jueves, 22 de enero de 2026

"LA VIRGEN DE LA TOSQUERA": UNA ADVOCACIÓN ADOLESCENTE Y MALIGNA

Este artículo ha sido tomado de la excelente revista "Letras libres" de México. CESAR H BUSTAMANTE

La película de Laura Casabé, basada en cuentos de Mariana Enriquez, hurga en una pregunta misteriosa: ¿qué puede mortificar a una adolescente?.

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21 enero 2026




Al comienzo de Las vírgenes suicidas, tanto la novela de Eugenides como la película de Coppola, una de las hermanas Lisbon, Cecilia, intenta suicidarse. El psiquiatra, al verla en el hospital, le pregunta: “¿Qué haces aquí, guapa? Si todavía no tienes edad para saber lo mala que es la vida”. Cecilia le responde, filosa: “Obviamente, doctor, usted nunca ha sido una niña de trece años”. Desde que vi la película –y después, enfebrecido, devoré la novela en un par de días–, esa respuesta me ha parecido fascinante. Pocas líneas logran condensar de esa forma el misterio de la adolescencia femenina.

Además de la coincidencia titular, algo hay de Las vírgenes suicidas en la más reciente película de la cineasta argentina Laura Casabé, La virgen de la tosquera, basada en el cuento homónimo de Mariana Enriquez y en uno más, “El carrito”. Ambas películas intentan recrear una época pasada: aquella, los años 70; esta, los tempranos dosmiles. Ambas hurgan hasta la lesión en la misma interrogante: ¿qué puede mortificar a una niña adolescente? Y ambas proponen una respuesta similar: el mundo, la familia, las amistades y, sobre todo, por supuesto, cómo no, los chicos.

La virgen de la tosquera relata un verano en la vida de un grupo de adolescentes de la provincia argentina: Natalia –la debutante Dolores Oliverio, de una feroz vulnerabilidad–, adolescente que se enamora perdidamente de Diego –el joven Agustín Sosa, sensacional en su banalidad–, quien a su vez está prendado de Silvia –la mexicana Fernanda Echevarría–. Completan la pandilla Josefina y Mariela, amigas cercanas de Natalia que comparten su ansiedad por debutar sexualmente. Este verano iniciático está cruzado por un calor asfixiante, los apagones constantes, la comunicación vía el primitivo ICQ, los chapuzones en la alberca y en la tosquera, los audífonos compartidos en el bondi, los primeros tanteos eróticos, todo observado a través de la lente del mexicano Diego Tenorio –Tótem, Autos, mota y rocanrol, Malvada–, que parece a punto de derretirse ante el ardor de aquella Argentina incandescente.

Natalia, pues, se enamora de Diego, pero Diego está más interesado en Silvia, que les lleva unos años y parece una mujer de mundo, que ha viajado, que fuma mariguana, que conoce a músicos y cadeneros, que tiene una colección de discos en su casa, que además es su propia casa, donde vive sola y donde el grupo se la pasa fumando y escuchando. Natalia se masturba en la tina, acaso fantaseando con Diego. Le mezcla una bebida con su sangre menstrual, como queriendo amarrarlo, y cuando se percata de que su deseo no es correspondido, recurre a las artes oscuras de su abuela, Rita –la gallega Luisa Merelas–, que sin tanta pompa y aún menos circunstancia realiza un inadvertido hechizo para alejar a la indeseada Silvia. No es clara Casabé –y digo esto como una virtud– respecto a si este gesto es el que desata el posterior pandémonium; en realidad, no sabemos qué es exactamente lo que detona los atributos psíquicos de Natalia.

Y no lo sabemos porque no tenemos que saberlo: en el mundo de Casabé –y en el de Enriquez, todo sea dicho–, lo sobrenatural es más bien cotidiano, a veces oblicuo, muchas veces ambiguo. En este mundo, la brujería sucede espontáneamente, como parte de la vida diaria en un continente que ha amasiatado el catolicismo con los rituales presuntamente paganos. Aprecio este rasgo: a diferencia de muchos ultras del género, lo que me importa del horror no es su grado de intensidad –los sustos, los monstruos, la sangre– sino la historia que se cuenta. El exorcista no es una gran película porque haya sustos, demonios o vómitos, sino porque es una película sobre la enfermedad de una hija y el viacrucis de su madre.

De forma análoga, La virgen de la tosquera no es notable porque Natalia exhiba crecientes poderes sobrenaturales, ni porque estos poderes deriven en episodios cada vez más sanguíneos, sino porque son una materialización de su rabia adolescente, de sus mezquinos celos y su infantil envidia. Acorralada por la convivencia en casa, donde tanto el novio de la abuela como la abuela la juzgan, y por la vida en su barrio, donde se va el agua y un pestilente carrito de basura hiede abandonado en la calle afuera de su casa –atinadísima subtrama que adapta el cuento “El carrito” como parte de una atmósfera opresiva–, la maldad durmiente en Natalia despierta, cual evocación de Carrie, tanto la novela de King como la película de De Palma. No es fácil filmar a una adolescente controlando cosas con su mente y cineastas dotados no han logrado salir adelante del reto; Casabé y su protagonista sortean el obstáculo con una escalofriante precisión.




El cierre de la película, con una conversación tan incómoda como tensa seguida de una brutal secuencia donde la rabia de Natalia toma forma física, es una catarsis emocional de imágenes y sonidos memorables: el descubrimiento de esa figura carmesí; los acercamientos extremos a los rostros sudorosos, ensangrentados; la sangre que se diluye en el agua de la tosquera. “Estás re crazy, Nati”, le dice una de sus amigas a Natalia, un parlamento que destila la esencia misma de La virgen de la tosquera. Porque Casabé no está interesada ni en la redención ni en la moraleja; no pretende que la potencia de su protagonista emane de los buenos sentimientos, sino de su lado más oscuro. Natalia es la materialización del enigma femenino que formulaban Eugenides y Coppola: no un don ni una maldición sino una manifestación del poder adolescente que postula que a los trece, a los catorce, a los quince años claro que se puede saber, con una claridad prístina y dolorosa, lo mala que es la vida. Y, por lo mismo, también es posible vengarse de sus agravios con una ira temible, maligna, sobrenatural. 



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