miércoles, 15 de marzo de 2023

Breve historia de la simulación y el engaño (según la literatura francesa)

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La Galia, como todos saben, hablaba latín cuando cayó el Imperio romano; la transformación gradual de esa lengua en lo que conocemos como francés se aprecia en las novelas medievales de Chrétien de Troyes. Ahí encontramos una palabra como estancele, que antes fue estancila, donde reconocemos la palabra latina scintilla («chispa») y que va a convertirse en el francés moderno étincelle. La aparición de obras literarias en esta lengua contribuyó a la formación de una conciencia nacional francesa; otro factor, más misterioso, fue el hecho de que los dos temas recurrentes de esas obras, y tal vez los temas centrales de toda la literatura francesa, sean la simulación y el engaño. 

Chrétien de Troyes puede considerarse como el primer gran novelista de Francia y aquellos temas aparecen ya con él. Es imposible entender a este escritor sin saber algo acerca del amor cortés, así que voy a hacer un pequeño desvío por ahí.

En el siglo XII, en la corte de Leonor de Aquitania, surgió algo a medio camino entre la poesía y el juego de sociedad. Los trovadores, poetas de origen noble, cantaban su amor por una dama. Este amor solía ser ilícito y comportaba una idealización extrema, acompañada por la urgencia de realizar hazañas para merecer el amor de la dama. Podía ocurrir, como en el caso del trovador Jaufré Rudel y su amor por la condesa Hodierna de Trípoli, que el poeta se enamorara sin haber visto nunca a la dama. A veces el amor cortés parece un código de conducta doblado de observaciones psicológicas: por ejemplo, en «Las reglas del Amor», redactadas por Andreas Capellanus, se afirma que el amor que no crece decrece, y que los celos no hacen más que aumentarlo. Se ha especulado que hubo relación entre los trovadores y la secta de los cátaros, que se oponían al papado. Los trovadores predicaban la «Iglesia de Amor», es decir, letra a letra, lo contrario de la Iglesia de Roma.

Chrétien de Troyes combinó el espíritu de esa poesía con la «materia de Bretaña», cuyo tema es la corte del rey Arturo. De su obra sobreviven cinco novelas: Erec y Enide, Cligès, Yvain o el caballero del león, Lancelot o el caballero de la carreta y Perceval o la novela del Grial. Algo curioso de Chrétien es que contiene, al mismo tiempo, las cumbres del ideal caballeresco y su transgresión o su parodia. Así, en Erec y Enide, la dama se enamora de Erec por sus hazañas, pero, una vez que se casan, Erec solo puede fingir la felicidad: se aburre en la rutina conyugal y echa de menos salir de aventuras, como si fuera el protagonista de una canción de Joaquín Sabina. En Lancelot o el caballero de la carreta, el protagonista debe rescatar a la reina Ginebra, esposa del rey Arturo, de la torre donde la tiene secuestrada el malvado caballero Meleagant. Lancelot ama a Ginebra, pero, en vez de mantener a ese amor casto, como lo mandan el amor cortés y la lealtad a su rey, apenas penetra en la torre pasa una noche de sexo desaforado con la reina: «Y en esos besos y esos embates encuentran una felicidad tal que todos los demás amores les parecen mediocres». En realidad, en Chrétien ya tenemos todos los rasgos típicos del escritor francés: irónico, fino psicólogo, franco para hablar de sexo, y fascinado con la simulación y el engaño.

La pecera y los tiburones

Cinco siglos después, hacia la década de 1670, esos temas se expandieron. Luis XIV vivió en su adolescencia un episodio traumático: la rebelión de los nobles y del Parlamento conocida como la Fronda. Para neutralizar a esos nobles, Luis les quitó la mayor parte de sus funciones administrativas y les ordenó servir en la corte para mejor vigilarlos. Hay que imaginarse esa vida de tiburones que comparten una pecera. Era un asunto de vida o de muerte saber fingir y descubrir al que finge; blufear y descubrir al que blufea; decir la verdad con una mentira y mentir con la verdad. Y una parte importante de esa política convergía en el sexo y el amor. Tener como amante a la marquesa correcta, al duque apropiado, podía significar dinero, influencia y poder; o la ruina. El gran psicólogo de la época, François de La Rochefoucauld, se enamoró de la duquesa de Longueville y por ella se unió a la Fronda contra el rey. Su bando perdió esa guerra y La Rochefoucauld pagó el precio. En recuerdo de esa aventura escribió estos versos: 

Pour mériter son cœur, pour plaire à ses beaux yeux,

J’ai fait la guerre aux rois ; je l’eusse faite aux dieux.

[Para merecer su corazón, para ser agradable a sus ojos,

hice la guerra a los reyes; se la habría hecho a los dioses].

Las dos obras culminantes de la literatura de corte, que es a la vez la literatura del engaño por excelencia, son La Princesa de Clèves, de Madame de La Fayette, y Las relaciones peligrosas, de Pierre Choderlos de Laclos. Se plantean, en esencia, las mismas preguntas: ¿cómo enmascarar el amor? ¿Cómo desenmascararlo? ¿Cómo hacer del amor una forma de engaño eficaz? 

En la novela de Laclos tenemos a dos libertinos, el vizconde de Valmont y la marquesa Merteuil, que juegan un largo ajedrez de intrigas. Su objeto ostensible es una apuesta: Valmont, para demostrar su magisterio en el arte de la manipulación, debe seducir y luego abandonar a la virtuosa madame de Tourvel. En realidad, Merteuil solo simula complicidad con el vizconde para mejor someterlo; este, a su vez, engaña a madame de Tourvel para ganarse el amor de Merteuil. Pero se engaña también a sí mismo, porque en ese empeño se enamora realmente de madame de Tourvel. Esto es ocasión para una de las muchas ironías de la novela: Valmont teoriza que, para que dos que se gustan terminen por hacerse amantes, no hay que ayudarlos sino ponerles obstáculos, ya que esos obstáculos son lo que despierta el sentimiento amoroso; la sentencia se aplica al propio vizconde, aunque él no lo sabe.

La que sí lo sabe es la marquesa de Merteuil. Esta protofeminista le dice al vizconde: «Las mujeres estamos obligadas a ser mucho más hábiles que los hombres. Ustedes pueden arruinar nuestras reputaciones con unas pocas palabras; yo tuve que inventarme no solo a mí misma, sino formas de escapar del peligro que a nadie se le habían ocurrido. Y lo logré porque siempre supe que había nacido para dominar a tu sexo y vengar al mío». Pero también Merteuil, la manipuladora magistral, termina arruinada por el amor: su oscura pasión por Valmont, implacable y destructiva, la lleva a terminar abucheada por todo París. Laclos parece ofrecer acá una conclusión pesimista que anticipa, de alguna manera, a Freud: se puede ser un simulador genial, un manipulador implacable, pero de poco valen esas destrezas frente a ese otro manipulador incomparable, que avanza enmascarado y engaña a los más cínicos, que es el amor mismo.

Engaño y autoengaño

La Revolución francesa tuvo efectos inesperados sobre la literatura. El arte revolucionario fue neoclásico, conservador y heroico; mientras tanto, en la derrotada Alemania nacía el romanticismo, que exaltaba la noche, el fracaso y la pasión. En 1815 Francia fue derrotada y ocupada; entonces la noche, el fracaso y la pasión empezaron a interesarle también.

Sin embargo, igual que Chrétien de Troyes, que miraba con ironía el ideal caballeresco a la vez que lo exaltaba, el mejor escritor romántico fue uno que, al mismo tiempo, exploró los engaños del romanticismo: Henri Beyle, que escribió bajo el seudónimo de Stendhal

Su obra maestra, Rojo y negro, relata el ascenso y caída de Julien Sorel. Típico joven de provincia que llega a París para dar el batacazo, Julien quiere ser maquiavélico y no sabe que fuerzas superiores lo manipulan a él. «¿Cómo es que no les gusta mi humildad?», piensa, y esta soberbia ingenua lo define. Siente compasión por la familia que lo emplea: «¡Qué bueno soy! ¡Yo, un plebeyo, compadecerme de una familia noble!». Pero el gran aporte de Stendhal a la literatura de la simulación y del engaño es el amorío entre Julien y la joven aristócrata Mathilde de la Mole. Esta, que es hija del empleador de Julien, lo instruye para que robe una escalera y suba por la noche a su habitación. Julien cree que le tienden una trampa; odia a Mathilde por ponerlo a prueba, pero acepta por no ser cobarde. Por su parte, Mathilde cree que está enamorada de Julien, aunque sufre en su orgullo porque para una señorita es degradante enamorarse de un guarango como Julien. 

Esa noche Julien sube, en efecto, por la escalera, con gran peligro para él, y se convierte en amante de Mathilde; en todo momento se muestra frío y despectivo, y en todo momento Mathilde se muestra deslumbrada y enamorada. Los dos se mienten a sí mismos y ninguno de los dos sabe lo que hace. En realidad Julien sí está enamorado de Mathilde, aunque se cuenta a sí mismo que la manipula a sangre fría, y Mathilde no está enamorada de Julien, solo ama verse a sí misma como una heroína de novela que lo arriesga todo por un hombre indigno; los dos hacen algo que va a determinar sus vidas, y en ese momento crucial los dos se mienten y le mienten al otro.

El otro maestro de la novela francesa del siglo XIX fue, por supuesto, Gustave Flaubert, que no apreció a Stendhal, pero que de alguna manera continúa y lleva al extremo las observaciones de este sobre el autoengaño: lo hace en la persona de su gran protagonista, Emma Bovary, que intenta en vano imitar en su vida real a las heroínas de las novelas románticas. El pesimismo radical de Flaubert consiste en que ese autoengaño ingenuo (y destinado a la destrucción) revela, a su vez, la existencia fraudulenta de los demás personajes, que, sin embargo, se pretenden lúcidos y realistas.

El momento culminante de Madame Bovary marca también, de alguna manera, la crisis del arte del engaño a la manera francesa: se trata de los comicios agrícolas, donde medio pueblo sale a mostrar sus ganados y sus cosechas. Emma asiste desde un balcón, acompañada por Rodolphe, un cínico que se propone seducirla. Le dice a Emma todos los lugares comunes del discurso galante mientras, abajo, se anuncian los premios. «¿Es posible encontrar alguna vez la dicha?», pregunta Emma. «Sí, es posible», susurra Rodolphe, mientras abajo el consejero agrícola vocifera: «Ustedes, agricultores, comprenden que las tormentas políticas son peores que los desórdenes atmosféricos. Y de nuevo Rodolphe: «Emma, nosotros nos hemos visto en sueños». Y el consejero: «¿Cómo nombrar a todas las hortalizas que nos ofrece la madre naturaleza?». Y Rodolphe: «Emma, ¿me llevará usted en su corazón?». Y el consejero: «Raza porcina, premio ex aequo, al señor Leherissé: ¡sesenta francos!».

En este contrapunto, que va acercando la vulgaridad del discurso amoroso y la vulgaridad de la agricultura y la industria, Flaubert dice su visión de la vida, que podría resumirse así: todo es chamuyo. Todo es engaño vulgar, salvo la belleza. Porque este canto de odio contra la vida burguesa, y tal vez contra la vida en general, está compuesto con la delicadeza de un soneto perfecto.

Y todo por alguien que no me gustaba

¿Quién soy? ¿Soy, como creía Chrétien de Troyes, un caballero que solo simula vivir según los ideales de la caballería? ¿Soy, como creía Laclos, un manipulador manipulado por mis pasiones? ¿Soy, como creía Flaubert, un mero campo de batalla donde disputan formas del engaño? La literatura francesa, a lo largo de los siglos, parece ensayar respuestas a una misma pregunta.

Marcel Proust, en su ciclo novelístico En busca del tiempo perdido, arriesga una más. En el primer volumen hay una historia que sirve como una especie de maqueta de la vasta historia que la contiende: es el amor entre Swann y Odette.

Swann es un caballero que frecuenta la buena sociedad parisina de la década de 1870. En un salón conoce a Odette, una demi-mondaine que ejerce una suerte de prostitución de lujo con caballeros pudientes. Odette hace todo para seducir a Swann, que la encuentra poco interesante; pero un día los dos asisten juntos a un concierto improvisado donde tocan al piano una sonata; esa música le recuerda a Swann su propia juventud, y como Odette está ahí, ella queda asociada a esa nostalgia. La atracción que siente Swann se funda, desde ese primer momento, en una ausencia. Una noche Swann le quita a Odette la catleya que adorna su corsé; desde entonces, en su jerga privada, «hacer catleya» vale por hacer el amor. A medida que Odette se siente más segura del amor de Swann, se desinteresa de él. Entonces empiezan los celos y el verdadero amor pasional de Swann. Sabe que su amor se funda en el engaño y que es una enfermedad, pero teme la salud porque significaría la muerte de eso que él es ahora. Poco a poco pierde sus amistades, su lugar en la sociedad, se cubre de ridículo y llega a pensar en matarse. La frase final de Un amor de Swann es: «¡Y pensar que gasté años de mi vida, y tuve mi amor más grande, y llegué a pensar en matarme, por una mujer que no me gustaba!».

Esa conclusión desolada podría ser, a su vez, la de ocho siglos de literatura francesa obsesionada con la simulación y el engaño, puesto que el tema parece agotarse después de Proust. Pero eso sería engañoso; en realidad, continuó bajo otras formas.

domingo, 15 de enero de 2023

LA DEMOCRACIA ESTÁ EN PELIGRO

 

La democracia tal como la entendemos (división de poderes con independencia, órganos de control, sistema electoral limpio y trasparente) parecen estar en desventaja en todo el mundo, las dictaduras han adquirido un prestigio inaudito y ciertos gobiernos legítimamente electos hacen todo para perpetuarse en el poder, con reformas en favor de sus intereses. Este artículo es una buena radiografía de lo que sucede en México. CESAR H BUSTAMNTE

 

Puede verse la democracia en México como una fuerza que ha logrado abrirse paso en medio de una cerrada selva autoritaria. Hoy esa idea está en riesgo de desaparecer.

Por Fernando García Ramírez

1 enero 2023

 

La democracia en México, ¿breves paréntesis en medio de una historia autoritaria? Esos paréntesis se cuentan con los dedos de una mano, y nos sobran dedos: la República Restaurada (1867-1876), la presidencia de Madero (1911-1913), la transición democrática (1997-2018). Pero también es lícito ver la democracia en México como una fuerza que ha logrado abrirse paso en medio de una cerrada selva autoritaria, una idea seductora en la que todos somos iguales bajo el imperio de la ley, la idea de una república de la razón por encima de un rebaño que se mueve por emociones, un ideal en el que las mayorías respetan a los grupos minoritarios, en donde el poder es contenido por contrapesos, la idea de un país en donde uno puede pensar y expresarse sin restricciones. Hoy en México esa idea está en riesgo de desaparecer. Hoy en México la democracia está en peligro.

 

Andrés Manuel López Obrador llegó a la presidencia al frente de un movimiento popular, no de un partido, de escasa raigambre democrática. Se dice que Morena arrasó en las elecciones, lo cierto es que obtuvo el 53% de los votos contra el 47% de la oposición. Una diferencia considerable, no un tsunami electoral. En la Cámara de Diputados se hicieron Morena y sus aliados de la mayoría calificada por medio de trampas. A lo largo de cuatro años de gobierno, Morena ha ganado veinte gubernaturas, cientos de alcaldías y de diputaciones federales y locales. En ningún caso se ha presentado una denuncia en contra del árbitro electoral. La palabra “fraude” ha desaparecido de nuestro vocabulario político. No ha habido una sola denuncia que ponga en duda la imparcialidad del Instituto Nacional Electoral. Pese a ello, el presidente ha arremetido contra el INE, a través de insultos y amenazas, y lo que es más grave: a través de draconianos recortes presupuestales. En el México de López Obrador hay dinero de sobra para la construcción de estadios de beisbol, pero no para la democracia. Faltando menos de un año y medio para que se celebren elecciones para renovar la presidencia de la república, el presidente y Morena han presentado una iniciativa de reforma electoral para modificar las reglas del juego. No lo hace para perfeccionar la democracia sino para apropiarse del órgano electoral, por temor de que su partido pierda las elecciones de 2024. La democracia está en peligro.

 

En junio de 2021 se celebraron comicios en varios estados de la república. En Michoacán, Colima, Nayarit, Sonora, Sinaloa y Baja California el crimen organizado participó en ellos a favor de Morena. Secuestraron a representantes de los partidos y en algunos casos a los candidatos. Un día antes de las elecciones pistoleros fueron a sacar de sus casas a los funcionarios, los mantuvieron incomunicados y fueron puestos en libertad una vez que concluyó la jornada electoral. Al día siguiente, en su conferencia matutina, el presidente reportó que las elecciones transcurrieron en paz. Se permitió incluso felicitar al crimen organizado por “haberse portado bien”. Hoy día en los estados mencionados gobiernan personajes avalados y apoyados por el crimen organizado. Son ellos los que verdaderamente mandan. Estas acciones se llevaron a cabo con la aquiescencia del ejército mexicano y con la tácita complacencia del presidente López Obrador. Dado el éxito de este operativo es muy alta la probabilidad de que se repita en las elecciones de 2024. La democracia está en peligro.

 

Los defensores de la política autocrática de López Obrador hablan de que él encabeza otro tipo de democracia, distinta de la democracia representativa y liberal (a pesar de que él se tiene por “liberal”). Hablan de que su modelo es la democracia participativa. Una democracia interesada en el sentir de las mayorías. Tildan a la democracia representativa de “democracia formal”. La democracia participativa está atenta a las marchas, a las multitudes guiadas por un líder carismático. Las elecciones les parecen un estorbo, un mero formalismo. Lo suyo es el asambleísmo, la votación a mano alzada, las consultas populares. Con una consulta popular a modo comenzó el gobierno de López Obrador, meses antes de asumir de manera oficial el poder. Se trató de una consulta amañada. En ella se preguntó a la gente si quería que se continuara con la construcción del aeropuerto de Texcoco (que llevaba un 40 por ciento de avance) o si prefería que se rehabilitara el aeropuerto militar de Santa Lucía. López Obrador hizo abierta promoción de la segunda opción. Se ubicaron casillas en lugares remotos de Chiapas pero no en las colonias de la Ciudad de México donde habitan las personas que más usan el aeropuerto. Se contrató a un instituto afín al movimiento morenista para que organizara el ejercicio. No se utilizó padrón alguno, pudo votar varias veces el que así lo decidía. No se resguardaron las boletas. Aunque el resultado no tenía ninguna validez, López Obrador lo usó para “legitimar” una decisión tomada de antemano. El concepto de democracia participativa, a la luz de las consultas que ha organizado López Obrador, es equívoco. El modelo es el de la democracia dirigida. Más preciso aún: el de la democracia simulada. Lo dicho: la democracia está en peligro.

 

Elemento esencial de la democracia es la libertad de expresión. Desde el primer día de su gestión como presidente, López Obrador decidió estigmatizar a la prensa. Para evitar censurarla, primero la cubre de insultos que difunde a través de múltiples vías. ¿Para qué censurar si puede desacreditar a sus críticos? Todo aquel que lo critique es visto y tratado como un posible golpista y así se le exhibe en sus conferencias. Ejercicio autoritario de comunicación, las conferencias –dada su asimetría– son un instrumento ideal para calumniar y amenazar a la prensa independiente. Un ejemplo: al periodista Carlos Loret de Mola, que ha evidenciado la corrupción en el círculo familiar y más cercano del presidente, se le han exhibido ilegalmente datos personales, poniendo en riesgo su seguridad. Lo hace el presidente a sabiendas de que México es considerado el país más peligroso del mundo para ejercer el periodismo, por encima de países en guerra. La democracia está en peligro.

 

Durante su campaña por la presidencia López Obrador no se cansó de repetir que regresaría a los militares a sus cuarteles. Ya en el poder hizo lo opuesto. Los militares están hoy presentes en múltiples espacios civiles. El secretario de Defensa, abandonando la tradicional neutralidad institucional, se ha manifestado en varias ocasiones a favor del proyecto político del presidente. Otro personaje que abandonó la indispensable neutralidad de su cargo es Arturo Zaldívar, hasta el pasado diciembre presidente de la Suprema Corte de Justicia. “No me vengan con que la ley es la ley”, dice López Obrador mientras el ministro agacha servilmente la cabeza. Mediante canonjías, el presidente controla la opinión pública a través de las televisoras que repiten a todas horas la propaganda gubernamental. Militarización del país, justicia supeditada y televisoras complacientes no son elementos que contribuyan a fortalecer la vida democrática sino todo lo contrario. La democracia está en peligro.

 

López Obrador es un priista embozado. En el Revolucionario Institucional comenzó su vida política, luego de las matanzas de 1968 y 1971. Cuando Salinas de Gortari ganó mañosamente las elecciones de 1988 López Obrador permaneció en el PRI, y no se conoce que haya protestado contra el resultado de esa elección. Dejó el partido, cuando se negaron a postularlo como candidato a gobernador de su estado. En realidad, no ha dejado de ser priista. Su modelo de democracia simulada viene de ahí. Su tentativa de hacerse del control del órgano electoral es priista. La forma en que ha subordinado a los militares y a los poderes legislativo y judicial pertenece al modelo que el pri impuso al país durante setenta años. López Obrador representa el regreso del pri autoritario. La democracia está en peligro.

 

La excesiva presencia de los militares en la calle no es un dato menor. López Obrador lo ha dicho de forma muy clara: “Este ejército surgió para combatir a los conservadores.” La sociedad civil y los partidos políticos de oposición jugarán en una cancha desnivelada, con las televisoras en contra, con el aparato de propaganda al máximo de su capacidad. El presidente utilizará todos los medios a su alcance, legales e ilegales, para conservarse –él o su movimiento– en el poder. No es el presidente excepcional que sueña ser, sino un político vulgar en busca de poder a cualquier costo. La democracia está en peligro.

lunes, 5 de diciembre de 2022

PAUL PRECIADO: MANIFIESTO POR UN PARADIGMA NO BINARIO





ESTE ES UNA EXCELENTE ENTREVISTA TOMADA DE LA REVISTA DEL PERIODICO CLARIN-

MATILDE SÁNCHEZ

Mientras termina una adaptación al cine de Orlando, de Virginia Woolf, protagonizada por 25 personas trans, el filósofo español habla con Ñ sobre su flamante ensayo. Sostiene que las vanguardias sexuales están cambiando el mundo. 

 
 

Desde Madrid 

Dysphoria mundi, este último libro desaforado del filósofo trans Paul B. Preciado, el más ambicioso que haya escrito hasta ahora, puede leerse como un ensayo sobre el paisaje social que dejaron el covid y la cuarentena mundial. Pero sobre todo como una ambiciosa pieza de agit-prop en la presente revolución de los géneros y tiene también, por ende, una cualidad de manifiesto de época, a la manera de No logo en su momento, de Naomi Klein. La mayoría de los lectores no estará de acuerdo, pero él se ocupa de las vanguardias sexuales y sus micropolíticas de gestión. ¿Están cambiando el mundo? Por lo pronto, sí que han cambiado grandes rasgos de la subjetividad y el modo en que la población trans es percibida y cómo exige ser respetada. Y ha cambiado la legislación en muchos países, en la Argentina más que en España. Preciado es también un cronista inspirado de la vida actual en las grandes ciudades y un colector enciclopédico de innumerables estudios académicos y del activismo global. 

 

 

 

Con tono profético, Dysphoria concluye con una carta a “les nueves activistes”: “No perdáis el tiempo organizando juicios electrónicos a los y las representantes del antiguo régimen petrosexorracial. La transfobia de las feministas no merece un gasto de energía mutante (…) mientras los y las TERF del capitaloceno se rompen la cabeza para saber si sois hombres o mujeres, si sangráis o no por el orificio genital”. 

Y no acaba en el libro. Ahora mismo viene de dirigir una adaptación al cine de Orlando, la novela de Virginia Woolf, en la que leen 25 Orlandos trans de todas las edades –“el más joven tiene 8 años y el mayor, 75”–: “Quiero hacer un Orlando no binario, que no es documental ni ficción. En Orlando mi biografía política, que aspira a participar en la Berlinale, ellos hablan de sí mismos en la lengua de Woolf”. Esta es la conversación que tuvimos en su breve estadía en Madrid. 

–En tus anteriores ensayos sobre lo que llamabas el “capitalismo pornofarmacológico”, en Manifiesto Contrasexual y en Testo yonki, exponías tus ideas sobre el régimen biopolítico de la postmodernidad. Ahora, en tu interpretación de cómo se manejó la pandemia, hablás de una necropolítica, siguiendo al filósofo Achille Mbembe: la administración de la muerte a poblaciones enteras. ¿En qué consiste? 

–Hace tiempo que, con otros filósofos, intentamos indagar en las transformaciones del capitalismo contemporáneo y cómo funciona el poder, pues ya no funciona como en el siglo XIX, de forma disciplinaria. Michel Foucault postuló que, sobre todo a partir del siglo XIX, el funcionamiento del poder era biopolítico, se basaba en la gestión de la vida. Pero si ahora me remito al camerunés Mbembe es porque los pensadores del siglo XX no tomaron suficientemente en cuenta el gobierno a través de las técnicas de la muerte. Esa gestión de la muerte puede ser a muchos grados: a través de la violencia, la violación, la exclusión y el borrado sistemático pero también de nuevas formas de esclavismo exterminio. Algunos de los colectivos que se ocupan de las micropolíticas, con los que vengo trabajando en estos años, estaban en el centro de esa gestión mortífera. Me refiero a los cuerpos considerados enfermos mentales, también los cuerpos a los que se les ha asignado género femenino al nacer y que son considerados mujeres. 

–Esa discordancia entre la ley y la autopercepción es medicalizada como “disforia”. Tu libro extiende esa condición a una “dysphoria mundi”. 

–Si en los siglos XIX y XX se manejaban las nociones de melancolía, depresión, histeria y esquizofrenia, hoy es ese el concepto en los discursos médico y estatal. La hipótesis de mi libro es que, si el siglo XIX fue histérico y el XX fue esquizofrénico, sobre todo a partir del fordismo industrial –como Gilles Deleuze y Félix Guattari habían diagnosticado–, a partir de la segunda mitad del siglo del siglo XX y sobre todo en el momento de mutación del capitalismo contemporáneo, la noción central que permite gestionar a través de la exclusión y la violencia es la disforia sexual. 

 
 

 

 

 

–A primera vista, los excluídos son muchos más y por criterios no sexuales. ¿Ese paradigma de exclusión solo aplicaría a la población no binaria? 

–Es un paradigma de exclusión muy interesante porque al mismo tiempo es inclusivo: no te excluye totalmente del ámbito de lo social sino que te incluye y al mismo tiempo te borra y desautoriza, te priva de la producción de conocimiento. Por eso, el libro se abre con este protocolo, con este caso y el diagnóstico clínico de “dysphoria”. En principio, un escritor no tendría por qué exponer este protocolo, pues al mismo tiempo te caracteriza como enfermo mental y, por tanto, te desautoriza como sujeto de enunciación y producción discursiva. He querido que, de alguna manera, apareciera la tensión entre ese protocolo de diagnóstico y mi libro. Desde esa posición desautorizada, casi una posición imposible, habla el filósofo contemporáneo. Eso me da la impresión de que es radicalmente nuevo. Solo en la segunda mitad del siglo XX, aquellos sujetos desautorizados y deslegitimados, excluidos por las taxonomías normativas, es que comienzan a tomar la palabra. Desde el feminismo, por ejemplo. 

–Tu libro ubica el cambio de paradigma, el gran salto epistémico, en el VIH, en los años 80. 

–Hay un momento en el que advierto que se está produciendo una pandemia mundial y que quienes llevamos más de 25 años analizando las transformaciones del capitalismo contemporáneo –yo tengo 50–, nos encontramos inmersos en una especie de  

 

 

 

laboratorio a escala real, como lo llamó Bruno Latour. Para nosotros, los filósofos, era una situación inédita. Con el covid, saqué toda mi fontanería filosófica para entender lo que estaba ocurriendo. Sobre todo, porque quienes venimos de las prácticas trans, es decir que hemos sido considerados disfóricos, estamos en una proximidad especial con el discurso psiquiátrico. Somos normalizados y subjetivados constantemente por ese enfoque médico. Precisamente por esa posición, he desarrollado en estos 25 años un conjunto de estrategias filosóficas, micropolíticas tremendamente sofisticadas, para enfrentarlo. Cuando la pandemia llega, yo ya tengo algunas armas. Y la experiencia tanto micropolítica como teórica de haber atravesado el sida, El sida es para mí la primera pandemia de este régimen que llamé farmacopornográfico. Pero es también la primera pandemia del cambio de paradigma. Es la primera televisada, la primera en la que un virus toma tal centralidad (el siglo XIX fue bacteriano, todo se pensaba a través de la bacteria, por ello la penicilina viene a condensar tanto el diagnóstico como la gestión del cuerpo moderno). A partir del sida, hay que pensar que la noción de virus aplica a la vez a la informática y lo orgánico. Asimismo, el virus plantea por primera vez una disolución de las categorías de la modernidad biológica: por primera vez el estatuto médico y científico confronta una entidad sobre la que no se sabe si está vivo o muerto, si es orgánico inorgánico, desde luego no es animal, pero tampoco parece exactamente vegetal. No es microscópico, tampoco sabemos en qué reino va a clasificarse. Tampoco es que no sepamos nada de él, sino que las categorías y la taxonomía de la modernidad patriarcal colonial, que precisamente ha producido esos objetos excluidos, se quiebran. El virus se presenta casi como una deconstrucción de la biología moderna. Y es crucial que la noción de virus se geste al mismo tiempo que la revolución digital. Hasta ahora yo había hecho libros, para decirlo con la boliviana María Galindo, “de los que luchan para los que luchan”, desde una especie de underground micropolítico. Yo he hecho todo en mi vida para los jóvenes activistas. No tengo hijos ni una familia convencional. 

 

–¿Nunca quisiste tenerlos? 

–Bueno, yo siempre he querido todo, tengo una función deseante exponencial: comunidad, colectivo, hijos, de todo. Pero en el momento en el que yo quería hijos, por ejemplo , la persona con la que yo pensé tener hijos justamente era un un amigo seropositivo que luego murió. Es decir, para mí el sida también fue muy importante; supe que había allí un pequeño movimiento de liberación que hacía que algunos de los cuerpos objetivados eran considerados solo como objetos de muerte por el sistema. Por ejemplo, los homosexuales o los consumidores de droga, por ejemplo las trabajadoras sexuales, los cuerpos no blancos, migrantes, los indígenas, etcétera. Todos esos cuerpos parecían estar iniciando procesos de emancipación e iban a escapar a esa retícula del poder. De repente, el sida los incluye de manera violenta. Además, frente a lo que ha ocurrido con el covid, cualquiera que tenga memoria del sida sabe que lo que sucedió entonces fue un exterminio colectivo. Ante el vih nadie pensó ni imaginó medidas tan drásticas como las que se han aplicado por el covid; eso hizo que para mí el libro fuera muy distinto pues he percibido que las técnicas de muerte que se aplicaron a un pequeño conjunto de la población antes se extendieron a la totalidad. 

–¿Cual es tu evaluación final de la transformación que trajo el covid? 

–Hablamos mucho del confinamiento en términos de libertades individuales, pero para mí el encierro fue decisivo en la destrucción del tejido social y micropolítico. Lo clave fue la implantación del home office y la digitalización forzosa y compulsiva. Por eso también es tan importante que los cuerpos afectados por el covid hayan sido aquellos de la tercera edad, ciudadanos indigitalizables. Por eso, aquí no hago una llamada a la revolución feminista o transfeminista ni a una revolución gay. Para mí, el lema “Disfóricos del mundo, uníos” llamo a los cuerpos objetos de la nueva violencia del capitalismo cibernético. Me interesan mucho ciertos lugares hasta ahora invisibles en el espectro de la normalización: por ejemplo, el cuerpo de la tercera edad, lo que se llamaba la vejez. Me parece un espacio excepcional a partir del cual pensar nuevas estrategias de normalización y exterminio. 

 
-¿Tus padres viven? 

-Viven, sí, y son dos abueletes majísimos. Están perfectos de momento: mi mamá tiene un cáncer controlado y está cuidándose, y mi padre tiene 92 años. Vivo con ellos una infancia nueva; estamos recreando la infancia que nos robaron porque ellos no podían amarme y yo, no podía ser quien delante de ellos. Hoy vuelvo a ser el niño que no tuvieron y ellos me recuperan y me aceptan y yo les amo, como nunca les había amado antes. Eso para mí es bellísimo. No sé los años que les quedan a mis padres, pero es bello lo que nos pasa ahora. Ellos cambiaron mucho, no les fue fácil. Yo fui muy rebelde siempre, en una sociedad como la de Burgos. Pero te decía que la vejez es uno de los lugares singulares y pensaba, por ejemplo, en la dificultad que está teniendo el presidente francés Emmanuel Macron –un gobierno neoliberal en muchos aspectos, de una gran violencia neoliberal, destrucción completa del tejido social, de la Seguridad Social y la enseñanza, con vistas a una privatización total–, cuyo gran objetivo es la transformación del régimen de pensiones para la tercera edad. La población francesa sujeta a ese cambio son 15 millones: ¡es el 22% ¡, hoy considerado improductivo y por tanto, una carga social. 

 
-¿Son los futuros pobres europeos? 

-Ningún futuro, ¡ya lo son, de hecho! Otra parte de la población sujeta a normas extremadamente violentas es la infancia. Son los dos extremos, los que se acercan más al nacimiento y la muerte permanecieron invisibles antes, cuando la figura del obrero masculino era central en las luchas del siglo XIX y principios del XX. El obrero se ha disuelto y hoy las poblaciones explotadas son otras, la vejez y la infancia. Pensemos en todo el debate sobre las infancias trans, el abuso, el incesto; son núcleos nuevos de emancipación política. Yo esperaría una revolución de la tercera edad, en la que los considerados viejos se conviertan en agentes de transformación política. 

–En España hubo recientemente una protesta, cuando un grupo de pensionados se negó a la violenta digitalización bancaria que rige aquí tras el Covid. 

–Pero fíjate qué importante. Entonces, el libro es ambicioso por eso. No quería hacer un libro difícil ni que fuera solo para mí. Dysphoria es casi un manual de lucha social. 

–Has mencionado la infancia trans; pero esa es también la arena que, por rechazo, está provocando un gran backlash. En los EE.UU., hay familias que sacan a los niños de la escuela porque la actual perspectiva induce el cambio de género. 

–La infancia es crucial pues estamos en un momento de cambio de paradigma. Podríamos mirar lo que sucede como un momento de expansión apocalíptica del capitalismo cibernético. Ese es el modelo y nos lo están haciendo leer desde los poderes fácticos, estatales y –Elon Musk mediante–, los nuevos poderes digitales: una expansión cibernética al mismo tiempo apocalíptica, cuya solución sería un viaje a Marte u alguna otra completamente distópica y absurda. Frente a esa lectura del presente, es necesario hacer proyecciones más radicales y, al mismo tiempo, más optimistas. Al final del libro hablo del optimismo, no como un sentimiento psicológico sino como una metodología. Ser optimista supone mirar el futuro como un campo de posibilidades de acción. Imagino la situación en que uno se levanta por la mañana y dice: ‘Todo ha dejado de tener sentido, pero no puedo hacer nada’. Eso es lo que el covid ha impreso. Frente a ello, otra lectura posible es que estamos en un cambio epistémico y político, de una profundidad solo comparable a la reforma que siguió a la sífilis, en el principio de la colonización. Un paradigma para mí es un conjunto de técnicas de gobierno -desde tu pasaporte hasta la frontera-, un conjunto de técnicas del cuerpo. El smartphone, por ejemplo, es un órgano cibernético conectado a la somateca que somos, un órgano de gestión política del cuerpo y la subjetividad. Por eso los llamo “aparatos de verificación” que son un conjunto de discursos y representaciones que nos rodean constantemente. Es decir, cómo estamos representando el cuerpo contemporáneo. Fíjate cómo se representa el virus del covid: nos llega de Wuhan, es un extranjero que contamina, un travesti. Cuando un paradigma está completo y cerrado, lo que ha ocurrido durante la Modernidad hasta la aparición del sida, esos niveles están articulados de una forma sólida, cohesionados en una misma dirección y fabricando una ficción de cuerpo normativo. En la Modernidad, ese cuerpo normativo lo encarnó el blanco heterosexual, sobre todo el masculino: el cuerpo trabajador, el cuerpo nacional. Y luego los hay que quedan como cuerpos residuales, sometidos a gran violencia, normalización y vigilancia. Bien, lo que pasa cuando entramos en un proceso de transición y cambio de paradigma es que esos niveles que estaban cohesionados se desarticulan y abren. Y esto hace que dejemos de entender todo lo que ocurre. Por ejemplo, seguimos usando la noción de mujer como si fuera evidente aunque ha dejado de serlo. Del mismo modo, la noción de Estado-nación ya no es clara, tampoco lo es la de frontera. Entonces, podríamos hablar de la irrupción del MeToo, cuando se empieza a tomar la palabra para decir “he sido víctima de violencia, he sido violada”. Esas palabras eran imposibles bajo el paradigma patriarcal colonial del siglo XIX y principios del siglo XX. Era imposible que millones de mujeres tomaran la palabra. 

 

–En la Argentina, donde se implantó y luego se rechazó en la Capital el uso del lenguaje inclusivo en la escuela, solo se declaró no binario el 0,12 por ciento de la población. Hay otra paradoja; tanto énfasis en las luchas contra la normatividad sexual motiva hoy una derechización. 

–Pero estos vaivenes podemos verlos como la lucha contra el heteropatriarcado, que no deja de ser más que un conjunto de instituciones políticas ya en colapso. Éstas siguen funcionando como ruinas mitológicas de un régimen de gobierno ya no operativo. La familia heterosexual normativa ha entrado en colapso. Esto no lo digo yo, es una evidencia. Quien quiera negarlo es negacionista. Lo observo como filósofo, no hago sociología. 

 

 

–Cierto para la familia nuclear del siglo XIX. ¿Dirías lo mismo de la familia ensamblada? 

–En la medida en que se piense heteronormativa, sí. Pero lo que me interesa a mí como filósofo es este proceso de cambio de paradigma en curso. Ese proceso empezó hace mucho tiempo y para mí hoy es continuidad de la revolución feminista. Ese es gran mi gran duelo ahora mismo y mi gran tristeza: ver que una parte del feminismo se está aliando con las fuerzas más reaccionarias del heteropatriarcado colonial. Bueno, esa era una posibilidad... Y ese cambio de paradigma no es solo que el heteropatriarcado colonial como régimen y forma de gobierno ya está en colapso, no funciona, ya es “dysphoria mundi”. Lo que se está produciendo es quizá el cambio a otro paradigma que, desde mi punto de vista, es no binario. Es decir, introduce una variación crítica totalmente nueva, que ya no es ni heterosexual ni homosexual, ni hombre ni mujer, ni animal ni humana. Debemos pensar que la gestión colectiva de la vida tendrá que inventar otra noción contemplando esa diferencia, porque de otro modo no podremos salvar el planeta. Con la diferencia jerárquica, hombre y mujer, no podremos gestionar la vida. Con la diferencia política heterosexualidad-homosexualidad tampoco. La homosexualidad como opción también se derrumba. Hay cuerpos que están inventando otras formas de vida; al avanzar hacia el paradigma no binario están ya viviendo de otro modo. Entre esos cuerpos, los de la vejez y la infancia. Por eso este libro lo escribí para los niños que hoy tienen 15 años, ellos son mis interlocutores. Mira, las familias heterosexuales de toda la vida hoy.