No es fácil mantener con calidad tres blog, pero circunstancias de la vida y el deseo de darle a la literatura la divulgación que amerita como herramienta escrutadora de la dimensión humana, que ayuda a descifrar la intrincada naturaleza del hombre, me obligan a continuar con este esfuerzo, que siendo grato, requiere de tiempo y dedicación. En este blog seguirán apareciendo los mejores artículos de literatura semanal, que en mi apreciación deben ser divulgados.
La películaEl proyecto colibrí(The Hummingbird Project), de 2018, cuenta la lucha de un grupo de emprendedores que pretendeninstalar un cable de fibra óptica que envíe información financiera desde Kansas a la Bolsa de Nueva York. Su objetivo es lograr que la transmisión de datos dure 16 milisegundos, en vez de los 17 milisegundos habituales. La diferencia de un milisegundo, indetectable para la percepción humana, significauna ganancia de millones de dólares para las empresas que participan en la Bolsa.
En este mundo de comunicaciones instantáneas, en que la circulación de la información adquiere dimensiones inauditas, la aceleración se ha convertido en una cuestión política, económica, cultural, artística y afectiva. ¿Cómo movernos en un mundo que se acelera día a día a una velocidad que -como lo muestra El proyecto colibrí- sólo las máquinas pueden procesar?.
¿Cómo reaccionar frente al automatismo de las máquinas que si con la Revolución Industrial llegaron para sustituir el trabajo manual, ahora con la inteligencia artificial avanzan hacia el reemplazo y la optimización del trabajo intelectual? ¿Marchamos, como anunció la ciencia ficción de J.G. Ballard y Philip K. Dick, hacia un mundo poshumano en el que el tiempo esté gobernado por las máquinas?
Desde sus inicios, la modernización tuvo como objetivo agilizar la vida y acelerar los procesos. Las diferentes tecnologías -de transporte, de información y de fabricación industrial- acortaron los tiempos en un mundo donde hasta la alimentación se acomoda con el fast-food al ritmo frenético de la vida cotidiana.
Pero a medida que este proceso se profundizó, sobre todo con la aparición de la computación y su ingreso en los hogares, fue la circulación de la información la que adquirió dimensiones colosales y vertiginosas.
El ensayista Paul Virilio escribió sobre la influencia de las innovaciones tecnológicas en la percepción y acuñó el concepto de “teletopología” para describir cómo la tecnología posibilita que dos personas en diferentes lugares puedan estar asistiendo a un mismo evento.
Según él, el Mundial de Fútbol de 1990 fue el momento en el que todos los habitantes del planeta asistieron a un mismo evento e interactuaron con la misma imagen. Lo interesante es que, según Virilio, la saturación informativa y su falta de referencias hacen que la dicotomía verdadero/falso en relación a la imagen sea suplantada por el par actual/virtual.
Los orígenes del aceleracionismo se remontan a los 90, década en que dejó de existir elbloque comunistay elneoliberalismo se impuso en todos los rincones del mundo.
La expansión del capital de la mano de la globalización hizo del mundo un lugar más pequeño, donde las diferentes ciudades ostentaban los mismos carteles y marcas y las computadoras personales comenzaban a conectarse entre sí.
Antes esa experiencia, la misteriosa y esotérica CCRU (Unidad de Investigación de Cultura Cibernética), radicada en Inglaterra, se propuso intervenir en la relación entre desarrollo y tecnología.
Se trataba de abandonar las instituciones escleróticas de oposición al capitalismo como los sindicatos y distanciarse de la tradición crítica de negatividad. Los aceleracionistas reemplazaron el culto de la velocidad (propio del capitalismo neoliberal) por las estrategias de aceleración: cómo intervenir en el mundo maquínico para despertar el potencial emancipatorio de la tecnología.
Algunos gurúes del aceleracionismo, como el filósofo esotérico Nick Land, posteriormente se pasaron a la ultraderecha, pero también el movimiento encontró eco, sobre todo después del crack financiero de 2008 y el fracaso de los movimientos radicalizados, en pensadores de izquierda como lo muestra la compilación Aceleracionismo.
Aunque se ha producido mucha polémica con el aceleracionismo (sobre todo después de las apropiaciones de extrema derecha), el argumento central sigue siendo atractivo: más que un discurso negativo que hace un culto de la resistencia y la nostalgia, es necesario apostar por la invención y la comprensión de procesos como la inteligencia artificialo el capitalismo expandido que constituyen un desafío para las nuevas subjetividades.
El siglo XXI comenzó entonces como una aceleración de la mano de internet, las máquinas, las plataformas digitales y los avances técnicos. ¿Significa esta aceleración un cambio radical en el arte y la literatura como ocurrió en el siglo XX con las vanguardias?
A principios del siglo pasado, las vanguardias artísticas hicieron un culto de la velocidad: los futuristas italianos trataron de plasmarla en sus poemas y pinturas, y casi todos los movimientos le cantaron loas y bendijeron sus cualidades. El automóvil y el avión, el telégrafo, los transatlánticos y las nuevas técnicas de reproducción cambiaron la forma de percibir y recorrer el mundo y la idea del arte.
Pero si en esos años 30 la velocidad era una promesa que podía redireccionarse con fines emancipatorios, hoy es una realidad abrumadora que pone en cuestión a la humanidad misma. Ante este panorama, el arte ofrece tres estrategias: cortocircuito, acentuación y suspensión.
Las estrategias de cortocircuito actúan en las redes y se aprovechan de las plataformas que están en un scroll permanente. En Instagram, artistas reconocidos como Jeff Koons, Jenny Holzer o Tracey Emin publican sus obras, y otros, como beeple crap o el dúo Hackatao, directamente ingresaron al mundo del arte por el CryptoArt y las NFT, piezas digitales con valor monetario.
Lo interesante de las cuentas como la de Tracey Emin es que la obra se mezcla con selfies y eventos a los que ella asiste, como si en esa nube estuviera su obra, su vida y cualquier cosa que haga o se le ocurra. Con posteos casi diarios, estos artistas se suben al caballo de la aceleración y tratan de domarlo o interferir en su lógica.
La estrategia de acentuación se detecta en las obras que incorporan la aceleración en sus narrativas, sea con un montaje más frenético (en cine) o en relatos literarios que tratan de experimentar con los ritmos de consumo actuales.
Eso es evidente en el cine en narraciones que avanzan a los saltos, con cortes abruptos e imágenes que duran muy poco tiempo pero que suponen un espectador adiestrado en comprensiones rápidas. Los videoclips musicales fueron la escuela en la que aprendimos esta nueva alfabetización visual.
En Barbie -ejemplo reciente- el descubrimiento de Ken del patriarcado se expresa en una sucesión de imágenes rápidas de celebrities en que la mirada tiene que estar entrenada para captar a todos los personajes que se suceden frenéticamente.
En Lobo de Wall Street de Scorsese o la versión de Mad Max de 2015, las diversas tecnologías de filmación (desde el tratamiento digital al steady cam, instrumento que estabilizaba el registro tomado ‘cámara en mano’) permiten transportar al espectador al vértigo eufórico de un ritmo que se asemeja al del capital, la transmisión de información o la locura diaria.
Buena parte del cine que se estrena actualmente está implicado en la aceleración de las percepciones y no es casual que las películas más taquilleras, desde Misión imposible a Agente Stone, consistan en persecuciones frenéticas.
El libro, a diferencia del cine, tiende a imponer su propio ritmo, más demorado y separado de las velocidades cotidianas. Sin embargo, hay autores que han experimentado con la aceleración como César Aira, con narraciones que una vez que las comenzamos no se detienen.
La estrategia de suspensión no consiste tanto en demorar la aceleración sino en inventar instantes fuera de ella. Las performances de Marina Abramovic, las películas de Pedro Costa o instalaciones como las de Jonathas de Andrade no son una desaceleración del tiempo sino su abolición, su reemplazo por otra temporalidad, más demorada, cuidada y volcada hacia una intimidad comunitaria.
Una vez que esas obras concluyen, el retorno a la temporalidad habitual es diferente. Nuestra vida se acelera y, a la vez que subimos a la montaña rusa de las redes y de la información continua, buscamos el arte y la literatura para que por cortocircuito, acentuación o suspensión, vivir adquiera nuevos sentidos.
Inclusive para nosotros los agnósticos los grandes textos cristianos son ejercicios de reflexión de suma importancia, no solo desde la doctrina sino como elucidaciones muy lucidas sobre la relación de Dios con el hombre desde la perspectiva teológica o como decía el gran pensador Musulmán Alfarari, no es otra cosa que la relación del uno con el todo. Siempre he leído con juicio a este pensador, quien fue papa, filosofo, con más de 135 libros e interprete excelso de Mozart. La publicación de su obra completa constituye un icono no solo para la teología cristiana sino para la filosofía. Fue tomado este artículo de "Nueva revista" CESAR H BUSTAMANTE
La editorial española Biblioteca de Autores Cristianos (BAC)
ha emprendido la gran tarea de publicar, en idioma castellano,
la “Obra completa de Joseph Ratzinger”1, compuesta
de 16 volúmenes que, al mismo tiempo,
está siendo publicada en alemán, italiano, inglés y francés.
Según V. Pfnür, editor
de la bibliografía de J.
Ratzinger, su obra consta
de 135 libros y 1.375 artículos, pero que, a pesar de su
valor e importancia, se encuentran dispersos en diferentes lugares, idiomas,
formatos, incluso algunos
grabados y no editados.
Por esa razón, en el año
2008, el entonces obispo
de Ratisbona y actual Prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe,
Gerhard Ludwig Müller,
junto a un grupo de discípulos del profesor Ratzinger, emprendió la labor
de recopilar, sistematizar,
transcribir y publicar en
alemán la obra completa
del Papa Benedicto XVI.
En alemán hay ya publicados nueve volúmenes,
y en castellano cuatro.
Obviamente se comprende
que la colección de escritos
corresponde únicamente
a los que publicó como
persona particular, sea
profesor, sacerdote, obispo o papa, y no a toda la
abundante literatura que
editó como Prefecto de
la Congregación para la Doctrina de la Fe, y mucho menos todo el
magisterio como Papa.
La editorial BAC afirma que esta publicación nace del deseo de continuar una
tradición muy antigua de publicar las
obras completas de los grandes autores
cristianos, en particular la de los grandes
autores de este último siglo. Sin embargo,
este es recién el primero de los grandes
autores del siglo XX que será publicado
completo, sistematizado y traducido. Esto
aumenta el valor de esta obra.
Dos motivos justifican claramente esta empresa. En primer lugar, la necesidad
de recopilar todas las publicaciones realizadas durante más de medio siglo y en
los más diversos contextos. No hay que
olvidar que Joseph Ratzinger, antes de ser
Papa, comenzó como profesor, estuvo en
cuatro universidades (Bonn, Münster, Tubingen y Ratisbona), luego fue obispo de
Munich y Freising, y, finalmente, Prefecto
de la Congregación para la Doctrina de la
Fe, lo cual lo hace a él muy versátil, y a su
obra muy variada y no fácil de recopilar
y sistematizar. Además esta edición pone en nuestro idioma la obra completa, a
veces traducida por primera vez, y otras
veces, traducida nuevamente con mucho
mayor precisión.
En segundo lugar, esta edición sistematiza la obra completa de acuerdo a los
temas. Esto se puede percibir en el orden
de los volúmenes: I. Pueblo y casa de Dios
en la doctrina de san Agustín sobre la Iglesia.
Tesis y otros estudios sobre
san Agustín. II. Comprensión
de la revelación y teología
de la historia de san Buenaventura. Texto íntegro
de la Habilitación y otros
estudios sobre san Buena
ventura. III. El Dios de la
fe y el Dios de los filósofos.
La relación circular entre
ides y ratio. IV. Introducción
al cristianismo. Fe – Bau
tismo – Seguimiento. V.
Origen y destino del hombre.
Creación – Antropología –
Mariología. VI. Jesús de
Nazareth. Cristología espiritual. VII/1 y 2. Sobre la enseñanza del con
cilio Vaticano II. Formulación, transmisión
interpretación. VIII/1 y 2. Iglesia. Signo
entre los pueblos. Escritos de eclesiología y
de ecumenismo. IX. Revelación – Escritura – Tradición. Hermenéutica y principios de
la enseñanza de la teología. X. Resurrección y vida eterna. Contribuciones sobre
escatología. XI. Teología de la liturgia. XII.
Predicadores de la palabra y servidores de
vuestra alegría. Teología y espiritualidad
del Orden. XIII. En diálogo con nuestro
tiempo. Entrevistas – Opiniones – Objeciones, XIV. Homilías para el Año litúrgico.
Meditaciones – Oraciones – Reflexiones.
XV. Mi vida. Textos autobiográficos. XVI.
Bibliografía e índices. Para comprender ahora la obra de J.
Ratzinger se pueden recordar cuatro
principios que ha señalado el director de
la BAC, Padre Carlos Granados. En primer
lugar, la obra trata de poner a Dios en el
centro. De hecho, el mismo
Papa Benedicto XVI pidió
que el primer volumen que
saliera a la luz fuera no el
Nº 1, sino el Nº 11, Teología
de la liturgia, para que se
manifestara con este gesto
que todo comienza con la
liturgia, porque todo parte
de Dios. Dios es siempre
el centro. Sin este centro,
afirma, todo pierde su
orientación. En el trato
que le demos a la liturgia
se decide el destino de la
Iglesia y, finalmente, del
mundo. Eso es coincidente
con su labor pastoral que tuvo siempre
como centro absoluto la primacía de Dios.
En segundo lugar, para Ratzinger la
teología deber ser siempre un alimento
para los sencillos. De allí la sencillez con
que escribe, que hace a su obra aún más
profunda. Basta leer a cualquiera de los
grandes teólogos del siglo XX y contemporáneos de Ratzinger, para darse cuenta –por contraste- de la claridad meridiana
de nuestro autor, que no disminuye en
nada su profundidad, e incluso, por el
contrario, la pone más de manifiesto.
Para Ratzinger la fe debe ser patrimonio
de los pobres y no el fruto de un trabajo
de laboratorio.
En tercer lugar, nuestro autor está en
la línea de los Padres de la Iglesia, por
ejemplo san Agustín, cuando comprendían la predicación como teología, y la
teología como predicación. Uno puede
encontrar elementos de la más alta teología, precisamente, en los
Sermones de san Agustín.
De hecho para Ratzinger
la predicación ha sido
una preocupación constante. No es casualidad
que el primer Sínodo que
él convocó ya como Sumo
Pontífice haya sido sobre
“la palabra de Dios en la
vida y en la misión de la
Iglesia”. La predicación es
una forma de hacer teología. La teología es par
te de la tarea episcopal.
Afirma que nadie va a la
Iglesia para oír opiniones
personales en la liturgia,
sino para ir al encuentro
de lo que se nos ha dado
a todos por anticipado en Jesús a través
de sus discípulos. La predicación es trans
misión de una palabra que nos precede.
Esto queda así como tarea urgente hoy, y
los predicadores han de tomarlo muy en
serio. Cuánto bien se puede hacer (o no
hacer) cuando una prédica está sostenida
por un concepto teológico adecuado (o no
posee teología alguna).
P Finalmente notamos con claridad en
sus textos que el centro de
la teología es claramente la
Biblia. Como nos recuerda
Dei Verbum 24, la Biblia es el
alma de la teología. Se trata
de dejar a la Palabra hablar
por sí misma. Y eso se res
pira en la obra de nuestro
papa emérito.
En síntesis, esta publicación es un regalo para la
Iglesia de habla castellana,
que honra a la editorial que
ha emprendido esta tarea; y
a pesar de su envergadura,
es una colección que bien
puede estar en la biblioteca
no solo de los católicos, sino
de toda persona que ama al
ser humano y quiere servir
lo con la verdad y la esperanza.
A propósito de los cien años de la publicación de la novela colombiana escrita por José Eustasio Rivera transcribo este excelente ensayo corto escrito por Claudia Gómez Molina aparecido en la Red. Cesar Hernando Bustamante.
La vorágine de José Eustasio Rivera
Claudia Gómez Molina
Graduada en Literatura y Humanidades y traductora
La vorágine es una novela escrita por el autor colombiano José Eustasio Rivera. Fue publicada en 1924, y es considerada la obra maestra de Rivera y un clásico de la literatura colombiana y latinoamericana.
La novela es una obra de denuncia social sobre la violencia y la situación de explotación que se vivió en la selva amazónica como consecuencia de la fiebre del caucho entre finales del siglo XIX e inicios del siglo XX.
La novela está escrita en un estilo que revela influencias tanto del romanticismo como del modernismo, como lo muestra la siguiente frase con que inicia el libro:
Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia.
Resumen de la novela
La vorágine contiene un prólogo, un epílogo y está dividida en tres partes. La mayor parte de la novela es narrada por el personaje principal, Arturo Cova, un poeta que decide huir con su amante Alicia hacia Casanare.
En La vorágine, algunos de los temas que sobresalen son los siguientes:
La naturaleza de los llanos colombo-venezolanos y la selva amazónica, y su influencia en el carácter de sus personajes.
La denuncia social de la violencia y explotación de los caucheros a muchas personas, en su mayoría colombianas, representativas de todas las etnias, géneros y regiones (indios, mujeres, blancos, negros, niños, mestizos, mulatos).
Los romances malogrados.
A continuación, te presentamos un resumen completo de la novela.
Prólogo
Fue escrito por José Eustasio Rivera y está dirigido al ministro de Colombia. El autor hace referencia a la situaciones de los caucheros colombianos, y a los manuscritos de Arturo Cova, "criticando" su estilo lleno de regionalismos.
Primera parte
Mapa incluido en la versión digital del Instituto Caro y Cuervo de La vorágine
Arturo Cova nos cuenta su historia y la de Alicia. Alicia estaba condenada a casarse con un terrateniente viejo pero rico. Ella decide tener un amorío con Arturo Cova, un poeta culto, mujeriego y pobre, esperando que esto logre salvarla del matrimonio.
Pero el prometido de Alicia condena a la cárcel a Arturo, y la pareja de amantes decide huir al Casanare. Allí encuentran a los amigos que los acogen y ayudan: don Rafo, y la pareja de Griselda y Fidel Franco.
Franco, quien tiene una fundación, la empeña con la promesa de que Zubieta, el dueño de un gran hato con mucho ganado, le venda 1000 reses en rebaja, pero a cambio debe cogerlas. Esto resulta ser una mentira de Zubieta con el objeto de quitarse de encima a Barrera, un cauchero que prometía oro y riquezas buscando convencer a todos de que lo siguieran en la explotación del caucho. Entre estas personas se encuentra Griselda, a quien Barrera buscaba convencer con dulces promesas y regalos.
Griselda y Alicia, quienes solían salir solas, muchas veces encontraban a Barrera. Arturo explota en celos ante la posibilidad de que Alicia le sea infiel con Barrera, se emborracha y decide huir al hato de Zubieta. Allí se enfrenta con Barrera, quien le pega un tiro en el hombro.
Arturo sale junto con el mulato Correa tras de Franco a coger los toros, pero a su regreso descubre que Barrera ha mandado asesinar a Zubieta. Barrera trae a un juez corrupto, y obliga a los demás obreros a ser testigos de que el crimen fue cometido por Arturo y Franco.
Ambos descubren que Griselda y Alicia los han abandonado. Estallan en cólera, locura y euforia, incendian los llanos y huyen:
La devoradora falange iba dejando fogatas en los llanos ennegrecidos, sobre cuerpos de animales achicharrados, y en toda la curva del horizonte los troncos de las palmeras ardían como cirios enormes.
El traquido de los arbustos, el ululante coro de las sierpes y de las fieras, el tropel de los ganados pavóricos, el amargo olor a carnes quemadas, agasajáronme la soberbia; y sentí deleite por todo lo que moría a la zaga de mi ilusión (...).
Segunda parte
Arturo Cova, Franco, Correa y el Pipa huyen al Vichada. Allí encuentran diferentes tribus indígenas. Están los aborígenes del bohío, descritos como dóciles, astutos y desconfiados, quienes los aprovisionan para el viaje.
Luego encuentran a la tribu nómada de los guahibos. Son descritos como una tribu ingenua, supersticiosa y rudimentaria. Arturo y sus camaradas son bienvenidos por la tribu, la cual los despide con una gran fiesta al ritmo de tambores, bailes y chicha fermentada.
Al reanudar el viaje, casualmente encuentran a Helí Mesa, quien había estado bajo el mando de Fidel Franco cuando todavía era parte del ejército.
Helí contó cómo fue engañado por Barrera y cómo este había traicionado a todos los hombres y mujeres que lo seguían. Les había hecho entregar todas sus posesiones y los dejó como esclavos bajo el dominio de dos de sus camaradas. Los encadenaron y lanzaron un bebé a los caimanes.
En medio de estos abusos, Helí aprovecha para escaparse junto con dos indios maipireños. Los fugitivos deciden continuar hacia el Vaupés, buscando vengarse de Barrera. Los maipireños perecen en una de las fuertes cascadas del río. El Pipa se fuga con los indios guahibos.
En el Guaviare encuentran al anciano cauchero Clemente Silva. El anciano, que se encuentra muy enfermo, tiene sus piernas llenas de llagas, y, entre las llagas, gusanos. Ha sufrido todo tipo de maltratos durante 16 años. Su espalda está cubierta de las cicatrices de los latigazos. El anciano cuenta que es originario de Pasto, y salió en búsqueda de su hijo de 12 años, quien había huido con los caucheros. Luego de haberlo estado buscando por ocho años, durante los cuales él mismo fue cauchero y esclavo, lo encuentra ya enterrado.
Tercera parte
Cova y sus compañeros continúan su camino junto con Clemente Silva. Se proponen recoger los huesos del hijo de Silva, los cuales fueron decomisados por el Cayeno, para luego continuar con su venganza.
Clemente Silva continúa narrando cómo cambió de dueño de cauchero en cauchero. Silva buscó quedarse cerca a la tumba de su hijo, en las selvas brasileras, hasta que pudiera exhumar sus huesos. En este tiempo duró perdido dos meses en la selva, durante los cuales perdió la razón y sus compañeros perecieron.
Cova y sus compañeros llegan a ver a la madona, Zoraida Ayram, la cual pide que "traicionen" a Cayeno en nombre de una deuda que este tiene con ella.
Allí encuentran a Ramiro Estévanez, un antiguo amigo de Cova, y al Váquiro, quienes presenciaron la masacre de San Fernando del Atabapo, bajo el dominio del coronel Funes. Cova, para ganar el favor y la confianza de la madona, se hace su amante.
Cova y sus compañeros encuentran a Griselda, quien fue adquirida por la madona, y trae noticias de Alicia. Asegura que Alicia siempre fue fiel a Arturo, y aún sigue como esclava de Barrera.
Arturo finalmente logra reencontrarse con Alicia, y luchando vence a Barrera. Alicia da a luz a un sietemesino, hijo de Arturo, y temiendo que el recién nacido se contagie de alguna peste, todos huyen a la selva.
Epílogo
Es el fragmento de una carta que el cónsul de Manaos dirige al ministro de Colombia y que da cuenta de la suerte de Cova y sus compañeros con esta frase:
Ni rastro de ellos. ¡Los devoró la selva!
Personajes de la novela
La vorágine contiene un conjunto de personajes atravesados por la violencia de la explotación cauchera y el amor. A continuación, te contamos uno a uno quiénes son los personajes principales de la narración.
Arturo Cova
Fotografía de Arturo Cova, incluida en la primera edición.
Arturo Cova es el narrador y el personaje principal de la novela. Es un joven tolimense que estudió en la capital. Es intelectual y poeta.
Buscando escapar de la cárcel, Arturo decide huir con su amante, Alicia, y se lanza a la aventura escapando a la selva.
Tiende a soñar despierto, cavilar y divagar. Vive enamorado del amor, más que de alguna mujer específica, y tiene cierta nostalgia romántica.
Sueña con enamorarse perdidamente, con envejecer junto a su amada, en algún lugar remoto y con una vida sencilla.
Frecuentemente, su carácter educado y culto es interrumpido por ataques impulsivos que se juntan con el abuso del alcohol, los celos enfermizos y su gusto por las apuestas.
Tiene momentos de absoluta locura, irracionalidad y destrucción, en los que pierde hasta la noción del tiempo. Es moralmente débil, pero es fiel a sus amigos.
Dato curioso: el personaje Arturo Cova existió en la vida real, y Rivera pudo haberlo conocido (o haber escuchado de él) en sus viajes, y pudo basarse en él para crear su personaje.
Un par de testimonios dicen haber conocido a Arturo Cova: el primero afirma que fue un cauchero que tenía a su cargo 16 peones; el segundo afirma que conoció a Arturo Cova y este vendió el manuscrito de su diario a Rivera.
Alicia
Alicia es una joven capitalina educada en piano y costura. Es muy temerosa, no sabe montar a caballo y su piel se resiente al rayo del sol.
A este personaje lo conocemos por sus diálogos con Arturo, y por las descripciones de Arturo, las cuales cambian según su estado de ánimo.
Con frecuencia Alicia sufre, llora, o soporta la fiebre de alguna enfermedad contraída en la selva.
También, la conocemos por sus reproches a Arturo debido a sus infidelidades, y, sobre todo, por haberla condenado a la selva. Tal vez por esto ella lo trata con indiferencia. Alicia tiene mirada y voz apesadumbrados. Sobre su belleza, Arturo dice:
"En verdad no es linda, mas por donde pasa los hombres sonríen".
Clemente Silva
Fotografía de Clemente Silva, incluida en la primera edición.
Clemente Silva es un cauchero muy anciano y enfermo, originario de Pasto. Se convierte en cauchero buscando a su hijo de 12 años. El niño huyó con los caucheros y este era el único familiar que tenía.
El anciano es esclavizado y, luego de buscar a su hijo por 8 años, lo encuentra ya muerto. Desde entonces el anciano cargaba sus huesos como único tesoro.
Es considerado por todos como un hombre confiable, venerable y sabio. Su cuerpo está cubierto de las cicatrices que han dejado los latigazos de sus amos, y sus pantorrillas están llenas de llagas con gusanos que le han dejado las sanguijuelas.
Aún conserva la cordura, la honra y el sentido común, y ha salido bien librado de la locura que produce la selva en los hombres. Es el "rumbero" con más experiencia, es decir, es quien se ubica y conoce mejor cuál rumbo tomar en la selva.
La niña Griselda
La niña Griselda es una mulata alegre, coqueta y rechoncha. Es amable y amistosa. Aunque es la esposa de Fidel Franco, coquetea con Arturo Cova y es una de sus amantes.
Es muy amiga de Alicia, y aunque no es descrita como una mujer bella, (según Arturo es simple y común) sabe atraer a los hombres con su carisma. Esta es la primera impresión que tenemos de ella:
"Era una hembra morena y fornida, ni alta ni pequeña, de cara regordeta y ojos simpáticos. Se reía enseñando los dientes anchos y albísimos, mientras que con mano hacendosa exprimía los cabellos goteantes sobre el corpiño desabrochado".
Fidel Franco
Fidel Franco es de origen antioqueño. Estudió en la capital y luego ingresó al ejército. Se rumora que desistió del ejército luego de asesinar a su capitán por tener una aventura con Griselda.
Tiene carácter de líder. Es el compañero de locuras, incendios y venganzas de Arturo Cova. Esta es la primera descripción que encontramos de él:
"Era cenceño y pálido, de mediana estatura, y acaso mayor que yo. Cuadrábale el apellido al carácter y su fisonomía y sus palabras eran menos elocuentes que su corazón. Las facciones proporcionadas, el acento y el modo de dar la mano advertían que era hombre de buen origen, no salido de las pampas, sino venido a ellas".
Clarita
Clarita es una venezolana caída en la desgracia. Como simple mercancía, fue apostada y perdida por un guerrillero venezolano. Termina abandonada en el hato de Zubieta.
Desde entonces ha tratado de costear su viaje de regreso a Venezuela ganándose el favor y el gusto de los hombres, aunque siempre recibe de ellos falsas promesas.
Físicamente la destacan sus dientes de oro. Su sueño es regresar a su tierra natal, Ciudad Bolívar, y pedir perdón a sus padres.
El Pipa
Llegó a trabajar en una gran hacienda de los llanos cuando era tan solo adolescente.
Luego de soportar todo tipo de maltratos, asesina a uno de los compañeros abusivos. Condenado a muerte, es rescatado por los indios.
El Pipa ha convivido con diferentes tribus y etnias indígenas; habla más de veinte lenguas aborígenes. Puede ubicarse y sobrevivir en la selva por sí mismo. Es muy hábil para engañar: cuenta todo tipo de aventuras en las que es difícil saber dónde está la verdad. Ha estado muchas veces preso.
El Pipa hace lo necesario para sobrevivir: es salteador, pirata, remador, cauchero, vaquero, roba, prende incendios, se disfraza, traiciona.
El viejo Zubieta
Es el rico dueño de un gran hato y de muchas cabezas de ganado. Pero tiene una gran debilidad por el alcohol y las apuestas.
Muchos tratan de que Zubieta les venda ganado a bajo precio pero él es muy astuto: entre chiste y chanza, juegos y apuestas, trucos y engaños, nunca se deja ganar.
Frecuentemente se encuentra borracho en la hamaca, desentendido de las labores del hato y de sus trabajadores.
Barrera
Es un cauchero que ha llegado al Casanare buscando que lo sigan con promesas de riqueza fácil, regalos de sedas, perfumes, fotografías y mercancías finas.
Viste de manera elegante y, a la hora de halagar, convencer y ganar la opinión favorable de sus enemigos es exageradísimo en sus discursos.
Es muy hábil para mostrarse como amigo de todos o como una gran víctima, y es capaz de fingir humillarse ante sus enemigos para ganar su favor.
Análisis de la novela
En La vorágine se empiezan a fusionar la ficción y la realidad: el periodismo, la crónica y la literatura. El prólogo y el epílogo, dirigidos al ministro de Colombia, son un llamado de atención al gobierno de la nación neogranadina.
El recurso del uso de un manuscrito original, adjudicado al aventurero Arturo Cova, en el cual se basa La vorágine, proviene del Quijote, novela que dice estar basada en los manuscritos de Cide Hamete Benengeli, y sirve para dar credibilidad a la historia.
Además, en los registros históricos se encuentra Arturo Cova, un hombre involucrado con el negocio de la explotación del caucho, y algunos testigos dicen haberlo conocido.
En las primeras publicaciones de la novela también aparecía un par de fotografías: en la primera, un hombre sentado en una hamaca, identificado como Arturo Cova, y en la segunda, un hombre trepado en un árbol desangrando el caucho, identificado como Clemente Silva.
También, muchos de los personajes estuvieron basados en personajes reales. Narciso Barrera fue basado en Julio Barrera Malo, que fue un cauchero dedicado a engañar a la gente en el Meta y el Vichada. Les entregaba baratijas y les prometía riquezas. La gente lo seguía por los ríos Orinoco y Negro, donde él los vendía como esclavos a caucheros con los que había adquirido deudas, como Miguel Pezil, quien aparece en La vorágine como el turco Pezil, y Tomás Funes, quien aparece como el coronel Funes.
Además está la inserción de historias por medio de testigos que también son personajes de la novela. Así, aprendemos detalles sobre el sistema de ultrajes y cómo lograban perpetuar la esclavitud de los caucheros gracias al relato de Clemente Silva.
También la masacre de San Fernando del Atabapo en el Putumayo a cargo del coronel Funes es narrada en detalle por el Váquiro.
El uso de recursos narrativos, como el manuscrito, las fotografías, el uso de testimonios y entrevistas, sirven para dar credibilidad a la narración como hecho verídico, documentado con base en fuentes reales, igual que en el periodismo. Esto responde a la intención de llamar la atención del gobierno y de la comunidad internacional para que intervinieran y pusieran fin a los abusos.
Si quieres saber más sobre la explotación de los caucheros en Colombia, te puede interesar El abrazo de la serpiente.
Contexto histórico de la novela
Ruta de la fiebre del caucho
El autor pertenece a la generación del centenario, la cual tenía cómo preocupación reflexionar sobre el establecimiento político, cultural y limítrofe de Colombia como nación.
En el clima del momento estaban en boga los problemas fronterizos. Muchos territorios fueron cedidos a los países vecinos a principios del siglo XX.
Las fronteras y los territorios en los que predominaba la selva, en los que era difícil penetrar, fueron abandonados por el gobierno. Estos incluían todos los departamentos parte de la región de Amazonas: Caquetá, Guainía, Guaviare, Putumayo, Vaupés, Meta, Vichada y Amazonas. El abandono permitía que prosperara la corrupción, las guerrillas y la explotación por parte de nacionales y extranjeros.
Historia de la escritura de La Vorágine
Manuscrito de La vorágine en la Biblioteca Nacional de Colombia
La vorágine fue escrita en dos años durante los viajes que Rivera realizó con la Comisión Limítrofe Colombo-Venezolana, en 1922, cuya función era trazar los límites en la selva entre los dos países.
Las condiciones de la comisión eran tan precarias que no contaban con mapas ni con los instrumentos elementales para el trabajo. Por esto Rivera renunció y continuó solo.
La comisión comenzó su ruta por el río Magdalena, luego entraron por el Orinoco.
Rivera continuó su viaje solo hasta que contrajo paludismo en un caserío en Orocué, donde escribió gran parte de su novela. Allí encontró a un antiguo compañero de comisión y decidió reintegrarse.
Continuó su viaje hacia Manaos y luego de vuelta, documentando durante su viaje la explotación de los caucheros en las selvas de Venezuela, Colombia y Brasil.
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La vorágine y sus adaptaciones
Tapa de la novela gráfica La vorágine de Óscar Pantoja y José Luis Jiménez (2017).
La vorágine, además de ser una obra maestra, es un clásico que sigue generando nuevas lecturas, adaptaciones e interpretaciones en las diferentes expresiones de las artes.
Ya en 1931, la obra de Rivera había inspirado al músico y compositor Jesús Bermúdez Silva para su obra Torbellino.
Por su parte, en 1949, el director de cine mexicano Miguel Zacarías llevó a la gran pantalla una adaptación de la novela titulada Abismos de amor.
En Colombia, la novela ha encontrado eco en el formato televisivo con dos miniseries, una de 1975 producida por RTI, y otra en 1990 rodada en siete episodios por RCN.
Asimismo, en 2017, la obra de Rivera fue convertida en una novela gráfica por Óscar Pantoja y José Luís Jiménez y publicada por Resplandor Editorial.
Sobre José Eustasio Rivera
Rivera (1888-1928) nació en Huila, en una población entonces llamada San Mateo, (hoy es Rivera en honor a su apellido). Sus padres estaban dedicados a diferentes labores en el campo, y dos de sus tíos fueron generales de la República.
Rivera se educó en colegios religiosos donde sobresalió por sus habilidades con las letras. Estudió becado en la Escuela Normal de Ibagué y después ingresó a la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional. Se graduó como abogado con la tesis Liquidación de la herencias.
Fue reconocido por sus primeros poemas y sonetos. Su primer libro, Tierra de promisión (1921), consiste en cincuenta y cinco sonetos. En sus sonetos, el paisaje y la geografía son los protagonistas a los cuales el escritor da fuerza desde su subjetividad. La vorágine es su gran obra maestra. El escritor murió en Nueva York en 1928, por causa de una enfermedad desconocida, aunque se sospecha que la pudo haber contraído en alguno de sus viajes a la selva.
Graduada en Literatura y Humanidades de la Universidad de los Andes (2009), realizó cursos de traducción literaria con las asociaciones de traductores colombiana y mexicana, ACTTI y AMMETLI, y de traducción oficial en la Universidad Javeriana (2017)
Este es el prologo de un excelente libro de Peter Watson "Historia de la bomba atómica", espero mis lectores lo disfruten. CESAR H BUSTAMANTE
Prólogo
Encubrimiento, o cuando los justos pecan
Es posible que en toda la historia de la humanidad ninguna idea haya tenido consecuencias más inmediatas y trascendentales que el célebre descubrimiento de Albert Einstein de que E=mc2, esto es, que la materia y la energía son, básicamente, aspectos distintos de un mismo fenómeno. Einstein publicó su teoría de la energía nuclear en mayo de 1905 y la estuvo puliendo y perfeccionando —con ayuda— hasta que en 1917, en mitad de la primera guerra mundial, quedó perfilada del todo. Veintiocho años después —es decir, al cabo de una sola generación—, el 6 y el 9 de agosto de 1945, la destrucción de Hiroshima y Nagasaki con sendas bombas atómicas pondría fin a la segunda guerra mundial.
La historia demuestra que, aunque son muchas las ideas susceptibles de tener consecuencias —el Renacimiento, la Reforma y las revoluciones científica y romántica constituyen buenos ejemplos—, no siempre resulta sencillo calibrar su incidencia en la realidad. ¿Cuál es el origen intelectual de la Revolución Francesa? ¿Por qué la revolución marxista estalló en Rusia cuando el mismo Marx predecía que lo haría en Gran Bretaña? ¿Por qué el modernismo surgió en Francia —si es que en efecto llegó a surgir— antes que en ningún otro país?
Por otra parte, la cronología de la energía atómica, o nuclear, resulta de una precisión asombrosa en el mundo de las ideas. Todo empezó en 1898 con la identificación del electrón, a la que no tardó en seguir, en 1907, el conocimiento de la estructura del átomo. Más tarde, en 1932, los científicos descubrieron el neutrón y de inmediato comprendieron que su existencia sugería la posibilidad de activar una reacción en cadena en el seno mismo del átomo. Las piezas del puzle, pues, encajaron en un espacio de tiempo pasmosamente breve. Ernest Rutherford, director de los laboratorios Cavendish de Cambridge, llamó a esa época «la edad heroica de la física».
En tanto que autor de varios libros sobre la historia de las ideas, este apretado calendario siempre me había fascinado. Cuando empecé a estudiarlo, enseguida tuve claro que, además, la crónica de la investigación atómica tenía una dimensión humana absoluta y singularmente dramática. Porque la edad heroica de la física del período de entreguerras tuvo por protagonista a una reducida élite de no más de una docena de físicos, químicos y matemáticos de diversa procedencia —Gran Bretaña, Alemania, Francia, Estados Unidos, Dinamarca, Italia, Rusia y Japón— que se conocían y relacionaban entre sí porque habían estudiado en un puñado de universidades y otras instituciones europeas —en Berlín, Cambridge, Copenhague y Gotinga—, colaboraban en sus investigaciones, asistían a las mismas conferencias, iban juntos de vacaciones, se invitaban a sus bodas, difundían sus hallazgos en las mismas y escasas publicaciones especializadas, cooperaban o competían en una impresionante diversidad de actividades científicas y gozaban de un reconocimiento general porque muchos habían sido galardonados con el premio Nobel. Se podría decir que las décadas de 1920 y 1930 fueron las más emocionantes y trascendentales no solo de la ciencia física, sino de la ciencia. [1]
Pero aquellos años fueron extraordinarios también por otro motivo no menos trascendental y sí mucho más dramático: el auge del nazismo en Alemania y del fascismo en Italia.
Con el descubrimiento del neutrón el año anterior a la llegada de Hitler al poder en Berlín, algunos científicos fueron conscientes de la posibilidad teórica de liberar la enorme energía encerrada en el núcleo del átomo, pero esperaban, contra toda esperanza, que dicha posibilidad no llegara a hacerse realidad. Y entonces, en las Navidades de 1938 y los primeros días de 1939, a pocos meses de la guerra, cuatro científicos confirmaron desde Alemania que habían logrado dividir —o fisionar— el núcleo del átomo de uranio, el elemento más pesado y más inestable de la tabla periódica. Era un nuevo y aterrador paso en el camino de la posible invención de las armas nucleares.
Un científico alemán, Werner Heisenberg, posiblemente el más brillante de todos ellos —había obtenido el premio Nobel en 1932, con solo treinta y un años—, diría mucho más tarde que si, en 1939, un puñado de físicos se hubieran negado a seguir investigando la posibilidad de fabricar armas nucleares, los políticos no habrían podido seguir adelante y la carrera atómica se habría truncado. [2]
En vez de ello, ese mismo año, un número muy reducido de personas altamente cualificadas se vio de pronto en posesión de unos conocimientos y unos recursos con los que podrían, al menos en teoría, decidir el resultado de la guerra si esta llegaba a estallar —y esto parecía cada día más probable—. ¿Podía existir algo más dramático y trascendental que una idea con la suficiente potencia para decidir la victoria en una guerra mundial? El propio Einstein estaba inquieto.
* * * *
Seis años más tarde, la extraordinaria idea de Einstein quedó confirmada en su totalidad. El lunes 16 de julio de 1945, a las 5.29 horas, se llevó a cabo con éxito la primera prueba atómica en el llamado «Trinity Site» del desierto de Alamogordo, Nuevo México. Aunque luego sabría que la explosión llegó a oírse en tres estados, Leslie Groves, el general al mando del programa nuclear estadounidense, insistió en guardar el secreto: «Lo mismo puede encomendarnos una misión mucho más sencilla, mi general —le dijo uno de sus subordinados—, como, por ejemplo, mantener en secreto la existencia del río Misisipi». Al día siguiente, lunes, el presidente Truman mantuvo su primer y único encuentro cara a cara con el líder soviético Iósif Stalin en Potsdam, un barrio residencial de Berlín. [3]
Tres semanas después, el 6 de agosto, lunes también, la idea de Einstein volvió a concretarse en el bombardeo de Hiroshima. Y dos días después, el 8 de agosto, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón; a la madrugada del día siguiente, los tanques soviéticos cruzaron la frontera de Manchuria.
La proximidad de estas fechas no es casualidad. En los últimos años, la mayoría ha llegado a la conclusión —cuando menos la mayoría de los historiadores, ya que no de la ciudadanía— de que las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki no eran necesarias para poner fin a la segunda guerra mundial, de que su propósito era muy distinto.
No deja de sorprenderme —bien es verdad que solo hasta cierto punto— que dicha conclusión no esté más extendida. Uno de los primeros escépticos del empleo de la bomba fue el general Dwight D. Eisenhower, comandante supremo de la Fuerza Expedicionaria Aliada, jefe militar de las operaciones contra Hitler y futuro presidente de Estados Unidos. En el período más peligroso de la guerra fría, y poco después de su célebre discurso de despedida —en el que advirtió de la amenaza que suponía el «complejo militar-industrial» estadounidense—, Eisenhower recordaría el día en que el entonces secretario de Guerra, Henry Stimson, le comunicó el inminente lanzamiento de la bomba atómica contra las ciudades japonesas: Mientras enumeraba los motivos, me iba invadiendo una sensación de desaliento. Le trasladé mis reparos: en primer lugar, mi convicción de que Japón ya había sido derrotado y por tanto lanzar la bomba era completamente innecesario; y, en segundo lugar, que creía que nuestro país no debía estremecer a la opinión pública mundial con un arma cuyo empleo, en mi opinión, ya no era imperativo para salvar la vida a más norteamericanos. Yo creía también que Japón ya solo buscaba una fórmula para rendirse, que solo quería «salvar la cara». [4]
La Tercera Flota del almirante William «Bull» Halsey apenas encontraba resistencia en sus incursiones sobre las instalaciones costeras niponas, y para el almirante Wagner, que estaba al mando de las patrullas de reconocimiento aéreo, en los varios millones de kilómetros cuadrados de océano y costas del Lejano Oriente que vigilaban sus aviones «no había, literalmente, ni un solo objetivo digno de la pólvora necesaria para destruirlo». Más tarde, Halsey, repitiendo prácticamente la idea de Eisenhower, diría que «la primera bomba atómica fue un experimento innecesario. ...[los científicos]habían inventado un juguete y tenían ganas de probarlo. Por eso la lanzaron. .. Mató a muchos japoneses, pero hacía tiempo que los japoneses se habían puesto en contacto con los rusos y tanteado la posibilidad de la paz». [5]
Más reveladoras si cabe son las conclusiones de un exhaustivo estudio oficial del «US Strategic Bombing Survey», que se hicieron públicas menos de un año después del lanzamiento de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Decían: «Es muy probable que sin bombardeos atómicos, sin que los soviéticos le declarasen la guerra y sin invasión norteamericana, Japón también se hubiera rendido en 1945». [6]
En mayo de 1945, Leó Szilárd, judío húngaro huido del Tercer Reich —salvó la vida por un pelo— y el primero en concebir la idea de una reacción nuclear en cadena, mantuvo en su casa de Spartanburg, Carolina del Sur, una reunión con James F. Byrnes, representante personal del presidente Truman para asuntos atómicos y futuro secretario de Estado. En sus memorias, Szilárd escribe: El señor Byrnes no afirmó que el uso de la bomba contra las ciudades japonesas fuera necesario para ganar la guerra. Sabía, como lo sabía el resto del gobierno, que Japón ya había sido derrotado y que podíamos obtener la victoria en seis meses. Lo que más le preocupaba al señor Byrnes en aquellos momentos era el aumento de la influencia rusa en Europa. ..[El señor Byrnes opinaba]que, por el mero hecho de que nosotros tuviéramos la bomba, Rusia resultaría más manejable en Europa. [7]
Algo que por aquel entonces resultaba obvio hasta para los propios rusos. Para Viacheslav Molotov, ministro de Asuntos Exteriores soviético durante la guerra, el objetivo de las dos bombas atómicas «no era Japón, sino la Unión Soviética. ...[Los norteamericanos]querían decirnos: que no se os olvide que vosotros no tenéis la bomba y nosotros sí. Como deis un paso en falso, ¡ateneos a las consecuencias!». [8]
Estos y otros comentarios han motivado que, a medida que se han ido desclasificando documentos, muchos historiadores —sobre todo norteamericanos— hayan vuelto a estudiar todo el proceso de decisión que condujo al lanzamiento de la bomba atómica. A estas alturas, el consenso es generalizado. Recurrir a la bomba contra Japón en agosto de 1945 fue del todo innecesario: para entonces los japoneses estaban dispuestos a rendirse y si no lo habían hecho ya era únicamente porque pretendían encontrar una fórmula verbal que les permitiera conservar a su emperador como monarca constitucional —idea escasamente popular entre la ciudadanía norteamericana: según ciertas encuestas de la época, la tercera parte de los estadounidenses habría preferido la ejecución sumarísima de Hirohito—. También existe consenso en que las dos razones principales para lanzar la bomba eran poner fin a la guerra antes de que la Unión Soviética pudiera intervenir en Oriente, pasando con ello a convertirse en nación beligerante en el Pacífico —con las consiguientes demandas territoriales que eso acarrearía—, y sobre todo hacer una demostración de fuerza para impresionar a Moscú, que tomaría buena nota de la potencia nuclear de los aliados occidentales y, en vista de ello, se mostraría más dispuesta a atender los intereses occidentales en la posguerra. [9]
Las últimas investigaciones demuestran también que la decisión de usar la bomba estaba en manos de un número reducido de personas y que algunas de esas personas se esforzaron por ocultar sus verdaderos motivos —se han encontrado «pruebas irrefutables de mentiras manifiestas»—, mientras en público defendían lo que no era más que un mero pretexto: el lanzamiento de la bomba salvó la vida a muchos norteamericanos y japoneses. [10]
* * * *
Las poco edificantes maniobras que condujeron a la decisión de utilizar la bomba atómica contra Japón no son, sin embargo, el tema principal de este libro. Esta obra se centra en los años anteriores, en el período de la guerra en que algunos descubrieron que la razón original para fabricar el artefacto —la convicción de que los científicos de Hitler también se proponían hacerlo— carecía de base real. Pero el bando aliado no supo gestionar ese descubrimiento y los servicios de inteligencia no quisieron compartirlo. Al contrario, las mismas personas que luego confundieron al mundo sobre las verdaderas causas de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki se encargaron de ocultarlo. Tras una lectura atenta de los últimos archivos desclasificados —de distintos países: Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania, Dinamarca, Rusia—, esta obra ofrece una nueva cronología, o un nuevo relato, de la fabricación de la bomba atómica, y demuestra que, de haberse puesto en común importantes informaciones y datos secretos sobre la investigación atómica —como fácilmente debería haber sucedido—, ni habría sido necesario fabricar el artefacto ni el mundo se habría visto empujado al precario y amenazante equilibrio en que todavía se encuentra. No todos compartían la opinión de James Chadwick, para quien en cuanto la bomba fuera factible sería también inevitable. Se cometieron muchos errores —y se contaron muchas mentiras— con el único fin de legar al mundo un arma que en realidad no era necesaria.
En el corazón de esta historia se encuentran dos personas, Niels Bohr y Klaus Fuchs, que, cada uno desde un punto de partida muy distinto, anticiparon que la bomba amenazaría con cambiar el mundo de la posguerra y no se quedaron de brazos cruzados. Uno no consiguió nada, pero el otro sí.
Este libro aborda sin pudor el hecho de que, en cuanto supieron que la bomba se podía fabricar, algunas personas se aseguraron de que se fabricara. Tanto Bohr como Fuchs temían esa inevitabilidad, pero al mismo tiempo sabían que, en época de conflicto armado, más que en ninguna otra, el tiempo es crucial. En las guerras, los hechos —susceptibles, además, de causar muchas muertes— se suceden a gran velocidad, y con la misma celeridad hay que tomar decisiones importantes de consecuencias imprevisibles. En tales circunstancias, como demuestra este libro, hasta lo que se antoja inevitable puede no necesariamente serlo.
La historia secreta de la fabricación de la bomba atómica —que es, en esencia, el tema de este libro— nos deja la ineludible conclusión de que tanto los estadounidenses como los franceses, los alemanes y los británicos cometieron una serie de errores cruciales y contaron una larga serie de mentiras con el resultado de que el mundo entró dando traspiés, o directamente metiendo la pata, en la era nuclear, cuando, para colmo, era del todo innecesario. Había en marcha una guerra mundial encarnizada y con mucha frecuencia muchos individuos hacían algo con la mano derecha sin saber exactamente lo que estaba haciendo la mano izquierda. Todos estaban inmersos en una lucha a vida o muerte, pero muy pocas personas tenían acceso a la información que habrían necesitado. A partir, sin embargo, de las pruebas de que ahora disponemos, resulta fácil concluir que, si otros hubieran ocupado determinados puestos clave y esas personas hubieran compartido la información de que disponían, los principales actores de esta historia bien podrían haber comprendido que no había ninguna necesidad de fabricar una bomba atómica y todos nos habríamos ahorrado la vida al borde del precipicio que hoy llamamos paz.
* * * *
Las armas nucleares siguen ocupando un lugar tan estresante en nuestra vida como siempre. Han transcurrido más de setenta años de Hiroshima y los controles sobre el empleo o la difusión de esta munición terrible no parecen más comunes ni mejores. Hoy hay en el mundo 9.500 cabezas nucleares que, según los científicos, servirían para destruir el planeta más de cien veces. [11] Es una situación tan absurda como peligrosa y, tras lo ocurrido recientemente en Irán y Corea del Norte, los riesgos quizá sean mayores.
Al establecer una nueva cronología de la invención de la bomba atómica, que en ciertos aspectos importantes se aparta de la ortodoxa, mi temor es dar pie a conclusiones demasiado fáciles cuando el mundo ya no es el mismo.
En cualquier caso, hay una observación que merece la pena hacer porque subraya la gravedad de las nuevas circunstancias a las que ahora tenemos que hacer frente.
Los personajes principales de esta historia —los presidentes Roosevelt y Truman, Vannevar Bush y el general Leslie Groves, que contribuyeron a poner en marcha y luego dictaron las directrices del programa de la bomba atómica en el bando estadounidenses, y el primer ministro Winston Churchill, el ministro del Tesoro sir John Anderson y James Chadwick, descubridor del neutrón, que hicieron lo mismo del lado británico— eran complejos hombres de mundo, personas maduras, muy inteligentes y con una enorme experiencia, estaban extraordinariamente bien informados y habían conseguido ya diversos logros prácticos que habían servido para mejorar la vida de millones de personas. Comparados con nuestros líderes de hoy, eran gigantes.
Y sin embargo cayeron en el error de fabricar la bomba atómica. Entre todos, y tras convencerse de que actuaban impulsados por los motivos más elevados, nos empujaron a un mundo en el que podríamos no haber entrado. Lo cual nos lleva al argumento de Heisenberg: si los científicos hubieran sabido lo que los servicios de inteligencia y los señores de la política averiguaron en el camino de Hiroshima, ¿habrían seguido adelante con la fabricación de la bomba? El lector extraerá sus propias conclusiones a partir de las pruebas que expone este libro. El desastre de la bomba atómica es una historia aleccionadora que, por encima de todo, subraya el hecho de que, ahora como entonces, las reacciones en cadena entre las personas son incluso más decisivas que las fuerzas inmensas de la física nuclear.