jueves, 5 de febrero de 2026

CONTRA LA PARED: EL TEATRO DE ANDRÉS CAICEDO Por Sandro Romero Rey

  



PRESENTACIÓN

Bachiller/actos

 En los años sesenta, no eran muchos los escenarios en la ciudad de Cali. El antiguo Teatro Isaacs se había convertido en una sala de reestrenos de cine. El Teatro Municipal era el “templo” donde se presentaban los espectáculos de amplio reconocimiento. Complementaban el panorama territorios como el Teatro al Aire Libre “Los Cristales”, la sala Beethoven, la sala Julio Valencia, el llamado “Gimnasio Cubierto” (luego conocido como “Gimnasio Evangelista Mora”), el naciente Teatro Experimental de Cali, y pare de contar. Lo que sí había (y muchos) era “auditorios” en universidades y colegios. Buena parte de la movida escénica colombiana de los años sesenta/setenta se gestó en dichos espacios, antes de que aparecieran los llamados “espacios no convencionales”. Luis Andrés Caicedo Estela (Cali, 1951-1977) comenzó su fascinación por la literatura a muy temprana edad (sus primeros escritos se remontan a 1966) y la complementó con su experiencia teatral. Pero Caicedo no solo se interesó por la dramaturgia sino, de manera empírica e impaciente, por la puesta en escena. Y fue en 10 los años de sus estudios secundarios donde desarrolló sus primeros entusiasmos teatrales. El tema de sus obras es el del colegio, el de la educación como territorio de la represión, de la soledad y de la incomprensión. Su batalla, su rebeldía, la fustigó como un precoz y feroz hombre de teatro. Nunca pudo adaptarse a la educación formal* y la mejor manera de estallar, de salir de los límites estrechos del salón de clases era a través de la trasposición de la realidad, convirtiendo la vida en un instrumento de la representación. Pero un instrumento de venganza. Un acto de abierta provocación, donde estuvo siempre en tela de juicio con su entorno, donde el joven autor se iba lanza en ristre contra las buenas conciencias y, apoyado en el teatro del absurdo, en el distanciamiento y en sus propios demonios interiores, se encargó, entre 1966 y 1972, de armar una obsesiva barricada de rebelión contra un orden que nunca soportó. Pero ¿qué quedó de la batalla teatral de Andrés Caicedo? 

La breve eternidad 

El acto de la representación desaparece después de los aplausos. Una vez que el público se ha ido, cuando los actores se quitan el maquillaje, si es que alguna vez lo han usado, cuando salen del espacio de las convenciones, la  11 danza, el performance, el happening, en fin, el escenario, ya no existe sino en la memoria de quienes lo inventaron y en la conciencia de aquellos que fueron testigos. Una broma de otros tiempos afirmaba que, de las puestas en escena, solo quedaban los afiches, los programas de mano y las fotos. Hoy por hoy, el paisaje digital intenta aproximarse a la experiencia directa de la manera más fiel, pero la regla está dispuesta en la relación entre el espectador y los actores. Cuando una cámara se interpone en la mitad, la convención desaparece. El teatro hay que reinventarlo para las pantallas, de tal suerte que la impostura parezca real. Quizás por ello, en otras circunstancias, donde los oficios marcaban las fronteras de sus respectivos territorios, los hombres y las mujeres del teatro guardaban prudente distancia con aquellos que sobrevivían gracias al cine o la televisión. Esta diferencia, con contadas excepciones, ha desaparecido. 

Sin embargo, hay momentos en la historia del teatro en los que a investigadores y curiosos les hubiera gustado que las cámaras registraran representaciones definitivas. ¿Dónde estaban los lentes cuando el joven Andrés Caicedo puso en escena sus obras de teatro? Todavía no se sabe muy bien el momento en el cual Caicedo comenzó a interesarse por el mundo del arte. Se supone que su fascinación inicial se dio por los libros que devoraba desde su primera infancia, pero fue en los claustros escolares cuando descubrió su interés por la representación de historias. Con el paso del tiempo, la figura de Caicedo ha ido convirtiéndose en una suerte de mito juvenil colombiano, centrado en su interés descomunal por la narrativa y el cine. Gracias a los libros El atravesado, ¡Que viva la música!, 12 Angelitos empantanados o historias para jovencitos, Destinitos fatales, Berenice, Calicalabozo, Noche sin fortuna, El cuento de mi vida, Mi cuerpo es una celda, El libro negro u Ojo al cine, se ha construido la leyenda de su genio. El cine, por su parte, ha hecho de las suyas, en especial, gracias a los documentales gestados por Luis Ospina (Cali, 1949 / Bogotá, 2019): Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (1986), Cali: ayer, hoy y mañana (1995), Todo comenzó por el fin (2015), sumándole la recuperación que el mismo Ospina hizo de la única entrevista filmada con Caicedo para el programa de televisión Páginas de Colcultura (Juan Gustavo Cobo Borda, 1977), la reconstrucción del video denominado Angelitos empantanados: historias para jovencitos (Andrés Caicedo y Eduardo “la Rata” Carvajal, 1974) o de la película Angelita y Miguel Ángel (Andrés Caicedo y Carlos Mayolo, 1971)* . Los años han pasado y Caicedo ha trascendido sus propios límites para convertirse en materia de estudio: con traducciones de sus libros (al inglés, francés, italiano, alemán, portugués, finlandés), cientos de tesis universitarias, diversas experiencias audiovisuales, tanto colombianas como  extranjeras, sin contar programas de radio, fiestas, grafitis y demás homenajes que lo han convertido en una suerte de ícono eternamente juvenil. 

Si se quiere entender el fenómeno, hay que remontarse a los orígenes y encontrar que no solo la literatura fue la fuente de donde bebió el joven Andrés en el Cali exultante de mediados de la década del sesenta, sino que un rayo de fascinación se atravesó en su cerebro creador cuando descubrió las posibilidades del teatro. ¿De dónde nació su entusiasmo? Existía, en la capital del departamento del Valle del Cauca, “Bellas Artes y Extensión Cultural del Valle”, donde se destacaba el Teatro Escuela de Cali que, en 1968, armaría tolda aparte, para convertirse en el Teatro Experimental de Cali (tec) bajo el liderazgo de Enrique Buenaventura (Cali, 1925-2003). Cuando Andrés adelantaba sus estudios de secundaria, el tec montaba obras del repertorio clásico. Pero, al mismo tiempo, se consolidaban en la ciudad tanto los Festivales de Arte (dirigidos por la actriz y promotora argentina Fanny Mikey) como los Festivales de Arte de Vanguardia, donde los nadaístas y, en especial, la Casa de la Cultura de Bogotá, dirigida por Santiago García, traían a Cali los primeros montajes de los autores de las vanguardias europeas y norteamericanas. Es preciso recordar que la Casa de la Cultura (luego conocida como el Teatro La Candelaria) se fundó en 1966. Y mientras el tec ponía en escena Edipo rey, de Sófocles (dos ver- 3) 14 siones: 1959 y 1965), la Casa de la Cultura se arriesgaba con la versión de Soldados, a partir de la novela de Álvaro Cepeda Samudio, sumándole a los esfuerzos que Santiago García había hecho para poner en escena memorables versiones del teatro de Bertolt Brecht, en especial, Galileo Galilei, que se presentaría en Cali, en el Teatro Municipal en 1965* . El entusiasmo de Caicedo por la literatura se combina con su interés hacia las artes escénicas, como una manera viva y palpitante de lanzar ideas desesperadas a los espectadores. En sus archivos se encuentra un primer texto teatral titulado Las curiosas conciencias (incluido en el presente volumen), el cual se remonta a 1966, pero no se tiene una referencia precisa de su montaje. En el documental Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (1986), de Luis Ospina, el amigo de la infancia Carlos “Charlie” Pineda habla de una obra titulada Los oscuros desahogos, de la que, hasta el momento, no aparece ninguna versión. En realidad, las obras significativas de Caicedo se remontan a 1967, cuando Andrés tiene 16 años. Los mejores recuerdos de esta época han sido escritos por uno de los mejores cómplices del autor en sus aventuras teatrales y cineclubísticas: el historiador Ramiro Arbeláez, quien, en el prólogo del libro Memorias de una cinefilia (Andrés Caicedo, Carlos (4) Mayolo, Luis Ospina) (2015) y en el artículo titulado La habitación del amigo (publicado en el número 137 de 2017 de la revista Arcadia) hace una certera evocación del entusiasmo del joven Caicedo por el teatro. Arbeláez es enlistado por el autor y director para actuar en la obra El fin de las vacaciones, comenzando el año 1967. La puesta en escena (donde compartían los roles el mismo Caicedo, Ramiro Arbeláez y Nicolás Méndez) fue prohibida por los Hermanos Maristas, impidiendo que se representara en el Día de la Madre. El discurso nihilista de la obra no estaba para ser “entendido” por los estudiantes, y mucho menos por los padres de familia. Ramiro y Andrés no se dieron por vencidos. Acto seguido, se empeñaron en representar la obra Los imbéciles están de testigo, que Caicedo quería “estrenar” en una fiesta de adolescentes en su casa. Los padres de Andrés impidieron la representación, por el alto volumen de la música y porque las jovencitas asistentes iban a llegar en minifalda. La obra se presentó, para pocos testigos, en un lote frente a los talleres de Chipichape, en el norte de Cali. Pareciera que “la censura” se imponía en los intentos precoces de Caicedo. Por fortuna, según cuenta Arbeláez, “el triunfo” se impuso un año después, cuando el joven autor puso en escena la obra de su propia autoría titulada La piel del otro héroe y se ganaron el premio a la mejor dirección en el iii Festival de Teatro de Cali. En esa ocasión, uno de los jurados era Enrique Buenaventura. 

Andrés no se daría por vencido con sus provocaciones. Su nueva obra original, titulada Recibiendo al nuevo alumno, fue presentada en el Paraninfo de la Universidad del Cauca, en la muy tradicional ciudad de Popayán, de donde era oriundo su padre. El escándalo no se hizo 16 esperar (la obra, como lo comprobará el lector de este volumen, es una feroz crítica a las instituciones educativas, representada por jovencitos que se encargaban de organizar la rebelión en las mismas fauces del recato). Para Caicedo era muy importante sacudir los cimientos de su propio entorno. Provocarlo, escandalizarlo, timbrarlo. Muy en el fondo, pensaba que podría “cambiar su mundo” con el teatro. Al menos eso intentó hasta 1972. Según el amigo, actor y cómplice Jaime Acosta, Recibiendo al nuevo alumno formaba parte de una saga conocida inicialmente como Los diplomas* .  Pero ¿de dónde venían las herramientas escénicas de Andrés Caicedo? 

Cali no era una ciudad ingenua. En esos momentos, la actitud del tec tomó tintes radicales. En 1967, tras el montaje de La trampa, el grupo es expulsado de Bellas Artes y comienza no solo la búsqueda de una nueva sede, sino de un repertorio más acorde con los nuevos tiempos. Un año después nace la serie titulada Los papeles del infierno, de Buenaventura, y Soldados, según la versión inicial de Carlos José Reyes. Atrás habían quedado los Festivales de Arte fundados por Fanny Mikey y Pedro Martínez, quienes desarrollaron una intensa labor de formación de público entre 1961 y 1965. Dichos festivales * El 23 de abril de 1997 el Teatro Matacandelas de Medellín estrenó una obra con ese mismo título, donde mezclaban textos de Recibiendo al nuevo alumno, el relato Maternidad, la novela juvenil La estatua del soldadito de plomo y dos versiones de la homónima Los diplomas. El Teatro Matacandelas ya había incursionado en el universo caicediano en la puesta en escena titulada Viaje compartido (1988) y, sobre todo, en su exitosa versión de Angelitos empantanados o historias para jovencitos (1995) con más de veinte años en repertorio. 17 continuaron, entre 1966 y 1970 (dirigidos por Maritza Uribe, Martha Hoyos y Gloria Delgado), pero la actitud de los grupos de teatro, no soplo de Cali sino del país, era abiertamente contestataria. En ese ambiente, Caicedo descubre, en primer término, el llamado “teatro del absurdo” y, en particular, a Eugène Ionesco, de quien toma prestado el texto de la obra La cantante calva y realiza una versión que no pone en escena. La que sí monta, en 1969, es una adaptación de Las sillas que, de nuevo, tiene positivos reconocimientos en los festivales estudiantiles. El año 69 es una época especialmente prolífica para Caicedo. No solo escribe una buena cantidad de sus mejores cuentos* , sino que empieza a interesarse por lo que sucede en el Teatro Experimental de Cali. El grupo se ha instalado en una sede en la calle séptima con carrera octava, en el centro de la ciudad, a tres cuadras del Teatro Municipal**. 

Siguiendo las narraciones de Ramiro Arbeláez, en el segundo semestre de 1969 Caicedo se vincula a la Universidad del Valle, como director de un grupo de teatro. Se deciden por hacer una versión de La noche de los * Caicedo, Andrés. Todos los cuentos. Edición a cargo de Sandro Romero Rey. Seix Barral. Bogotá, Colombia, 2021. ** Terminado su bachillerato, según testimonio de Rosario Caicedo, Andrés se presentó a la Universidad del Valle a Filosofía y Letras, y pasó los exámenes, pero no quiso ingresar. Prefirió entrar al tec de Buenaventura. 18 asesinos, del cubano José Triana* . En esa experiencia trabajaría Arbeláez, junto a Jaime Acosta (quien un par de años después sería el actor protagónico de la película Angelita y Miguel Ángel) y a la joven Sonia Montero. La asistencia estuvo a cargo del estudiante de arquitectura (al igual que Acosta) Jimy “el Che” Carrillo. La obra se estrenó en el Teatro Municipal de Cali, donde llenaron la sala en sus tres representaciones. Luego, hicieron una función en el colegio femenino del Sagrado Corazón y, en junio de 1970, viajarían a Bucaramanga, donde presentarían la obra en el Seminario Nacional de Teatro Universitario que tuvo lugar en la Universidad Industrial de Santander. Allí Caicedo entraría en estrecho contacto con Enrique Buenaventura y, poco tiempo después, ingresa al tec como actor en la obra Seis horas en la vida de Frank Kulak (escrita por Buenaventura)**. Según cuenta el dramaturgo y director, la tartamudez de Caicedo desapareció en escena. 

La experiencia en el grupo lo llena de entusiasmo, pero pronto la necesidad de liderazgo del joven creador * ** . De su paso por el tec, quedó también su conocimiento del marxismo. “Después de conocer el marxismo, uno no puede volver a dormir tranquilo”, aseguraba. Lo interesante de este período es la idea que Caicedo tiene de las adaptaciones teatrales. No es seguro que el joven escritor siguiese las ideas de Buenaventura en este aspecto, pero, desde la herencia brechtiana, los dramaturgos “prestaban” sus argumentos de otros referentes y la idea del autor único se diluía. De allí que Andrés no tuviese ningún reparo en hacer sus propias versiones de Ionesco o José Triana con obras que poseían temáticas similares a La piel del otro héroe o Recibiendo al nuevo alumno. Desde este momento, se puede sentir una suerte de corpus en las producciones de Caicedo, tanto en el teatro como en sus primeros escritos sobre el cine. Andrés no era un crítico, en el sentido estricto de la palabra, sino un recreador de universos cinematográficos a través del entusiasmo de su frenético impulso (7) El Cine Club de Cali comenzó sus proyecciones en el Teatro San Fernando, al sur de la ciudad, el 10 de abril de 1971, con un ciclo de Jean-Luc Godard. Para esa época, Caicedo ya no estaba en el tec. 20 literario. Baste comparar sus relatos de la época (El espectador, Los mensajeros) con sus críticas (Más corazón que odio o Trenes rigurosamente vigilados) para encontrar que los textos encuentran sus puntos de conexión gracias a los mecanismos de la ficción.

 A todos ellos se debe sumar la identidad inconfundible tanto de sus adaptaciones teatrales como la de sus obras originales para la escena. Por otra parte, se suma a sus indagaciones un elemento no menos importante: sus lecturas. No solo de la narrativa universal, sino del naciente boom de la narrativa hispanoamericana. Obsesionado por retratar los mundos juveniles, Caicedo tendrá especial entusiasmo por la obra de Mario Vargas Llosa y, en particular, por sus libros sobre temas generacionales. Es decir, la colección de cuentos Los jefes (1959), la novela La ciudad y los perros (1962) y el extenso relato titulado Los cachorros (1967)* . El estímulo que provocó la obra de dicho autor en sus pesquisas creativas dio como resultado que se lanzara a uno de sus tantos proyectos “imposibles”: adaptar al teatro La ciudad y los perros. Caicedo culminó una secuencia dialogada de noventa páginas que, tiempo después, Jaime Acosta intentaría poner en escena en Bogotá, sin llegar a feliz término. Dicha versión Andrés la tituló Los héroes al principio y la publicamos, en su versión integral, por primera  . Su evidente entusiasmo por la obra de “Marito” Vargas Llosa está manifiesto en la dedicatoria de su relato El atravesado, de 1975. De comienzos de la década del setenta también data su versión de La muerte de Bessie Smith, a partir de un texto de Edward Albee. Esta versión nunca se llevó a escena. Y, para completar la lista, Caicedo hizo una adaptación de Fastos del infierno y El escorial, de Michel de Ghelderode, en un libreto titulado Juan en el desierto. Otro ambicioso sueño que se quedó en el papel.

 Pero vendría lo mejor. Cito un fragmento de mi libro Memorias de una cinefilia: “Finalmente, en 1972, Andrés se sumerge en la escritura y puesta en escena de El mar, su definitiva obra maestra para las tablas, basada en The Caretaker, de Harold Pinter, Narración de Arthur Gordon Pym,de Edgar Allan Poe, y Moby Dick,de Herman Melville. Pocas funciones se hacían de las obras montadas por Caicedo y El mar no fue la excepción. Algunos dicen que sobre su teatro había caído una especie de particular maldición. Luego de varios meses de encierro, de El mar se hizo un ensayo general con público, algunas funciones en Univalle** y una presentación en el patio principal de la (9).   En la mitad de la función, Andrés se desesperó (como Treplev, el personaje de La gaviota, de Chéjov) porque el público hacía demasiado ruido en los pasillos(10). Impaciente, les dijo a los actores que suspendieran. Hasta allí llegó la actividad teatral de Andrés, quien, en compañía de sus amigos Ramiro Arbeláez y Jaime Acosta, había puesto todo su empeño en decir cosas en las tablas. De allí en adelante, su aventura teatral terminó concentrándose en el trabajo cinematográfico, como crítico, como realizador (es la época del rodaje de Angelita y Miguel Ángel) y como guionista en ciernes. Su interés por el cine ya comienza a manifestarse en El mar, pues se trata de una pieza no alegórica, sino de atmósfera, en apariencia, realista. Allí se introduce incluso un proyector que arregla uno de los personajes, con el que se encierran para siempre a ver películas”* . Tras la aventura de El mar, Caicedo pareciera que abandonase el teatro. En efecto, su vida se concentra en el cine y, en 1973, viaja a los Estados Unidos, en una loca carrera por entrar, desde la retaguardia, en la industria del llamado “séptimo arte”. Su hermana Rosario, quien se encontraba estudiando en Houston, lo acoge y escribe en su apartamento dos extensos guiones para largometraje: La estirpe sin nombre y La sombra sobre Innsmouth. El primero de ellos es traducido por Rosario y el segundo lo traslada al inglés, gracias al apoyo de un amigo cubano. Una tercera historia, el tratamiento de un wéstern, también se queda en el papel*(11) . La teatralidad parece haber desaparecido de los impulsos creativos de Caicedo. No obstante, hay en estos guiones una secreta fascinación por la literatura gótica y por ciertos ambientes claustrofóbicos que, de manera lejana, se emparentan con las obsesiones de los personajes marginales de El mar. 

De sus guiones Angelita y Miguel Ángel, No me desampares ni de noche ni de día (punto de partida para la opera prima, de Carlos Mayolo, Carne de tu carne, realizada en 1984), Un hombre bueno es difícil de encontrar y Va a venir visita (11) .De cierta manera, la conexión entre el teatro y el cine en Caicedo se encuentra en estos guiones, únicos en la historia del audiovisual argumental colombiano. El tiempo pasó con el trágico final que la leyenda de Andrés Caicedo ya conoce. Decepcionado, regresó a Colombia y se entregó al Cine Club de Cali y a la autodestrucción. Publicó El atravesado en 1975 y en 1977, después de fracasar en un concurso y de ilusionarse en vano con ediciones mexicanas, venezolanas, uruguayas o argentinas de sus obras, apareció ¡Que viva la música!, editada en 1977 por el Instituto Colombiano de Cultura, gracias al olfato del poeta y gestor Juan Gustavo Cobo * Esta tercera aventura cinematográfica se llama Los amantes de Suzie Bloom y es adaptada en animación dentro del documental Noche sin fortuna, realizado en Argentina por Francisco Forbes y Álvaro Cifuentes. ** También conocida como Ladrones y policías. Andrés Caicedo escribió los diálogos. La idea es de Carlos Mayolo y el guion de Luis Ospina. 24 Borda. Caicedo se suicidó el 4 de marzo, horas después de recibir por correo el primer ejemplar del libro, el cual saldría a la venta algunos meses después. 

Pero ¿qué pasó con su dramaturgia? A nivel editorial, la Universidad del Valle publicó dos volúmenes con sus obras. Ambas tienen prólogo del docente y director Mauricio Domenici* (13). Pero la historia post mortem del teatro de Caicedo comenzó mucho antes. Iniciando la década del ochenta, se hicieron las primeras adaptaciones de sus textos literarios. La primera adaptación importante fue el extenso monólogo del actor Julio Ardila (conocido en el medio teatral colombiano como Julio Pilas) de El atravesado. Fragmentos de este monólogo se pueden ver en el documental Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (1986), de Luis Ospina (14).  La primera fue una incursión de El atravesado, un monólogo interpretado por Jhony Acero (…) Después abordó Los diplomas, con dramaturgia de Cristóbal Peláez (…). Después vino Todo tiene su final, con Douglas atreviéndose a elaborar su propia dramaturgia a partir de las cartas consignadas en El cuento de mi vida y de recuerdos de adolescencia del propio director; como cuando Andrés les leyó, en una noche de rumba, La ciudad y los perros…”. Ver: González Puche, Alejandro, “Una historia con presente”. En: Cuadros, Juan Carlos; Domenici, Mauricio y González Puche, Alejandro, Campus escénico. Programa Editorial Universidad del Valle. Cali, 2012. Pág. 60. 25 diantiles. Pero fue el Teatro Matacandelas de Medellín el que inauguró la fiesta teatral caicediana, con su adaptación del libro Angelitos empantanados o historias para jovencitos en 1995. Este montaje no solo es uno de los trabajos clásicos de finales del siglo xx en Colombia, sino que se trata de un ejemplo único de cómo se puede traducir un texto de hondas raíces literarias para la escena.

 En primera persona 

Nunca vi el montaje de El mar. No hubo cámaras que lo registrasen, salvo las fotos salvadoras que hizo el actor Diego Vélez del tec. Ramiro Arbeláez cuenta los detalles de su puesta en escena en el prólogo a mis Memorias de una cinefilia. Sin embargo, una suerte de acontecimientos casuales me llevaron a sumergirme en sus aguas. Cuatro años antes de que se acabara el siglo xx, luego de haber realizado un trabajo con los actores Dubián Gallego y Carlos Franco, en la Academia Superior de Artes de Bogotá (hoy Facultad de Artes-asab de la Universidad Distrital “Francisco José de Caldas”) para la Académie des Théâtres de France sobre la obra de Bernard-Marie Koltès, decidimos reunirnos y poner en escena un proyecto imposible: resucitar El mar.

 Durante la década del ochenta, me había obsesionado en la tarea, junto a Luis Ospina, de organizar toda la obra inédita de Andrés. El resultado fue el descubrimiento, no solo de miles de páginas demoledoras, sino que entre ellas apareció para nosotros el libreto de El mar (con el dibujo “de un barco zozobrando”, realizado por su autor). Y, para completar la dicha del curioso, nos encontramos un cuaderno escolar con toda su versión manuscrita. La obra de 26 Caicedo, como lo seguí constatando en la medida en que ahondaba en ella, es más adictiva de lo que parece. Poseído por el entusiasmo, desconcertado por la indudable maestría de El mar, decidí lanzarme a sus profundidades, aún sin contar con una clara tabla de salvación. Nos propusimos (Dubián, Carlos y yo) hacer un montaje fiel al texto de Caicedo, incluso corriendo el riesgo de aburrir al espectador como, sospechamos, el director intentaba. Tras varios meses de trabajo, la obra se estrenó el 6 de junio de 1996 en la Casa del Teatro Nacional de Bogotá, en una primera temporada de un mes.

 El montaje de El mar significó para mí, desde otro ángulo (el de la escena), la recuperación de una obra acabada y definitiva para la comprensión integral del trabajo de Caicedo. En ella se reúnen todos sus fantasmas y sus obsesiones (el cine, la literatura sobre el mar, Cali, el absurdo, el viaje al pozo sin fondo de la perdición, el humor, el mundo de los sueños, la noche sin fortuna). En su confrontación con el público, este trabajo demostró ser un encuentro con formas teatrales ricas y complejas, y sirvió para el descubrimiento de un autor, muy particular, sobre las tablas. Pero lo más interesante fue la complicidad física con el público de Andrés Caicedo. Podíamos notar el “reciclaje” generacional, en unos espectadores muy jóvenes, entusiasmados por los acertijos de su obra. El montaje estuvo en dos temporadas en la Casa del Teatro Nacional de Bogotá, una en el Teatro La Candelaria, una en el Teatro Los Ladrillos, una en Medellín, una invitación al Festival de Teatro de Manizales y muchas funciones para universidades y colegios. Como dato curioso, en casi cien representaciones, solo fuimos dos veces a Cali. En una de las 27 funciones, en el Teatro Jorge Isaacs, los organizadores se fugaron con la plata de la taquilla. Nadie es profeta en su tierra y menos cuando se lleva la maldición de El mar a Cali. La obra se montó con dos elencos: Dubián Darío Gallego, quien hacía el doble rol de Jesús y Jacinto, y Carlos Franco, quien hacía el rol de José. En el año 99, Carlos Franco fue remplazado por el actor Rodrigo Candamil. 

Pero volvamos al tema de las versiones. El mar se consideraba una “adaptación” de The Caretaker, de Harold Pinter. Cuando se editó en Francia, me preguntaron si había que pagarle derechos de autor al Premio Nobel de Literatura. Les expliqué que el nombre de Pinter era más un homenaje que otra cosa. Si se comparan las dos obras, nos daremos cuenta de que el único elemento en común es el del encierro y la convención de los tres personajes. El resto forma parte de los exclusivos fantasmas de Caicedo. De hecho, toda la segunda parte, en la que empieza el delirio de Jacinto por adaptar, en su cripta particular, Narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, y Moby Dick, de Herman Melville, es quizás el principal logro de la pieza, el cual corresponde, en exclusiva, a los demonios creativos caicedianos* .

Jesús, Jacinto y José son los personajes de El mar. En El cuidador de Harold Pinter, los protagonistas se llaman Mick, Aston y Davies. El encierro de El mar es tropical y caluroso. El de los personajes ingleses es frío e invernal. En * Sorprenden, por lo demás, las coincidencias del encierro del personaje Jacinto en un hospital psiquiátrico, con el paso de Andrés Caicedo por la Clínica Santo Tomás en Bogotá, tras su segundo intento de suicidio, en 1976. El mar había sido escrito en 1972. 28 la obra de Andrés, Jesús es un hombre de negocios, “encartado” (o encañengado, como dicen en Cali) con su inútil hermano Jacinto, quien ha pasado por las clínicas psiquiátricas y es incapaz de arreglar nada práctico. La obra sucede en un apartamento donde Jesús pasa a hacerse “sus siestecitas” y donde Jacinto lleva a vivir a José, un hombre de la calle. Jacinto, que está rodeado de libros, le enseña a José los placeres de la lectura. Poco a poco, Jacinto le confiesa al extraño su obsesión por fusionar, en un solo texto, Narración de Gordon Pym con la saga de Moby Dick. En una ceremonia creativa, Jacinto se explaya en la narración de su invento. Este disparo de la invención lo lleva a confesar, en un largo monólogo, su paso por el hospital psiquiátrico, de la mano de su madre. Por último, convertidos en cómplices, Jacinto consigue arreglar un desvencijado proyector de películas en 16 mm. Y, cuando su hermano Jesús intenta entrar de nuevo en el apartamento, Jacinto y José se encierran en él para siempre, rodeados de libros y películas.

 ¿Qué es una versión, qué es una adaptación, dónde comienza un nuevo texto? En 2005, por ejemplo, el Teatro Libre de Bogotá hizo una “versión” de la misma obra de Pinter, titulada El encargado, en la cual la acción de la pieza es trasladada a Bogotá, en una excelente transposición del universo del autor inglés. Sin embargo, la estructura de El cuidador permanecía intacta, a pesar de los neologismos y los bogotanismos. En el caso de El mar, hay una primera parte “realista” la cual, poco a poco, comienza a transformarse en el delirio poético y literario que apunta más hacia el acercamiento a Poe y Melville que hacia Pinter mismo. Los textos de base son pretextos para que Caicedo juegue con ellos, así como hay referencias al cine (uno de los sue 29 ños de Jacinto es inspirado en una escena del Diario de una camarera, de Buñuel), hasta convertirse en una obra autónoma y muy emparentada con el mundo privado de su autor. Jacinto es, de alguna manera, como “El pretendiente” de los Angelitos empantanados, como Solano Patiño, como Ricardito el Miserable. Jesús puede ser “El atravesado”, un poco más adulto. Y José… José es un interlocutor popular, necesario para el discurso del pequeño poeta descerebrado que es Jacinto.

 En nuestra puesta en escena de El mar, el espacio estaba compuesto por dos camas de hospital, todo el piso del escenario estaba inundado de libros, había una nevera inservible, un televisor ídem, un perchero, un cuadro de Marilyn Monroe que Jacinto identificaba como su madre, varios afiches de películas y música que tuviese que ver con el mar, como “La mer”, de Charles Trenet, o el solo del “Moby Dick”, de Led Zeppelin. Poco a poco, el texto se nos fue convirtiendo en un punto de partida muy estricto, con el cual podíamos jugar, en una suerte de partitura precisa, donde los personajes, incluso, podrían “dormir” de verdad, tal como lo anotaba el texto. Nuestra consigna era hacer una obra sobre el aburrimiento sin necesidad de aburrir a los espectadores. Parece que el tiempo nos dio la razón. Un año después, Mauricio Domenici repetiría la experiencia en Cali. 

En 1998, durante el xvi Mundial de Fútbol de Francia, el teatro Gérard Philipe seleccionó 32 textos de los 32 países que participaban en la maratón futbolística. Como Colombia era uno de los países clasificados, se buscó un dramaturgo representativo del país. Después de estudiar distintas posibilidades, se escogió la obra de Caicedo. Yo 30 vivía en Londres en aquella época y viajé a Francia para el lanzamiento del libro y para la lectura dramatizada de la traducción de Denise Laroutis. La mer cobraba una nueva dimensión en esta lectura hecha con muchos elementos, casi una pequeña puesta en escena. Allí, en la larguísima velada en la que se representó la obra de Andrés Caicedo, me sentí, poco a poco, aprendiendo a nadar en aguas más profundas* . El presente volumen recoge las obras de teatro originales de Andrés Caicedo. Hemos incluido Los héroes al principio y El mar, porque consideramos que se trata de proyectos tan personales que trascienden y se alejan de sus modelos de origen**. Las otras obras pertenecen al universo adolescente de un jovencito empantanado en las aguas cenagosas de una ciudad sin nombre. Son obras que deben ser leídas con los ojos perdidos de un adolescente aguzado, de aquel que quiere romper el jarrón en la mitad de la visita y reírse a mandíbula batiente tras coronar su travesura. Son obras terminadas, en la medida en que se pueden leer como “teatro de guerrilla”, urgentes, irreverentes, subversivas, traviesas y  de alguna manera ingenuas(15). No están aquí La cantante calva, Las sillas, La noche de los asesinos, La muerte de Bessie Smith ni Juan en el desierto, porque se trata de obras que conservan la esencia de sus modelos de origen y no podríamos decir que se han desprendido de sus fuentes. Así que, establecidas las reglas del juego, apaguen la luz, acomódense en sus butacas y prepárense para un viaje por un mundo desconcertante. Si usted no ha leído nunca a Andrés Caicedo, he aquí la mejor manera de comenzar a navegar en sus aguas. Si ya lo ha hecho, descubrir que un dramaturgo puede nacer y morir entre los 15 y los 21 años lo ayudará quizás a dudar de sus propias certezas. 

Este libro 

El presente volumen está compuesto por:

 Las curiosas conciencias. Escrita en 1966. Si se lee la sección denominada “Narraciones tempranas” del libro Todos los cuentos (Planeta, 2021), que reúne la totalidad de las narraciones breves del autor, nos encontramos con relatos similares a la presente obra (El hipócrita peso de los ideales, Ver sin mirar, El ideal…). Son textos escritos cuando su autor contaba quince años de edad y sus ambiciones, tanto teatrales como literarias, eran considerables. En el caso de Las curiosas conciencias, el lector se encontrará con una suerte de teatro del absurdo juvenil y latinoamericano, con rocanrol, caos y desasosiego. Si tenemos en cuenta que La noche de los asesinos, de José Triana, fue escrita en 1964, no sería extraño encontrar conexiones entre los dos textos.

Los imbéciles están de testigo. Ramiro Arbeláez decía que Andrés necesitaba “gritar” a través de su teatro ado 32 lescente. Quizás el mejor ejemplo de dicho aullido sea este intenso diálogo/monólogo escrito en 1967, un año después de que Peter Handke hubiese escrito Insultos al público. Las intuiciones premonitorias de Caicedo a veces son desconcertantes. Y, en el caso de esta diatriba contra los espectadores (“los imbéciles”), está buena parte del teatro de vanguardia de los años sesenta. Sus utopías, sus protestas, sus sueños, sus escupitajos, sus furias. Es una obra que, en la superficie, puede parecer inocente y obvia. Pero, al mismo tiempo, en su franqueza se encuentra su encanto y, por qué no, su angustiada profundidad. 

El fin de las vacaciones. Otra obra contestataria, otro grito al vacío escrito en 1967. Para una comprensión integral del presente panfleto, se recomienda remitirse al relato titulado “Piel de verano/Cuatro días horribles de cualquier verano”, incluido en Todos los cuentos (Planeta, 2021). Al parecer, unos jóvenes seminaristas tratan de “asincerarse”. De repente, las imágenes se congelan y espectadores atraviesan la escena. Como en muchos de sus cuentos adolescentes, la obsesión por un escurridizo “ideal” salta en una enigmática constante.

 La piel del otro héroe. Hay distintas versiones (cinco en total) de un relato titulado El héroe, una parábola caicediana de la guerra. Quizás las más completa sea la que consignamos aquí en su versión teatral y que Andrés puso en escena en sus años de bachillerato con compañeros del colegio. Fue escrita “el 9 de febrero de 1967”, según la precoz obsesión de su autor por las fechas. Evocaciones al presidente de la época, nuevos llamados a lejanos ideales, guiños autorreferenciales, para construir una obra dentro del espíritu de los tiempos, quizás influida por la reciente 33 Soldados, de Carlos José Reyes, estrenada por la Casa de la Cultura en 1966 y basada en la novela La casa grande, de Álvaro Cepeda Samudio. 

Recibiendo al nuevo alumno. La presente obra es, según el testimonio de Jaime Acosta, un “ajuste de cuentas” contra el mal trato de los Hermanos Maristas, quienes lideraban el Colegio San Luis Gonzaga. Tuvo varias versiones y formaba parte, al parecer, de una serie titulada Diplomas o Los diplomas. En ella hay muchos referentes: desde las narraciones sobre jóvenes del primer Vargas Llosa, pasando por Las tribulaciones del joven Törless, de Robert Musil (de la que hay una versión cinematográfica de Volker Schlöndorff realizada en 1966) y guiños a películas como Cero en conducta, de Jean Vigo, If…, de Lindsay Anderson, aunque esta última es poco probable que hubiese llegado a Colombia en ese año (programada después con frecuencia en el Cine Club de Cali). Algunas de las anécdotas que allí le suceden al “nuevo alumno” son inspiradas en la llegada de Jaime Acosta de Bogotá a Cali y en la difícil relación de Caicedo frente a sus compañeros. Hay una curiosa correspondencia con el universo de intolerancia narrado en la novela La ciudad y los perros, donde se pone en evidencia el maltrato a los nuevos cadetes del Colegio Militar Leoncio Prado. Recibiendo al nuevo alumno es una obra coral, de difícil puesta en escena, la cual fue presentada en el Paraninfo de la Universidad del Cauca, gracias a las gestiones de Carlos Alberto Caicedo, el padre del autor y director. Muchos de sus familiares fueron a la representación. Al parecer, ninguno permaneció en la sala hasta el final. 

Los héroes al principio. Minuciosa adaptación de la novela La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. Al 34 terminar el bachillerato, Caicedo, Ramiro Arbeláez y Jaime Acosta pusieron en escena Las sillas, de Ionesco, en 1969 (con la actriz Teresa Valencia), La noche de los asesinos, de José Triana, en 1970, e intentaron realizar proyectos más ambiciosos, pero no contaban con la constancia ni la disciplina de los actores invitados. Para ese entonces, tuvieron el apoyo de la Universidad del Valle. En un principio, Caicedo adapta la obra de Edward Albee titulada La muerte de Bessie Smith. Pronto la descartan. Andrés escribe entonces Los héroes al principio, versión de casi cien páginas de la novela de Vargas Llosa. En cincuenta y dos escenas, Caicedo “revisita” la primera obra maestra del escritor peruano y, como suele hacer con todas sus adaptaciones, la salpica con sus propios fantasmas y “caleñiza” el lenguaje de los personajes. El entusiasmo del joven dramaturgo gira en torno al universo juvenil, a la delincuencia, al desmoronamiento de un orden establecido, al viaje al delirio y la degradación total. Hay que recordar la estrecha relación de Andrés Caicedo con los críticos de la revista peruana Hablemos de cine. A través de ellos, trató de comunicarse con Vargas Llosa. En 1974, el autor de La ciudad y los perros estuvo en Cali en el iv Congreso de Narrativa Hispanoamericana. Un año antes, había publicado la novela Pantaleón y las visitadoras. No hay evidencias claras de que Caicedo hubiese establecido contacto con un autor que, en ese momento, comenzaba a distanciarse de los entusiasmos revolucionarios y era mirado, desde la izquierda, como un escritor “reaccionario”. El año del suicidio de Caicedo, Vargas Llosa publicaría La tía Julia y el escribidor, y comenzaría una nueva etapa en su producción literaria, luego de llegar a cimas como las con 35 seguidas con La casa verde o Conversación en La Catedral. Muchos años después, en 1985, el director peruano Francisco José Lombardi realizaría una versión cinematográfica de La ciudad y los perros, con la que ganaría la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián. Para cerrar el ciclo de los vasos comunicantes, Lombardi había sido colaborador de la revista Hablemos de cine. Si se mira la película y se lee la versión que aquí rescatamos, las diferencias saltan a la vista. 

El mar. Escrita y puesta en escena en 1972. Última experiencia de Caicedo con el mundo del teatro. “Manifiesto” poético de su autor. Es una obra sobre seres inútiles, los cuales se empeñan en mantenerse en el mundo por la vía del pragmatismo (Jesús), de la imaginación (Jacinto) o del oportunismo creativo (José), en un espacio plagado de objetos inútiles, donde nada funciona, salvo el delirio febril del más torpe de sus protagonistas. Es una obra amarga y divertida, trágica y desopilante, desinhibida e impaciente. Con ella, Caicedo cierra el telón de los escenarios y se concentra en el cine y en la literatura. Pero los personajes de El mar, con sus hospitales psiquiátricos y sus incomprensiones, seguirán habitando su cerebro hasta el estallido final. Las batallas escénicas de Caicedo no fueron en vano. Muy en el fondo, en la efímera eternidad de sus tercos principios, se esconde, para siempre, la luz de un poeta irrefrenable. El tiempo lo ha confirmado. Bogotá, enero de 2022

1.-* Andrés Caicedo pasó por el colegio franciscano del Pío xii (1956- 1960), el colegio Nuestra Señora del Pilar (1960-1962), estuvo interno en el colegio Calasanz en Medellín (1962-1963), regresó a Cali al colegio San Juan Berchmans de los jesuitas, de donde fue expulsado (1963-1965), pasó al colegio San Luis Gonzaga de los Hermanos Maristas (1965-1967) y, por último, al colegio Miguel Camacho Perea, donde terminaría el bachillerato a regañadientes (1968-1969). Esta información fue suministrada por su hermana Rosario Caicedo.

2.- A esta lista habría que sumarle los largometrajes Calicalabozo (Colombia, 1997), de Jorge Navas, y Noche sin fortuna (Argentina, 2010), de Francisco Forbes y Álvaro Cifuentes, junto a otras experiencias audiovisuales como Siempreviva (1990), de César Castro, Un ángel del pantano (1997), de Óscar Campo, Andrés Caicedo y Gonzalo Arango (2001), de Álvaro Perea, Retrato de Andrés Caicedo (2006), de Lina Hincapié, Infección bsas (2007), de Harbyn Patiño, Jamás dijo nunca nada (2009), de Esteban Arango, El último fragmento (2009), realización anónima, la versión titulada Que viva la música (sin signos de admiración) (2015), de Carlos Moreno, el documental Sonido bestial (2012), de Sylvia Vargas y Sandro Romero Rey, o Balada para niños muertos (2019), de Jorge Navas.

3.-* Para una bibliografía y videografía integral de Caicedo, ver: Romero Rey, Sandro. Memorias de una cinefilia (Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, Luis Ospina). Bogotá: Siglo del Hombre Editores, Programa Editorial Universidad del Valle, 2015.

4.-* La Casa de la Cultura se fundó el 6.o día del 6.o mes de 1966 a las 6 de la tarde en Bogotá. Tras el estreno de Soldados (versión de Carlos José Reyes), pusieron en escena La manzana, de Jack Gelber (con la influencia del Living Theatre de Nueva York), Marat-Sade, de Peter Weiss, Macbeth (adaptada y dirigida por Enrique Buenaventura), La trampa (escrita por Buenaventura, dirigida por Santiago García en Cali) o El matrimonio, de Witold Gombrowicz, entre otras. Estas obras se presentaron, no exentas de polémicas, en la capital del Valle del Cauca, donde Andrés era continuo espectador.

5.-* El grupo se llamó el Tesca (Teatro Estudiantil de Cali). La noche de los asesinos fue Premio Casa de Las Américas de Cuba en 1965. La obra muestra a tres hermanos siniestros jugando, en el encierro, a asesinar a sus padres. El universo, claustrofóbico, travieso y parricida, corresponde a la perfección al tipo de demonios que Andrés quería poner, tanto en la escena como en la literatura. ** La versión “definitiva” de esa obra se publicó bajo el título de “La encrucijada” en Buenaventura, Enrique. Teatro inédito. Biblioteca Familiar Presidencia de la República. Bogotá, 1997. Págs. 171-228. Según el prólogo de Carlos José Reyes, 6 horas en la vida de Frank Kulak fue “representada por el tec en 1970”. Ibíd. Pág. xxi. Según datos de Rosario Caicedo y Ramiro Arbeláez, su hermano debió estar en el tec entre el segundo semestre de 1970 y el primer semestre de 1971


6.-Según datos de Rosario Caicedo y Ramiro Arbeláez, su hermano debió estar en el tec entre el segundo semestre de 1970 y el primer semestre de 1971. 19 lo aleja de los proyectos del tec. Allí, sin embargo, nace el Cine Club de Cali, como una actividad paralela del grupo, con proyecciones de clásicos en 16 mm. En esta época, se consolida la epifanía cinéfila de Caicedo y comienza a publicar textos en periódicos y folletos que él mismo diseña* 

7.-* Estos folletos se llamarían Ojo al cine y serían el punto de partida para la revista, con el mismo nombre, que aparecería en 1974, de la que se publicaron cinco números, hasta el suicidio de su autor. El Cine Club de Caicedo funcionó inicialmente en el Teatro Alameda, donde hacía proyecciones en 35 mm y los martes en la sala del tec.

8.-* Se suman a esta lista otros textos “de iniciación”, como Las tribulaciones del estudiante Törless, de Robert Musil, Un mundo para Julius, del también peruano Alfredo Bryce Echenique o las novelas y relatos del mexicano José Agustín. 21 vez, en el presente volumen*

9.- No sabemos si Caicedo tuviera conocimiento del entusiasmo de Vargas Llosa por el teatro, quien, en su adolescencia, escribió una obra titulada La huida del inca, que el autor peruano escribió y dirigió cuando tenía 16 años. Como dato adicional, se puede agregar que La ciudad y los perros antes tuvo como títulos de trabajo La morada del héroe, Los impostores y La ciudad y las nieblas. Vargas Llosa ha escrito una decena de obras de teatro, junto a sus novelas y ensayos. **

10.-Ramiro Arbeláez aclara que se hicieron tres representaciones, a sala llena, en los bajos de la Biblioteca Central. 22 Universidad Santiago de Cali.

11.-* Romero Rey, Sandro. Memorias de una cinefilia (Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, Luis Ospina). Bogotá: Siglo del Hombre Editores, Programa Editorial Universidad del Valle, 2015. Ver el capítulo titulado “El teatro de Caicedo”

12.- (sin contar la serie titulada Historias para el cine, donde se destaca una versión sin título de un vampiro azucarero, génesis inesperada de Pura sangre, de Luis Ospina), solo se rodó el primero de ellos.

13.-: Recibiendo al nuevo alumno (Colección Tiempo Estético, 1995) y Teatro (Editorial Universidad del Valle, 1997). Hay una traducción al francés de El mar, publicada por el Théâtre Gérard Philipe de Saint Denis en 1998

14.-Varios de los relatos de Caicedo se llevaron a la escena por grupos experimentales o estu- * En 1997, Mauricio Domenici puso en escena la obra de teatro El mar con estudiantes del Programa de Arte Dramático de la Universidad del Valle. “Un poco antes, Douglas Salomón iniciaba el reconocimiento de Andrés Caicedo como dramaturgo

15.-* Para completar este recuento, es preciso anotar que, en 2015, el director colombo-belga Juan Bernardo Martínez puso en escena Les petits anges dans la boue, versión en francés de Angelitos empantanados, producida por el Théâtre de Chardons y Le Rideau de Bruxelles. Fui testigo, con Rosario Caicedo, del estreno del estupendo montaje en la capital de Bélgica, una ciudad acosada en ese momento por el terrorismo islámico. Nos alojamos en un hotel situado en la misma calle donde vivió… ¡Michel de Ghelderode!

** En 2017, con el Programa Editorial de la Universidad del Valle publicamos el libro Teatro de Andrés Caicedo, donde se omitió la publicación de Los héroes al principio por una confusión relacionada con los derechos de autor. El presente volumen cuenta con la extensa versión integral de dicha adaptación libre de La ciudad y los perros.