martes, 15 de mayo de 2018

“NO HE VISTO NUNCA UN FANÁTICO CON SENTIDO DEL HUMOR” AMOS OZ



Con todo lo sucedido en Israel a propósito del traslado de la embajada de los Estados Unidos, esta entrevista, publicada en la revista “Babelia” del periódico “El país” de España resulta ser una visión muy diferente de la posición radical de Israel frente al conflicto con el pueblo Palestino. Cae como anillo al dedo, más viniendo de quien viene. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE
JUAN CARLOS SANZ
11 MAY 2018 - 04:33 COT
El escritor más reconocido en lengua hebrea publica 'Queridos fanáticos', un libro en el que condensa en forma de cuento lo que ha aprendido sobre la vida.
Parece el mismo de hace tres años, pero su voz se pierde a menudo en la grabadora entre el ronroneo de su gato ­Freddie. “Mi salud ya solo me permite viajar con la imaginación”, se excusa el escritor más reconocido en lengua hebrea. Amos Oz (Jerusalén, 1939) comienza una conversación con Babelia en su casa de Tel Aviv sobre los zelotes, extremistas y sectarios que prefieren observar un mundo complejo de la forma más simple, aunque termina reconociendo que su último libro, Queridos fanáticos, es en realidad un legado: “Se lo he dedicado a mis nietos. He concentrado lo que he aprendido en la vida, pero no de una manera abstracta, sino como un cuento”.
PREGUNTA. ¿Por qué ha recuperado discursos de hace tres lustros?
RESPUESTA. Es una revisión de mis conferencias de 2002 en Alemania. Hay una nueva aproximación. Lo más peligroso del siglo XXI es el fanatismo. En todas sus formas: religioso, ideológico, económico…, incluso feminista. Es importante entender por qué regresa ahora. En el islam, en ciertas formas del cristianismo, en el judaísmo…
P. Escribe sobre su tierra. ¿Oriente Próximo es la cuna del fanatismo?
R. Es una idea común, pero no creo que sea verdad. El auge del fanatismo y el racismo en Estados Unidos es mucho más peligroso. Existe fundamentalismo en Rusia y en el este de Europa. También es peligroso el fanatismo nacionalista en Europa Occidental.
P. ¿Compartimos ese pecado original?
R. Creo que hay un gen fanático en casi todos nosotros. Es la tendencia del ser humano de intentar cambiar a los demás. Les decimos a los niños: “Tienes que ser como yo”. Eso es muy común.
P. Usted razona sobre un fanatismo universal.
R. Cuanto más complejos se van haciendo los problemas, más y más gente está hambrienta de respuestas muy simples. Una fórmula que lo cubra todo. Pero muy a menudo se trata de mensajes fanáticos. Por ejemplo: “Todos nuestros problemas se deben a la civilización occidental”, o “nuestros problemas se deben al fundamentalismo islámico”, o “tienen su origen en la globalización” o “en el sionismo”…
P. Usted fue un muchacho fanático.
R. Un pequeño extremista, educado en una convención de nacionalismo y sionismo. “Los judíos tienen razón, nuestros enemigos están equivocados. Somos los buenos de la película y los otros son los malos”. Así de simple.
P. ¿Cómo se cura el fanatismo?
R. Hay que tener curiosidad. Ponerse en la piel del otro. Aunque sea un enemigo. La receta es imaginación, sentido del humor, empatía. Pero no para contentar al otro. No soy como Jesucristo y no pido poner la otra mejilla. Lo mío es intentar imaginar qué hace al otro actuar de determinada forma.
P. Usted escapó de la atmósfera de su Jerusalén natal. ¿Es difícil no acabar siendo un fanático en esa ciudad?
R. Amo Jerusalén. Pero necesito mantener una cierta distancia. Es demasiado conservadora, en términos de ideología o religión. En Jerusalén casi todo el mundo tiene una fórmula personal para la salvación o la redención. Cristianos, musulmanes, judíos, pacifistas, ateos, racistas, todo el mundo.
P. Nació en un barrio que hoy es ultraortodoxo.
R. Entonces era de clase media baja. Había religiosos, pero también comunistas y algún anarquista. Y nacionalistas. Era un barrio interesante porque la gente discutía a todas horas.
P. ¿Una característica más bien jerosolimitana?
R. Es israelí, en general, aunque resulta más evidente en Jerusalén. Cualquier parada de autobús puede convertirse en un seminario académico. Completos desconocidos discuten de política, moralidad, religión, historia o sobre cuáles son las verdaderas intenciones de Dios. Pero nadie quiere escuchar al otro, todos creen tener la razón.
P. En el Estado judío, donde la religión es un signo identitario, ¿cómo vive un laico, un ateo?
R. Mi problema no es la religión, sino el fanatismo religioso. No es el cristianismo, sino la Inquisición. No es el islam, sino el yihadismo. No es el judaísmo, sino los judíos fundamentalistas. No es Jesucristo, sino los cruzados.
P. Un Gobierno ultraconservador en Israel, Trump en la Casa Banca, ¿una era propicia a la intransigencia?
R. La mayor parte del mundo se está moviendo rápido desde una perspectiva compleja a otra muy simplista. Pasa también en la izquierda radical.
P. El nacionalismo, el conflicto palestino, ¿no han condicionado esa visión en Israel?
R. Es natural. Cuando un maldito y cruel conflicto dura más de cien años hay heridas en ambos bandos. Oscuras imágenes del otro. Hay gente sentimental en Europa que cree que todo puede arreglarse charlando y tomando un café, con la idea de que en el fondo todo es un malentendido. Un poco de terapia de grupo y tan amigos. No. Hay conflictos que son muy reales. Cuando dos hombres aman a la misma mujer. O dos mujeres al mismo hombre. Eso no se puede solucionar tomando un café. El conflicto entre israelíes y palestinos es real.
P. ¿Hace falta un divorcio: dos Estados?
R. Básicamente es eso. La casa es muy pequeña. Tenemos que hacer dos apartamentos. Israel y, en la puerta de al lado, Palestina. Luego tendremos que aprender a decirnos “buenos días” en la escalera. Más tarde podremos ir de visita, a tomar café a casa del otro… Y hasta cocinar juntos: un mercado común, una federación o confederación…, pero antes hay que dividir la casa… En el fondo todos saben que la única solución posible es la de los dos Estados. Aunque no les gusta. Para palestinos e israelíes es como una ampu­tación, pierdes parte de tu cuerpo.
P. En Israel hay quien le cree un fanático de la fórmula de los dos Estados.
R. La otra solución solo funciona en Suiza. En Yugoslavia acabó en un baño de sangre. Hubo un divorcio pacífico en la antigua Checoslovaquia. ¿A quién se le ocurre que israelíes y palestinos deben acostarse juntos y hacer el amor y no la guerra? Después de un siglo de matanzas no es posible.
P. No parece que el liderazgo israelí muestre prisa por hallar una solución.
R. Ese es el corazón del conflicto, la falta de liderazgo. Nadie tiene el valor que tuvo [el presidente francés Charles] De Gaulle cuando concedió la independencia a Argelia.
P. ¿Ni los israelíes ni los palestinos?
R. Todo el liderazgo mundial. Por no citar también el de su país…
P. Precisamente iba a preguntarle…
R. No veo líderes valientes en Madrid o Barcelona. Una nueva fragmentación de Europa no me hace feliz. No entiendo por qué, pero si una mayoría del pueblo en Cataluña quiere vivir por su cuenta, lo hará. Puede que sea una gran equivocación, una tragedia para Cataluña y para el resto del país. No se puede obligar a dos personas a compartir cama si una de ellas no quiere.
P. O sea, como en Israel y Palestina.
R. Pienso en Checoslovaquia, fue complicado, pero no hubo guerra. Hasta Escocia quiere un Estado.
P. Entonces, ¿ahora vivimos una era de cobardes y fanáticos?
R. Es un tiempo de simplificaciones. La gente espera respuestas simples y ya no teme parecer extremista. Hace 80 años teníamos miedo de Hitler o Stalin.
P. Si la inmunización que supuso la II Guerra Mundial ya no surte efecto, ¿hace falta una nueva vacuna?
R. No quiero otro baño de sangre. Pero existe el riesgo: el fanatismo conduce a la violencia. Mi librito contiene un miligramo de vacuna: tolerancia y curiosidad. Sonreír de tiempo en tiempo, incluso reírse de uno mismo. No he visto nunca un fanático con sentido del humor.



sábado, 5 de mayo de 2018

EL DELICADO CORAJE DE ALMA GUILLERMOPRIETO


La periodista mexicana Alma Guillermoprieto fue galardonada este año con el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades por transmitir en sus textos "la compleja realidad de esta región". La fundación con sede en Oviedo (norte) valoró "su larga trayectoria profesional y su profundo conocimiento de la compleja realidad de Iberoamérica, que ha transmitido con enorme coraje también en el ámbito de la comunicación anglosajona". Nacida en México, dicta cátedra en los Estados Unidos de historia latinoamericana, exponente del periodismo que ausculta nuestra realidad desde lo más profundo de sus entrañas, interroga por las causas, atendiendo los hechos relevantes que marcaron a nuestras naciones, lo que le hace importante, no solo para la prensa sino para la propia literatura.  Esta entrevista aunque vieja deja ver su personalidad y su trabajo, y una del periódico “El tiempo” de Colombia que es una especie de presentación que me parece muy ajustada. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE
Nelson Fredy Padilla
Charla con una de las periodistas y escritoras más reconocidas del continente.
¿De dónde sale el Alma?
A mis padres les gustó el nombre porque no aparecía en el santoral. Se los agradezco, porque me parece un nombre bonito.
¿Qué le queda de bailarina profesional?
Espero que la disciplina.
Defina estos países que marcaron su carrera como narradora:
México: es el aire que respiro. Nicaragua: fue una revolución alegre. El Salvador: es un país que no merece sufrir tanto. Estados Unidos: tiene universidades maravillosas, donde me divierto mucho. Colombia: es el mejor lugar para pensar.
¿Un ejercicio pedagógico en sus clases en la Universidad de Chicago?
Doy un curso de historia contemporánea de América Latina. El ejercicio mío cada semana es tratar de parecer más inteligente que los alumnos. Fracaso en cada intento.
A propósito de Colombia, ¿qué opina de la guerrilla, los paramilitares, los narcos?
Trato de no opinar. Trato de entender por qué son, y cómo son, y es una tarea eternamente imposible y eternamente fascinante.
¿Cómo acabar con la mafia del narcotráfico? ¿Legalizar o no?
Creo que a estas alturas legalizar no acabará con los grupos mafiosos que manejan el narcotráfico: han monopolizado ya demasiados negocios clandestinos. Sin embargo, me parece que es imprescindible legalizar para poder disminuir la violencia y la corrupción, y retomar un discurso racional acerca de las drogas.
¿Su momento más cercano a la muerte?
Todavía no lo he tenido.
Usted le dijo hace poco a Juan Cruz, de ‘El País’ de España: “siento que el oficio se está acabando”. ¿En qué sentido?
Ahora soy un poco más optimista. Pienso que la sociedad está empezando a reconocer nuevamente que tiene necesidad de informarse y de informarse bien. También siento que se está confirmando uno de mis peores miedos con respecto a la información en internet: genera pequeñas comunidades rabiosas y ayuda a polarizar el discurso político. Esto se notó particularmente en las elecciones recientes en EE.UU.
¿Cuál es el futuro del periodismo narrativo?
Supongo que los seres humanos siempre tendrán necesidad de contarse su propia vida, pero tal vez ni eso sea cierto en el futuro.
En la Babel que predijo Borges, ¿cómo leer buena literatura?
Soy gran fan de los libros electrónicos (Kindle). Cargo con el mío a todas partes. Es un Aleph, un libro en que caben todos los libros, al mismo tiempo el mejor libro del mundo.
¿Un libro con el que se quede?
¿Uno solo? No. Mil libros, tal vez, o diez mil. Uno por cada fragmento de vida, todos los que alcance a leer de aquí hasta el fin.
¿Un escritor colombiano que recomienda?
Acabo de leer a Juan Carlos Garzón, que escribe con gran lucidez sobre la etnobiología, por decirlo de alguna manera, de los grupos mafiosos.
¿Y una autora mexicana?
Hasta no verte, Jesús mío, de Elena Poniatowska, es para mí uno de los grandes libros del siglo XX latinoamericano, y no tiene ni remotamente los lectores que se merece.
¿El escritor que la marcó?
Tolstói. Nunca entro en él sin maravillarme. Ve todo, siente todo, entiende TODO.
¿Qué libro está leyendo?
La autobiografía de Keith Richards. Es como su autor, una cosa demente e irresistible.
¿Una culpa que la persigue?
La lista eterna de correos-e sin contestar.
¿Un vicio que no puede dejar?
El pan. Sobre todo ahora que he aprendido a hacerlo tan bien.
¿Qué lleva en su bolso?
Las llaves de demasiados apartamentos. Vivo demasiado repartida.
¿Un viaje por realizar?
Cuando inventen la máquina del tiempo, creo que será al México de los años treinta. Una gran época que me hubiera gustado vivir.
¿Desde dónde me responde este cuestionario?
Por supuesto, desde un avión.
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EL DELICADO CORAJE DE ALMA GUILLERMOPRIETO
Semblante de la mexicana premiada con el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2018.

Sin duda, uno de los mejores regalos que ha podido tener el periodismo latinoamericano fue el rechazo que le dio en su juventud la escuela de danza de Marta Graham, en Nueva York, a la mexicana Alma Guillermoprieto.


Ese día comenzó a afinarse la mirada particular y la pluma sensible de una de las periodistas y cronistas más importantes de la región, que este jueves fue reconocida con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2018.
Desde Oviedo (España), el jurado otorgó el galardón a la cronista, una mujer que en las conversaciones cotidianas exhibe en su trato siempre una extrema sensibilidad, “por su larga trayectoria profesional y su profundo conocimiento de la compleja realidad de Iberoamérica, que ha trasmitido con enorme coraje también en el ámbito de la comunicación anglosajona, tendiendo de este modo puentes en todo el continente americano”.



En efecto, aunque su lengua materna es el español, sus grandes reportajes los ha escrito para medios en inglés, idioma que domina a la perfección. En su acta, el jurado agrega que “con una escritura clara, rotunda y comprometida, Alma Guillermoprieto representa los mejores valores del periodismo en la sociedad contemporánea”.

Al enterarse de la noticia, la periodista se declaró “sorprendida” y lo recibió como un reconocimiento “inmenso” para su carrera profesional.

Alguna vez, Guillermoprieto le comentó a este diario que llegó al periodismo “por despecho” luego de ese rechazo que tuvo para ser bailarina. Sin embargo, de esa práctica conserva la finura en sus ademanes y su hablar pausado, siempre pensando cada palabra.

De eso dan cuenta decenas de periodistas que la admiran y han tenido la oportunidad de pasar por sus talleres, en Cartagena, en la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), de la cual es colaboradora muy cercana. Junto con el argentino Tomás Eloy Martínez, ella jugó un papel determinante en los primeros años de creación de esta escuela.






“Es un justo reconocimiento a la trayectoria y obras de Alma Guillermoprieto, que ha investigado y narrado con gran maestría periodística, en crónicas de larga extensión, las pequeñas y grandes historias que nos ayudan a entender mejor las sociedades de la América Latina contemporánea”, comenta Jaime Abello Banfi, director de la FNPI.
Al pie de un volcán
Parece casi una paradoja que esa mujer fina y elegante haya sido una de las reporteras más disciplinadas del conflicto social y armado, como corresponsal de medios de habla inglesa como The Guardian y The Washington Post, entre otros diarios, en la segunda mitad del siglo XX. Son ya más de 40 años en un oficio que respira por sus poros.


Desde allí, Guillermoprieto ha palpado de primera mano la realidad violenta de América Latina. Así dan cuenta libros icónicos y de culto entre las nuevas generaciones de periodistas como 'Al pie de un volcán te escribo' y 'Las guerras en Colombia'.


No solo la situación de su natal México, en donde nació en el 27 de mayo de 1949, sino prácticamente todos los países de la región están siempre presentes en su trabajo.


Por estos días, le preocupa la situación que vive Nicaragua, en donde precisamente comenzó su carrera de reportera, pero también el drama cotidiano de Venezuela o la encrucijada que atraviesa Colombia con su proceso de paz.


Son famosos los ejemplos que ella suele poner tanto en sus talleres como en sus conversaciones en eventos periodísticos, que dan cuenta de esa capacidad de observación única, sobre los acontecimientos periodísticos.


Alguna vez, al inicio de una conversación, pidió a los asistentes que levantaran la mano los que conocían a Pablo Escobar. El auditorio la levantó de inmediato. “Ahora, ¿quiénes saben quién es Gregory Pincus?”, preguntó. Silencio entre el público. Cuando reveló que Pincus era uno de los inventores de la píldora anticonceptiva anotó: “A ver, ¿quién cambió más el mundo?”.
Así, con la misma versatilidad e ímpetu con los que se le mete a un tema de orden público o de violencia, Guillermoprieto ha querido en los últimos años apostarle a la divulgación de hechos científicos, con la que —según ella— el periodismo tiene una deuda.

Esa mirada original, capaz de ‘sacarle punta’ a un tema por el lado menos común, es la misma que usa para definir su percepción sobre el doloroso proceso que ha caminado Colombia, al que ella le encuentra su lado positivo, como se lo comentó alguna vez a este diario.
LA IDENTIDAD DE COLOMBIA
“Voy a decir una cosa un poquito escandalosa, pero creo que esos años tan duros de aislamiento que pasó Colombia obligaron —por ejemplo— a los artistas colombianos a una creatividad propia, y de ahí que la música, la arquitectura y el diseño colombianos que han surgido de estos últimos 30 años sean tan originales y tan fuertes, porque salieron de una máquina de presión. Salieron también de un aislamiento que obligó a buscar raíces e identidad muy profunda”, anota.
La periodista Patricia Lara, quien conoció a su colega mexicana en la década de los años 80 como corresponsal de algún medio de Estados Unidos, siempre ha admirado su capacidad para “retratar la realidad haciendo gala de tanto detalle”.


El vínculo de las dos periodistas se estrechó en las épocas en que Lara dirigía la revista Cambio 16 Colombia, que solía contar con dos cupos para que sus periodistas viajaran a Cartagena a tomar los talleres de la FNPI.





“Recuerdo que alguna vez, a raíz de un taller que dictó sobre reportaje, Alma dijo que a los colombianos les costaba mucho trabajo ponerse en el pellejo del otro y tomaban una cierta distancia. No lograban llegar al fondo de ese ser humano que es el otro. Tal vez eso explica muchas cosas en este país y por qué a la gente le importa poco que se muera la otra”, comenta Lara.
Precisamente, Abello Banfi resalta la generosidad de Guillermoprieto con sus alumnos y el cariñoso trabajo de edición que pone en los textos que ellos le entregan, a lo largo de “memorables talleres”, dice. “Son talleres que han dejado un duradero impacto educativo en nuevas generaciones de cronistas latinoamericanos”, comenta.

Sobre el quehacer del oficio, ella contaba alguna vez que en una oportunidad tuvo una discusión de dos horas con uno de sus jefes de una de las revistas estadounidenses, por una sola palabra del texto que había escrito. Anotaba que eso daba cuenta de la rigurosidad con la que debía ser tomada la labor de la edición.
Nadie más indicado que ella, precisamente, para analizar la difícil situación que atraviesa el periodismo como oficio, tan amenazado en la denominada era de la posverdad y tan diferente del que ella ha hecho en las últimas cuatro décadas.





“El oficio que yo he ejercido se está acabando, falta ver qué inventan los jóvenes. Pero yo creo que el periodismo siempre hace falta en todas las sociedades, porque necesitan información de alguna manera subversiva, información no condicionada, que vea lo que nadie más está viendo. Y eso me hace pensar que la reportería y el periodismo sobreviven en una sociedad moderna de una manera o de otra”, le dijo a este diario hace un tiempo en una entrevista.

Sobre los desafíos que enfrenta este oficio para su reinvención, Guillermoprieto es consciente de que se trata de un negocio que tiene que ser rentable.


“En Latinoamérica y Estados Unidos, uno no se cansa de ver cosas nuevas, interesantes. Hay gente joven que sabe aprovechar la posibilidad de internet”, dijo.


Miembro honoraria de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias, Alma Guillermoprieto inició su trayectoria como periodista cubriendo la insurrección nicaragüense de finales de los 70 para The Guardian y fue una de las dos reporteras que desvelaron, en su caso en The Washington Post, la masacre de civiles en El Mozote (El Salvador), con la muerte de unas mil personas en 1981.


Guillermoprieto también es autora de La Habana en un espejo (2005), en el que describe la vida cotidiana con la revolución castrista.

Este Princesa de Asturias se une a un gran número de reconocimientos que ha recibido a lo largo de su trayectoria vital, como el Ortega y Gasset a la trayectoria profesional que el diario El País le otorgó el pasado año.


Su candidatura, propuesta por el escritor Antonio Lucas, se impuso en las últimas votaciones del jurado a otras dos reporteras americanas, y con su elección se ha convertido en la tercera mujer que en 38 años consigue este galardón, después de la filósofa española María Zambrano (1981) y la fotógrafa estadounidense Annie Leibovitz (2013).


Por segundo año consecutivo, esta categoría del premio cae en un representante latinoamericano. El año pasado fue reconocido con el galardón el grupo de músicos y humoristas argentinos Les Luthiers.












sábado, 28 de abril de 2018

MÁS SÉNECA Y MENOS ANSIOLÍTICOS



Qué gran artículo aparecido en la revista “Babelia” del periódico “El país” de España. Solo quiero recomendarlo sin más comentarios. CESAR H BUSTAMANTE
Vanidad sin control, obsesión por la seguridad, aceleración tecnológica, ... ¿Qué tiene que decir el renovado interés editorial por el estoicismo sobre el mundo en el que vivimos?.
JUAN ARNAU
27 ABR 2018 - 23:49 COT
Cultiva el espíritu porque obstáculos no faltarán. El consejo de Confucio podría haberlo firmado cualquiera de los filósofos estoicos. Una versión moderna de esta máxima se la debemos a Woody Allen: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”. Un poeta barcelonés la remató con un verso lapidario sobre el inexorable juicio del tiempo: “Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde”. Esos son, a grandes rasgos, los tres vértices del estoicismo antiguo, que parece resurgir en nuestros días. ¿Se trata de un espejismo? Las sociedades modernas se encuentran dominadas por la rentabilidad tecnocrática del selfie, la autoindulgencia (todo nos lo merecemos, sobre todo si hay desembolso) y el capricho. Se trata de fabricar un ego frágil e injustificadamente vanidoso. Una situación que supuestamente podría remediar una buena dosis de estoicismo. Dado que no podemos controlar lo que nos pasa y vivimos totalmente hacia afuera, atemorizados y estresados, dado que somos más circunstancia que nunca, quizá pueda ayudarnos esta antigua filosofía que inspiró a Marco Aurelio, un hombre que, dada su posición, conoció el estrés mejor que nadie.

Pero en ese desplazamiento, en esa búsqueda de inspiración en el pasado grecolatino, se corre el riego de confundir, y de hecho se hace, estoicismo con voluntarismo, tan vigente y puritano. La cultura del esfuerzo y la búsqueda del éxito dominan las sesiones de coaching, que es, según sus proponentes, el arte de ayudar a otras personas a cumplir sus objetivos o a “llenar el vacío entre lo que se es y lo que se desea ser”. No cabe mayor traición al legado estoico. El voluntarismo reseca el alma y uno de los fines del estoicismo es recrearla. Lo que llamamos “retos” o “metas” no son sino anteojeras que no permiten ver más que un único aspecto de la realidad y uno acaba estrellando el avión contra la montaña, como en el caso de Germanwings. Esas metas nos trabajan por dentro y parecen diseñadas para excluir la contemplación y la observación atenta y desinteresada. Frente a la tiranía de la meta, los estoicos pretendían desembarazarse de pasiones demasiado apremiantes y acaparadoras. De hecho, uno de sus signos distintivos fue considerar la poesía como medio legítimo de conocimiento. La lírica nos mantiene en una actitud abierta y nada sabe de metas y objetivos. La poesía era para los estoicos, sobre todo la de Homero, genuina paideia. Entender esto requiere ganar una libertad interior, no estar eternamente abducidos por el circo o las pantallas, una independencia moral, no la opinión general o el vocerío de Twitter, y trascender la dependencia de la persona respecto a su parte animal (en el supuesto de que el hombre es ese ser singular que, como decía Novalis, vive al mismo tiempo dentro y fuera de la naturaleza). Con ese “cuidado de sí”, que Marco Aurelio llamaba meditaciones, era posible lograr una autarquía ética que tendría una importancia decisiva en el pensamiento político griego.
No quedan muy lejos algunos ejemplos de estoicismo moderno. Wittgenstein cuenta que de joven experimentó esa sensación de que “nada podía ocurrirle”. Era un modo de decir que, ocurriera lo que le ocurriera (una bala perdida, un cáncer), sabría aprovechar la experiencia. Una actitud que le permitió asumir el puesto de vigía en medio del fuego cruzado durante la primera gran guerra. Algo parecido encontramos en Simone Weil, siempre arriesgándose, ya fuera en la fábrica de la Renault o en los hospitales de Londres, con la humildad como valor supremo, que hace que el ego no apague la llama de lo divino. Curiosamente, la actitud de estos dos grandes filósofos, en los que reviven los viejos ideales grecolatinos, contrasta con algunas obsesiones actuales. Desde el miedo al propio cuerpo, que requiere un examen continuado, hasta la obsesión por la seguridad (to feel safe, to feel at home). Como si un escáner o un refugio pudieran otorgar esa tranquilidad, como si hubiera que encerrarse para sentirse seguro. Mientras un mandatario reciente se preguntaba cuánto dinero necesitaba para sentirse seguro y, al no hallar la cifra, se consagró a amontonar capitales, Wittgenstein se exponía en la trinchera y Weil en la columna de Durruti.
El estoicismo supone, como apuntó Zambrano, la recapitulación fundamental de la filosofía griega. En este sentido fue y es tanto un modo de vida como un modo de estar en el mundo. Zenón de Citio, natural de la colonia griega de Chipre, figura como fundador de la escuela. Tenían algo en común con los cínicos, sobre todo la vida frugal y el desprecio de los bienes mundanos, y reflexionaron sobre el destino y la relación entre naturaleza y espíritu. Hubo un estoicismo medio (platónico, pitagórico y escéptico), pero los que dieron fama a la escuela fueron sus representantes romanos: un emperador, un senador y un esclavo. Todos ellos surgieron, como ahora, al abrigo del Imperio. Aquel imperio era militar, el de hoy es tecnológico. Imaginen ustedes a Zuckerberg abrazando el estoicismo; pues bien, eso es lo que hizo el emperador Marco Aurelio. Séneca nació en la periferia del Imperio, en la colonia bética de Hispania, pero fue una figura fundamental de la política en Roma, senador con Calígula y tutor de Nerón. Epicteto había llegado a la ciudad siendo un esclavo. Cuando fue liberado fundó una escuela, y aunque, siguiendo el ejemplo de Sócrates, no escribió nada, sus discípulos se encargarían de transmitir su legado.
Moralistas y contemplativos, todos ellos defendieron la vida virtuosa, la imperturbabilidad y el desapasionamiento, sentimientos todos ellos muy poco rentables para una sociedad del entretenimiento. El estoicismo conquistó gran parte del mundo político-intelectual romano, pero, a diferencia del 15-M, no cristalizó en “partido”, sino que se decantó en norma de acción y su influencia alcanzaría a grandes filósofos como Plotino o Boecio. No entraremos a describir su refinada lógica, pero merece la pena recordar que la subordinaban a la ética. Al contrario de hoy, al menos en el mundo financiero, donde el algoritmo domina la moral. Destaca en ella su doctrina de los indemostrables, probablemente de origen indio. Concebían el alma como un encerado donde se graban las impresiones. De ellas surgen las certezas (si el alma acepta la impresión) y los interrogantes (si es incapaz de ubicarla). Para los estoicos, el mundo era, como para nosotros, sustancialmente corporal, pero su física no niega lo inmaterial. Concibe la naturaleza como un continuo dinámico, cohesionado por el pneuma, un aliento frío y cálido, compuesto de aire y fuego. Heredaron de Heráclito el fuego como principio activo y primordial, del que han surgido el resto de los elementos y al que regresarán. Como el humor o el llanto, el pneuma no se desplaza, sino que se “propaga”, contagiando alegría o enfermedad.
Hoy no estaría de más poner en práctica algunos de sus principios. El imperativo ético de vivir conforme a la naturaleza, que nuestro planeta agradecería. El ejercicio constante de la virtud, o eudemonía, que permite el desprendimiento. Y, finalmente, lo que Nietzsche llamó el amor fati, la aceptación y querencia del propio destino, remedio eficaz para todo aquello que produce desasosiego. No puede decirse que estos principios proliferen en nuestros días. Si un viejo estoico pudiera asomarse a nuestro tiempo, vería, en las grandes desigualdades propiciadas por la economía financiera, un descuido de sí, un olvido de esa autonomía moral que evita que se desaten emociones como el miedo y la vanidad, que crean la codicia. Emociones contrarias a la razón del mundo que, en nuestro caso, es la razón del planeta.



martes, 17 de abril de 2018

MAYO DEL 68 EL FIN DE LA UTOPÍA REVOLUCIONARIA


El aniversario de Mayo del 68 en París amerita la reproducción de este excelente artículo de la revista “Ñ” de Clarín, que espero sea del gusto de mis lectores.

CESAR HERNANDO BUSTAMANTE

Lucia Álvarez


Con cada aniversario, la pregunta se repite: ¿cuál es el legado de Mayo del 68?, o incluso más utilitarista, ¿qué dejó? ¿Qué nos queda de él? Aunque es una interrogación que le cabe a cualquier acontecimiento histórico resulta especialmente sensible en este caso porque los efectos no son obvios ni evidentes. A diferencia de otras revoluciones en el siglo XX, Mayo del 68 no modificó un ordenamiento global, ni planteó una manera novedosa de organización del Estado, la política o la economía. Ni siquiera cambió en forma inmediata las relaciones de fuerza de su país.
De un modo apresurado, uno estaría tentado de adjudicarle el fin del gobierno de Charles de Gaulle, en abril de 1969, pero lo cierto es que ya en junio del 68 esa comuna que conmovió y paralizó a Francia empezó a decaer lentamente y sin ningún tinte trágico, sin horror, casi sin muertes. Lo que explica por qué sus más fervientes adversarios le niegan aún hoy cualquier relevancia histórica. “¿Acaso pasó algo en Mayo del 68?”, preguntaba irónico en una de las recientes conmemoraciones Michel Houellebecq.
Quienes intentan reivindicarlo suponen que Mayo del 68 dejó un legado de otro orden, que anticipó o permitió un conjunto de transformaciones en las relaciones sociales o, mejor aún, que modificó sustancialmente el vínculo entre política, sociedad y cultura. Mayo del 68 aparece como una fuerza democratizadora y antiautoritaria, la inauguración de una racionalidad política que rechaza cambiar el mundo a través de la toma del poder porque impugna al poder en sí mismo, así como la vida gris y opaca que ofrece el capitalismo, aun en su versión Estado de Bienestar.
París, el histórico 13 de mayo. El líder estudiantil Daniel Cohn-Bendit, un ícono de esos meses, se dirige a la multitud de manifestantes. Ese día de paro se convertirá en una huelga masiva y prolongada.Foto: AFP.
Desde esta perspectiva, Mayo del 68 se presenta como una nueva hipótesis de militancia, el surgimiento de movimientos sociales, la renovación de un pensamiento de izquierda en el que el sujeto revolucionario no es uno (un proletariado de fábrica, asalariado, urbano, masculino y adulto) ni preexiste a la Revolución. También de él se recupera la embriaguez propia de toda revuelta, el deseo de una forma de vida en la que haya lugar para la espontaneidad, la creación, la pasión, lo indeterminado.
Pero quizá el legado más evidente y concreto que haya dejado Mayo del 68 sean los textos, cientos de libros, notas, entrevistas, producciones, ensayos fotográficos interpretando al acontecimiento. El historiador marxista Eric Hobsbawm registra que para diciembre de 1968 ya se habían publicado en Francia cincuenta escritos sobre los sucesos, razón por la cual en ese verano los sesentayochistas repartían un volante que denunciaba: “quieren desechar una sublevación tan inquietante, aplastándola bajo una pila de libros”.
Esa proliferación que Mayo del 68 despertó casi inmediatamente nunca se detuvo. En estos cincuenta años, se intentó una y otra vez darle un nombre y cerrar su sentido: insurrección, estallido, revolución cultural, fracaso político. Cada intento de clausura, sin embargo, fue exitoso parcialmente. Antes que terminar con él, la disputa interpretativa lo mantuvo como un suceso vivo y vital, una pieza de controversia, un tema de reflexión, un objeto de consumo cultural.
Por eso, Mayo del 68 todavía puede resultar interesante, porque además del Mayo-acontecimiento, ese suceso inesperado e irrepetible de la historia de los movimientos populares, está el Mayo-interpretación, un tejido de lecturas que desde distintas tradiciones político-intelectuales, lo condenaron, lo glorificaron y también lo conservaron como una incógnita.
No todas esas miradas, sin embargo, tuvieron el mismo peso a lo largo de estos cincuenta años. La historia de la historia de Mayo del 68 muestra que desde hace un tiempo domina una mirada más bien caricaturizada de él, una que lo reduce a un conflicto generacional, juvenil, casi hormonal, a un conjunto de consignas que todos reconocemos y que hoy suenan más publicitarias que poéticas. Y no es casual que esa lectura tenga sus orígenes en el décimo aniversario de la revuelta francesa, momento que coincide con la declinación de la izquierda y los principales teóricos del marxismo en Europa, así como con la desilusión generada por el devenir de las experiencias comunistas.
Un parisino desmonta una barricada en el Barrio Latino. Foto: AFP
Hasta finales de los setenta, Mayo del 68 se inscribía en un cuadro interpretativo marxista-libertario, es decir, aun quienes, como el filósofo conservador Raymond Aron veían en él un psicodrama, o como Cornelius Castoriadis, una revolución fallida, pensaban el suceso en relación con el eje revolucionario: cuánto se alejaba o no de los programas clásicos de la izquierda de los sesenta. De modo similar, leninistas, maoístas y trotskistas veían en Mayo una revolución traicionada; denunciaban al Partido Comunista Francés y la Confederación General del Trabajo de haber desaprovechado un movimiento de masas sin precedentes, generado en el centro de Europa.
Muchos de los debates intelectuales de esos primeros años también giraron en torno al eje revolucionario: al problema de la integración de la clase trabajadora en la sociedad de consumo; la crítica a la alienación y la sociedad del espectáculo; la adopción de formas autogestionarias; el rechazo a la toma del poder; el lugar de la espontaneidad.
Sin embargo, en el primer aniversario un impulso revisionista modificó casi radicalmente el sentido del acontecimiento, y así ganó terreno un marco interpretativo elaborado desde el pensamiento liberal. El hito que inauguró una nueva mirada sobre Mayo fue la publicación de Mayo del 68, una contrarrevolución exitosa del filósofo francés Régis Debray. Quien fuera asesor del ex presidente francés, François Mitterrand, propuso entonces leer ese suceso como el clivaje que habilitó el tránsito entre una Francia anquilosada en sus viejas tradiciones (y por ello, antieconómica) y una Francia moderna y productivista. Para Debray, Mayo del 68 había colaborado tanto con la eliminación de la figura del proletariado como con la mercantilización del individuo, y por eso, había sido el aliado preciso que el capital necesitaba para avanzar hacia el modelo neoliberal. Si la república burguesa festeja su nacimiento en la toma de la Bastilla –dijo entonces– festejará su renacimiento en la toma de la palabra de 1968.
En la década siguiente, en los ochenta, ese giro interpretativo se volvió aún más radical y el individualismo se convirtió en uno de los conceptos clave que ordenaron el sentido de Mayo del 68. No contentos con proclamar la idea de que fue funcional al desarrollo de una burguesía moderna y liberal, un grupo de intelectuales promovió la idea de que esa sociedad de consumo y posmoderna era, paradójicamente, la realización en los hechos de los deseos más profundos de Mayo del 68. Se sobrentendía de ello que Mayo del 68 no había sido una revolución en la revolución, como proclamaban los jóvenes franceses, sino el fin de toda utopía revolucionaria.
Quizá por escandalosa, o por excesivamente acorde a su tiempo, esa mirada de Mayo del 68 fue convirtiéndose en hegemónica y terminó por consolidarse en otro aniversario, en el año 2008, durante un acto proselitista en Bercy del entonces candidato a la presidencia de Francia, Nicolás Sarkozy. En su discurso, Sarkozy acusó a Mayo del 68 de ser el responsable de casi todos los males de la sociedad francesa contemporánea: el culto al dinero, el provecho a corto plazo, la especulación, el relativismo moral e intelectual, el fin de la autoridad, el odio a la familia, a la sociedad y al Estado. “Mírenla, escúchenla, esta izquierda que desde Mayo del 68 dejó de hablarle a los trabajadores, de sentirse preocupada por la suerte de los trabajadores, de amar a los trabajadores, porque rechaza el valor del trabajo”, señaló. Así, se terminaba de sellar aquella mirada del Mayo parisino y juvenil, el de las barricadas-adoquines-slogans, que los medios de comunicación, la política instituida y el saber intelectual (todo aquello que Mayo del 68 atacó) fueron modelando durante años junto a las memorias de muchos de sus protagonistas, convertidos por esos años en integrantes de distintos espacios de poder.
Quizá la evidencia más grande del éxito de esa operación sea que hoy casi nadie asocie a Mayo del 68 con la gigantesca huelga obrera que despertó. Nueve millones de trabajadores, casi toda la fuerza laboral de Francia de esos años, en huelga: paro de transporte, de bancos, de recolección de basura, de correos, de televisión, desabastecimiento. Una interrupción total de la vida tal como los franceses, y no solamente los parisinos, la conocían.
Y si esa caricatura fue posible se debe, principalmente, a la propia carga de ambigüedad del acontecimiento, a su impureza. Porque Mayo del 68 fue muchas cosas contradictorias a la vez: deseo de revolución y crítica de la revolución; cuestionamiento a una sociedad de consumo y demanda de integración a ella; un movimiento de masas que rechazaba la figura del poder tanto como lo situaba en el centro de la discusión política. Fue además una revuelta estudiantil, con reclamos y agendas específicas, que negó al estudiante como sujeto revolucionario y se soñó (y proyectó) como revuelta obrera. Y fue una huelga obrera hecha por trabajadores que, antes que provocar una crisis revolucionaria, deseaban una integración plena a la sociedad de bienestar.
Difícil predecir qué se hará de él en este cincuenta aniversario, si algo de su crítica radical podrá evitar la coagulación de estos años. Si Mayo del 68 podrá ser algo más que una anticipación de este presente en el que, como dice Slavoj Žižek, podemos reírnos del fin de la historia, mientras somos todos fukuyamaístas, porque hoy la mayoría de nosotros cree que la mejor sociedad posible es una solo un poco menos injusta y desigual que esta. Conocemos el escenario en Europa: liberalismo económico, conservadurismo cultural, desánimo, una ruptura cada vez mayor del principio de igualdad. Un tiempo esquivo para que Mayo del 68 pueda renovar sus esperanzas.
Lucía Álvarez es socióloga, investigadora y periodista. En mayo publicará el libro "Mayo 68. La revuelta francesa y sus huellas en la Argentina" (Ariel/Paidós).


sábado, 31 de marzo de 2018

BEATRIZ GONZÁLEZ “LA OBRA DE ARTE SIRVE COMO REFLEXIÓN HISTÓRICA”


Beatriz González es un artista Colombiana de muchos quilates, su obra no sólo es importante y reconocida en nuestro país sino en el mundo. Lleva mucho años en un trasegar vital como creadora, sus aportes son significativos, rompió esquemas y siempre sorprende.  Ahora expone en el museo Reina Sofia de España, realmente ha conmovido a la crítica, no solo por la calidad de la muestra sino en un claro reconocimiento a su trayectoria y logros, el periplo que ha hecho por Europa continua con éxito, la crítica ha llamado la atención sobre esta muestra, reconoce la capacidad para incorporar a su mundo creativo los temas y realidades que atienden a problemas emblemáticos de nuestro entorno, siempre creando, incorporando nuevas formas. Este es un excelente artículo publicado por la revista “Babelia” del país de España, que traigo a colación no solo por lo lúcido sino por el justo homenaje que le brinda. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE
Ocupa un lugar único en el arte latinoamericano como pionera pop y como cronista de Colombia. A ella se rinde el Museo Reina Sofía con una amplia retrospectiva
BEA ESPEJO
19 MAR 2018 - 18:02      
Había una gaseosa que circulaba en los años cuarenta por Bucaramanga, ciudad natal de Beatriz González (1938), que despertaba toda su fascinación. Era conocida como Leona Pura, nombre propio de refajo, mucho más mundano. En la imagen de la botella aparecía otra botellita, y esa botellita contenía otra, y a su vez otra. Era la botella en la botella en la botella, un poco ella, una matrioska con varias beatrices dentro. La más pequeña guarda dentro un grito: “¡Una artista, una artista!”. Lo soltó una de sus profesoras del colegio al ver el dibujo de una mandarina en manos de una Beatriz de 10 años. Fue la primera vez que escuchó esa palabra, que ya no la abandonaría jamás. Lo cuenta con voz risueña, segura, carismática. Es consciente del poder destructor de la risa, que ha convertido en uno de sus signos distintivos. También su amor por la justicia, sin matices ni concesiones. No deja títere con cabeza. Toda su obra reacciona al culto a la violencia que ha caracterizado la política colombiana durante las últimas décadas, aunque las escenas que ella lleva a la tela rehúyen del estilo violento. La suya es una pintura meditativa, serena, que escenifica un duelo que preserva la memoria. Un recóndito lugar donde la artista busca tiempos de paz.
Sobre esa idea está organizada la exposición con la que el Museo Reina Sofía revisa ahora su extensa trayectoria. Está comisariada por María Inés Rodríguez, directora del CAPC de Burdeos, por donde ha pasado ya esta muestra que en otoño ocupará el KW de Berlín. La exposición es exigente, sí. Por suerte. Mal vamos si la “exigencia” es la excusa que tienen los políticos para las destituciones, como el despido que le acaba de ser anunciado a esta comisaria en el citado centro francés. No deja de ser curioso cómo Beatriz González siempre se ha volcado en el juego de lo popular y su poder de subversión. Optó por ello pronto, en cuanto la empezaron a tachar de “fina e inteligente”. Por aquel entonces, estudiaba a Velázquez y Vermeer, pensando cómo hacer una versión propia de una gran obra. La cosa tambaleaba hacia una abstracción que paró en seco.
El primer hilo popular del que tiró fueron las láminas Molinari. Producidas en Cali, estas estampas estaban llenas de santos y próceres nacionales. Patriotas todos ilustres y todos hombres. Los colores vivos y planos de estas láminas los llevó a una pintura que huía de los gordos de Botero, su coetáneo, sólo tres años mayor que ella. En 1965, con 27 y avivada por Marta Traba, profesora de historia del arte en la Universidad de los Andes de Bogotá —su “descubridora”, dice—, pintará su obra más conocida, Los suicidas del Sisga, en la que encontró la esencia de su yo artístico. Hoy es uno de los símbolos del arte nacional, aunque parece que la etiqueta no le pesa: “La memoria está escondida en los archivos. Gracias a los procesos artísticos y técnicos a los que someto las imágenes de prensa que conservo en ellos, estas se convierten en iconos. Y el icono, al difundirse como obra de arte, posibilita la supervivencia de la memoria”, dice.
Parece un acertijo. De los recortes de prensa de crímenes, las fotografías de luchadores en gimnasios, de reinas de belleza y avisos publicitarios, la artista llegó a la plancha de metal. Al poco tiempo entraron los muebles y el esmalte sintético en su estudio en Bogotá. En una cama postró el retrato del señor de Monserrate. A esta obra la llamó Naturaleza casi muerta (1970). La última cenade Leonardo la plantó en La última mesa (1970) y La Virgen de la silla de Rafael Sanzio fue directa a un tocador (1973). De ese consumo masivo que fueron las gráficas populares y la prensa, Beatriz González extrae sus contextos para mirarlos desde otro lugar. De algún modo, desacraliza las imágenes consagradas como fetiches de la cultura occidental para que el espectador reflexione sobre la alineación a la que está sometido. Nos abre los ojos.
A finales de los setenta pasó de los muebles a las cortinas. “Del mueble me interesa la posibilidad de negar los parámetros de una obra de arte tradicional, y las cortinas de plástico son una conclusión de ese capítulo de los muebles. La idea apareció viendo un tomo de la enciclopedia Salvat en cuya cubierta se reproducía el cuadro Le déjeuner sur l’herbe, de Manet estaba tan desteñido que parecía una carpa de circo. Fue entonces cuando empecé a hacer las cortinas, que están entre la tercera dimensión de los muebles y la bidimensionalidad de la pintura. Aunque toda mi obra es pintura. También pensaba en ese formato por asociación: cualquier cuadro de la pintura universal que me pareciera un telón de fondo lo pintaba en la cortina”, relata. Con su versión de Manet, titulada Telón de la móvil y cambiante naturaleza (1978), entró ese año en la Bienal de Venecia. Con otra de sus cortinas míticas, Decoración de interiores (1981), participó el año pasado en Documenta 14. Una obra que vemos también en la exposición Campo a través. Arte colombiano en la colección del Banco de la República, en la Sala Alcalá 31 de Madrid. “Siempre me he apropiado de obras de arte de la cultura universal con la conciencia de que la obra de arte, al mostrarse en los países subdesarrollados, sufría una transformación visual y mental. Es decir, no se ve de la misma manera en Latinoamérica que en Europa”.
La artista colombiana se ha dado el lujo de dominar los medios y procedimientos y, sobre todo, de transferir con talento las pinturas en que se inspira. No sólo las revisa sino que las rebasa. Dice que la crítica la ha tratado bien y que intenta sacar provecho de la desfavorable. Pronto la calificaron de transgresora y pop, aunque su pintura nada tiene que ver con la de artistas como Warhol, que se apropiaba de imágenes de la actualidad pero imitando el estilo neutral e impersonal de esas imágenes. Lejos de eso, Beatriz González convierte los periódicos en un diario privado y consigue que ese diario íntimo sea político.
Con la llegada al Gobierno de Julio César Turbay, en aquel 1978, su postura ética dio un salto y tomó posición crítica. Se convirtió, como Goya, a quien idolatra junto a Rembrandt, en pintora de la corte. Casi todos los días hacía un dibujo del presidente. La cosa era, claro, punzante, y culminó con una gran cortina en que Turbay aparece disfrutando de una fiesta rodeado de admiradoras y la gigantesca descripción de la Asamblea Constituyente de 1991. La artista nunca ha escondido su amor por la caricatura ni su desapego por la política. “Siempre que puedo recuerdo que no soy una artista política ni una pintora comprometida a la manera en que lo son los muralistas mexicanos. El artista se compromete con la realidad en el momento en que tiene la voluntad de sentir que su obra puede servir como una reflexión histórica. Como dijo alguien, el arte cuenta lo que la historia no puede contar”.
En esa construcción de la memoria alza el vuelo su obra Auras anónimas (2009). Hasta 9.000 lápidas pintó para los columnarios populares del Cementerio Central de Bogotá, edificios construidos entre 1930 y 1950 que, ante la amenaza de su destrucción en 2003, movilizaron a otra artista colombiana, Doris Salcedo, a salvar su arquitectura. Y lo consiguió. Para las lápidas, Beatriz González revisó las imágenes de cargueros, un tema que demuestra cómo ha cambiado Colombia con la guerra. Si en el siglo XIX los cargueros trabajaban cargando vivos, ya que era el medio de transporte que usaban los viajeros para conocer el país y comerciar, hoy los cargueros llevan muertos. Ellos cierran la exposición.
Todas sus imágenes esconden otras imágenes; y estas, otras. Un largo camino al conocimiento. También a ella le persigue, aunque su labor pedagógica siempre se ha situado dentro del museo. Cuando llegó al Museo Nacional de Bogotá había 16.000 piezas por investigar. Bromea diciendo que tal vez sea profesora de Bellas Artes con 80 años, “cuando sepa lo que pueda enseñar”. Este año los alcanza. Es difícil pensar en otra artista que haya escrito tanto y tan bien del arte de su país. Igual la clave está en su postura metódica, crítica, tragicómica, mordaz. Así responde a la pregunta sobre cómo escribir la historia del arte del mañana: “El momento actual permite que el arte sea inteligente, reflexivo y exigente. Así será su historia”.
‘Beatriz González. 1965-2017’. Palacio de Velázquez. Parque del Retiro. Madrid. Hasta el 2 de septiembre.




domingo, 18 de marzo de 2018

“PUEDE SALVAR A LOS QUE ESTÁN CONTAGIADOS POR LA IRA”


El periodismo como resistencia, como denuncia, acompañado de una narrativa excelsa, literatura implicada en la crónica, rigurosa y de una factura perfecta, hacen de esta escritora un icono en el mundo. Este artículo habla de un trabajo totalmente diferente de lo que hemos leído de ella, explica las razones que la llevaron a este giro.  Apareció en el portal de “Letras  libres”, lo reproducimos en este blog por su importancia y por la calidad de la nota.  CESAR HERNANDO BUSTAMANTE

La escritora y periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich recibió en 2015 el Premio Nobel de Literatura por documentar en su obra las vidas de los ciudadanos soviéticos y postsoviéticos. Su proyecto más reciente se trata, en cambio, del amor. Sobre las razones de este giro temático, Alexiévich conversó con Staffan Julén, director de Lyubov: kärlek på ryska (Lyubov: amor en ruso), un documental en el que ella misma colaboró.



Staffan Julén
01 marzo 2018 


[Sentada frente a la cámara.]
¿Adónde miro?
Todos mis temas nacen de la vida. El primero fue una serie de libros. Una historia sobre aquellos tiempos, los tiempos rojos, cuando la idea en sí era lo más importante. En menor o mayor grado, todos estábamos contagiados por esa idea. O limitados por ella. Sin embargo, todos dependíamos de ella y muchos creían sinceramente en ella. Al final, muchos perdieron la fe. Pero la idea seguía ahí, como una semilla dura hecha de acero corrugado. Muchas cosas pasaron durante ese tiempo, durante el reino de la idea. Yo elegí los sucesos más fuertes, los más dramáticos, aquellos que pudieran mostrar qué tipo de gente éramos. Mostrar por lo que habíamos pasado. Mostrar cómo nos dejamos engañar por la utopía. Y cómo, en un principio, no lo entendimos, pero poco a poco empezamos a darnos cuenta. A darnos cuenta de que simplemente no éramos capaces de vivir de otra manera. Eso no era para nosotros. Y mientras pasaba de un libro a otro, hubo algo que me impactó. La gente hablaba de la guerra o de Chernóbil. Pero las veces que se habla de la felicidad son rarísimas. Tuve la sensación de que sobre las cosas más importantes de la vida humana simplemente no se hablaba. Fue así como empecé a recordar mi propia vida. Mi infancia, por ejemplo. Mis padres nunca hablaban de la felicidad. Que debías ser feliz y crecer. Que la vida es algo bello, que la llegada del amor representa algo por lo que nos tenemos que alegrar. No solo que vas a tener hijos, sino que también vas a recibir amor. Y esto es algo tan enigmático, tan interesante... Pero todas las conversaciones giraban siempre alrededor de la muerte y de la patria. Las cosas importantes y humanas no eran tema de conversación. A medida que el tiempo pasaba, sucedía lo mismo. A pesar de que la gente, obviamente, amaba, vivía. Pero esto nunca llegó a ser... una filosofía de la vida. Dependía de cada individuo abrirse paso y llegar a ese sentido, todos los días. Esta no era ni la filosofía de la sociedad ni la de un individuo. Siempre había algo más importante. Algo que estaba por encima de la gente. Algo parecido a un esfuerzo, a un sacrificio. Algo para lo que siempre tenías que estar preparado. Así, cuando terminé esa serie de libros –cuando la utopía sufrió su derrota, cuando acabamos rodeados de escombros– empecé a sentir que quería escribir sobre lo que de verdad éramos, pero desde otro punto de vista.
Pensé: “¿Cuál podría ser el núcleo de esto?” Si ya se ha hablado sobre Afganistán, la guerra o Chernóbil: ¿qué podría el lector encontrar aquí? En ese momento pensé que justo podrían ser esas cosas en las que por lo regular no pensamos y de las que se puede hablar apenas ahora, cuando la vida privada por fin ha salido a flote. Cuando el dinero por fin recobra un sentido, un significado. Antes, todos éramos igual de pobres. El dinero no tenía ningún peso en especial. Pero ahora, la gente ha empezado a viajar, a conocer el mundo. Han surgido muchas preguntas, la gente empieza a tener deseos. Si lo quisieran, las personas podrían sumergirse en un vasto océano, para ellas desconocido por completo. Es decir, en esa vida privada. Buscar un sentido de la existencia humana que no fuera simplemente morir en algún momento. Resultó que la literatura –la literatura rusa– no les podía ayudar con este tema, pues siempre se trataba de conceptos diferentes. Es decir, sobre ideas elevadas y superiores. Siempre había algo que oprimía la vida humana. Algún tipo de idea sobrepuesta. Las cosas más importantes para nosotros son, claramente, el amor y el tiempo en que estamos a punto de dejar de existir. Cuando nos preparamos para desaparecer de este mundo. Me vino a la mente un título preliminar: El amor y la muerte. Así me decidí por esta idea y empecé a pedirles a diferentes personas que me contaran sus vidas. Lo más importante iba a ser el amor, existiera o no. Porque las personas se pueden dividir en dos grupos: aquellas que conocen el amor y aquellas que no. Si han tenido hijos o no, eso no significa nada. Así que, por mucho tiempo, desde hace unos cinco, seis o siete años, más o menos, meditaba de forma activa sobre este tema. Y grababa a las personas. Durante ese tiempo pude llegar a sentir el material y llevarme una sensación previa del libro, una sensación previa del tema.
Verás... Cuando entrevisto a una persona, no le pregunto sobre la guerra. Le pregunto sobre la vida y, cuando comienza a hablar sobre la vida, el amor siempre aparece como tema. Muy a menudo se habla del amor. Sin embargo, en los libros anteriores, el amor no estaba en el centro de la narración. En el centro había un suceso, como Chernóbil. Ahí, el amor en sí no era el tema principal. Ni siquiera sabemos cuántos tipos diferentes de sentimientos experimentaron, ni cómo eran. Ahí se trata del amor que requiere de sacrificios. Las mujeres parecían preparadas para someterse a esos sacrificios. Así de fuerte era su amor.
Pese a ello, lo más importante era ese suceso, el suceso monstruoso, Chernóbil. ¿O no? Ahora, el tema del amor va a ser diferente. Cuando, por ejemplo, desde este punto de vista empecé a leer clásicos y a revisar nuestra literatura contemporánea, en la clásica pude ver que... para nosotros, las cosas son así: o todo es rosas y mimosas –o una sensibilidad parecida– o el héroe emprende su camino, por la patria, por alguna idea, como es el caso de Turguénev. Lo mismo ocurre con Lev Tolstói, Vronski también se va a una guerra. A pesar de todo, no se habla mucho del amor en sí. Incluso en nuestra lengua, incluso aquí, el lenguaje del amor no ha evolucionado. En nuestra lengua, el vocabulario del amor no está presente de la misma manera que en la literatura francesa. Los franceses tienen diez palabras que describen la sensación en el cuerpo femenino después del acto amoroso. O los movimientos de las manos de la persona amada. Nosotros no tenemos nada de eso. Solo se menciona el cortejo, los encuentros, pero después, el puro proceso del amor... del amor... parece como si fuera algo etéreo. No muestra ningún tipo de materialidad. Como cuando le pregunté a un niño: “¿Qué es el amor?” No, espera, pregunté: “¿Cómo llegaste a ser?” “Mamá y papá se besaron y aparecí yo.” Más o menos, en nuestra literatura sucede lo mismo. Quisiera hacer que ese espacio fuera más fácil de habitar, obligar a las personas a pensar más sobre el hecho de que la felicidad es un lugar vasto. Es como si fuera una casa, con muchas alacenas y cuartos pequeños, cada uno con una llave distinta. La telaraña del amor la tenemos que tejer a lo largo de la vida, tenemos que estar preparados para hacerlo. Es exactamente eso lo que quería introducir en este mundo.
En cuanto a esto, tengo que reconocer que me topé con muchos problemas. No solo que el amor no existe en la literatura. Además, me di cuenta de que este nuevo libro tiene que ser escrito por una persona nueva. Esa persona también tiene que pensar de otra manera, disponer de un vocabulario diferente. Era un tipo de liberación emocional que mis obras anteriores no requerían. Su vocabulario era otro. Era un lenguaje diferente, más duro. Me da la sensación de que el viaje va a ser largo. Una tarea extremadamente complicada.
Por un lado, ese es mi camino, una etapa de mi viaje. El mismo viaje forma parte de mi intención actual. Por el otro, hoy en día, la posibilidad de hablar sobre el valor de la vida me hace sentir como si todas las palabras hubieran sido privadas de significado. ¿Quizá debería regresar a la guerra y escribir sobre lo mismo? ¿Y volver a hablar sobre el absurdo de las matanzas y el oficio demente de matar a una persona? ¿Sobre el hecho de que es necesario matar a las ideas y no a las personas? ¿Que todos deberían sentarse a hablar...? Ya nada de esto sirve. Es banal. En internet cada día puedo leer algo así: “Hoy fueron asesinados treinta soldados de la milicia prorrusa y veinte soldados del ejército ucraniano, aparte de cinco civiles.” Con eso empieza el día. Si hablara de eso, no me serviría. Porque creo que... lo que a la gente más falta le hace es el amor. Es quizás ese el lenguaje que debería usar. Además, en el presente, la sociedad se ha dividido de forma abrupta y la gente ha quedado contagiada por la ira. Hay muchísimo odio. No creo que sea posible ganar esta batalla con palabras comunes, con argumentos comunes. Las familias se separan, todo el mundo discute por Ucrania. Conozco varios casos de niños a los que echaron de sus casas porque estaban en contra de la anexión de Crimea. Vivimos tiempos horribles.
La escritora Oksana Zabuzhko publicó recientemente un libro que trata sobre lo comentado en internet durante el Maidán.1 En mi libro escribí que todo lo espantoso que hay en su libro –la manera en que las personas morían y eran maltratadas– se puede usar para fomentar el odio o el amor. Porque solo el amor puede salvar a los contagiados por la ira. Escribí algunas cosas sobre Ucrania, la situación en Crimea y en contra de la política de Putin. Fue horrible leer lo que se decía en internet, en ruso, ver cómo me maldecían. Pero no solo a mí, a muchos. A Andréi Makarévich, a Borís Akunin, a Liudmila Ulítskaya, a cada uno de los que intentamos decir algo en contra de Putin. Simplemente, era horrible seguir las noticias en internet. No falta mucho para que las personas en serio salgan a las calles y empiecen a descuartizarse. Semejante odio. Me doy cuenta de que hoy debemos hablar en otra lengua. Sin intentar demostrar nada. Quizá deberíamos hablar sobre esas cosas infantiles, como el amor. Sí, no me puedo imaginar otra lengua. Ya nada sirve.
Mis siguientes dos libros son proyectos totalmente diferentes. El primero trata del amor. El otro, de la muerte. O, digamos, del camino a la muerte: es un proceso bastante largo. Cómo envejecemos, cómo cambia nuestra visión del mundo, de qué manera nos relacionamos con él. Al fin y al cabo, la ciencia nos ha regalado unos veinte o treinta años más de vida. ¿Y qué estamos haciendo con eso? Soñamos con la inmortalidad pero, en realidad, no sabemos manejar muy bien esos años extra que nos han tocado. Uno de mis héroes2 me dijo que la vejez también puede ser algo muy interesante. Con este proyecto quiero seguir ese camino hacia el final, al lado de las personas con las que me he encontrado en esta vida. Simplemente recorrer el camino y poder ver toda la vida humana. Desde el principio hasta el final.
Cuando escribo mis libros, las personas no me interesan solo como sujetos que habitan un tiempo específico. Siempre me ha llamado la atención eso que llamo “la persona eterna”, es decir, lo eterno que uno lleva adentro. Ahora, como hay pocos libros escritos de esta forma, quiero observar nuestras vidas, pero no desde un punto de vista histórico, sino más bien desde fuera. Desde el cosmos, digamos. Para mí, todo está conectado: los animales, las plantas, la tierra, el ser humano. Es decir: todo lo viviente. Quisiera poder alcanzar esa percepción que me encanta, la de Albert Schweitzer. Esa veneración de la vida. La de observar a una persona no como ucraniano, bielorruso o algo parecido, sino como una vida palpitante. Es algo de lo que prescindimos en su totalidad. Como si fuéramos absolutamente inmortales. Como si nuestro único objetivo fuera meter un Chernóbil en todo. O un Donetsk.
[Suena el teléfono.]
¿Hola? Liuda, estoy en medio de una grabación. Te llamo luego, adiós.
Todo está conectado: las personas, los animales, los pájaros, todo está vivo. Y lo ignoramos absolutamente. Como si fuéramos inmortales. Como si hubiéramos llegado a este mundo para alcanzar algún objetivo utilitario. Pero, en realidad, llegamos para hacer algo totalmente diferente.
El nombre provisional de mi libro sobre el amor es La felicidad es un ciervo mágico que siempre estamos cazando. Es una cita del escritor ruso Aleksandr Grin, quien era popular antes de la Revolución. De este título tan largo se desprende la añoranza melancólica de la felicidad, tan propia de los rusos. El ruso es un ser con unas características fascinantes. Esto me asombra, incluso cuando todo parece normal. Incluso cuando todo está bien, esa añoranza melancólica siempre está al acecho.
Por esa razón a la gente le encantan los trenes: porque puedes estar sentado mucho tiempo y mirar a través de la ventana. Le encantan los coches por la misma razón: porque gracias a ellos puedes viajar y viajar. No he podido observar esto en otras nacionalidades, pero en el caso de los rusos siempre está presente. A lo mejor está relacionado con la geografía de un país tan vasto. La verdad, es muy interesante.
Cazamos algo... ¡sí! Es una caza eterna... la caza de algo específico, que nunca logramos capturar. Es muy ingenuo creer que basta con atraparlo y arrastrarlo todo el camino, con toda esa suciedad metafísica, todos esos pedazos de vida... y así, de la nada, se convierte en un libro, en una obra de arte. Obviamente, esta percepción es muy ingenua. En realidad, es un trabajo muy sutil, tardado y no tan parecido al de un depredador. Requiere de mucho esfuerzo espiritual, de mucho entendimiento y, sí, de muchas habilidades, sobre todo literarias y humanas. Es un trabajo muy complicado. El género que uso existe en la literatura rusa, también en la bielorrusa... existen libros... y tratan ante todo acerca de la guerra. Porque afectó a un número inconcebible de personas y se generó, literalmente, una sensación de que ni siquiera un genio podría asimilar todo aquello. En realidad, ¿qué es la Segunda Guerra Mundial? Es una guerra muchísimo más extensa que las Guerras Napoleónicas. Por ese motivo, la gente intentó coleccionar un material nuevo. Y tenía la sensación de que ese material nuevo no debía conservarse solo en los cerebros de la élite o en los héroes célebres de la guerra. Como crecí en un pueblo, lo que más me interesó desde siempre no eran los héroes, sino la gente común. Me acuerdo de las abuelas del pueblo...
Dios, todo eso era tan interesante... eran tan complejas, tan sofisticadas... y tan interesantes. Lo que esas abuelas me contaron jamás lo hubiera podido leer en un libro. Por ejemplo, mi abuela paterna... ella era así. Y yo quería... mi objetivo simplemente era... eso que ellas contaban, que nadie escuchaba. En la historia, son granos de arena. Tenía que conservar esos pedazos de ellas que eran geniales. De otra forma, esos pedazos desaparecerían con sus vidas. Todas esas historias que a nadie le importaban, en realidad, eran la historia de los sentimientos. Las quería conservar. Entendí que debería hacer algo parecido a una “novela de voces”: un recuerdo polifónico. Por eso, para cada libro necesité quinientas o incluso mil voces. Para La guerra no tiene rostro de mujer eran mil. Para Voces de Chernóbil también eran muchísimas. Incluso para Últimos testigos necesitaba mucha gente. De modo constante estoy en búsqueda de esos pequeños pedazos, esos granos de oro, y a partir de ellos creo un mosaico.
¿Cómo puedes recordar tanto?
[A Kajsa Öberg Lindsten, que traduce durante la entrevista.]
Es algo parecido a ser un escultor. Cuando le preguntaron a Rodin cómo creaba sus esculturas, dijo: “Tomo un pedazo de mármol y le quito todo lo superfluo.” Se trata de... un principio común. Del caos, que es la vida, logras pulir ciertas imágenes o ciertas estructuras. Para él, eran las esculturas. Para otros, podría ser un templo. Pero la estructura que a mí me toca está hecha de palabras.
La realidad está repleta de secretos. Para empezar, todo el tiempo se nos escapa de las manos. Es sumamente difícil poder captarlo todo, todo el tiempo, ¿no? Captarlo para luego darle forma. Primero debemos entender que las personas ni siquiera perciben muchas de las cosas que llevan dentro. A veces, cuando logras llegar al fondo de un recuerdo, la gente te dice: “Ni siquiera sabía que lo sabía. Lo había olvidado por completo. Apenas me lo preguntaste, empecé a pensar en eso...” Para poder oír algo nuevo, tenemos que reinventar nuestra manera de hacer preguntas.
Hoy no me siento censurada. La única censura podría ser una de la que ni siquiera estoy consciente, una que ignoro. Eso sería lo único que me podría limitar. Por eso, para mí, la música, la pintura, o incluso la filosofía, son muy importantes. También algunos libros interesantes sobre la ciencia. Todo ese conocimiento humano, para saber dónde buscar y qué buscar. Para arrancarnos de la banalidad. Porque, en realidad, todo el tiempo vivimos en la banalidad. Y nos tenemos que liberar.
A veces, cuando me pongo a trabajar, aparecen ciertos presentimientos sobre el libro, ideas. Esas ideas son bastante generales. Las mujeres en medio de una guerra o en el amor, por ejemplo. Unas ideas muy generales. Después, profundizo en el material. Las entrevistas son muchas y me puedo tardar algunos años. Son centenares de entrevistas, un auténtico tiempo de caos. Estás a punto de ahogarte entre miles y miles de páginas. Son muchas. Miles y miles de páginas, centenares de personas... buscas y buscas, piensas y de repente, de repente sucede, sale por sí mismo. De repente, entre todas las palabras, empiezas a divisar una línea. Los patrones más importantes. A menudo hay una docena de cuentos básicos, donde esa idea y esa filosofía que ya se están creando dentro de ti cobran una esfera común. Luego, aparece una idea principal. El sonido del libro, como me gusta llamarlo. Aparece un título y el material se empieza a armar. Pero de todas formas... hasta el último momento, hasta que haya llegado al último punto, sigo trabajando. Porque el tono de una historia a veces exige depurar el de otra historia. Se te pueden ocurrir ciertas cosas. Me acuerdo de algo que olvidé preguntar: entonces regreso a esa persona. En fin, es un trabajo de locos... ¡un trabajo de locos!
Existe un cierto conservadurismo. Existen conceptos como la literatura y sus géneros. Y los tiempos nuevos crean también géneros nuevos. Es como si el conocimiento tuviera problemas para asimilar eso. Entre nosotros, por ejemplo, la poesía en prosa, la posibilidad de escribir poesía sin rima, fue reconocida hace muy poco. Pero la gente sigue preguntando cómo es posible llamarlo poesía, todavía genera cierta resistencia en nuestra cultura. Es totalmente normal. Como si la conciencia humana no lo pudiera procesar, la gente no se preocupa. No le interesan semejantes problemas, la gente actúa llevada por la pura rutina.
Tenemos el ejemplo de un escritor clásico: Iván Shamiakin, que falleció hace poco. Después del éxito de La guerra no tiene rostro de mujer, no lo pudo superar y dijo: “¡Voy a escribir una novela!” Y sí, escribió una novela con todas las letras, pero, obviamente, a nadie le pareció interesante. Lo mismo pasó con Chernóbil. También hubo alguien que dijo: “¿Pero qué es esto? ¡Voy a escribir una novela!” Pero todo desaparece: ya no está esa concentración, esa sensación febril y ese sentir de una filosofía nueva. Es justo eso lo que le da su poder invencible a cualquier género. Mis libros son novelas, pero otro tipo de novelas. Una novela de voces, como les digo.
Además, la gente ya se sintió engañada, engañada por la televisión un sinfín de veces. Engañada también por la literatura. Aquí, la gente fue engañada con todas esas ideas utópicas. Por eso la gente quiere oír sobre acontecimientos y cosas tal y como son en realidad. Quieren saber que no fueron editados, o pulidos, sino que son lo que son. Y el escritor, como es mi caso, tiene que unir todo eso con algún tipo de estructura literaria. O sea, ese es mi principio. Usé ese mismo principio al escribir artículos para Göteborgs-Posten.3 Se trate de acontecimientos políticos o de la vida cotidiana, siempre escribí desde el punto de vista de un individuo. Incluso los pequeños detalles; juntos constituyen la vida humana. En poco tiempo recibí reacciones muy positivas porque es justo eso lo que le interesa a la gente.
Las cosas que se muestran en la televisión muy raras veces se pueden llamar películas, casi siempre son solo un tipo de material. Esos reportajes ni siquiera son reportajes artísticos. Más bien, son sumamente superficiales y en la mayoría de los casos no representan la realidad, porque los hechos no son lo mismo que la realidad. La realidad se tiene que interpretar, se tiene que poder entender. La tenemos que entender. En general, la relación con la realidad es muy complicada. Está la realidad que vemos. Está la que oímos. Y está la realidad que no vemos ni tampoco oímos, más bien, solo la presentimos. Cada persona tiene su propia versión de los hechos. Son muchos los hilos que hay que tejer para crear una unidad. No se trata de poner un aparato, encenderlo y listo, tenemos la realidad... No. Como dicen: “Las mentiras más grandes son aquellas que fueron documentadas.” Exactamente eso: “Pones un aparato y lo enciendes.” No, esa no es la realidad. No es la realidad.
Cada uno toma de mí lo que puede. Y cada uno de nosotros toma de la realidad lo que pueda tomar. Es decir: por encima de lo que escribimos o fotografiamos se encuentra la personalidad. La personalidad es la única antena que tienes, es la que dejaste crecer, son las características innatas que se manifiestan a través de tu talento, o de otra manera. Cuanto más larga la antena, más vasta y llena de contenidos es tu realidad. Y así, se parecerá más a una realidad... No, no es un camino sencillo.
Nuestro poeta ruso Joseph Brodsky dijo algo muy importante. Cuando le preguntaron: “¿Cómo podemos diferenciar la gran literatura de la mediocre?”, contestó: “Por el gusto por la metafísica.” Pero ¿qué es la metafísica? Es cuando una persona puede ver con mayor profundidad. En todo este proceso también está involucrado el mundo, el universo, los enigmas existenciales de la persona. Ha alcanzado otro tipo de entendimiento. Esa es la diferencia. ~
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Interpretado del ruso al sueco por Kajsa Öberg Lindsten.
Traducción del sueco al español por Danilo Drašković Sierra.
Esta entrevista se publicó originalmente en Ord & Bild.
Eurozine publicó una versión en inglés.

1.Una escritora que apoyó a los manifestantes en el Maidán de Kiev.
2. Así llama Svetlana Alexiévich a sus entrevistados.
3. Un diario sueco publicado en Gotemburgo desde 1813.