La nueva novela de Gabi Martínez presenta el estrés
como un monstruo contemporáneo y muestra cómo la ciencia puede tener una
relación amorosa con la literatura.
Paula Corroto
25 junio 2017
Un segundo y, dos años después, una novela. El segundo: un
hombre en la cincuentena, Domingo Escudero, acercándose al escritor Gabi
Martínez (Barcelona, 1971) durante un Sant Jordi para contarle que sufrió una
encefalitis que, sin embargo, fue diagnosticada como un trastorno mental, y
estuvo medicado y tratado como si fuera un loco. La novela: un cóctel de hechos
reales y ficción que se adentra en el territorio pantanoso de la mente y la
locura de un hombre, pero también de una sociedad enferma a través de sus
últimos cuarenta años de historia.
Las defensas (Seix Barral) es el título de todo esto y es la primera
vez que Martínez abandona la literatura de viajes para relatar una historia que
transcurre en Barcelona –aunque podría haber sido en cualquier otra metrópolis–
y que bebe de hechos que ocurrieron. Hechos crudos, que remueven al lector y
que son la base de lo que más interesa al escritor. “Me guío siempre por lo que
digan los hechos. Y lo que trato es provocar una reacción en el lector. Después
de leer, algo ha de cambiar en tu entorno y en ti, porque tu entorno cambia en
el momento en el que tú decidas hacer un gesto o moverte en una determinada
dirección. Me gusta ilustrar todo lo que ocurre con acción directa”, cuenta vía
telefónica.
No miente. En Las defensas transcurren
muchas cosas que agitan. No es solo la historia del doctor Escudero –Camilo
Escobedo en la ficción–, sino que también es una profunda inmersión en los
órganos de un ciudad, en cómo España/Cataluña se hizo mayor con la llegada de
los Juegos Olímpicos y, oh, sí, también la corrupción, en cómo la
competitividad nos puede acabar aniquilando y volviéndonos locos, y en cómo la
ciencia también puede tener una relación amorosa con la literatura. Y todo
contado con sobriedad quirúrgica.
Martínez nunca había escrito sobre su ciudad. “Me hacía falta
tranquilidad. Cuando empecé a escribir quería hacerlo sobre Barcelona, sobre
las pulsiones individuales que nos perturban, pero no sabía lo suficiente ni de
España ni de Barcelona. Y vi que era un terreno pantanoso, y si entras tienes
que saber el terreno que pisas”, comenta. Muchos grandes escritores como Marsé,
Candel o, más recientemente, Casavella, se habían ocupado de ella. Martínez
quería ir con tiento y, después de recorrer Australia con Voy y
el corazón de África con Sudd, llegó el turno de Barcelona. No
obstante, tampoco se trataba de recrear con fanático realismo la ciudad. Ni
siquiera Barcelona es el referente de la “enfermedad” de la novela. “No. Habla
de la sociedad, de lo que estamos haciendo con las personas que viven en las
grandes ciudades donde hay presiones soterradas brutales”, sostiene el
escritor.
Y que derivan en patologías. Como resume Martínez, ahí está
la clave de la novela: el estrés como el gran monstruo de nuestros días –un
alien del capitalismo– y cómo la mente puede jugar con nuestro cuerpo. Nunca
cerebro y corazón estuvieron tan cerca. “Hay que preguntarse cómo tienes a
alguien en una ciudad diseñada para vivir bien, con una carrera para vivir bien
y de pronto todo eso se le vuelve en contra. De ahí procede el título. Las
defensas se vuelven en tu contra”, explica el escritor. Esta crudeza
se cuenta sin ironías porque no solo se narra la enfermedad de Escobedo, sino
también la de otros compañeros de la planta de neurología que sufren la tiranía
de un jefe al servicio de los poderes públicos del sistema sanitario. Emoción y
neuronas. Una vez más, Martínez removiendo las entrañas del lector.
Hay pasajes, no obstante, más reconciliadores, como aquellos
que muestran la pasión literaria del neurólogo. Escobedo lee constantemente
(por momentos podríamos estar ante un psiquiatra literato como Oliver Sacks) y
es una patada hacia todos los escritores que no tienen interés en asuntos
científicos. “Igual es pura intimidación de las letras con respecto a la ciencia.
Históricamente las letras creen que todo viene del espíritu, y que el
conocimiento directo igual no es tan decisivo”, sostiene Martínez que sin
embargo hace un verdadero tour de force con los términos
médicos que aparecen en la novela. “Si estamos en esto es para aprender,
quiero que cada uno de los libros me aporte, me enseñe algo de lo que me
rodea”, añade.
Lamenta que no existan más novelas que, quizá como Las
defensas, se detengan en asuntos de la contemporaneidad. Y hasta echa de
menos que no existan debates literarios. “Hubo una época en la que me molestó
que me incluyeran en el grupo de los Nocilla, pero ahora no lo veo tan mal. Al
menos había un debate”, constata el escritor a quien le gustaría que la
literatura se cerniera sobre asuntos más del presente y menos del pasado –la
pereza de la memoria histórica– como la plurinacionalidad de España. “Ahora los
libros que más suenan tienen que ver con España: Patria y el
ensayo La España vacía. Si eso es así creo que es un debate
que se podría retomar. También por la muerte de Juan Goytisolo, que escribió España
y los españoles desde el exilio. Hay que ir a los temas donde la
gente, y también los jóvenes, se puedan proyectar. Introduzcamos más debates
literarios”, insiste.
Ah, y también el de Cataluña. En Las defensas hay
dos momentos interesantes: en uno de ellos, el protagonista deplora la actitud
de los políticos catalanes con respecto a España; en la otra, la crítica es a
la inversa. “Y hago que lo diga un loco para que el lector tenga que
posicionarse. Es un tema que no se está abordando. Hablo con escritores de
distintas zonas, y algunos de zonas en las que no se habla el catalán que dicen
que no puede decir lo que creen porque si no les empapelan. Es gente que
escribe en castellano. Esta es una situación muy incómoda para todos y ahora
mismo es un problema real. Hay gente que puede ser literariamente crucificada”,
mantiene a la vez que se pregunta “si un autor de fuera de Cataluña defiende el
referéndum o la independencia, ¿no sería linchado?”.
Pura acción directa. Solo queda que alguien recoja el
guante.
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