aborrecimiento de sí mismo y el vacío que hay en el interior del ser del tirano ya no tienen nada que ver con la deformidad física. Macbeth no utiliza el poder para compensar su falta de atractivo sexual, no bulle en él una furia reprimida a duras penas, no ha aprendido desde la infancia a disfrazar sus verdaderos sentimientos detrás de una máscara fraudulenta de cordialidad o piedad. Y, lo que es más curioso, ni siquiera desea ardientemente ser rey.


A diferencia de Ricardo, Macbeth no se ha pasado la vida abrigando el sueño de superar toda clase de obstáculos con el fin de alcanzar el poder absoluto. El misterioso saludo de las Hermanas Fatídicas —⁠«¡Salve, Macbeth, que en el futuro serás rey!» (Macbeth 1.3.51)⁠— lo desconcierta, pero al principio provoca más un arranque de temor que de deseo. Porque, si Ricardo se jacta de su indiferencia ante las obligaciones morales y los sentimientos humanos habituales —⁠«¡Las lágrimas de piedad no habitan en mis ojos!» (Ricardo III 4.2.63)⁠—, Macbeth es muy sensible tanto a unas como a otros. Es un caudillo militar enérgico y leal, fiel defensor del régimen del rey Duncan. Cuando este decide visitarlo, Macbeth, aunque tentado por la fantasía de traición despertada en él, se siente espantado ante la idea de traicionar a su huésped en su propia casa, siendo como es un monarca al que ha jurado lealtad, que lo ha recompensado generosamente por sus servicios y que ha ejercido su autoridad con una probidad ejemplar.


El rey Duncan, medita Macbeth,


… ha usado tan dulcemente de su poder, tan intachable ha sido en sus altas funciones que sus virtudes clamarían como trompetas angélicas contra el acto condenable de su eliminación. Y la piedad, semejante a un niño recién nacido cabalgando desnudo en el huracán, o a un celeste querubín transportado en alas de los invisibles corceles del aire, revelaría la acción horrenda a los ojos de todos los hombres hasta apiadar las lágrimas a los vientos.


(1.7.17-25)”


 Estas palabras, dichas solo para sí mismo con profunda angustia, están tan lejos como cabe imaginar de cuanto hubiera podido salir de los labios de Ricardo III. Nos encontramos en un universo psicológico y moral distinto.


La sola idea de matar a un hombre al que ha jurado fidelidad hace que se le pongan los pelos de punta, que su corazón lata con ansiedad y que su mente se vea sumida en una turbación febril:


… ¡Mi pensamiento, donde el asesinato no es aún más que vana sombra, conmueve hasta tal punto el pobre reino de mi alma, que toda facultad de obrar se ahoga en conjeturas y nada existe para mí sino lo que no existe todavía!


(1.3.141-144)


Aunque es un guerrero que no teme a nada, acostumbrado a rajar a sus enemigos «desde el ombligo a las quijadas», el mero hecho de contemplar la posibilidad de la traición hace que se sienta destrozado por completo.


El verdadero instigador de la trama asesina no es Macbeth, sino su esposa. Ella prevé la resistencia que opondrá su marido, pues lo conoce bien y teme que carezca de los elementos fundamentales de la personalidad tiránica. Su naturaleza está «demasiado cargada de la leche de la ternura humana» (1.5.15) para hacer lo que hace falta hacer. Es ella la que se presenta con los planes para lo que llama «el gran negocio de esta noche» (1.5.66), ella es la que da instrucciones a su consorte sobre cómo debe comportarse, ella es la que ofrece una y otra vez de beber a los gentilhombres de la alcoba real. Macbeth sigue estando lleno de dudas y de vacilación. Al fin y al cabo, Duncan es el rey y él es su anfitrión, quien «debiera cerrar las puertas a su asesino y no tomar él mismo el puñal» (1.7.15-16).


Cuando se acerca la hora fatídica, Macbeth intenta cancelar los planes urdidos —⁠«No debemos ir más lejos en este asunto» (1.7.31)⁠—, y es solo la insistencia burlona de su mujer la que lo convence de que debe seguir adelante. «¿Estaba ebria, entonces, la esperanza con que os ataviabais? —⁠le pregunta Lady Macbeth⁠—. ¿Tienes miedo de ser el mismo en ánimo y en obras que en deseos?» (1.7.35-36, 39-41). Macbeth intenta refutar la imputación de debilidad que le hace su esposa: «Me atrevo a lo que se atreva un hombre» (1.7.46). Pero ella insiste en la faceta sexual: «Cuando os atrevíais a ello, entonces erais un hombre —⁠le recuerda⁠—. Y más que hombre seríais si a más os atrevieseis» (1.7.49-51). Provocado de esa forma, Macbeth aprovecha la ocasión asesina.


Las burlas de Lady Macbeth en torno a la virilidad de su esposo —⁠su capacidad de ser el mismo a la hora de actuar que a la de desear⁠— sacan a la superficie una implicación recurrente en la tiranía shakespeariana. El tirano, como dan a entender Macbeth y otras obras, es movido por una serie de “inquietudes sexuales diversas: la necesidad compulsiva de demostrar su virilidad, el temor a la impotencia, la persistente ansiedad ante la posibilidad de no ser considerado suficientemente atractivo o poderoso y el miedo al fracaso. De ahí la propensión a la intimidación, a la brutal misoginia y a la violencia explosiva. De ahí también la vulnerabilidad ante las pullas, especialmente aquellas que contienen una carga sexual explícita o latente.


Desde el momento en el que las Hermanas Fatídicas lo saludaron, Macbeth ha sido la encarnación de la ambivalencia, pero su esposa insiste despiadadamente en que se ha comprometido de forma irrevocable y ya no puede dar marcha atrás:


He dado de mamar, y sé lo grato que es amar al tierno ser que lacta. Bien, pues en el instante en que [la criatura] sonriese ante mi rostro, le hubiera arrancado el pezón de mi pecho de entre sus encías sin hueso y, estrellándole el cráneo, de haberlo jurado, como vos lo jurasteis así…


(1.7.54-59)


Empujado en contra de los dictados del sentido común hacia un acto de traición, Macbeth expresa una última reserva desesperada: «¿Y si fracasáramos…?». Pero su esposa da la vuelta a su réplica con otra puya:


¡Nosotros fracasar!… Apretad solamente los tornillos de vuestro valor hasta su punto firme y no fracasaremos.


(1.7.59-61)


La respuesta de Macbeth resulta sorprendente: «¡No des al mundo más que hijos varones —⁠le dice⁠—, pues de tu temple indomable no pueden salir más que machos!» (1.7.72-74). A partir de este momento, tras aceptar de hecho el papel que le ha asignado su esposa, su destino está marcado: «Estoy resuelto» (1.7.79), afirma. Hemos asistido al nacimiento de un tirano.


Una vez hecho lo que tenía que hacer, una vez que Macbeth consigue la «pujanza y dominación soberanas» (1.5.68) que su esposa lo ha alentado a buscar por todos los medios, el abismo psicológico y moral que lo separaba de Ricardo empieza a cerrarse rápidamente. Él, que había sentido es“panto ante la idea misma de traición, contrata ahora a unos sicarios para que acaben con su amigo más íntimo. Él, que otrora había sido el «predilecto del valor» (1.2.19), un hombre absolutamente impávido, de repente tiene miedo de todo: «¿Dónde llaman? ¿Qué me pasa, que el ruido más leve me hiela de espanto?» (2.2.60-61). Él, al que siempre había resultado difícil disimular lo que pensaba —⁠«Vuestro rostro —⁠había dicho lamentándose Lady Macbeth⁠—, es un libro donde los hombres pueden leer extrañas cosas» (1.5.60-61)⁠—, se halla ahora envuelto en el velo del engaño y las mentiras.


Como sucedía con las mentiras de Ricardo, nadie se las cree en realidad. «Mostrar la pena no sentida —⁠dice en voz baja Malcolm, el primogénito de Duncan, a su hermano⁠— es un oficio que el hombre falso cumple bien» (2.3.133-134). «En donde estamos, dagas en las sonrisas hay» (2.3.136-137), afirma Donalbain, el menor de los dos. Como los individuos más prudentes del reino de Ricardo que logran sobrevivir, los dos hermanos tienen que huir para salvar su vida.


Los que se quedan en Escocia repiten la historia oficial que ha contado Macbeth: que Duncan ha sido asesinado por sus camareros, inducidos a cometer el crimen por los dos hijos del rey que luego han huido. Los camarlengos no pueden ser interrogados, porque Macbeth —⁠obnubilado por el ímpetu de su «amor violento» por el rey cruelmente asesinado⁠— les ha dado muerte. Se trata de una ficción muy conveniente para el nuevo régimen, que le permite, de hecho, llevar a cabo las ceremonias oficiales que dan un barniz de legitimidad a su gobierno. El poder tiránico es ejercido con más facilidad cuando da la impresión de que el viejo ordenamiento sigue existiendo. Puede que las estructuras consensuales que tranquilizan a la población estén huecas y sean meramente decorativas, pero continúan estando en su sitio, de modo que el público, que ansía que le den seguridad psicológica y cierto sentido de bienestar, puede convencerse de que el imperio de la ley sigue en pie.


En cualquier caso, Banquo, el amigo de Macbeth, comprende lo que está sucediendo. Estuvo presente cuando se pronunciaron las mágicas profecías en el brezal y ha estado observando cómo todo se desmoronaba. «Ya lo eres todo —⁠medita pensando en su amigo⁠—. Rey, Cawdor, Glamis, como te prometieron las mujeres fatídicas, pero sospecho que jugaste muy villanamente» (3.1.1-3). No obstante, aunque es un hombre de principios, Banquo no dice en voz alta lo que piensa ni tampoco huye. No es un cómplice, como Buckingham, pero es aliado de Macbeth y no tiene pruebas de que lo que para él solo son sospechas sea verdad. Además, las profecías de las Brujas lo afectaban también a él: «Serás tronco de reyes, pero no serás rey» (1.3.68). Si todo lo que pronosticaron las Hermanas Fatídicas a Macbeth ha resultado cierto, ¿por qué, se pregunta, «no podrían ser igualmente oráculos para conmigo y autorizar mis esperanzas?» (3.1.9-10).


La relación entre los dos amigos ha cambiado. Macbeth sigue hablándole con cariño, como si su vieja intimidad siguiera intacta, pero Banquo le contesta con una formalidad que revela la diferencia que supone la corona:


¡Ordene vuestra alteza! Mi obediencia está unida para siempre con vos por un lazo indisoluble.


(3.1.15-18)


En cuanto a Macbeth, ya ha aprendido la principal lección del tirano: no puede tener amigos de verdad. La pregunta aparentemente informal que dirige a Banquo —⁠«¿Montáis a caballo esta tarde?» (3.1.18)⁠— es el preludio de una trama para llevar a cabo el asesinato de su amigo. «Nuestros temores sobre Banquo son profundos», musita Macbeth antes de dar la orden a los asesinos y de pedirles que se aseguren de matar también a Fleance, el hijo de Banquo. Pero sabe que, si Fleance sobrevive, es posible que la profecía —⁠la que aseguraba que Banquo sería el tronco de un linaje real⁠— quizá se haga realidad. Y, si es así, piensa Macbeth con tristeza, habrá mancillado su mente y su alma solo para «¡hacer reyes a los hijos de Banquo!» (3.1.70).


La idea de la infamia personal del tirano es algo que Shakespeare insinuaba solo al final de Ricardo III —⁠«Más bien debía odiarme por las infames acciones que he cometido» (5.3.188-189)⁠—, pero a Macbeth lo asalta desde el primer momento. Sin embargo, junto con esa idea de que ha ensuciado su propio nido, hay algo que él llama «angustia sin tregua» (3.2.22), esto es, una ansiedad constante, devoradora.


Fija esa ansiedad en Banquo, como si este fuera el único que se interpusiera entre la felicidad y él: «No existe nadie a quien yo tema excepto él» (3.1.54-55). Pero la tortura interior que Macbeth revela a su esposa no será curada por los sicarios a los que ha contratado para asesinar a su amigo.


Lady Macbeth sabe que el estado psíquico en el que se halla su marido constituye una amenaza para ambos. Y dice para sí misma:


Nada se gana; al contrario, todo se pierde cuando nuestro deseo se realiza sin satisfacernos. ¡Vale más ser la víctima que vivir con el crimen en una alegría preñada de inquietudes!


(3.2.4-7)


Pero ¿qué esperaba en realidad? La tiranía llega, como sus propias palabras reconocen, por medio de la destrucción, la destrucción de las personas y de todo un país. El hecho de que pensara que su satisfacción personal, su seguridad y su alegría pudieran alcanzarse por esos medios está en consonancia con la fatal superficialidad de sus palabras al limpiarse las manos de la sangre del rey asesinado: «¡Un poco de agua nos lavará de esta acción!» (2.2.70).”


El vínculo íntimo existente entre marido y mujer fue fundamental para que tomaran la decisión fatal de quitar la vida a Duncan, y en las demoledoras consecuencias de su acción, que llevaron a cabo juntos, está el único vínculo humano que sigue habiendo para cualquiera de los dos. Pero nada de lo que pueda decir ya Lady Macbeth a su esposo —⁠«¿Por qué siempre solo?», «Lo hecho hecho está», «Apareced brillante y jovial»⁠— aplaca la tormenta que arrecia dentro de él. Los intentos de la mujer de mostrar una alegría forzada y una naturalidad tranquilizadora suenan a hueco ante la angustia de Macbeth: «¡Oh, mi alma está llena de escorpiones, esposa querida!» (3.2.35). Por su parte, aunque él sigue utilizando expresiones cariñosas, completamente insólitas entre las parejas de esposos de Shakespeare, Macbeth ya no comparte sus oscuras intenciones con su esposa: «¿De qué se trata?», pregunta ella a propósito de lo que va a hacerle a Banquo. Y Macbeth responde: «Que tu inocencia lo ignore, queridísima paloma, hasta que puedas aplaudir el hecho» (3.2.44-45).


La oportunidad de aplaudir le llega a Lady Macbeth esa misma noche, pero todo sale espantosamente mal. Los sicarios vuelven para decir a Macbeth que han matado a Banquo —⁠está «seguro en el fondo de una zanja, con veinte cortes en la cabeza» (3.4.27-28)⁠—, pero que no han logrado dejar igualmente «seguro» a su hijo. La respuesta de Macbeth dice mucho sobre cuál es su verdadero estado psicológico y, de manera más general, sobre las fantasías y las cargas que conlleva la tiranía: «¡He aquí mis fiebres que vuelven!», exclama cuando se entera de que Fleance ha logrado escapar:


… de lo contrario, hubiera quedado tranquilo, compacto como el mármol, firme como la roca, sin trabas, tan libre y amplio como el aire que envuelve al mundo. Pero así me veo oprimido, encadenado y agarrotado a mis miedos y dudas insolentes…


(3.4.22-26)


«De lo contrario, hubiera quedado tranquilo»: Macbeth ansía alcanzar una especie de serenidad, de perfección, la dureza, la solidez y la invulnerabilidad de la piedra o, si no, la inmaterialidad, la invisibilidad y la amplitud ilimitada del aire. En cualquier caso, el sueño es escapar de la condición humana, que lo hace sentir una claustrofobia insoportable. Ese deseo es casi lastimoso; parece incluso poseer una dimensión espiritual irrealizable, hasta que nos damos cuenta de que la forma por medio de la cual Macbeth espera quedar «tranquilo», alcanzar la perfección, es el doble asesinato de su amigo y del hijo de este.


Aquí, como sucede siempre en Shakespeare, la conducta del tirano se ve alimentada por un narcisismo patológico. Las vidas de los demás no importan; lo que importa es solo que él llegue a sentirse «compacto» y «firme». Que se hunda el mundo, ha dicho a su esposa, que el cielo y la tierra se desquicien,


… antes de seguir comiendo con temor y de dormir en la aflicción de esos terribles sueños que nos agitan de noche.


(3.2.17-19)”


“No cabe duda de que esos sueños son verdaderamente horribles y, aunque es él mismo el que los ha provocado, quizá lleguemos incluso a sentir una punzada de compasión por las pesadillas que sin duda tiene que soportar. Pero cualquier compasión que podamos sentir por el tirano se ve frenada por la cruel indiferencia que él muestra ante todos y ante todo, incluido el propio planeta: «¡Desbarátese la máquina del universo!» (3.2.16).


Al tirano no le basta con destruir a un hombre que representa una alternativa moral al camino de corrupción que él ha tomado. Dice de Banquo:


Su audacia no reconoce límites, y al temple indomable de su alma aúna la prudencia, que guía a su valor para obrar con éxito.


(3.1.53-54)”


Debe además destruir, si puede, al hijo de ese hombre. La tiranía intenta envenenar no solo la generación actual, sino también las generaciones por venir, con el fin de perpetuarse para siempre. No son solo las exigencias de la trama las que hacen que Macbeth, como Ricardo III, sea un asesino de niños. Los tiranos son enemigos del futuro.


Pero erradicar el futuro y el pasado resulta más difícil de lo que el tirano se imagina. Fleance logra huir. Y, del mismo modo que Ricardo era atormentado en sus sueños por los fantasmas de aquellos a los que había asesinado, también Macbeth, en el banquete real que ofrecen su esposa y él a la corte, es atormentado por el fantasma manchado de sangre de Banquo. La aparición constituye un emblema no solo de la conciencia reprimida del tirano, sino más bien de su deterioro psicológico. Lady Macbeth intenta apuntalar la determinación de su esposo, como ya había hecho antes: «¿Y sois hombre?», le pregunta para echarle en cara su debilidad:


¡Oh, esos sobresaltos y estremecimientos, parodia de un terror de verdad, cuadrarían muy bien en un cuento de comadres, recitado junto al hogar, en invierno, con la aprobación de la abuela!… ¡La vergüenza misma!


(3.4.64-67)”


Pero la intimidad que antes hacía que sus burlas sexuales resultaran tan poderosas se ha erosionado y el terror de Macbeth no hace más que intensificarse. Los que son testigos de su comportamiento enloquecido y escuchan las brutales palabras que pronuncia se dan cuenta de que hay algo en él que está gravemente dañado.


Los invitados a la cena se enfrentan a un problema que Shakespeare describe como un elemento recurrente y casi inevitable de las tiranías: los testigos, especialmente los que gozan de un punto de observación privilegiado, ven con claridad que el líder adolece de una grave inestabilidad mental. «Su alteza está indispuesto» (3.4.53), se atreve a decir Ross cuando Macbeth prácticamente se sube por las paredes. Pero ¿qué se supone que deberían hacer? Paradójicamente, Lady Macbeth intenta disimular el problema dando a entender que su esposo ha estado aquejado siempre de ataques de ese estilo: «Mi señor padece eso a menudo desde la juventud» (3.4.54-55). Por inquietante que sea semejante revelación, no lo es tanto como lo sería la aparición de una enfermedad mental, pues, al menos, implica que la competencia y la estabilidad de Macbeth, suficientemente probadas ya, han venido coexistiendo durante largo tiempo con esos arrebatos ocasionales. Solo cuando tales arrebatos amenazan con revelar la culpabilidad criminal del tirano es cuando Lady Macbeth despide de inmediato a la concurrencia allí reunida: «Toda pregunta lo exaspera. Por consiguiente, ¡buenas noches! —⁠les dice“ ¡No os preocupéis de vuestros títulos, sino salid enseguida!» (3.4.120-122). No quiere que los invitados oigan a su esposo pronunciar ni una sola palabra más que pueda sonar incriminatoria.


Cuando al fin se quedan solos, Lady Macbeth escucha en silencio los continuos disparates de su marido —⁠«¡Eso reclama sangre! Dicen que la sangre llama a la sangre» (3.4.124)⁠— y deja de hacerle reproches y de intentar tranquilizarlo. Es como si algo entre ellos hubiera muerto. El tirano le revela que hay un nuevo personaje del que sospecha, Macduff, que ha rechazado la invitación al banquete, y Lady Macbeth le pregunta en un tono extrañamente impersonal: «¿Lo mandasteis llamar, señor?». Él contesta que ha puesto espías en todas partes y que tiene la intención de visitar a las Hermanas Fatídicas para ver si pueden darle más detalles. Su esposa no dice nada sobre esos planes, y él pone de manifiesto una vez más el espantoso narcisismo del tirano, ante el que todo debe quitarse de en medio: «¡Es preciso que todo ceda ante mí!» (3.4.137-138), declara rotundamente. Lady Macbeth continúa guardando silencio y, como si simplemente pronunciara en voz alta un monólogo interior, el tirano repite su siniestra convicción de que no hay posibilidad de dar marcha atrás: «He ido tan lejos en el lago de la sangre que, si yo avanzara más, el retroceder resultaría tan tedioso como el ganar la otra orilla» (3.4.138-140).


«Tedioso» es un adjetivo muy elocuente para la pesadilla en la que se halla inmerso Macbeth. Las consideraciones de moralidad, la táctica política o la inteligencia más elemental han desaparecido y, en su lugar, no hay más que el mero cálculo del esfuerzo que todo eso comporta. Mejor no detenerse y dejar de pensar, y actuar sencillamente al dictado de los impulsos: «Siento en la cabeza extrañas cosas que quieren pasar a mi mano y que hay que cumplir antes de que puedan meditarse» (3.4.141-142). Solo en ese momento se atreve Lady Macbeth a recordar su antigua intimidad conyugal: «Tenéis necesidad de lo que condimenta toda naturaleza humana: el sueño» (3.4.143). Y su marido asiente: «¡Ven, vámonos a dormir!». Serán las últimas palabras que intercambien en toda la obra.


Lo que viene a continuación es el resultado de la desesperada búsqueda de consuelo y seguridad que emprende Macbeth: su ingenuo deseo de creerse las predicciones ambiguas y engañosas de las Hermanas Fatídicas y su decisión, tan atroz como incalificable, de ordenar el asesinato de la esposa y los hijos del thane Macduff a raíz de la huida de este a Inglaterra. Aunque la intranquilidad, el exceso de confianza y la cólera asesina son extraños compañeros de lecho, todos ellos coexisten en el alma del tirano. Macbeth tiene servidores y socios, pero en realidad está solo. Todas las limitaciones institucionales han fracasado. Los censores internos y externos que impiden a la mayoría de los comunes mortales, y no digamos a los gobernantes de cualquier país, enviar mensajes irracionales en plena noche o actuar al dictado de cualquier impulso enloquecido han desaparecido. «Desde este momento —⁠proclama Macbeth⁠—, las primicias de mi corazón serán las primicias de mi mano» (4.1.145-146).


La persona con la que ha compartido su vida ya no forma parte de ella. En una famosa escena de sonambulismo, vemos a Lady Macbeth luchando con sus propios demonios, y resulta muy reve“lador que no sea su marido el que observa sus desesperados intentos por limpiarse las manos —⁠«¡Fuera, mancha maldita!» (5.1.31)⁠—, sino un médico y una dama de compañía. Cuando le llevan la noticia de que su esposa ha muerto, Macbeth, dispuesto para la batalla, no reacciona apenas: «¡Debiera haber muerto un poco después! ¡Tiempo vendrá en que pueda yo oír palabras semejantes!» (5.5.17-18).


Lo que viene a continuación es el intento más maduro y meditado que lleva a cabo Shakespeare de comprender cómo es ser un tirano. Macbeth es consciente de que es odiado por su pueblo y de que su propio nombre, como dice Malcolm, «cubre de ampollas nuestra lengua» (4.3.12). Ha sabido prácticamente desde el primer momento —⁠desde antes de asesinar a traición a Duncan⁠— que no está capacitado para ser rey. Luce todos los arreos de su elevado rango, pero eso no hace más que aumentar la impresión de que no es digno del cargo. Ahora «ve, en fin, que su dignidad real —⁠comenta uno de sus súbditos⁠— flota alrededor de él como el manto de un gigante que hubiera robado un enano» (5.2.20-22). «¡No des al mundo más que hijos varones!», decía antes a su esposa, pero ya no. Y la vida que lo espera, aunque lograra derrotar a sus enemigos unidos, es sumamente lúgubre:


El camino de mi vida declina hacia el otoño de amarillentas hojas; y cuanto sirve de escolta a la vejez —⁠el respeto, el amor, la obediencia, el aprecio de los amigos⁠— no debo pretenderlo. En cambio, vendrán maldiciones, ahogadas, pero profundas, homenajes de adulación, murmullos que el pobre corazón quisiera reprimir y no se atreve a rehusar.


(5.3.24-28)


«Homenajes de adulación», el elogio vacío de aquellos que cobran por alabarlo o que se ven obligados a hacerlo, es la recompensa que puede esperar obtener por el tiempo que ha ocupado el trono.


En Ricardo III, Shakespeare se imaginaba cómo el tirano acorralado se debatía entre el amor y el odio que sentía por sí mismo. En Macbeth, el dramaturgo sondea unos sentimientos mucho más hondos. ¿Para qué ha sido todo, para qué todas esas traiciones, las palabras vacías, el derramamiento de tanta sangre inocente? Cuesta trabajo imaginar a los tiranos de nuestra propia época ajustando cuentas sinceramente consigo mismos como vemos en la obra de Shakespeare. Pero Macbeth describe con absoluta valentía las consecuencias que él mismo se ha acarreado:


El mañana y el mañana y el mañana avanzan en pequeños pasos, de día en día, hasta la última sílaba del tiempo recordable; y todos nuestros ayeres han alumbrado a los locos el camino hacia el polvo de la muerte… ¡Extínguete, extínguete, fugaz antorcha!… La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y se agita una hora sobre la escena, y después no se le oye más…; un cuento narrado por un idiota con gran aparato y que nada significa!…


(5.5.19-28)


Conviene tener en cuenta que esta desoladora experiencia de total carencia de sentido no es, como algún drama contemporáneo del teatro del absurdo, la condición existencial de los seres humanos. La obra insiste en que justamente ese es solo el destino del tirano, y esa palabra —⁠«tirano»⁠— resuena una y otra vez al final de la obra.


Cuando se comprueba que las palabras tranquilizadoras de las Hermanas Fatídicas, que aseguraban que Macbeth no sería derrotado hasta que el bosque de Birnam llegara a Dunsinane, no eran más que un truco, el tirano, desesperado, se ve obligado al fin a enfrentarse a Macduff, el hombre a cuya esposa y a cuyos hijos ha asesinado. Cuando Macbeth se niega en un primer momento a combatir, su enemigo le dice: «Vive para ser el ludibrio y espectáculo del universo» (5.7.54). Efectivamente, la humillación más miserable que puede imaginar Macduff para Macbeth es ser mostrado en público con un cartel que anuncie el espectáculo:


Te colocaremos, como a los monstruos raros, ante una barraca, y debajo escribiremos: «¡Aquí puede verse al tirano!».


(5.7.55-57)


Aunque se ha «saciado de horrores» y ha llegado a sumirse en las profundidades de la desesperación, Macbeth considera ese final carnavalesco insoportablemente degradante. Sin amigos, sin hijos, completamente solo, no tiene a nada a lo que aferrarse salvo a la vida, y esa vida, como se dice descarnadamente a sí mismo, se encamina al otoño de amarillentas hojas. Pelea y muere. Macduff levanta la «cabeza maldita» del usurpador que él mismo ha cortado y proclama que la tiranía ha llegado a su fin. «El mundo es libre» (5.7.85).